En 1787, representantes de 12 de los 13 estados que fundaron lo que hoy se conoce como Estados Unidos se reunieron para discutir su Constitución, el documento del cual emanaría toda ley, derecho y obligación del nuevo país. División de poderes, votación, la hoja de ruta a seguir.

En medio de todo, bueno, ni siquiera en medio; en el primer artículo del documento, se consagró la manera de determinar la población de un estado. Esto con el fin de establecer la representación en el Congreso y para establecer las reglas del pago de impuestos.

El acuerdo al que se llegó se le conoce como el “Compromiso de los tres quintos”, en el cual se hace una división de cuenta en tres categorías:“personas”, “indios”, y “tres quintos de todas las demás personas”. Esas “todas las demás”, obviamente, eran los esclavos.

El mismo país que había consagrado en su Declaración de independencia una década antes la idea de “la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad” como los tres principios rectores de su separación del Reino Unido, dejaba en claro que esa idea sólo era aplicable a una de sus castas.

El “Compromiso de los tres quintos” fue eliminado posteriormente con la Decimotercera y Decimocuarta enmienda a la Constitución: la Decimotercera abolió la esclavitud en 1865; la Decimocuarta, en 1868, otorgó ciudadanía a los esclavos y sus descendientes, así como protección igualitaria, la famosa “equal protection”.

Sin embargo, como demostró la historia estadunidense durante las siguientes décadas y hasta el día de hoy, lo plasmado en ley jamás fue plasmado en la realidad. Por eso marchó Martin Luther King, por eso fue hasta mediados de los años 60 del siglo pasado que el presidente Lyndon Johnson firmó la Ley de Derechos Civiles: casi 100 años después la discriminación establecida en el documento que dio origen a la república las leyes seguían enmendándose. Estados Unidos era dos países a la vez, uno para los blancos, otro para el resto. Bueno, tres. El tercero era un país que sólo existía en papel.

Avancemos a la segunda década del siglo XXI. Trayvon Martin; Ferguson, Misuri; y ahora George Floyd. Son solo tres casos de muchos, muchísimos, todos con un elemento en común: la víctima era afroamericana. En el caso de George Floyd durante la última semana de mayo de 2020, al igual que el de Eric Garner en 2014, sus tres últimas palabras fueron iguales: “No puedo respirar”, I can´t breathe.

Eso es lo que dijeron ambos cuando fueron sometidos por la fuerza por agentes de policía. Ése fue el sonido que pudieron emitir. Algo que no podían hacer. Algo que no se les permitía. Respirar. Subyugados como si fueran animales ferales. Sin ley alguna que los protegiera. Sin derechos. Sin vida

Ilustración: Adrián Pérez

Al mismo tiempo, desde la Casa Blanca, una avalancha de tuits del presidente que busca la reelección a como dé lugar. El primer presidente blanco, como le llama Ta-Nehisi Coates; el primer presidente elegido explícitamente por su color de piel. Donald Trump, quien como siempre lidera bajo el concepto de no liderar, bajo la máxima que dejó clara el 13 de marzo —“No tomo responsabilidad alguna”—, ha hecho de escurrir el bulto la esencia de su mandato. Meses, años, peleándose contra el mundo entero a través de las redes sociales; ahora peleándose contra las redes mismas. Todo porque Twitter, su plataforma favorita, osó anexar una explicación a un tuit suyo en la que desmentía –y ni siquiera de forma clara–, lo dicho por el presidente del país que se precia de autodenominarse “el líder del mundo libre”, un título cada vez más hueco e inverosímil.

Al mismo tiempo, también, una pandemia engulle al país entero. Estados Unidos, a pesar de admitir que desde el 31 de diciembre del año pasado sabía que el COVID-19 llegaría a sus costas y tendría un efecto devastador, no reaccionó a tiempo. Y cuando lo hizo, lo hizo de la peor manera posible. Minimizó las cifras, minimizó a los muertos. Los estados tuvieron que pelear los unos contra otros para los insumos que requerían sus hospitales. Los gobernadores tuvieron que actuar como su conciencia les dio a entender, porque no encontraron liderazgo alguno desde Washington D.C.

