Uno de los fenómenos de la actualidad es el dicho, muy socorrido en nuestra esfera pública, de que “no somos iguales”. El presidente y sus seguidores lo afirman con frecuencia. En septiembre del año pasado, por ejemplo, cuando el INE citó a López Obrador a comparecer para aclarar posibles actos indebidos de promoción personalizada en la entrega de beneficios de sus programas sociales, el mandatario contestó que, aunque no tenía tiempo para comparecer, mandaría un escrito aclaratorio, pero no sin antes lanzar una advertencia: “Vámonos respetando, no somos iguales, que no me confundan, porque eso sí calienta”.1

En julio de ese mismo año, AMLO declaró, respecto de la llamada Ley Bonilla, que en su gobierno no había influyentismo, que ahora el presidente ya no se mete en los asuntos de los gobiernos locales, como hacía antes, que ahora ya “no hay línea”, y por fin remató con su refrán: “Tranquilos y que no nos confundan, porque no somos iguales… No somos iguales, ¡zafo!”.2 Quizá el uso de ademán infantil (“¡zafo!”) sea una pista respecto de lo primario de su gesto: “No somos iguales, ¡zafo!”. Finalmente en su generación se estilaba, entre niños, que cuando alguien pronunciara las palabras “cuarenta y uno”, todos se deslindaran de la homosexualidad proclamando un sonoro “¡zafo!”.

Ilustración: Patricio Betteo

Como sea, el refrán “no somos iguales” se ha vuelto un mantra morenista, que sirve incluso para pavonear eso que Freud llamó “el narcisimo de las pequeñas diferencias”. Así, John Ackerman le reclama a Genaro Lozano en un tuit que “no son iguales” porque uno escribe en Reforma y el otro lo hace en La Jornada, o porque uno sigue siendo académico y el otro no lo es, etcétera. Y mientras los críticos del gobierno lo acusan, precisamente, de “ser igual” a los anteriores…

Hay algo curioso en todo aquello. ¿Cómo interpretar que una revuelta contra el implacable clasismo de México haya hecho suya una fórmula tan señaladamente clasista como es el “no ser iguales”? Antes, llamar a alguien “¡igualado!” era un improperio que se pronunciaba de arriba hacia abajo. Hoy, la exigencia del “inferior” de ser respetado no se manifiesta tanto enarbolando una fórmula igualitaria (“respétame porque somos iguales”), sino que busca imponer una jerarquía invertida (“tú has vivido como si fueras superior, pero en realidad eres inferior así es que respétame ahora que llegué al poder, porque no somos iguales”). Ahora los morenos reclaman ser diferentes de los fifís. Y la revuelta democrática invierte así al clasismo y lo carnavaliza: “Ahora seré yo quien te lo diga a ti: ‘No somos iguales’”.

Aunque esta inversión clasista sea en algo justificable, importa reconocer que el “no somos iguales” se ha transformado también en un gesto legitimador del gobierno. Y es que en México hay una persona que se ha erigido en el menos igual que todos, o quizá en el primer desigual, que es el encargado de “barrer la escalera de arriba para abajo”. Como el presidente es el más diferente de todo lo que había antes, cualquier cosa que él haga se alza por encima de la crítica, precisamente por su supuesta inconmensurabilidad con el pasado. Nada de lo que haga el presidente tiene un punto de comparación con los anteriores, a no ser con Juárez o algún otro prócer muy cuidadosamente seleccionado.

La militarización de hoy no se puede comparar con la de los sexenios de Felipe Calderón o Enrique Peña Nieto, porque esos presidentes “no fueron iguales” al actual. Tampoco los megaproyectos turísticos como el Tren Maya pueden ser comparados con los anteriores, como la construcción de Cancún, por ejemplo, porque el gobierno de ahora “no es igual” a los de entonces. Ni la indolencia del gobierno durante los primeros meses de la pandemia puede ser objeto de reclamo, porque los males del sistema de salud venían de antes y este gobierno no es igual a ellos…

El hecho de que el “no soy igual” del presidente abone en su popularidad revela la importancia que tiene la política de la identificación en este gobierno. Se trata de un tema abordado por Freud en su librito sobre la psicología de las masas (1921), donde alegaba que el magnetismo del líder de masas recae en una política de identificación: el líder mueve a la masa porque hace lo que la masa quisiera hacer y no puede. Así, la popularidad del líder se fincaría, ante todo, en su capacidad de realizar para sí lo que los individuos que componen la masa desean para sí mismos. Convocara todos los ricos de México, servirles tamales con atole y obligarlos a comprar cachitos del avión presidencial, por ejemplo. Cosas de ese estilo.

Sólo que la política sustentada en la lógica de identificación entre el líder y la masa vira siempre hacia autoritarismo, porque los gestos y actos del líder se convierten en primer lugar en espectáculo, y el poder del Estado mismo se vuelve instrumento de las pulsaciones de un hombre. Por esto, el “no somos iguales” tendría que haber sido un momento colectivo y breve de negación, sucedido de inmediato por la afirmación robusta de precisamente lo contrario: el “somos iguales”, que es siempre el fundamento de la verdadera democracia.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de Nuestra América. Utopía y persistencia de una familia judía, La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.


1 https://bit.ly/36JhybL.

2 https://www.youtube.com/watch?v=uMnZNo7mAZw.

 

5 comentarios en “¿No somos iguales?

