He olvidado mi infancia, el país por excelencia de los recuerdos. Lo atribuyo al ciclón que en 1955 arrasó esa patria posible, junto con la ciudad donde empecé a vivirla, hace cuarenta años, en la ribera más protegida de la Bahía de Chetumal, que se recorta como un perfil de pelícano sobre el litoral del Caribe mexicano, en el sureste verde y remoto, frontero de Belice, la selva y Guatemala.
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