La estela de la más reciente ola del feminismo permanece un poco más que las otras. Al menos esa es la esperanza que nos queda a millones de mexicanas que salimos a marchar el pasado 8 de marzo en diferentes ciudades del país o que paramos el 9: queremos creer que en esta ocasión sí se dio un cambio más profundo, cuyas reverberaciones seguiremos viendo en los días, meses y años por venir.

Uno de esos ecos reside, sin duda, en replantearnos la forma en la que nos expresamos a través del lenguaje, la manera en que contamos nuestra realidad. Como pasa en tantos ámbitos, tenemos muchas palabras prestadas de otras lenguas, bueno, de otra lengua: el inglés. Hay dos problemas específicos con usar términos en inglés: el primero, la asunción de que todas las personas dominamos esa lengua y, por ello, sabemos exactamente a qué nos referimos cuando un anglicismo aparece en nuestro discurso; el segundo, la evidente dilución de significado que representa usar una palabra en otra lengua —o un diminutivo o un acortamiento— del verdadero significado que un acto puede ejercer en nosotros si enunciamos la palabra con todas sus letras en nuestra lengua materna. La dilución de significado la abordó Lola Pons, profesora de Historia de la Lengua en la Universidad de Sevilla: “Todas esas palabras que parecen incomodarnos se relegan con un anglicismo esterilizado que esconde las connotaciones bajo la alfombra”.1 Decir “Juan es un bully” es completamente diferente a decir “Juan es un acosador” o “Juan es un intimidador”. La palabra acoso en español tiene una carga, un peso, un matiz que bully no tiene. Por eso, entre las siete palabras que seleccioné se encuentran adaptaciones al español, porque necesitamos compartir el conocimiento sobre la carga que dichas palabras tienen y dejar de velar su significado para atenuarlo.

Ya en marzo de 2019, cuando irrumpía el #MeToo en las redes sociales mexicanas y miles de mujeres compartieron su testimonio de acoso, escribí para The New York Times en Español una breve definición de aquellos términos que usábamos casi de manera intercambiable, pero que también tienen sus matices. En el acoso, por ejemplo, existe una persecución entre pares que hace que la víctima se sienta indefensa, perseguida; podemos hablar de acoso sexual, laboral, escolar o psicológico. El acoso se trata de una agresión inmediata, como miradas lascivas o tocamientos, a diferencia del abuso sexual, que el Código Penal Federal define como una agresión prolongada. Eso sí, en el abuso sexual no existe penetración, como sí sucede en una violación. Por otro lado, en el hostigamiento hay una subordinación de una persona ante otra con mayor jerarquía dentro de una estructura de poder; puede hablarse también de hostigamiento sexual, laboral y escolar. Hacer el ejercicio de revisar las definiciones de lo que creemos que una palabra significa siempre es conveniente, porque así compartimos una base común a partir de la cual encararemos diversos fenómenos.

Esta selección no tiene más orden que el que estas palabras siguieron para acudir a mi mente. El objetivo es que vayamos creando un vocabulario más amplio sobre situaciones que a veces no sabemos cómo nombrar o que confundimos o cuyo uso ha desvirtuado su significado.

Ilustración: Kathia Recio

 

Sororidad. Según el Diccionario Merriam-Webster,2 el término sorority empezó a usarse en Estados Unidos, a comienzos de 1900, para referirse al grupo estudiantil conformado por mujeres en las universidades de ese país. En español, en 1921, el escritor Miguel de Unamuno publicó La tía Tula,3 en la que se cuestiona que a pesar de que en latín exista una palabra para referirse a “lo de la hermana”, en español no estuviéramos usando ya “sororidad”, una palabra difícil de pronunciar pero que, al mismo tiempo, encierra una musicalidad que apapacha el alma. Más allá de referirse a un grupo conformado por mujeres, la sororidad se ha tornado en ese acompañamiento y amor entre las mujeres, en la solidaridad que se transmite en un “Yo sí te creo” dicho a quien denuncia un acoso; en la unión al paro del 9M, en el que a través de la ausencia buscamos hacer visibles a las mujeres; en la marcha con quienes exigieron justicia y acciones claras para evitar que se siga matando a las mujeres con total impunidad. La sororidad es ese amor y complicidad que hay entre hermanas.

Feminismo. Hasta hace unos meses —incluso días—, asumirse como feminista era igual a pintarse una diana a la que muchas personas se sienten con derecho de atacar con insultos e injurias. En gran parte porque no hemos entendido que hay feminismos diversos, que se manifiestan de maneras distintas, pero a los cuales une un punto en particular que la filósofa estadunidense Angela Davis supo identificar con claridad: “El feminismo es la idea radical que sostiene que las mujeres somos personas”. Sí, quienes somos feministas pensamos que por ser personas tenemos derecho a la salud, a la seguridad, al trabajo, a la educación, así como el derecho a la igualdad de oportunidades y a la erradicación de la brecha salarial; sin sentirnos más o mejores que alguien más a causa de nuestro sexo.

