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“Querida mía, te prohíbo que regreses a pie, voy a pedir el atelaje, hace demasiado frío, podría hacerte daño”. Françoise de Lucques le había dicho esto a su amiga Christiane hacía un rato al acompañarla y ahora que se había ido sentía remordimientos por esa frase torpe, aunque insignificante si se la hubiera dicho a alguien más, que podía inquietar a la enferma sobre su estado. Sentada cerca del fuego donde se calentaba alternadamente los pies y las manos, se hizo sin cesar la pregunta que la torturaba: ¿podrían curar a Christiane de esa enfermedad de languidez? Aún no habían traído las lámparas. Françoise estaba en la oscuridad. Pero ahora al calentarse de nuevo las manos, el fuego alumbraba en ellas la gracia y el alma. En su resignada belleza de tristes exiliadas en este mundo vulgar podían leerse las emociones con tanta claridad como en una mirada expresiva. Por lo común distraídas se posaban con una suave languidez. Pero esa noche, a riesgo de arrugar el delicado tallo que las sostenía con semejante nobleza, se abrían dolorosamente como flores atormentadas. Y pronto las lágrimas caídas de sus ojos en la oscuridad aparecieron una por una en el instante en que tocaron las manos tendidas frente a las llamas, en plena luz. Un criado entró; era el correo, una sola carta y con una escritura complicada que Françoise no conocía. (Aunque su marido quería a Christiane tanto como ella y consoló con ternura a Françoise de sus penas, no quería entristecerlo inútilmente ante la vista de sus lágrimas si es que lo notaba, si es que entraba bruscamente; quería tener tiempo de enjugarse los ojos en la oscuridad). Así que pidió que trajeran las lámparas hasta dentro de cinco minutos y acercó la carta al fuego para alumbrarse. El fuego arrojaba suficientes llamas como para que, al inclinarse para alumbrarla, Françoise pudiera distinguir las letras y he aquí que leyó.

Madame:

Hace tiempo que la amo pero no puedo ni decírselo ni no decírselo. Perdóneme. Vagamente todo lo que me han dicho de su vida intelectual, de la distinción única de su alma me ha persuadido de que sólo en usted encontraré dulzura después de una vida amarga; paz después de una vida aventurera; el camino hacia la luz después de una vida de incertidumbre y oscuridad. Y ha sido usted sin saberlo mi compañera espiritual. Pero eso ya no me basta. Lo que quiero es su cuerpo y al no poder tenerlo, en mi desesperanza y mi frenesí escribo para calmarme esta carta, como cuando alguien arruga un papel mientras espera, como cuando escribe un nombre en la corteza de un árbol, como cuando grita un nombre al viento o frente al mar. Por alzar con mi boca la comisura de sus labios, daría la vida. Pensar en esa posibilidad y saber que es imposible son cosas que me queman por igual. Cuando reciba cartas mías, sabrá que estoy en un momento en el que ese deseo me enloquece. Es usted tan buena, tenga piedad de mí, me muero de no poseerla.