  1. Muy buen artículo del maestro Lomnitz. El tema me recordó una novela de Juan Díaz Covarrubias, de mediados del siglo XIX, “El Diablo en México”, en la que afirma que el Diablo es, precisamente, la profunda división clasista en nuestro país.

  2. No es igual a sus antecesores, pero muchas áreas están igual o peor que antes. Lo que si es diferente es que desde que terminó la revolución mexicana no ha habido tanta destrucción de instituciones que mal que bien daban un servicio.

  3. El profesor de Antropología de la Universidad de Columbia escribe:Ahora los morenos reclaman ser diferentes de los fifís. Y la revuelta democrática invierte así al clasismo y lo carnavaliza: “Ahora seré yo quien te lo diga a ti: ‘No somos iguales’”. Profesor de Antropología no sea usted tan sensible, aguante vara y vaya tomando conciencia de que ser fifí tiene también sus inconvenientes. Saludos

  4. El presidente dice que no es igual a los corruptos del pasado, pero la realidad, las acciones de gobierno, los dichos y los hechos cotidianos nos muestran en año y medio a un presidente sumamente corrupto, falso y traidor al pueblo porque no ha cumplido las promesas de campaña. No tiene punto de comparación con los gobernantes del pasado; veamos, la ambición desquiciada de López Obrador del poder absoluto; maneja como títeres a los legisladores de Morena y lacayos aliados del poder legislativo; desmantela órganos autónomos, el más reciente CONAPRED y destruye instituciones como el Seguro Popular.

    El farsante presidente disfrazado de redentor, resultó ser un burdo aprendiz de dictador; si en verdad quiere limpiar al gobierno de corruptos que empiece investigando a los ex presidentes desde Carlos Salinas hasta Peña Nieto, pero resulta que ya los perdonó.

    Lo que sabe hacer muy bien el presidente es destruir instituciones como el Sistema Nacional Anticorrupción, la FGR, y la CNDH; cancelar obras necesarias como el NAICM; suspender programas sociales nobles como los comedores comunitarios y las estancias infantiles; despedir trabajadores capacitados y con experiencia del gobierno ahora denominado la 4T; despilfarrar el presupuesto en caprichos en obras faraónicas; pisotea la Constitución y no acata la ley, no hay licitación, asigna a sus amigos obra pública millonaria, entre ellos Salinas Pliego y Carlos Slim.

    Es un cínico, solo de verle la cara en las mañaneras se aprecia lo farsante e hipócrita que es, se nota que ni él mismo se la cree, de tanta mentira. Para mantenerse en el poder, es un depredador que se alimenta de la pobreza, de la ignorancia y de la miseria humana; es un insensible político populachero y carroñero; por eso se empeña en reproducir la pobreza con limosnas, con programitas sociales clientelares. A los emprendedores que cerraron sus negocios por la cuarentena originada por la pandemia los deja desamparados y desempleados, sin tomar medidas de contingencia en apoyos económicos.

    En suma con López Obrador, el país cayó en recesión económica, retroceso social y regresión política.

  5. El presidente dice que no es igual a los corruptos del pasado, pero la realidad, las acciones de gobierno, los dichos y los hechos cotidianos nos muestran en año y medio a un presidente sumamente corrupto, falso y traidor al pueblo porque no ha cumplido las promesas de campaña. No tiene punto de comparación con los gobernantes del pasado, es peor; veamos, mantiene una ambición desquiciada del poder absoluto; maneja como títeres a los legisladores de Morena y lacayos aliados del poder legislativo; desmantela órganos autónomos, el más reciente CONAPRED y destruye instituciones como el Seguro Popular.

    El pueblo ya identificó, que el señor presidente es un farsante disfrazado de redentor, su forma de gobernar es la de un burdo aprendiz de dictador; si en verdad quiere limpiar al gobierno de corruptos que empiece investigando a los ex presidentes desde Carlos Salinas hasta Peña Nieto, pero resulta que ya los perdonó.

    Lo que sabe hacer muy bien López Obrador es destruir instituciones como el Sistema Nacional Anticorrupción, la FGR, y la CNDH; cancelar obras necesarias como el NAICM; suspender programas sociales nobles como los comedores comunitarios y las estancias infantiles; despedir trabajadores capacitados y con experiencia y antigüedad del ahora gobierno de la 4T; despilfarrar el presupuesto en caprichos, en obras faraónicas; pisotea la Constitución, con cambios “a modo” y no acata la ley, no hay licitación para los contratos, asigna a sus amigos obra pública millonaria, entre ellos Salinas Pliego y Carlos Slim.

    Es un cínico, solo de verle la cara en las mañaneras se aprecia lo farsante e hipócrita que es, se nota que ni él mismo se la cree, miente impunemente. Resultó ser un depredador de grupos vulnerables, se alimenta de la pobreza, de la ignorancia y de la miseria humana; es un personaje socarrón, político insensible, populachero y carroñero de pueblo en pueblo; por eso se empeña en reproducir la pobreza con limosnas, con programitas sociales clientelares.
    A los emprendedores que cerraron sus negocios por la cuarentena de la pandemia los deja desamparados y desempleados, sin tomar medidas urgentes en apoyos económicos, para paliar la contingencia sanitaria y mitigar la crisis económica.

    En suma con López Obrador, el país cayó en recesión económica, retroceso social y regresión política.