La década comenzó con una monumental marcha fúnebre, como la segunda sinfonía de Mahler. La crisis financiera que inició en 2008 se llevó por delante ilusiones de tres o cuatro décadas. La magnitud de la destrucción provocó una reacción general de pánico, nadie sabía qué hacer. De la noche a la mañana fueron barridas las tesis más básicas del programa neoliberal. El experimento global de treinta años no había producido mayor crecimiento ni mejor distribución del ingreso, ni siquiera estabilidad, el mundo entero estaba hundido en una crisis que dejaba pequeñas las de los tiempos finales del modelo keynesiano.

Ilustraciones: Kathia Recio

Pero había algo más, mucho más serio. La Hipótesis de los Mercados Eficientes estaba equivocada, la Curva de Laffer era un cuento, la idea de la “Gran Moderación” mediante el mercado parecía una broma, pero lo realmente grave, grave para el programa neoliberal, se entiende, era que la crisis había desfondado los supuestos indispensables de la privatización. La victoria cultural del neoliberalismo en los años setenta obedeció en buena medida a su vertiente moral, a la denuncia de la corrupción de los políticos, los sindicatos, los burócratas. Pues bien, la crisis de 2008 puso al descubierto tramas de corrupción de los mercados, efectos perversos de los sistemas de estímulos, trampas, fraudes, simulaciones, que mostraban bien a las claras que el mundo de lo privado era tan inmoral como podía ser el mundo de lo público. Y además, igualmente ineficiente, si no peor.

En 2010, cualquiera hubiera dicho que el neoliberalismo estaba acabado. De hecho, muchos dijeron que estaba acabado. No obstante, diez años después el programa neoliberal tiene la misma vigencia que tenía antes de la crisis —seguramente más. La economía que se enseña, la que se publica, se premia, es exactamente la misma que era entonces, como si no hubiese pasado nada. La política económica en todas partes obedece a los mismos principios, respeta los mismos criterios: austeridad, equilibrio fiscal, liberalización de mercados. Extrañamente, en el espacio público se habla del neoliberalismo con frecuencia como cosa del pasado, como si ya se hubiese superado —y el resultado es que ni siquiera se discute en serio. Y no hay ninguna otra cosa en el horizonte, hasta donde alcanza la vista.

 

Si se piensa un poco, lo más notable de la década pasada es todo lo que no ha sucedido. En primer lugar, desde luego, que no haya habido ninguna reforma seria del sistema financiero internacional para corregir alguno de los problemas que salieron a la luz con la crisis. Sobre todo llama la atención que no se haya hecho nada con respecto a la calificación de riesgos, que es la clave de bóveda de todo el edificio. Se habló mucho de los paraísos fiscales, se publicaron reportajes escandalosos y nada más. En algunos lugares, en Islandia, en Francia, en España, llegaron a los juzgados algunos de los abusos más vergonzosos de los banqueros. En el Consejo Europeo se discutió una iniciativa que proponía la creación de una empresa internacional de calificación de riesgos, con una pauta similar a la del FMI, que pudiera servir como término de referencia para corregir algunos de los defectos más obvios de las calificadoras: una discreta, callada discusión de la que no resultó nada concreto.

No es fácil saber por qué no se trató de reformar el sistema financiero. El poder de los bancos es un factor, sin duda. Otro, la dificultad de coordinar decisiones, reformas legales, políticas e institucionales en todo el mundo o casi todo el mundo —que es lo que hubiera hecho falta. Sirve como ejemplo, que condensa todo lo que no se hizo, la catástrofe de Grecia, la actitud de Alemania, de la Unión Europea y el Banco Central Europeo hacia Grecia.

Tampoco se recuperó nada de la vieja idea del Estado de Bienestar. En todas partes se rescató a los bancos, que eran demasiado grandes para que se pudiera permitir que quebrasen. Pero no hubo una política contracíclica ordenada, sistemática, sostenida: al contrario, en general se propuso como receta la austeridad, con un costo en niveles de desempleo, salario, precariedad laboral, que en otro tiempo hubiese parecido inaceptable. No hubo una seria revaloración de lo público. Ninguna idea original de política económica, nada que pudiera ser bautizado con un nombre concreto (como New Deal, pongamos por caso). Y no faltaron gobiernos de izquierda, o de algo parecido a la izquierda, en Estados Unidos, Suecia, España, Francia, Grecia, Australia, Canadá, Chile, Argentina, Uruguay.

