La revolución mexicana

es un conjunto de acciones, que arranca de 1910, al cual algunos intelectuales marxistas le niegan el carácter de revolución, y la vox populi, el carácter mexicano. En este negocio, lo único indiscutido es la fecha inicial. Nadie se opone a la celebración del septuagésimo quinto aniversario del comienzo de la gesta revolucionaria o de la gran rebelión en este 1985. Se discute mucho el año final. Según los voceros del grupo en el poder, el cierre de la Revolución aún no llega y está lejano. Para los que ven el fenómeno con ojos de cineasta, la acción revolucionaria, emocionante por destructiva, desfallece al promulgarse el texto constitucional de 1917. Quienes consideran como meollo de la lucha las reformas agrarias, laboral, eclesiástica y nacionalizadora, ven su muerte de cisne, su último grito, en la expropiación petrolera de 1938. Otros dicen que la mató Alemán en 1946; otros, que el puntillazo se lo dio Díaz Ordaz en 1968. Aquí se da como la mejor fecha mortal la de 1939.

Quienes dicen que revoluciones sólo son la rusa, la china, la cubana y la nicaragüense, la de México no lo es ni pretendió serlo. En lo político, despachó a Paris a un presidente de la República que no atinaba a bajarse por las buenas de la silla presidencial, pero no se deshizo de la estructura política imperante desde la Reforma liberal. En lo económico, sentó las bases de una economía mixta, pero nunca quiso convertirse en administradora única de empresas. Reformó la tenencia de la tierra y las relaciones laborales sin desdoro de la propiedad privada de los parvifundistas y de las iniciativas justas de los patronos de la industria y el comercio. Tampoco condujo la guerra contra las trasnacionales a todos los frentes. En lo cultural no fue de ningún modo ruptura con el pasado inmediato. Se mantuvo firme en el propósito de modernizar a México. Lo único novedoso fue hacer apeticibles para los de abajo las modas de la “modernidad”. En lo tocante a valores éticos, estéticos, científicos, filosóficos y religiosos, la llamada oficialmente Revolución Mexicana no quiso romper con el Porfiriato, y por lo mismo no revolucionó la política cultural de los científicos que no se avenía a las tradiciones culturales de México. En el campo de los valores, la política imperante entre 1910 y 1939 no fue del gusto de las mayorías.

Si se llaman mexicanas las costumbres del grueso de los habitantes del apis, la Revolución no puede recibir el mismo epíteto. Los protagonistas de la Revolución, salvo Villa y Zapata, rehusaban compartir los valores culturales de la gran mayoría de la población así como el estilo de cultura de alguna de las cien minorías étnicas. Los insurgentes de 1910 no pensaban como mexicanos y de ningún modo eran la parte mayoritaria de la nación. Indudablemente la lucha armada a la que llamó Madero se produjo en cada uno de los Estados de la República, aunque en muy pequeñas dosis casi en todos. Los grupos insurgentes que derrumbaron al dictador Díaz eran apenas el uno por millar del haber demográfico de México. Aunque fue mayor el número de personas que hicieron armas contra la dictadura de Huerta, no llegaron al tres por millar. Por otra parte la mayoría de la minoría sublevada fue súbdita de los dos caudillos que de ninguna manera representaban la ortodoxia de la gente que triunfó. Ni Villa ni Zapata, quienes podían ser aspirantes al título de lideres de Juan Pueblo, fueron los triunfadores de la rebelión. En resumidas cuentas, el grupo que se hizo del poder a partir de 1917, el de Carranza y sus seguidores, nunca fue verdaderamente revolucionario, sólo reformista, y jamás pudo pretender la representación del pueblo mexicano. En estos sentidos, la Revolución fue poco revolucionaria y mexicana. Con todo, pudo hacer el escándalo del siglo, y como tal sigue siendo argumento de muchas historias.