Françoise acababa de leer la carta cuando entró el criado con las lámparas, brindando por así decirlo la sanción de la realidad a la carta que había leído como en un sueño, al fulgor móvil e incierto de las llamas. Ahora la luz suave pero certera y franca de las lámparas la hacía salir de la penumbra intermediaria entre los hechos de este mundo y los sueños del otro, nuestro mundo interior; le daban como la garra de autenticidad, según la materia y según la vida. Françoise quiso primero mostrarle la carta a su esposo. Pero pensó que era más generoso ahorrarle esa preocupación y que le debía al menos algo al desconocido, a quien no podía darle más que el silencio, en espera de que se olvidara. Pero a la mañana siguiente recibió una carta con la misma letra manuscrita y las siguientes palabras: “Esta noche a las nueve estaré en su casa. Quiero por lo menos verla”. Entonces Françoise tuvo miedo. Le escribió a Christiane rogándole que viniera a cenar con ella; su marido estaba fuera justamente esa noche. Le volvió a pedir a los criados no dejar entrar a nadie más y mandó cerrar con firmeza todos los postigos. No le contó nada a Christiane pero a las nueve le dijo que tenía migraña rogándole que se fuera a la antesala de la puerta que dominaba la entrada de su cuarto y no dejara entrar a nadie. Se puso de rodillas en su cuarto y rezó. A las nueve y quince sintiéndose con mucha debilidad fue al comedor a buscar un poco de ron. En la mesa había una gran hoja blanca con estas palabras en letras cursivas: “Por qué no quiere usted verme. Yo la podría querer bien. Algún día lamentará las horas que le pude haber hecho pasar. Se lo suplico. Permítame que la vea. Aunque si usted lo ordena me iré inmediatamente”. Françoise quedó espantada. Pensó en decirles a los criados que vinieran con armas. Le avergonzó la idea y, pensando que no había autoridad más eficaz que la suya para ejercer presión alguna en el desconocido, escribió en la parte de abajo del papel: “Váyase inmediatamente, se lo ordeno”. Y se precipitó hacia su cuarto, se abalanzó sobre su rosario y sin pensar en nada más le rezó a la Santa Virgen, con fervor. Al cabo de media hora fue a buscar a Christiane que leía según su petición en la antesala. Quiso beber un poco y le pidió que la acompañara al comedor. Entró temblando agarrada por Christiane y casi desfallece al abrir la puerta. Luego avanzó a pasos lentos, casi moribunda. A cada paso le parecía que no tenía fuerzas para dar uno más y que iba a desfallecer ahí. De pronto tuvo que reprimir un grito. En la mesa un nuevo papel en el que leía: “Obedecí. No regresaré más. No me volverá usted a ver jamás”. Afortunadamente, Christiane, ocupada con el malestar de su amiga, no había podido verlo y Françoise tuvo tiempo de metérselo en el bolsillo. “Debes volver a buena hora, puesto que te vas mañana temprano. Adiós, querida mía. Tal vez no podré ir a verte mañana por la mañana; si no me ves es que habré dormido hasta tarde para curarme la migraña”. (El médico había prohibido cualquier despedida para evitarle emociones excesivas a Christiane). Pero Christiane, consciente de su estado, entendía muy bien por qué Françoise no osaba venir y por qué les habían vedado las despedidas, y lloraba al despedirse de Françoise, que sobrellevó su dolor hasta el final y se mantuvo en calma para consolar a Christiane. Françoise no durmió. En el último mensaje del desconocido las palabras: “No me volverá usted a ver jamás” la preocupaban más que nada. Puesto que decía volver a ver, ella lo había visto ya. Mandó a que revisaran las ventanas: ni un postigo se había movido. No podía haber entrado por ahí. Había por lo tanto corrompido al conserje del hotel. Quiso correrlo, pero aguardó indecisa.

Ilustración: Ricardo Figueroa

Al día siguiente el médico de Christiane, a quien Françoise había pedido noticias de ella tan pronto se fuera, vino a verla. No le ocultó que el estado de su amiga, aunque no comprometido sin remedio, podía de súbito tornarse desesperado y que no veía tratamiento preciso al que someterla.

—Ah, es una gran calamidad que no se haya casado —dijo él—. Tan sólo esa vida nueva podría traer una influencia salvífica a su estado de languidez. Sólo placeres así de nuevos podrían modificar un estado tan profundo.

—Casarse —gritó Françoise—; pero quién querría esposarla ahora que está tan enferma.

—Que tenga un amante —dijo el doctor—. Ella lo esposará si la cura.

—No diga horrores semejantes, doctor —gritó Françoise.

—No digo horrores —respondió tristemente el médico—. Cuando una mujer se encuentra en semejante estado y es virgen, sólo una vida absolutamente distinta puede salvarla. No creo que debamos, en estos momentos supremos, preocuparnos por las convenciones y dudar. Pero volveré mañana con usted, tengo demasiada prisa hoy, y lo hablaremos de nuevo.

 

Ya a solas Françoise caviló un instante en las palabras del médico, pero pronto y sin querer se puso a pensar de nuevo en el misterioso corresponsal que había sido tan diestro y audaz; tan valiente cuando había buscado verla; tan humilde al resignarse y tan tierno al verse obligado a la obediencia. La idea de la extraordinaria decisión que asumió él por amor a ella, la cautivaba. Se había preguntado muchas veces quién podría ser y ahora se imaginaba que era un militar. Siempre los había querido y antiguos ardores, llamas a las que su virtud había negado alimento pero que habían incendiado sus sueños y a veces habían conducido extraños reflejos por sus ojos castos, se encendían de nuevo. Antaño sintió con frecuencia el anhelo de que la amara uno de esos soldados cuyo cinto tarda en desabrocharse, dragones que de noche en las bocacalles dejaban arrastrar el sable y apartaban la mirada, y cuando se les estrecha de cerca en un canapé corren el riesgo de picarles las piernas con esos grandes puñales; hombres que esconden, bajo una estofa demasiado basta como para que se sienta su latido, un corazón despreocupado, aventurero y dulce.

Muy pronto, igual que un viento henchido de lluvia deshoja, arranca, dispersa y pudre las flores más perfumadas, el pesar de sentir perdida a su amiga ahogó en un aluvión de lágrimas todos aquellos pensamientos voluptuosos. La faz de nuestras almas cambia tanto como la faz del cielo. Nuestras pobres vidas flotan desamparadas entre las corrientes de la voluptuosidad en las que no se atreven a quedarse y el puerto de la virtud al que no tienen las fuerzas de alcanzar.

