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De entre las novelas, yo prefiero las biografías. Lo digo porque las biografías algo tienen de novela, y porque las novelas cuando algo tienen de biográficas resultan exquisitas.

En homenaje al compromiso de toda buena biografía —ser al mismo tiempo una fábula y una verdad irrefutable—, Marina Castañeda ha escrito un libro intenso, excepcional y cercano.

La propia existencia es la única riqueza cierta que tenemos, por eso hay generosidad en quienes la cuentan.

La autobiografía de Marina es importante por varias razones. Una porque dice lo que hace no mucho era incontable: las dificultades y los abismos por los que pasó, la fortaleza con que enfrentó su homosexualidad en un mundo adverso. Otra porque nombra lo que a todos nos ha pasado: el desamor, el éxtasis, la duda; que en muchos se vuelve silencio, no como fruto del pudor o del miedo, sino de la incapacidad para hablar de la propia vida como algo que importa.

Si su libro hubiera aparecido, ya no digamos hace cincuenta años, hace treinta, habría podido ser un escándalo. Ahora, es más bien una celebración. Marina, sobria y pausada como es, tiene, entre quienes la leen, el reconocimiento y el cariño de una estrella de rock. Sicóloga, socióloga, devota de la música, Marina escribe su autobiografía, ella cree, o el título de su libro lo sugiere, sólo para reflexionar y enseñarnos lo que aprendió a lo largo de una vida homosexual. Pero vale leerla no nada más para saber cómo y por qué ella descubrió su homosexualidad, sino también para oír todo lo demás: su infancia, sus papás, sus hermanos, sus inútiles novios, sus imposibles novias, sus hallazgos, su entereza.

La vida, ella lo sabe, no sólo se define al elegir cómo y a dónde dirigimos la sexualidad y el erotismo. Dadas las cosas, también es difícil elegir la patria, la paternidad, la profesión, la pareja. Y todo hay que irlo decidiendo si no queremos que alguien más, para mal, lo haga por nosotros.

Marina lo hizo con inteligencia, valor y sencillez. Y así lo cuenta. En su libro, el mundo está visto con los ojos de una memoriosa y ahora sabia mujer homosexual que se descubrió como tal hace cincuenta años.

Pero toda su ordenada memoria toca la fiebre de muchos otros. Sin duda la del público que la busca como a la guía en que se convirtió tras la ayuda indispensable que fue para muchos su libro La experiencia homosexual.

Casi todos los romances adolescentes son difíciles. El primer amor de Marina lo fue aún más. Pero ella comparte la historia con una indulgencia divertida. Y por eso convoca.

Ilustración: Gonzalo Tassier

La adolescencia en los años sesenta era un abismo que ahora se nos hace una tontería, pero que lastimaba con cosas como dar batallas para usar o no usar sostén, para comprarse unas medias y un liguero, para no comprárselos, para reconocerse. Y si eso era un lío para una mujer heterosexual, que había nacido, dice Marina, con un instructivo para hacer la vida, no hay que imaginar, porque lo cuenta de maravilla, lo que fue para ella.

Notar los cambios en el cuerpo, para la Marina que se reconocería como homosexual, fue una calamidad que se le apareció como al diablo de no saber quién era. Pero leyéndola se recuerda que a muchas otras se nos apareció el mismo diablo, aunque con otro trinche. El sexo como algo peligroso y prohibido, si no pasaba por la religión y la ley. Entonces, igual que Marina, sentimos el raro vértigo del amor a lo pendejo.

A ella no le gustó volverse diferente a la niña que fue. Yo tardé tiempo en encontrarle el chiste.

Y claro, también mis papás esperaban de mí otras cosas. Como los de Marina, esa niña sonriente que de buenas a primeras ya no pudo jugar con los amigos de su hermano porque empezaron a verla como una intrusa, no como una igual.

Yo fui a un colegio sólo para mujeres, aunque no sea creíble: el mundo ideal. Marina a uno mixto. Pero las dos tuvimos que enfrentar a unos adolescentes desconocidos y encontrarnos con esto de la diferencia y la condición subordinada frente al otro sexo, que resultó insufrible tanto para mí como para ella y tantas más. Fuera del matriarcado en que crecí, los hombres iban primero, las mujeres tendríamos que estar subordinadas y en sus manos para casarnos y ser felices —o no— toda la vida. Peor descubrimiento no pude yo haber hecho por entonces.

Pensarán ustedes que por qué comparo la adolescencia indecisa de una heterosexual con la de una adolescente enfrentada a su homosexualidad.

Vuelvo a escribirlo, porque mientras yo iba leyendo a Marina, me iba viendo. Quizá su vocación de terapeuta experta en escuchar hace que quien la oye quiera hablarle y hablarse. A mí también, en los años setenta me tocó vivir la confusión, los amores desdichados, la exploración sexual acertada o no. Cada una en su medio y sin conocernos dábamos la misma batalla. ¿Quién soy? ¿Con quién voy a vivir? ¿A quién le cuento este desasosiego?

