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El pensamiento es imposible sin imagen. Lo sostiene Aristóteles en su tratado sobre la memoria. Si un filósofo de la política entendió a cabalidad esta divisa fue su más radical enemigo: Thomas Hobbes. El pensador que quiso hacer del Estado una consecuencia del razonamiento geométrico sabía que el entendimiento y, sobre todo, la persuasión requerían de “estrategias visuales”. La cruda razón era inerte. Demostrar la verdad no bastaba. Era necesario cautivar a los ojos para hacerse oír. Hacer visible la razón.

Su primer biógrafo lo recuerda maravillado como estudiante en Oxford contemplando los grabados y mapas que coleccionaban los encuadernadores. En todos sus libros resalta la importancia del diseño del que fue, por lo menos, coautor. Su traducción de La guerra del Peloponeso, su primer libro, expone ya la miga del relato en la portada. Insatisfecho por los mapas disponibles, traza él mismo el dibujo de Grecia y lo firma para la edición. Hay correspondencia que advierte la importancia que daba a la presentación visual del texto y la intensidad con la que discutía sobre asuntos tipográficos: el tamaño y la fuente empleada le parecían cruciales en el trabajo de edición.

Ilustración: José María Martínez

Desde luego, la muestra más palpable de su interés por el pensamiento visual es el frontispicio de su obra cumbre. Junto al fresco de Ambrogio Lorenzetti en el palacio municipal de Siena que contrasta las imágenes de la república y la tiranía, representa la más acabada imagen de una filosofía política. Ahí puede verse la magnificencia del coloso que se levanta en el horizonte. El cuerpo que emerge de las montañas para contemplar una ciudad en orden está compuesto por cientos de hombrecitos. La musculatura del Estado es derivada: no es producto del designio divino sino de la voluntad de los hombres. Todos dirigen su mirada al soberano. No ven la ciudad sino, indirectamente, por la vista del magnífico representante. Este detalle es crucial en la teoría política hobbesiana: los individuos, para escapar de la maldita condición natural, renuncian al juicio privado. Será el soberano quien ha de mandar, quien ha de juzgar, quien ha de ver. La promesa de sometimiento es una ofrenda: te daré mis ojos.

La ciudad vigilada disfruta de la paz en aparente silencio. A sus pies, las dos columnas del orden que corresponden a las varas que sostiene aquel dios artificial: la espada del poder civil y el báculo del poder religioso. Las correspondencias de la parte inferior del frontispicio subrayan ese equilibrio: el castillo y el templo, la corona y la mitra, el cañón del ejército y los rayos de excomunión. Si volvemos la vista al espacio superior de la imagen notaremos que la ciudad está prácticamente deshabitada. No se ven caminantes en las calles ni personas entrando o saliendo de los edificios. Un detalle adicional en el que nunca había reparado es la presencia diminuta pero discernible de dos personajes que parecen observar la ciudad desde una de sus murallas exteriores. Son figuras humanas con una curiosa cresta en la cabeza. Se trata, dice Thomas Poole en un artículo reciente publicado en la London Review of Books, de dos médicos de la peste. El triángulo que sale de la cara no es otra cosa que la máscara de pájaro que usaban esos doctores que, quizá, más que curanderos, eran vigilantes dedicados a imponer la orden del confinamiento y llevar el registro puntual de los decesos.

¿Será esa la razón de la ciudad desolada que retrata la portada de la obra clásica? ¿Nos invita Hobbes a contemplar la majestad última del poder como eficaz imperio sanitario? ¿Vemos en la portada una ciudad en cuarentena? Eso sugiere Poole, basándose en un libro reciente de Francesca Falk. El Estado, ese representante común que nos atemoriza a todos, es la fuente de la paz. Funda el bien y castiga el mal; da inicio al cómputo del tiempo y facilita la navegación y el comercio. ¿Será que es concebido también, desde ese momento, como el soberano de la sanidad? El caos que el coloso impide no se reduce a conjurar el peligro de la guerra entre los hombres sino también a impedir el horror de la peste y sus contagios.

El artilugio del Estado hobbesiano es una apuesta contra la muerte, una vacuna contra el pánico. La amenaza a nuestra sobrevivencia no se reduce a lo propiamente político: la insumisión, la rebeldía que desatan caos. También puede tener un enemigo biológico e invisible: la incomprensible enfermedad que se extiende arrasando ciudades y reinos.

 

Jesús Silva-Herzog Márquez
Profesor de la Escuela de Gobierno del Tecnológico de Monterrey. Su más reciente libro es Por la tangente. De ensayos y ensayistas.