Llegó un despacho. Christiane había empeorado. Françoise partió y llegó al día siguiente a Cannes. En la villa que Christiane había rentado el médico no permitió que Françoise la viera. Estaba demasiado débil por el momento.

—Madame —dijo al fin el médico—, nada quisiera revelarle de la vida de su amiga, que ignoro además enteramente. Pero creo que debo contarle un hecho que acaso podría hacerle adivinar, a usted que la conoce mejor que yo, el doloroso secreto que parece oprimir sus últimas horas y así aportar un alivio, quién sabe, un remedio tal vez. Pide sin cesar una cajita, hace salir a todo el mundo y tiene consigo misma largos enfrentamientos, que acaban siempre en una suerte de crisis nerviosa. La caja está ahí y no me he atrevido a abrirla. Pero considerando el estado de extrema debilidad de la enferma que en cualquier instante puede volverse de una tremenda e inmediata gravedad, creo que sería tal vez su deber mirar lo que hay dentro. Así podremos saber si es morfina. No tiene picaduras en el cuerpo pero podría estarla ingiriendo. No podemos negarnos a darle esta caja; su emoción cuando nos rehusamos es tanta que sería rápidamente un peligro, acaso fatal. Pero nos sería de gran interés saber qué le estamos llevando en ella a cada momento.

Françoise se quedó pensando unos instantes. Christiane no le había confiado ningún secreto del corazón y ciertamente lo hubiera hecho de haberlo tenido. Era seguramente morfina o algún veneno análogo. El interés del médico por saberlo apremiaba, era inmediato. Con una ligera afectación abrió, no vio nada al principio, desdobló un papel, se quedó pasmada un segundo, pegó un grito y se cayó. El médico se precipitó sobre ella; sólo se había desmayado. No muy lejos la caja que se le había escapado de las manos yacía al lado del papel caído. El médico leyó en él: “Váyase, se lo ordeno”. Françoise volvió rápido en sí misma, tuvo de pronto una dolorosa contracción violenta y luego con una voz como apaciguada le dijo al médico:

—Figúrese usted que creí ver láudano, en mi sobresalto. Estoy loca. Creerá usted —preguntó Françoise— que Christiane pueda salvarse.

—Sí y no —respondió el médico—. Si pudiéramos suspender ese estado de languidez, como no tiene ningún órgano afectado podría recuperarse por completo. Pero no podemos prevenir que algo pueda detenerlo. Es una calamidad que no podamos saber nada de la pena de amor que probablemente la tiene sufriendo. Si estuviera en el poder de alguien vivo poder consolarla ahora y curarla, creo que esa persona tendría que cumplir ese deber de estricta caridad.

Françoise pidió que enviaran un despacho inmediatamente. Pedía que viniera el director en el próximo tren. Christiane pasó el día y la noche en una somnolencia casi absoluta. A la mañana siguiente se encontraba tan mal, tan agitada, que después de haberla preparado el médico dejó pasar a Françoise. Françoise se acercó, le preguntó por cualquier novedad para no asustarla, se sentó cerca de su cama y la reconfortó bondadosamente con palabras de ingenio y ternura.

—Estoy tan débil —dijo Christiane—, acerca tu frente, quiero besarte.

Françoise había retrocedido instintivamente y por fortuna Christiane no la vio. Con rapidez tuvo dominio de sí misma, y la besó dulce y prolongadamente en las mejillas. Christiane parecía mejor, más animada; quiso comer. Pero vinieron a decirle algo al oído a Françoise. Su director, el abad de Tresves, acababa de llegar. Fue a charlar con él al cuarto vecino, con pericia, sin dejarle adivinar nada.

—Abad, si un hombre se muriera de amor por una mujer que le pertenece a otra [sic] y ese hombre hubiera tenido la virtud de no buscar seducirla, si sólo el amor de esa mujer pudiera salvarlo de una muerte próxima y certera, ¿sería digno del perdón que ella le ofreciera su amor? —dijo de pronto Françoise.

—Cómo no se ha respondido usted sola —dijo el abad—. Eso sería, aprovechándose de la debilidad de un enfermo, horadar, arruinar, impedir, anegar el sacrificio de una vida que ha dedicado a la buena voluntad de su corazón y a la pureza de la que amaba. Es una hermosa muerte y actuar como usted dice sería cerrar el reino de Dios a quien lo ha merecido al triunfar tan notablemente sobre su pasión. Sería, sobre todo, para la amiga tan patética, la decadencia de unirse a quien, sin ella, hubiera bendecido su honor más allá de la muerte y más allá del amor.

Vinieron a llamar a Françoise y al abad, Christiane se moría, pedía la confesión y la absolución. Al día siguiente Christiane había muerto. Françoise no volvió a recibir jamás cartas del Desconocido.

 

Marcel Proust