Sobre el complejo llamado Revolución Mexicana existe un material histórico abundantísimo. Esto se ve muy a las claras si uno se toma la molestia de ver el Handbook of Latin American Studies en donde Stanley R. Ross estuvo informando de las publicaciones relativas a la Revolución Mexicana al través de muchos años. También se puede advertir lo torrencial de tal literatura histórica en Fuentes de la Revolución Mexicana, cuya serie sobre “artículos” es también obra de Ross. Un tercer testimonio del torrente historiográfico a que nos referimos lo da la Bibliografía Histórica Mexicana que desde 1956 publica El Colegio de México. No cabe duda que el asunto de la Revolución Mexicana es un manantial que no cesa en inspirar volúmenes, artículos, videocartuchos y películas, hechos, en su gran mayoría, desde 

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que no desde el punto de vista de los arbitros académicos y menos aún desde la perspectiva popular. Desde su nacimiento, las peripecias de la vida revolucionaria fueron difundidas por crónicas periodísticas que durante el primer lustro de la Revolución se mostraron desfavorables a la lucha maderista. El antiguo régimen mantuvo en pie su ejército y sus medios de información hasta 1914. Como es bien sabido, Madero no pudo tener buena prensa desde que recorrió la República como candidato presidencial hasta su ascensión al poder supremo; no hizo nada por ganarse la venia de los periodistas cuando fue presidente, y sus seguidores no pudieron conquistar los periódicos durante la dictadura contrarrevolucionaria de Huerta.

Por los Tratados de Teoloyucan se licenció el ejército de Porfirio Díaz, y sin ningún convenio, en el mismo 1914 pasó a segundo plano la prensa periódica hostil al proceso revolucionario. De entonces para acá la mayoría de las crónicas periodísticas tomaron el partido de la Revolución aunque no se les puso ninguna pistola al pecho para conseguirla. El grupo intelectual de la élite revolucionaria tomó la mayor parte de las páginas de la prensa periódica y no fue parco en piropos para los hombres y los hechos de la contienda. Desde los días de Carranza, los diarios y las revistas semanales prodigaron, además de reportajes de la acción cotidiana de signo oficial y revolucionario, relaciones breves de méritos y servicios de quienes capitaneaban la Revolución.

Algunos no se contentaron con dar a conocer sus hazañas en las hojas efímeras de periódicos y revistas. El general Alvaro Obregón no quiso ser menos que Hernán Cortés y produjo sus Ocho mil kilómetros en campaña, equiparable a las Cartas de relación del extremeño del siglo XVI. Entre 1917 y 1940 tomaron el camino autobiográfico y autopanegírico del sonorense, Félix Palavicini, Alberto Pani, Emilio Portes Gil y José Vasconcelos. De los autobiógrafos del cuarenta para acá, sobresalen Amado Aguirre, Alfredo Breceda, Federico Cervantes, Andrés Figueroa, Adolfo de la Huerta, Lázaro Cárdenas, Jorge Prieto Laurens y Francisco L. Urquizo. Junto a esta manera autobiográfica de encomiar la Revolución ha crecido el modo biográfico de ver la caída del “pérfido” Díaz y sus “malvados” científicos y ascenso al poder de los capitanes revolucionarios. Todavía no cesa el alud de biografías encomiásticas sobre Flores Magón, Madero, Villa, Zapata, Carranza, Obregón, Calles y Cárdenas, así como de los héroes secundarios.

También forman legión dentro de esta historia recordada, memorialística y laudatoria los libros de sucesos militares e intrigas políticas propiciados por el Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución y otros organismos oficiales. Así algunas obras de Florencio Barrera Fuentes, Isidro Fabela, Juan Gualberto Amaya, Diego Arenas Guzmán, Alberto Calzadías, Eduardo Luquín, Miguel Sánchez Lamego, Alfonso Taracena, Juan Barragán, Juan Manuel Torrea, Jesús Romero Flores y muchos más. Las obras histórico prorevolucionarias que se basan en recuerdos de protagonistas y cuya objetividad nadie está dispuesto a defender, suman centenares.

