La posposición de un año de los Juegos olímpicos de Tokio, programados originalmente para inaugurarse en julio de 2020, es otro de los indicadores de la naturaleza, extensión y profundidad de la pandemia de coronavirus. Las enseñanzas de esa posposición son importantes para nuestra mejor comprensión de lo que significa el mundo globalizado, de una parte, y las capacidades de planeación y respuesta a las emergencias de los Estados, del otro. No deja de sorprenderme la proclividad de los científicos sociales y de los historiadores a ignorar o infravalorar la aleatoriedad como uno de los demiurgos del acontecer humano. Cualquier elemento, cualquier vector no visualizado con oportunidad tiende a ser considerado en principio como una anomalía respecto a una realidad cuya principal obligación es ser previsible (y en este campo la mayoría de los economistas son ejemplares). Consciente o inconscientemente, el horizonte de conocimiento de las ciencias sociales y las humanidades está dominado, al menos en una medida importante, por un canon determinista.

La mala noticia es que lo aleatorio ha jugado un papel fundamental en la historia de las mujeres y de los hombres.  “La aleatoriedad”, dice la voz en Wikipedia, “se asocia a todo proceso cuyo resultado no es previsible más que debido a la intervención del azar […]. El resultado de todo suceso aleatorio no puede determinarse en ningún caso antes de que este se produzca”. Conste que no digo que la aparición del coronavirus sea aleatoria, un puro azar. No, de ninguna manera. Lo que afirmo es algo muy diferente: que su aparición y su conversión en pandemia mundial tiene desarrollos y consecuencias no planeadas y ni siquiera entrevistas: entre miles, la posposición de los Juegos olímpicos de Tokio en 2020. Los Juegos de Tokio se sumarían a los juegos en 1916, 1940 y 1944, pospuestos por las dos guerras mundiales. Así, de ese tamaño debe ser el azoro nuestro.

Ilustración: Kathia Recio

Sé de buena fuente que los organizadores mexicanos tuvieron una relación compleja y en ocasiones difíciles con el Comité Olímpico Internacional alrededor de los Juegos de 1968. Estoy cierto que al transcurrir de las décadas la protesta estudiantil se ha colocado en la memoria como el referente visible y más importante de 1968. Lo que inició como bronca estudiantil y transcurrió luego en largas jornadas cívicas contra la torpeza y brutalidad represiva del gobierno, acabó en sangre y muerte a unos días de la inauguración de los Juegos. Siempre me tentaron las preguntas contrafactuales, en especial una: ¿qué habría sucedido si la protesta estudiantil no hubiese tenido el desenlace de Tlatelolco pero en cambio los Juegos se hubiesen realizado con éxito?  Obviamente, la pregunta es una buena medida ociosa. Lo es menos una operación de método en la que intenté relacionar los afanes por organizar unos Juegos exitosos, en un mundo crecientemente complejo, con aquello que se presenta de vez en vez, aunque con un vigor inusitados. Tokio 2020 (en realidad, 2021) es un buen ejemplo, en medio de nuestros pesares. La enuncié así:

1. Los Juegos olímpicos modernos son un acontecimiento previsto, programado y planificado. Los organizadores, los participantes, los medios y el público (al menos una parte) saben con antelación en qué ciudad se realizarán, cuándo inician y finalizan, y en qué circunstancias políticas, culturales y hasta climáticas se desarrollan. Para efectos organizativos, los responsables locales de unos Juegos deben generar y conservar un mínimo conocimiento y dominio de las circunstancias políticas, financieras, técnicas y logísticas, a riesgo de afectar sus propios cálculos sobre los umbrales de unos Juegos exitosos.

2. Existen una serie de saberes y tecnologías políticas, de comunicación, constructivas, de seguridad y, por supuesto, deportivas, para que los organizadores locales y los actores concurrentes puedan hacer un cálculo razonable sobre aquello que es deseable y posible en su participación olímpica. Por ejemplo, los organizadores pueden calcular el costo financiero directo e indirecto de la olimpiada; los ingresos por derechos de televisión y por la afluencia de turistas; los impactos mediatos e inmediatos para la imagen del país o de la ciudad sede; los destinos ulteriores de la infraestructura olímpica; etcétera. Y los actores concurrentes, a su vez, pueden calcular las consecuencias políticas, ideológicas o meramente atléticas de su éxito o fracaso deportivo y de su sola presencia en los Juegos.

3. Unos Juegos suponen la superposición y el encadenamiento de jurisdicciones políticas, administrativas, financieras y deportivas diversas y no fácilmente conciliables.  Como se sabe, el COI tiene una legislación muy exigente sobre la organización de unos Juegos y sobre las modalidades de participación. A su vez, las federaciones deportivas internacionales reglamentan las competencias deportivas y determinan algunas especificaciones para la construcción y uso de la infraestructura de competencia. Dependiendo de las circunstancias, los organizadores locales tienen que lidiar con los gobiernos nacionales, regionales y locales para financiar los Juegos, construir las instalaciones, recibir a los participantes y distribuir los costos y beneficios de los Juegos. En una dimensión que ha adquirido una importancia dramática en los últimos 40 años, los Juegos suponen la definición de políticas de seguridad que obligan a una coordinación internacional, nacional y local exhaustiva, extenuante y onerosa.

4. No obstante lo argumentado en los tres puntos anteriores, los Juegos olímpicos conllevan una carga enorme de incertidumbre, tanto para los organizadores como para los actores concurrentes y para el público. Los Juegos son un fenómeno complejo, en los cuales convergen vectores de distinta naturaleza política y de orígenes diversos. A final de cuentas, y como saben los ingenieros, entre más complejo es un sistema, más vulnerable, y las consecuencias de los errores involuntarios, omisiones, fallas de cálculo y sabotajes son más extendidas, profundas y paradójicas. Esos casi 15 días de los Juegos, tan rigurosamente planeados y publicitados por años, son una verdadera caja de Pandora en el horizonte global. Y como todos sabemos, los dioses del Olimpo aman rabiosamente nuestras incertidumbres y angustias.1

Sí, los dioses nos aman, y de qué manera. Una parte de ese chorro verborreico que insiste en que podríamos haber sabido lo que no sabíamos (ni sabemos) es peligroso porque reproduce nuestra falencia central: que todo constructo (el Estado, las personas, las organizaciones, los científicos) actúa con toda la información disponible e incluso imaginable. Pamplinas. Si así fuera no habría incertidumbre, angustia, opciones —ni historia. Las decisiones son tales solo porque están en un margen de incertidumbre. Si no fuese así serían repeticiones, reflejos de un diseño que, mala suerte, no existe.

No sé si existe una vacuna para nuestra soberbia intelectual. Debemos reconocer los límites de nuestra narrativa según la cual estamos hechos para apoderarnos del universo. Lo azaroso, lo aleatorio, actúa y compite ventajosamente con lo previsible, con el plan nuestro de cada día. Es innegable que hay entes y procesos —el Estado, la ciencia— llamados a atajar esos imponderables que nos angustian y nos matan. Pero debemos colocarnos en una posición en la cual aspiramos solo a intuir lo desconocido e indeterminados (ahora). No hay respuestas para todo, y ni siquiera están (ni estarán) todas las preguntas. Tal es el nombre del juego: con toda la planeación que uno esperaría de los japoneses, los Juegos de Tokio se posponen un año.

 

Ariel Rodríguez Kuri
El Colegio de México.


1 Ariel Rodríguez Kuri, Museo del universo. Los Juegos olímpicos y el movimiento estudiantil de 1968, México, El Colegio de México, 2019, pp. 22-23.