La antinomia izquierda-derecha, que nació con la Revolución francesa, ha servido desde entonces para categorizar en forma reduccionista y económica a las fuerzas políticas en todo el mundo. En el origen la derecha defendía los derechos de la monarquía y el orden jerárquico y corporativizado del Antiguo Régimen, mientras que la izquierda exigía una constitución que acotara la autoridad del monarca, garantizara la igualdad ante la ley y el respeto a los derechos del hombre y del ciudadano. Después de más de dos siglos la oposición izquierda-derecha sigue siendo el eje en torno al cual se ordena la política; pero su contenido ha cambiado porque las líneas de fractura de la sociedad son otras.

El contenido de las denominaciones izquierda-derecha ha variado mucho en el tiempo; primeramente porque depende de un referente general que también ha cambiado. En nuestro caso, la experiencia revolucionaria hizo del Estado el agente central de organización social y promotor de la transformación del país. De suerte que el estatismo fue una importante línea de fractura para la definición de identidades y representaciones políticas. El acuerdo cobijaba a una miscelánea de ideas y de personajes que de alguna manera defendían por lo menos una de las propuestas del movimiento de 1910 y de su constitución, ya fuera el reparto agrario, la educación laica, el sindicalismo o la defensa de la soberanía frente al interés estadunidense, vía una legislación nacionalista. Sin embargo, el estatismo revolucionario también tenía opositores. Cada uno de estos temas provocaba desacuerdos en la sociedad, y podían convocar movilizaciones a favor y en contra. Los partidarios de las posturas que consagraba la Constitución de 1917 se situaban a la izquierda del espectro ideológico y sus opositores a la derecha. De ahí que el liberalismo fuera visto como propio de la derecha.

Lázaro Cárdenas ciñó el significado de las nociones izquierda-derecha a una interpretación más rigurosa de los objetivos de la revolución. La fractura cardenismo/anticardenismo se impuso como la traducción local de la oposición izquierda-derecha, que definió las identidades y representaciones políticas de la sociedad por lo menos hasta fines del sigo XX. El PRI fue el compromiso que se fundó sobre esta fractura, no la selló, simplemente la encubrió y generó un centro político que disolvía los radicalismos o los mantenía en la periferia del poder.

La antinomia izquierda-derecha no sufrió cambios aparentes por décadas, aunque los temas de la fractura eran de continuo renovados; por ejemplo, la industrialización que promovía la izquierda dejó de ser fuente de desacuerdo político y el ejido también perdió importancia como tema de debate. En los años setenta el cardenismo se hizo fuerte con las causas de la América Latina antiestadunidense que ampliaron los alcances de la defensa de la soberanía nacional, pero no fue sino hasta la ruptura de Cuauhtémoc Cárdenas con el PRI en 1986 que el cardenismo ganó la autonomía que el compromiso fundacional le había negado. La escisión cardenista provocó un desequilibrio en el sistema de partidos que la formación del PRD en 1989 remedió pasajeramente.

Sin embargo, el referente central de la oposición izquierda-derecha ya no era el estado de la Revolución mexicana, sino la democracia pluralista, los derechos ciudadanos y el freno al poder presidencial. Hoy, la división izquierda-derecha nace de la poderosa fractura que opone a quienes defienden el hiperpresidencialismo en construcción, que es la esencia del proyecto de Andrés Manuel López Obrador, y quienes se aferran a los principios del equilibrio de poderes y a las instituciones que fueron diseñadas para acotar el poder presidencial.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco

El presidente López Obrador se autoidentifica como de izquierda y ahora nombra a sus críticos y adversarios “conservadores”. El referente general a partir del cual categoriza a las fuerzas políticas es una interpretación de la historia nacional en la que su presidencia representa una ruptura radical con el pasado. En este corte él se atribuye un papel decisivo; mientras sus partidarios descalifican a sus opositores aplicándoles el término de “fascistas”, que es una condena moral que justificaría su exclusión del juego político.

Los temas que fracturan hoy a la sociedad son distintos de los que sostuvieron la oposición izquierda-derecha durante la mayor parte del siglo XX. Han sido desplazados por aquello que afecta a la sociedad actual, por ejemplo, el lugar de las mujeres en la sociedad, en la política, en la economía. Si en el pasado la intervención del Estado en la educación era un tema candente, que provocó la guerra cristera, hoy deja indiferente a la mayoría de la población. El Estado laico era una bandera de la izquierda, pero hoy quienes se acogen a ella cierran oídos y ojos a los pronunciamientos religiosos del presidente López Obrador y su apoyo a las iglesias evangélicas. La tibieza con que el gobierno lopezobradorista y el propio presidente han respondido a la agresividad verbal del presidente Trump y el empeño de ver en él a un amigo también le son ajenos a la tradición de la izquierda mexicana, como lo es aceptar las condiciones de Washington con algo más que mansedumbre.

Las líneas de definición del antagonismo tradicional izquierda-derecha se han borrado. No sólo falta claridad, sino también precisión. Andrés Manuel López Obrador propone una renovación de la izquierda mexicana, pero en realidad su oferta contiene buena parte de lo que antes ofrecía la derecha.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora emérita de El Colegio de México. Premio nacional de ciencias y artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.

 

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