Al irse desgranando la mazorca revolucionaria disminuyó la cosecha de obras encomiásticas escritas por veteranos de la Revolución, por adalides y a la vez narradores de sucesos acaecidos en el periodo 1910-1940. Con todo, la historia reverencial, conmemorativa de los personajes difuntos, siguió dándose en los discursos del 20 de noviembre, en artículos de diario y revista y aun en volúmenes celebratorios de este y aquel cincuentenario de tal o cual acontecimiento. En pos de los caídos vienen autores que no se apartan de la versión oficial de la Revolución erigida por los viejos. Personas que ya no pelearon en la lucha armada ni tampoco en los acaeceres reformistas del veinte al cuarenta, personas que disfrutan de lo establecido por los veteranos, producen constantemente historias apegadas al dogma oficial. En algunos casos Alberto Morales Jiménez puso el modelo; en otros, José Mancisidor. Quizá el libro más cabal de la historia encomiástica de la Revolución hecha por posrevolucionarios siga siendo la que salió con el rótulo de Cincuenta años de Revolución Mexicana, más conocida bajo el nombre irónico de Cincuenta años de felicidad mexicana.

Con todo, lo predominante en los últimos veinticinco años ha sido una nueva concepción revolucionaria obra de propios y extraños, pero siempre de historiadores con escuela. Recuérdese que a partir de 1940, El Colegio de México y la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM comenzaron a formar investigadores de la historia mexicana. Por las mismas fechas creció en los Estados Unidos el interés por historiar profesionalmente lo que Ross llamó la revolución preferida. La creciente preferencia externa y la creciente profesionalización en México de los estudios históricos han conducido a un análisis múltiple del pasado inmediato de México desde

El mirador de los científicos,

de los practicantes de las ciencias del hombre que suelen vivir encastillados en los institutos de investigación de universidades extranjeras y nacionales, o en institutos autónomos como los del sistema Colmex, que desde la fundación del Colegio de Michoacán tienden a ser muchos, muy profesionales y un poco heterodoxos. Lo cierto es que desde mediados del siglo se vigoriza una historia académica, con pretensiones de objetividad que produce libros tan vastos como la Historia de la Revolución Mexicana, en veintitrés volúmenes, con pie de imprenta de El Colegio de México y numerosos artículos que recogen revistas de la seriedad de Historia Mexicana.

La historia nueva se ha apartado de los enfoques puramente políticos y biográficos de la Revolución. En los nuevos libros ha dejado de escucharse el fragor de las batallas; no se dice mayor cosa de las intrigas palaciegas, y se vuelven individuos de carne y hueso los hombres que la historia partidista esculpió en bronce.

En las historizaciones de Héctor Aguilar Camín, Barry Carr, Arnaldo Córdova, Charles Cumberland, José Fuentes Mares, Moisés González Navarro, Federico Katz, Enrique Krauze, los tres Meyer (Jean, Lorenzo y Michael), Robert Quirk, Stanley Ross, Ramón Eduardo Ruiz, Peter D. Smith, Berta Ulloa y John Womack se diluyen las poses arrogantes de los héroes y los poderosos. La historia-batalla le cede el paso a la historia-cocina. La preocupación por lo económico mata el interés en las historias militar y política. También se cuelan en la nueva historia los asuntos de índole social y cultural. Hoy la Revolución Mexicana es vista por el lado de sus ideas por Octavio Paz, Abelardo Villegas, Luis Villoro y Leopoldo Zea; por el de la plástica al tráves de las obras de Justino Fernández, Raquel Tibol y Luis Cardoza; por el económico, gracias a los estudios de Diego López Rosado y Leopoldo Solís; por el religioso, como se ve en algunos libros de José Bravo Ugarte, Jean Meyer y Alicia Olivera, y desde muchos otros nuevos ángulos.

La historia de la Revolución que se autonombra seria rechaza lo más posible las retahílas de noticias, condena lo anecdótico, desprecia los hechos efímeros y relampagueantes y se complace en la consideración de las-estructuras. Rehuye el chisme y la narración de acontecimientos. Pretende mirar el bosque del pasado inmediato de México sin dejar fuera ninguna clase de árbol o matojo, pero a bastante distancia, desde un divisadero donde no es posible la contemplación placentera de las hojas y las flores.

Por lo demás, la historia de los historiadores profesionales no se queda en el cuento de estructuras. Casi siempre se enreda en explicaciones. Como instrumento explicativo se usa generalmente una filosofía especulativa de la historia. Por ejemplo Arnaldo Córdova, Adolfo Gilly, Pablo González Casanova y Juan Felipe Leal aclaran el proceso revolucionario de México con la doctrina del materialismo histórico. El enfoque marxista es sin duda el más persistente, pero no el único. En gracia a la brevedad, omito la mención de otros cuerpos teóricos al servicio de la historiografía que estudia el pasado reciente de México. Por otra parte, la puesta de membretes ideológicos a los historiadores profesionales sólo nos apartan de nuestra ruta y nos alejan del arribo. Aquí importa poco averiguar las fuentes ideológicas de los historiadores de la Revolución de nivel universitario. Es más importante saber de dónde extraen sus noticias y sentires acerca de la vida mexicana del periodo 1910-1940.

