Ninguna actividad cultivé con tanto afán ni me proporcionó tanto placer en Cambridge como atrapar escarabajos. Lo hacía por la mera pasión de atraparlos, porque los disecaba y rara vez comparaba sus características externas con las descripciones publicadas, así que los nombraba de cualquier manera. Daré una prueba de mi diligencia: un día, al arrancar una corteza vieja, vi dos escarabajos poco comunes y cogí uno con cada mano. Luego vi un tercero, de otra clase, que no podía dejar escapar, así que me metí el que llevaba en la mano derecha en la boca. Por desgracia, el escarabajo segregó un fluido tan ácido que me quemó la lengua, así que me vi obligado a escupir el escarabajo, al que perdí igual que al tercero.

Se me daba muy bien atrapar ejemplares e inventé dos nuevos métodos. Contraté a un jornalero para que raspara el musgo de los árboles viejos y [lo] metiera en una gran bolsa, y también para que recogiera la basura en el fondo de las barcas que transportan los juncos de las marismas. De este modo me hice con algunas especies muy poco comunes. Ningún poeta ha sentido más júbilo al ver su primer poema publicado que yo al ver en los Ejemplos de los insectos británicos las palabras: “capturado por C. Darwin”.

[…] Me sorprende la impresión tan indeleble que han dejado en mi mente muchos de los escarabajos que atrapé en Cambridge. Recuerdo el aspecto exacto de algunas estacas, viejos árboles y lomas donde hacía buenas capturas. El hermoso Panagaeus crux-major era un tesoro en aquella época, y un día aquí en Down vi un escarabajo corriendo por un camino. Al cogerlo del suelo, me di cuenta enseguida de que era ligeramente distinto de P. crux-major. Resultó ser un P. quadripunctatus, que es sólo una variedad o una especie muy afín que se diferencia muy poco de aquél en su forma. Yo nunca había visto en aquellos tiempos Licinus vivos, que para un ojo inexperto apenas se diferencian de otros muchos carábidos negros. No obstante, mis hijos encontraron aquí un espécimen y supe inmediatamente que era nuevo para mí, aunque no había examinado un escarabajo británico desde hacía veinte años.

 

Fuente: Charles Darwin, Autobiografía (ilustraciones de Iban Barrenetxea y traducción de Íñigo Jáuregui), Nórdica Libros, España, 2019.