Es claro, como ha explicado Colin Crouch, que no es posible ya la coalición de intereses sobre la que se levantó el viejo Estado de Bienestar de traza keynesiana. No hay esa estructura social a base de empleo formal de larga duración, grandes sindicatos, protección de la industria nacional, control del movimiento de capitales. O sea, que aquello no se puede recuperar, pero es notable que no se haya intentado otra cosa.

Finalmente, no hubo tampoco un cambio en el pensamiento económico. En las universidades, en las revistas académicas, la economía que se considera seria sigue siendo exactamente la misma que era antes —un ejercicio intelectual que está entre el álgebra y la teología. Las ideas, las hipótesis han sobrevivido a su refutación empírica, también la arrogancia de los economistas. La novedad, o lo que pasa por novedad en las revistas de economía, es un recalentado de Bentham al que se llama “economía conductual”. Se supone que corrige los pequeños defectos que acaso tenían los modelos de la economía neoclásica, a partir del asombroso descubrimiento de que los seres humanos no son estrictamente egoístas ni absolutamente racionales —los economistas de verdad se han asombrado con eso.

El amago de modestia que puede asomar es sólo eso: un amago. La “economía conductual” no sólo no corrige nada sustantivo, sino que es el más bochornoso ejemplo de la arrogancia de los economistas, que ahora enseñan a los psicólogos a hacer psicología, a los sociólogos a hacer sociología, emplazando a unos y otros a que empleen el método y los supuestos y las definiciones de la economía neoclásica (los textos de Akerlof sobre la identidad, que merecieron el Premio Nobel de Economía, serían para avergonzar a un estudiante mediocre de primero de carrera en cualquier disciplina que no sea la economía).

No hubo otra economía. Y eso es producto del arreglo institucional de las universidades, de los circuitos de publicación académica, del sistema de reconocimiento. Pero eso sería materia para otro ensayo.

 

Acaso lo más importante de lo que no ha sucedido en estos diez años es que no ha habido una crítica seria del neoliberalismo. Digo seria, pero igual podría decir sólo crítica. No ha habido.

Sonará raro y por eso aclaro. En estos años se ha hablado mucho del neoliberalismo, o más exactamente, se ha empleado mucho la palabra, y siempre o casi siempre con una carga negativa. Pero la mayoría de las veces lo que hay son diatribas, soflamas más o menos demagógicas, denuncias puramente retóricas para las que el neoliberalismo es todo y cualquier cosa: para desacreditar una idea, una iniciativa de ley, una institución, basta con decir que es neoliberal. Y se da por entendido todo lo demás. Es decir, que la palabra se usa con la misma libertad con que se usa “fascismo”, hasta que no significa nada.

En las publicaciones académicas sucede algo parecido, hay muchos cientos y seguramente miles de títulos dedicados al urbanismo neoliberal, la universidad neoliberal, el apartheid neoliberal, el feminismo neoliberal, el gótico neoliberal. La mayoría de las veces decir neoliberal es en realidad sólo un modo de decir “contemporáneo”: la sociedad es neoliberal, la época es neoliberal, de manera que todo lo que sucede hoy puede ser igualmente llamado neoliberal, con la ventaja de que en el nombre está implícita la denuncia. En algunos casos sencillamente (y equivocadamente) se identifica neoliberalismo con capitalismo, y con eso terminamos hablando de otra cosa.

En los tiempos recientes ha habido un resurgimiento del marxismo académico mediante la obra de Gramsci o de Walter Benjamin, o del propio Marx, y ha estado de moda, según en qué temas, un leninismo pop que llega a las listas de libros más vendidos, o un marxismo escolástico, posmoderno, conceptista, de universidad estadunidense. Pero no es eso.

Sin duda, el acontecimiento intelectual de la década ha sido la publicación del libro de Thomas Piketty, El Capital del siglo XXI. A partir de ahí adquirió otro peso, otra profundidad la discusión sobre la desigualdad. El problema es que la desigualdad es una de las consecuencias del programa neoliberal, no es el programa. Y es posible discutir las consecuencias, incluso tratar de corregir las consecuencias, sin ocuparse de las causas. Y creo que es eso lo que ha sucedido en este caso.