Tras un prólogo que nos acerca a la autora y sus ojos, con inteligencia y naturalidad, el primer capítulo empieza con un viaje al 28 de junio de 1969, cuando un bar en el Village en Nueva York sufrió una redada igual a muchas otras, pero con la diferencia de que ese día los visitantes del bar, en vez de huir y esconderse, confrontaron a los policías. Durante cinco jornadas, por primera vez, los homosexuales protestaron de una manera “activa, pública y masiva contra la discriminación y la persecución”. Esos días se quedaron para siempre en la historia de nuestro mundo y sin duda en la del movimiento que le hace honor al arcoíris.

Escribió Marina: “En 1969 tengo trece años, estoy enamorada de una chica de mi escuela que es reservada y solitaria como yo”.

La leo y acompaño su memoria con la mía. En 1969 tengo diecinueve años, no estoy enamorada de un hombre reservado y solitario, quiero encontrarme al rey de la manada, a un líder, a un guapo, a un conversador. Todo menos lo que estaba para mí. Por suerte el hombre solitario y reservado que se quiere casar conmigo se decepciona cuando me ve en una crisis de epilepsia. Y se va. La pretendida por Marina huye. La deja en un estado tal de pesadumbre que ella intenta suicidarse. No con mucha eficiencia, por fortuna. Pero sí afligida y afligiendo a su familia que no entiende por qué sufre así. Yo, a pesar de la decepción de mi abuela, me sentí libre.

Vuelvo a mí, a propósito del libro de Marina, y lo hago como un homenaje, justo para mostrar de qué modo leerla contagia la introspección y la convoca. Su casa pasó de ser chica a ser grande, la mía pasó de ser rentada por mi padre a dejar de ser rentada por mi madre. Eran los arrebatados setenta. Marina se fue a Bélgica; yo a Ciudad de México. Ella a encontrar una libertad que le cambió la vida. Yo a aprender en tres días las nuevas leyes. Entonces creí que la libertad sexual, de la que debíamos gozar las mujeres, tendría que ejercerse como lo hacían los hombres, con lo primero que se cruzara. Y qué lío meterse en la cama con cualquiera nada más para probarme que era yo libre.

Lo mismo le pasó a Marina, sólo que ella tuvo la mala suerte de que su papá lo supiera y un enojo hasta entonces desconocido lo tomara por su cuenta, como él tomó a su hija por la suya. El modo en que ella lo cuenta lo dejo para ustedes que leerán el libro de sorpresa en sorpresa. Pero les adelanto que aquel disgusto nunca volvió a repetirse. Un año se pasaron sin hablar después de ese altercado. La niña de sus ojos se había estado acostando con un hombre sin permiso de nadie. Al menos eso creyó su papá, porque según cuenta Marina, tan amorosamente, su mamá lo supo, lo aprobó y lo acompañó con gusto. Ella, que había ido a la universidad y se decía feminista, que había hecho con su vida lo que había querido, veía la homosexualidad como una enfermedad mental y le parecía que, con el desorden que fuera, el que Marina intentara enamorarse de los hombres, se acostara con alguno, era mejor y le haría la vida menos ardua.

Su libro está contado en presente y eso lo vuelve más cercano. Dice Marina: “Esta visión de la homosexualidad como una enfermedad mental, si no es que una perversión, es la que predomina todavía en 1970. No existen otros recursos: no hay ejemplos de homosexuales, ni actuales ni históricos, que hayan tenido éxito en el amor o en la vida, o que no hayan acabado en la cárcel o el suicidio Lo que hoy se sabe —que una gran cantidad de artistas, escritores, músicos y cineastas geniales fueron o son homosexuales— en 1970 permanece oculto tras un velo de prejuicio e ignorancia”.

Resulta increíble la distancia entre entonces y ahora. De ese tamaño fue la lucha y la eficacia del movimiento gay. Han conseguido más libertades, más respeto y más reconocimiento que el feminismo. Esta arcaica manera de ser, que aún no puede ser.

Durante su estancia en Ginebra con sus padres Marina se enamoró de una mujer a la que describe con ímpetu literario diciendo que era: “Bellísima, con sus grandes ojos cafés y los rasgos de una madonna de Botticcelli”. Marina quiso saber qué había detrás de esa mirada.

Tal vez cualquier persona que hubiera dado con alguien así a los dieciséis años también hubiera querido enamorarse de ella.

Muchas veces, me lo dije mientras leía a Marina, sigo sin entender cómo se enamora alguien más de un hombre que de un mujer. Y al revés. Creo que uno se enamora y ya. Para Marina Castañeda ¿cómo no enamorarse de esa niña a quien ella le leía poemas de Apollinaire?: …mi boca será para ti un infierno de dulzura, los ángeles de mi boca reinarán en tu corazón.