Los que se estiman científicos de la historia de nuestra Revolución tienden al desprecio de las recordaciones orales de los revolucionarios y a prestar toda su confianza a los manuscritos de los archivos y los impresos de las bibliotecas. Se ningunea a los memoriosos y hacen panegíricos de los papeles, sobre todo si están cubiertos de números. Son pan cotidiano las quejas contra las anécdotas de la gente menuda y las alabanzas a las fuentes estadísticas, y en general a todo lo conservado en archivos, museos y bibliotecas. Junto a eso crece el interés por la llamada historia oral, por los testimonios de la lucha que se recogen en sonograbadora o en videocartucho. De hecho, se dan varias corrientes, opiniones encontradas, sobre la mejor manera de documentar nuestro conocimiento de la Revolución. Con todo, y pese a lo que se dice, la historia académica suele formular sus juicios acerca del primer tercio de este siglo en base a los puntos de vista de los revolucionarios sin tomar para nada en cuenta la historia de la Revolución vista desde.

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que fueron la mayoría de los habitantes de México entre 1910 y 1940. Basta ojear las bibliografías finales de los libros de historia académica para percatarse de la utilización de un material que de dientes para afuera se maldice, del uso de las crónicas aparecidas en los periódicos de los hacedores de la Revolución, y sobre todo de las publicaciones biográficas y de las memorias de tales hombres. Todavía más: se va a ver y oír a muchos veteranos que no escribieron sus recuerdos para que los digan delante de una grabadora. En cambio es muy infrecuente el uso de pruebas y noticias oriundas de las personas sólo revolucionadas.

Ciertamente el testimonio popular sobre la etapa revolucionaria de México no es fácil de adquirir. Los periódicos rara vez le han permitido el acceso a sus páginas a los puntos de vista de la gente humilde. La historia recordada por el pueblo raso pocas veces atrae el interés de los reporteros. En esa línea, es una excepción Víctor Ceja Reyes que ha puesto por escrito y publicado muchos testimonios de insurgentes contra la dictadura anticatólica de Plutarco Elías Calles. Tampoco los eruditos que se dedican a la hechura de compilaciones documentales suelen aportar los testimonios que permitan reconstruir la visión de los vencidos. Sin embargo, aquí también se da el excepcional, en este caso, es el archivo de la palabra del Instituto Nacional de Antropología e Historia, del INAH.

La historia recordada por quienes no hicieron la Revolución está en oferta para los historiadores profesionales —siempre en pequeñas dosis— en un tipo de literatura que los académicos no suelen frecuentar: la historia pueblerina, que se ha producido con cierta abundancia, en el siglo presente, en todos los rincones de México. Salvo las excepciones en que esa historia menuda trata de ser como la oficial o como la académica generalizadora, la microhistoria recoge la conciencia del pueblo, el sentir y el saber popular acerca de su pasado, las observaciones de cada comuna sobre lo acontecido allí y en el contorno. Ya se escribe con cuatro guarismos el número de volúmenes de microhistoria mexicana, la gran mayoría atestados de fallas técnicas. Acaba de agregarse a esa mole disímbola de crónicas pueblerinas un conjunto de respuestas a una incitación lanzada por el Museo de Culturas Populares. Este invitó a todo mundo a escribir sobre el tema de “Mi pueblo durante la Revolución”, y propuso premio para los treinta trabajos mejores. Algunos de los textos concursantes contienen los recuerdos escritos o dictados por personas octogenarias que les tocó vivir la época violenta de la Revolufia; otros la memoria de sesentones que vieron con sus ojos la etapa reformista que va de Obregón a Cárdenas, y otros, los resultados de las indagaciones de personas jóvenes y maduras sobre la revolución en su pueblo.