Los más sensatos se volcaron hacia una situación de guerra: cerraron todo e intentaron lo imposible por contener la enfermedad —el estado de Washington, Nueva York—. Los menos optaron por la filosofía de “a ver qué sucede” y reabrieron como si el coronavirus fuera un mito genial. En Georgia, durante lo peor del contagio, los comercios regresaron a la normalidad. En Florida y Misuri las fiestas masivas se volvieron una cuestión de orgullo. El derecho de contagiar y ser contagiado, la libertad constitucional de no portar un tapabocas.

La sociedad menos consciente —curiosamente la sociedad blanca— fue la que decidió que enough is enough, o hasta aquí llegamos. Decretaron el fin de la pandemia y sanseacabó.

Que se jodan los demás, total, This is Amurricah.

Mientras tanto, uno de los grupos poblacionales más afectados por el COVID-19 —el otro son los latinos; en particular los mexicanos y los mexicoestadunidenses— tuvo que salir a la calle no para luchar por su derecho al libre contagio. Tuvo que salir porque, una vez más la Policía actuó como ha actuado durante los últimos tres siglos: los trató como los tres-quintos de persona que su Constitución decretó que son.

Pero como todo gran imperio decadente, el contexto es aún más demencial: Ocurre una pandemia que ha liquidado y seguirá liquidando a una porción significativa de la población. De tal tamaño que el país ha adoptado la cita de Iósif Stalin como mantra: una muerte es una tragedia, un millón son una estadística. Sí, siempre y cuando los muertos no sean afroamericanos. Ahí siempre son estadística. Ocurre también un brote del racismo endémico con el cual se fundó el bastión liberal de la historia moderna. Y ocurre el lanzamiento de un cohete al espacio.

El 30 de mayo de 2020, después de un intento fallido días antes, la compañía privada SpaceX, propiedad del magnate Elon Musk, en conjunto con la NASA, la Administración Nacional de la Aeronáutica y del Espacio de Estados Unidos, envió un cohete al espacio para acoplarse con la Estación Espacial Internacional. El cohete, el primero tripulado que parte desde suelo estadunidense en la última década, cumple tres funciones. La primera, su supremacía. Los soviéticos llegaron al espacio, los estadunidenses a la Luna. Hora de atravesar otra frontera, antes de que los chinos se adelanten.

La segunda, recordarle al mundo, al igual que en 1969 cuando Neil Armstrong caminó sobre la superficie de la Luna, que Estados Unidos siempre escapará hacia delante: si la tensión interna lo corroe, busca un nuevo planeta o satélite que conquistar; el espacio siempre está up for grabs. Los problemas internos palidecen frente al infinito universal.

La tercera, y la más importante en estos tiempos, la comercialización del espacio. El proyecto final de SpaceX es enviar turismo a la órbita; cobrar cientos de miles de dólares por la última y más exclusiva moda: ver la Tierra, ese planeta que cada día destruimos más y más con los combustibles fósiles, con el arrasamiento indiscriminado de la naturaleza, desde fuera. Ver el caos que han causado y fingir que nada de eso les concierne o que ni un poco es responsabilidad directa de ellos. El capitalismo tardío en una nuez: pagar por ver la destrucción mientras tomas champaña.

¿La decadencia del imperio americano? Quizás. O tal vez su elevación a un nuevo estadio, uno en el que sus contradicciones son más visibles pero no por ello más inclinadas a resolverse. Como la televisión del reality de la cual provino su presidente actual, Estados Unidos se ha convertido en un espectáculo que todos podemos ver a través de la pantalla, sin filtros, sin guion, sin resolución posible. Es más grotesco, es más exagerado.

Y no podemos quitarle los ojos de encima.

 

Esteban Illades

 

Un comentario en “¿La decadencia del imperio americano?

  1. Excelente comentario. Una preciso importante: El fin último (al menos su misión en el largo o mediano plazo) de Space X (Elon Musk) no es el turismo espacial, es establecer una colonia humana viable en Marte.