Digo mi Apollinaire en español, ella, como si no bastara, se lo leyó en francés. Así es como consiguió que la niña de los ojos cafés con propensión al misticismo cayera en sus redes y se dejara besar y acariciar los pechos mientras oían música tendidas en el tapete o en la cama. Eran muy sofisticadas y, como muchas veces asegura la escritora, muy privilegiadas. Sin embargo, para pesadumbre de Marina y de la intrigante trama en que nos mete con su historia, la novia no quiso pasar a más. De buenas a primeras le soltó que tras escuchar con ella la misa en sí bemol de Bach había caído sobre su ser la gracia y no deseaba nada más que dedicarse a la vida contemplativa y religiosa.

Cuenta Marina que ella hizo un escándalo y lloró, le rogó, le suplicó, sin ningún logro.

No cabe duda de que la joven que se convirtió en la mujer pausada, reflexiva y dueña de sí que hoy tanto alivia a otros con sus consejos, era, por entonces, una desaforada con todas las de la ley. Conclusión, nos dice: “Esa fue la segunda y última vez que viví un amor imposible”.

Fantástica Marina narrando todo con una ironía muy poco frecuente entre nosotros. Leo eso y envidio mucho esa época suya. Yo no puedo ni hacer el recuento de mis amores imposibles al principio de la inexorable juventud.

Después de aquel último mal amor llegó Anastasia. La primera activa experiencia homosexual de la fabuladora Marina. Y de ella nos dice:

“Ahora, con la distancia de los años, sé que nunca estuve realmente enamorada de Anastasia, tampoco he vuelto a saber nada de ella…”. “No: la relación fue importante por otras razones. En primer lugar, fue mi primera relación real con una mujer: ya no fantaseada, sino plenamente realizada. Tampoco se trató de un amor imposible inventado por mí, sino de una relación mutua, además buscada e iniciada por ella. Por lo mismo me sacó de mi anterior papel de género, que siempre había sido un tanto ‘masculino’: por primera vez yo era la seducida y no la seductora, lo cual, de paso, hizo maravillas para mi autoestima. En segundo lugar, mi relación con Anastasia me sacó de dudas: finalmente llegué a la conclusión de que era lesbiana. Lejos de asustarme o avergonzarme de lo que ya era para mí una evidencia, me sentí orgullosa”.

Le gustó entonces sentirse especial, tener una novia de antepasados rusos, con la melena larga, “poder llevar una vida misteriosa, poética y posiblemente trágica, como la que se vislumbraba en las fotos de David Hamilton, la novela Thérèse et Isabelle (1966) y su versión cinematográfica (1968), y el filme Le rempart des béguines (1972). Además, los aires vagamente artísticos de Anastasia (aunque no practicara arte alguno) y su rebuscado esteticismo à la russe le imprimían a nuestra pareja un refinamiento un tanto exótico y una elegancia sumamente atractiva a mis ojos, y probablemente un tanto ridícula para los demás. En tercer lugar, la relación curó para siempre la profunda soledad en la que había vivido, hasta entonces, mi homosexualidad”.

Llego hasta aquí, con esta revelación clara y sencilla, para dejarles a los lectores mucho de lo muy importante. Cómo siguió su vida. El recuento de la pasión intelectual que está en este libro y en sus otros libros. Lo que los vuelve inusitados, imprescindibles, gozosos. La decisión que la convirtió en terapeuta, el encuentro con otras mujeres y luego con la mujer de su vida. La fe en su profesión y su curiosidad por la existencia homosexual, o no, de los demás. De su derecho a tener una vida pública y su deseo de indagar, con excelentes resultados, la diferencia del modo en que viven la homosexualidad los hombres y las mujeres, que es grande según deja claro. De su deseo y su llevarlo a cabo ayudando a otros a entender y entenderse.

Mientras fui leyendo los capítulos en que Marina cuenta sus decisiones de vida adulta, razonada y razonable, inteligente, estudiosa, y llena de valor; más querible y cercana se me hizo esta escritora de prosa sencilla, rápida, elocuente.

Encontré en su libro la sabiduría que hay en la vocación por los demás, como un ensalmo.

Si somos lo que dejamos en los otros, con este libro Marina nos regala una comprensión de su vida que es al tiempo una alegría y una confirmación de su generosidad. Nos entrega la historia de su mayor riqueza. Dichosa ella que ha terminado esta tarea, tan bien como una novelista que se quiere biógrafa.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de Yo misma. Antología, El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores y Mujeres de ojos grandes, entre otros títulos.

 

4 comentarios en “Marina Castañeda: una vida homosexual

  1. Una autobiografía si se escribe con sinceridad es desnudarse ante los demás; es abrir la puerta de la propia casa para que entre todo el que quiera y, claro, no todos los visitantes van a estar a la altura del dueño de la misma.
    Que tengas un año venturoso, querida y admirada Ángeles.

  2. Mi querida, siempre esta alegría inédita, casi inmerecida, de disfrutar su lectura y criterio. Le he estado escribiendo al mail, sin respuesta, a lo mejor cambió su dirección? Le dejo abajo el mío, y de pronto nos reencontramos. Un abrazo y mis deseos de un 2020 a su gusto y medida…
    Cariños,
    Marisa