Embajada mexicana

Nunca paso frente a un fetiche de madera,
un Buda dorado, un ídolo mexicano sin decirme:
éste es tal vez el dios verdadero.

—Charles Baudelaire

He soñado que estaba en México como miembro de una expedición científica. Tras medir una selva virgen de altos árboles, llegamos a un sistema de cuevas a flor de tierra en la montaña, donde desde los tiempos de los primeros misioneros se había mantenido hasta ahora una orden cuyos hermanos continuaban la labor de conversión entre los nativos. En una gruta central inmensa y rematada en punta a la manera gótica se estaba celebrando un servicio divino según el más antiguo rito. Entramos y presenciamos su fase culminante; ante un busto de madera de Dios Padre que se mostraba instalado a gran altura en alguna parte de una pared de la cueva, un sacerdote alzaba un fetiche mexicano. Entonces la cabeza divina se movió negando tres veces de derecha a izquierda.

Trabajos de ingeniería civil

Vi en sueños un terreno yermo. Era la plaza del Mercado de Weimar. Allí se estaban llevando a cabo excavaciones. También yo escarbé un poco en la arena. Entonces surgió la aguja de un campanario. Contentísimo, pensé: un santuario mexicano de la época del preanimismo, el Anaquivitzli. Desperté riendo. (Ana= avá, vi= vie, witz= iglesia mexicana [!].)1

 

Fuente: Walter Benjamin, Calle de sentido único, trad. de Alfredo Brotons Muñoz, Madrid, Akal, 2018.


1 avá: en griego, “arriba”; vie: en francés,
“vida”; witz: en alemán, “chiste”.