En suma, ya se pueden reunir testimonios válidos de la mayoría de la población que se puso las manos sobre la cabeza al producirse los estallidos revolucionarios de la serie iniciada en 1910. Ya no sólo se tienen disponibles los testimonios y alegatos de quienes encendieron la mecha. Ya se pueden utilizar, aunque todavía no como uno quisiera, las atestiguaciones de quienes recibieron las quemaduras o de los que se quedaron como estaban. Como quiera, aún se requiere una larga tarea de barbecho para oír con nitidez la vox populi en el juicio que se sigue a la Revolución después de setenta y cinco años de haberse puesto en obra.

Hasta ahora lo que se entreoye de la confusa voz de algunos millones de revolucionados testigos de la acción de algunos millares de revolucionarios, se puede resumir en diez puntos. 

a) La gran mayoría del pueblo nunca tuvo una visión global de la Revolución Mexicana. La mayoría de la gente percibe distintas acciones revolucionarias en el espacio y en el tiempo. Mejor dicho: por lo que se refiere al espacio, los más de los mexicanos —al fin y al cabo analfabetas y todavía muy lejos de los radios de transistores— supieron poco de lo que no pasó en su año y su terruño y en los poblados próximos; rara vez se percataron de las andanzas de los grandes jefes; los más sólo recuerdan las fechorías de cabecillas locales o de ejércitos numerosos que caían como mangas de langosta en su pequeño mundo. En Michoacán, un capitán de bandidos, Inés Chávez García, dejó una fama muy superior a la de los grandes caudillos.

2) La historia recordada por la gente del pueblo municipal y confuso suele distinguir muchas “revoluciones” desde la de Madero. Se habla con mucha naturalidad de la revolución del chaparrito del norte, la revolución de los carranclanes, la revolución de Villa, la revolución de Zapata, la revolución de Chávez o su equivalente en otros puntos, la revolución obregonista, la revolución delahuertista, la revolución de Escobar, la revolución cristera, la revolución de Cedillo y no sé cuántas más Como quiera, no a todas se les tiene en el mismo grado de estima o desestima. La maderista dejó buenos recuerdos.

3) La etapa que suscita rememoraciones más vivas y dolorosas es la de 1913-1917. Aquel lustro fue para los revolucionarios de grandes hazañas y heroicidades, y para los revolucionados, de crímenes atroces, robos, secuestros, difuntos colgantes, mujeres violadas e imágenes religiosas desposeídas de sus “milagros” y sus dijes. La gente que se autonombra “pacifica”, la gran mayoría de la gente, tanto la rústica como la urbana, recuerda con “chinitos” en el cuerpo los años cruciales de la Revolución. De aquel lustro de tantas revoluciones, quemazones, colgazones, balaceras y sacrilegios, se rememora con subido horror el año de 1915, el año del hambre que fue general. El Dr. Manuel Servín escribe: “si pudiera sintetizar en pocas palabras el recuerda que la Revolución dejó para siempre en la mente de mi madre fue el del hambre y la muerte, tomados de la mano”. Un testigo de Zongolica, Veracruz, recuerda: “Después de tantas penalidades por los sustos sufridos… faltan faltan los alimentos”. Por la leva de los hombres del campo, “la tierra quedó sin producir…”. Mucha gente nunca pudo olvidar las carcomas del hambre en sus tripas.

4) La promulgación de la Carta Magna de 1917 no ocupa ningún espacio en la historia recordada por la mayoría de la gente, pero al personaje de Carranza y a sus corifeos se les evoca como “los carranclanes” y epónimos del verbo carrancear, que quiere decir algo así como sustraer lo ajeno. Para una población mayoritariamente católica, la actitud irreverente de algunos jefes carrancistas ante curas e imágenes de santos, produjo retortijones, hizo ver la presencia del Diantre en los “fronterizos” que acaudillaba don Venustiano.

5) Los zapatistas fueron especialmente mal recibidos en la ciudad de México. Como quiera, un viejecito de La metrópoli se acordaba en 1984 que “los zapatistas abrían las tiendas a culatazos; tomaban una parte del maíz para sus necesidades y repartían el resto a la gente… Una vez hubo reparto de bolillos”. De los zapatistas quedó el recuerdo doble de ser bárbaros y al mismo tiempo generosos con los pobres. Además, tanto ellos como los villistas se encomendaban a Dios y a los santos y eran incapaces de cometer robos sacrílegos.