Machoexplicación. Es la adaptación al español del concepto acuñado después de la experiencia que la escritora estadunidense Rebeca Solnit vivió cuando un hombre le explicó sobre qué trataba un libro que Solnit acababa de publicar: mansplaining. La machoexplicación es una actitud que se repite en tantos ámbitos que puede ser percibida por el interlocutor incluso como una “amabilidad”, pero que lo único que evidencia es que, en muchos casos, los hombres no consideran que las mujeres podemos tener una visión completa, concienzuda y reflexionada sobre el asunto del que somos expertas.

Despatarre masculino. Cuántas veces no se han subido al metro, al camión o al metrobús en los espacios mixtos y se encuentran a un hombre al que le parece físicamente imposible sentarse con las piernas cerradas. Claro, si el asiento disponible es el que está al lado de él, la usuaria con toda seguridad se sentará recatadamente con las piernas bien pegaditas, ¡no vaya a ser que él se sienta incómodo! La realidad es que no hay razón física que impida a los hombres juntar las piernas y que permitan que otras personas puedan sentarse con el espacio vital bien delimitado: al final no es una cuestión de sexo, es pura y dura educación.

Machopánel. Tantas veces se han visto todos esos páneles o conferencias formadas por expositores del sexo masculino, incluso en los que se discuten asuntos en los que las mujeres tienen un conocimiento más amplio o mayor experiencia —como la violencia ginecológica o si se debe legalizar o no el aborto—. Y sí, aunque se lea ridículo, sucede. Tan así es que se empezó a usar la palabra en inglés manel para referirse a aquellos páneles conformados solo por varones o a los que incluyen a una mujer para aparentar que son muy incluyentes.

Feminazi. Las personas que han gozado de los beneficios del poder establecido han encontrado en quienes tienen propuestas disruptoras elementos dignos de descalificar porque, claro, cuestionan ese mismo orden que a las primeras ha tratado tan bien. Por ello no extraña que, como se hace costumbre en este país, se recurra a villanos históricos para descalificar argumentos, posturas y reacciones contrarias a lo que se cree que debe ser el orden establecido. Llamar feminazi a cualquier persona —pero especialmente a una mujer— solo evidencia la desesperación ante razones totalmente claras de que aquello en lo que se creía se resquebraja y que sí hay un desequilibrio en la sociedad. No, feminazi no es un sinónimo de feminista: nadie busca la aniquilación de alguien más, solo la igualdad de derechos y oportunidades. (La cantante mexicana Renee Goust hizo una cumbia sobre este respecto).

Feminismo fingido o por conveniencia. También conocido como pintarse de rosa, el pink washing es una falsa intención de empresas, instituciones y entes que diseñan campañas de mercadotecnia cuyo color principal es el rosa, de modo que sean percibidas como aliadas de diversas causas; primero, la lucha contra el cáncer de mama; luego, de la comunidad LGBTTI+, y, ahora, de respaldo al movimiento feminista. Con la misma idea surge el pintarse de morado o violet washing, en el que las entidades diseñan campañas de lucha contra la violencia hacia las mujeres, entre violetas y morados. Pero, como sucedió con muchas compañías el pasado 9M, las verdaderas intenciones se revelan más temprano que tarde: no importa cuántos comunicados cargados de rosa emitan ni cuántos actores con un listón violeta digan que apoyan el combate a la violencia hacia las mujeres, si no se ponen en práctica acciones puntuales —como no descontarles el día a las mujeres que pararon el 9M o tener e implementar un protocolo eficaz de denuncia de acoso— que favorezcan la igualdad de oportunidades y de derechos en sus ámbitos, estamos hablando de “aliados por conveniencia”.

 

Paulina Chavira
Periodista y asesora lingüística


1 Pons, Lola. “El acoso, por su nombre”, El País, 2 de mayo de 2018, consultado el 12 de marzo de 2020: https://bit.ly/33RrjTG.

2 “Sorority”, Diccionario Merriam-Webster, consultado el 12 de marzo de 2020: https://bit.ly/39lJHoR.

3 De Unamuno, Miguel. La tía Tula, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2017.

 

2 comentarios en “Siete palabras feministas

  1. Me parece interesante que las palabras en inglés que llevan “man” fueron traducidas como “macho”. ¿ La palabra “sororidad” es la traducción más aceptada de “sorority”?