La conmoción que ocasionó el libro de Piketty permitió identificar, entender, discutir algunos de los mecanismos concretos que contribuyen a perpetuar la desigualdad o que contribuyen a aumentarla. Y a partir de esa conversación se han sugerido recursos jurídicos, fiscales, institucionales para reducirla. No ha habido un cambio drástico, en la mayoría de los países no ha habido ningún cambio en absoluto, pero al menos se habla del tema. Ahora bien, eso puede ser una buena idea o no, pero no se refiere al programa neoliberal, sino a sus consecuencias.

A lo mejor vale la pena insistir un poco. El arreglo jurídico, político, institucional, del neoliberalismo hace aumentar la desigualdad: eso es un hecho, que se puede demostrar con datos de todo el mundo. No hay mucha discusión sobre ello. Pero lo importante es que el programa necesita la desigualdad. El funcionamiento correcto del mercado supone que haya ganadores y perdedores, supone que hay quienes son más eficientes o más productivos, y tienen éxito, y quienes son ineficientes y fracasan. Así es como transmite señales el mercado. La desigualdad de los resultados es la clave de su funcionamiento. Pero además ese resultado es justo, porque premia el esfuerzo, la inteligencia, la dedicación, el trabajo, y castiga la desidia, la pereza, la ineptitud —y por eso al final todos salimos ganando. Es decir, que si funciona correctamente, el mercado tiene que generar desigualdad.

Para discutir el neoliberalismo hay que discutir eso. Y desde luego podría ser que no hubiese otra solución, sino dejar que el mercado funcione, y encargar al Estado que corrija en algo o modere en algo los resultados, sin alterar el mecanismo. Pero eso habría que decirlo —y explicarlo.

En la tradición neoliberal hay variaciones, como las hay en la tradición liberal o socialista, pero también hay un núcleo reconocible del programa en tres ideas básicas. Primera: es necesario un Estado fuerte para proteger el mercado; segunda: es necesario poner las libertades económicas por encima de las libertades políticas; y tercero: lo privado es siempre más eficiente y moralmente superior a lo público. Detrás de esas ideas hay una antropología, una filosofía de la historia, una idea del derecho y de la política, y de ahí resulta un programa extraordinariamente ambicioso. Nada de eso se ha discutido en serio, y por eso no hay alternativa. Limitarse a rechazarlo todo en bloque y sin más trámite puede ser retóricamente eficaz en un mitin, pero no significa nada.

¿Qué se podría hacer? Según yo, habría que empezar por tomarse en serio al neoliberalismo, porque ninguna de sus premisas es trivial ni puede descartarse sin más. Eso significa discutir en primer lugar hasta dónde debe el Estado proteger al mercado, y cuándo y cómo y por qué, en cambio, debe defender a la sociedad contra el mercado; y discutir después si las libertades económicas, y cuáles, deben estar protegidas de los azares de la política; y finalmente plantear de nuevo una conversación seria sobre el significado de lo público.

Eso es lo que no se ha hecho en los últimos diez años. Por eso nuestro sentido común sigue siendo sólidamente neoliberal.

 

Dos temas han dominado la conversación pública de estos pasados diez años, en México y en buena parte del mundo: la educación y el populismo. Son asuntos muy distintos, que no tienen nada que ver, pero los dos se han discutido con entusiasmo, con acritud. Es importante reparar en ellos porque en los dos casos, lo más notable es la vigencia del neoliberalismo como estructura de sentido o, si se me permite la exageración, del neoliberalismo como cultura.

La educación ha sido una preocupación recurrente en el último medio siglo, desde que entró en crisis el optimismo de la posguerra, desde el conflicto generacional de los años sesenta. Pero los motivos de hoy aparecieron junto con los sistemas de evaluación mediante exámenes estandarizados y los índices de desempeño, las comparaciones internacionales. A partir de entonces, aproximadamente en los años del cambio de siglo, la preocupación se tradujo en mecanismos de auditoría, criterios de eficiencia, sistemas de incentivos y, de una manera u otra, con cambios de acento, las ideas básicas siguen siendo las mismas.

Nuestra conversación pública sobre la educación, y pienso en México como en muchos otros países, todos los que conozco un poco, nuestra conversación corresponde al momento neoliberal —en sus resortes, en sus expectativas. El motivo que pone la educación en el centro es la preocupación por el futuro de los hijos en sociedades de bajo crecimiento económico, de creciente desigualdad y deterioro de las condiciones de vida. La escuela ofrece una ilusión de seguridad, una ilusión necesaria, que depende de la fantasía de la meritocracia (es el lenguaje en que hablamos de la educación, no parece haber otro: mérito, esfuerzo, calidad, excelencia). En general, centrar la atención en la escuela significa que pensamos en salidas individuales para problemas individuales, y significa también transferir a la escuela la responsabilidad de corregir las consecuencias de la estructura social.