6) Quizá los únicos caudillos revolucionarios de los que se ha mantenido una buena memoria en amplios círculos populares sean Madero y Villa. La fama de delincuente de Pancho Villa proviene de la élite revolucionaria, no de la voz del pueblo, sobre todo del pueblo de la mitad sur de la República. Supongo que a los villistas se les recuerda con cariño por ser hostiles a los carranclanes, por haber vapuleado a los güeros y por ser simpatizadores de los padrecitos y las prácticas religiosas.

7) La inquina contra la Iglesia Católica parece ser la causa mayor del poco aprecio popular para la época jacobina de la Revolución Mexicana. Quienes ahora cumplen de setenta a ochenta años de edad en los pueblos de Michoacán, Jalisco y Colima recuerdan que en los veintes el papel de villanos lo desempeñaron Obregón, Calles y el “gobierno”, y el papel de héroes los soldados de Cristo Rey. Curiosamente el recuerdo popular ha borrado las brutalidades cometidas en nombre de Cristo por los cristeros. Desde el punto de vista de los revolucionados la cristiada fue buena.

8) El agrarismo que llegó a su plenitud en los días del presidente Cárdenas dejó en general buenos recuerdos entre los campesinos pobres y malos entre los parvi y latifundistas. Estos últimos han querido dejar una imagen deforme del general Lázaro Cárdenas. Con todo, nadie ha podido despojar al último presidente de la Revolución del reconocimiento mayoritario del pueblo. La historia recordada por la gente del común se complace en el episodio de la expulsión del Jefe Máximo, conseguido sin derramamiento de sangre; en el reparto al por mayor de las haciendas; en la reapertura del culto católico; en los mítines multitudinarios, y sobre todo en las grandes manifestaciones con que se apoyó la medida más popular del proceso revolucionario, la expropiación de los bienes de las compañías petroleras.

9) Los revolucionados nunca vieron con buenos ojos la etapa violenta de la Revolución, el decenio 1911-1920, dizque por:

Haberse visto cosas muy duras
en esas revoluciones:
estropicios, quemazones,
golpizas y colgaduras.

Tampoco le perdonarán a Obregón y Calles la persecución religiosa. El pueblo comenzaba a tomarle gusto a la tan cacareada Revolución cuando se le puso un hasta aquí a raíz del conflicto petrolero de 1938. Por lo menos así se deduce de los fragmentos de historia oral y de historia pueblerina de que se dispone, no obstante que se trata de una historia muy contaminada por la escuela y los medios oficiales de comunicación.

10) No podemos incurrir en la ingenuidad de creer que la historia recordada de los revolucionados, y en definitiva de la mayor parte de la gente de México que vivió las décadas de los diez, veinte y treinta, no se ha dejado influir por el concepto oficial de la Revolución que se enseña en los diversos niveles escolares, en la prensa periódica, en la radio y en la televisión. Cuando se fusionan el discurso histórico del gobierno y la memoria colectiva es difícil separar uno de la otra. En los casos en que simplemente se yuxtaponen, las operaciones criticas, de discrimen, son muy fáciles.

El hecho de que las anteriores notas sean meramente provisionales, no invalida la tesis de que la Revolución Mexicana ha sido vista de manera muy diferente por el recuerdo histórico de los revolucionarios o la clase media que asumió el poder en México a partir de 1911, por la historia exquisita de los académicos o la crema universitaria y por la memoria de los revolucionados o el pueblo municipal y espeso. Tampoco invalida la afirmación que la historiografía académica, árbitro en la contienda de los “perfumados” y la gente rasa, ha oído con suma atención el punto de vista de aquéllos y hasta ahora ha escuchado muy poco a la memoria colectiva. Por lo mismo, la historiografía culta ha pecado de coja, se ha dejado conducir en exceso por el discurso histórico oficial. Para producir un dictamen próximo a la justicia, una concepción menos distorsionada de la Revolución se requiere acudir a los recursos de la historia oral y la microhistoria, al estrecho contacto con las memorias, con el testimonio directo, con los sondeos de opinión de la muchedumbre.