Por cierto, que los supuestos son los mismos, o muy parecidos, si se pide acceso universal, automático; es sólo llevar un paso más allá, llevar a su conclusión lógica el fetichismo de la titulación escolar.

El segundo gran tema de la década ha sido el populismo. Razones no faltan: Donald Trump, Boris Johnson, Jair Bolsonaro, Nicolás Maduro, Viktor Orbán. Se supone que esos movimientos de opinión son fundamentalmente reacciones contra las consecuencias negativas del programa neoliberal: desigualdad, incertidumbre, desempleo. Y desde luego la idea es razonable, parece que es así. Lo interesante es que la política populista es perfectamente compatible con la filosofía política del neoliberalismo.

En primer lugar, uno de los motivos fundamentales del programa neoliberal es la crítica de los sujetos colectivos: sindicatos, partidos políticos, corporaciones, cuerpos intermedios, cualquier forma de intermediación amparada por la idea del interés público. En segundo lugar, el eje de la filosofía política del neoliberalismo consiste en descomponer al Estado en dos aspectos: derecho y política; se entiende que el derecho no es más que trato igual, imposición de normas de vigencia general, y la política significa tomar decisiones, imponerlas y, finalmente, violentar la libertad individual. Con ese criterio, considera ilegítima casi cualquier intervención burocrática, porque es siempre política, es decir, trata de imponer una idea, un procedimiento, un estándar, con el pretexto del saber de los especialistas. Finalmente, en política el neoliberalismo desemboca en el elogio del hombre común: la gente sabe lo que quiere, no necesita tutores ni expertos. En su forma actual, aparte de otros méritos en el terreno simbólico, el populismo es expresión acabada de la cultura neoliberal: aparte del entusiasmo por la voluntad personal de los gobernantes, comparte las premisas del programa puntualmente.

Algo más sobre México: en los últimos diez años se ha terminado de desmantelar el régimen de la revolución. Cuatro gobiernos consecutivos han renunciado a intentar siquiera una política exterior que pudiera servir de apoyo, el único posible, para imaginar otro futuro. Por otra parte, en lo sustantivo, está en el horizonte incorporar a la constitución la política de austeridad, y sustituir la política social por el reparto de dinero en efectivo. Ludwig von Mises escucha la segunda de Mahler.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Sus libros más recientes son: Si persisten las molestias y Así empezó todo. Orígenes del neoliberalismo.

 

2 comentarios en “Otra década neoliberal
(Ludwig von Mises escucha la segunda de Mahler)

  1. Creo que el autor le gusta descalificar a los economistas, ciertamente como en cualquier disciplina existen personas que buscan la teología mas que la ciencia y la técnica, pero existe un cuerpo robusto de teoría económica que permite observar y tomar decisiones, checando la dirección de los acontecimientos económicos, mas no en la intensidad. Si es cierto que ha habido dogmas terribles como la idea que las hipotecas siempre funcionan y con este hecho provocaron la crisis del 2008, lo cual también existe en la sociología por decir la profesión del autor de este artículo. Ciertamente la economía no es la física, porque cada disciplina tiene un ámbito de acción y por eso la certeza no es igual en ambas disciplinas. En la física se puede construir esquemas de certeza con mayor precisión, si se aplica a cuestiones concretas como procesos de fundición, pero cuando la física analiza por ejemplo la materia oscura tambien tiene lagunas como existen en todas las ciencias, técnicas, artes, etc. La economía es ciencia social, es técnica, es arte y no por eso tiene que borrarse del mapa. Es conveniente aplicar los instrumentos para comprender la economía, sea geometría, sea calculo, sea álgebra superior, sea analisis numérico, lo importante es conocer y de preferencia sin los dogmas.

  2. Los argumentos del Sr Escalante,me parece que son concretos.La revisión del Neoliberalismo tiene una alto significado en la movilizacion de las clases medias y populares de Chile,en el ultimo trimestre el año pasado, y continuan en este nuevo año. Uno de los temas claves que se discute en Chile es los limites de la desigualdad¿Hasta que punto la concentracion de la riqueza y la ostentacion,agreden la dignidad del otro?. Finalmente, solicitaria que el Sr Batta explique mejor cuales son las hipotesis del fallido neoliberalismo, con las que no esta de acuerdo, o si lo esta.

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