Tengo frente a mí una serie de retrospectivas de la década que termina. Listas de fechas y acontecimientos. Algunos análisis que, más que eso, son recopilaciones de eventos: decesos (Thatcher, Chávez, Mandela, Chirac, Castro); guerras (Siria, Libia, Yemen, Ucrania); golpes de Estado (Sudán, Zimbabue, Egipto, Bolivia). El retrato se siente falso: un almanaque de cartón piedra. La noción de que sea posible resumir los últimos diez años en una serie de eventos fragmentados, inconexos, aislados es representativa del rasgo principal del último decenio: nuestro fracaso colectivo de entender lo que pasa frente a nosotros, en el mejor de los casos; o nuestro esfuerzo activo por negarlo, en el peor de ellos.

Evidentemente no existe una explicación unitaria, una teoría unificadora, de los últimos años —no la ha habido para ningún momento— y haberlo creído es en parte lo que nos trajo aquí. Pero es innegable, también, que hay ciertas constantes que pueden aproximarnos a una comprensión, si bien parcial, del pasado inmediato.

Fue una década convulsa, sin duda. También en muchos sentidos fue una década perdida. Los 2010 comienzan con la negación colectiva de la crisis neoliberal y terminan con la negación colectiva de la crisis climática. Entre las dos, destaca la negación cotidiana de la relación entre ambas.

Ilustraciones: Kathia Recio

 

Tendría que haber cambiado todo. La década comenzó con el fin de la peor crisis financiera en casi un siglo. La crisis no fue sólo económica. Expuso la fragilidad, la ridiculez de muchos de los supuestos que se aceptaban como verdad absoluta. Para terminar con ella se hizo todo lo que no se tenía que hacer. Los gobiernos intervinieron. Los bancos fueron rescatados. Se reguló al sector financiero.

Tendría que haber cambiado todo, insisto. Pero en cuestión de meses lo habíamos negado. No olvidado, puesto que el olvido es involuntario. Nosotros, en cambio, realizamos un esfuerzo consciente por negar lo que había sucedido, como si hubiera sido alguna ilusión, una anomalía tan inverosímil que era mejor no voltear hacia atrás y seguir adelante. La década que termina comenzó con la negación colectiva de la realidad: la crisis financiera nunca sucedió y a otra cosa.

Esta amnesia selectiva, esta voluntad de negar lo evidente, representa el primer fracaso, intelectual y colectivo, de la década.

Surgió la primera paradoja: las consecuencias de la negación fueron al mismo tiempo inmediatas y aparentemente imposibles de explicar.

La respuesta a la crisis fue la austeridad; su consecuencia, una generación expulsada por el mercado. La tensión entre democracia y ortodoxia económica es uno de los hilos conductores del decenio pasado. De ahí que resulte sorprendente la reacción de incredulidad frente a las recientes protestas de Chile, después de diez años de haberlas visto en diversos países. Primero en España, después en Grecia, Irlanda, Portugal, incluso Estados Unidos con el efímero Occupy Wall Street: las señales han estado frente a nosotros. Síntomas de una voluntad de cambio en los modelos de desarrollo y de inclusión. La desigualdad, entendida sobre todo en términos generacionales, dio paso a un nuevo conjunto de demandas políticas que muchas democracias no supieron escuchar e incorporar.

Un acontecimiento fundamental de la década pasada, sin duda el ejemplo más claro de esta tensión, fue el referéndum sobre la austeridad en Grecia. En 2015, el gobierno de Alexis Tsipras y su secretario de finanzas Yanis Varoufakis sometieron a votación las condiciones del rescate financiero griego que exigía la Unión Europea: la abrumadora mayoría (61 %) votó por no aceptarlas. Se buscó, en otras palabras, demostrar mediante los votos que las condiciones de Bruselas eran ilegítimas. Viendo en retrospectiva, no resulta sorprendente que la legitimidad de los votos haya sido descartada: las condiciones se impusieron, y Tsipras entregó la cabeza de Varoufakis.

La búsqueda de representación política —tanto de los jóvenes que veían en la crisis y sus consecuencias la cancelación de su futuro, como los viejos que se sentían amenazados por la integración económica— se vio defraudada por la confluencia ideológica y programática de los partidos políticos: el consenso del extremista centro.

Llegamos así al segundo fracaso colectivo de la década: la incapacidad de la mayoría de las democracias, y sus sistemas de partidos, de incorporar al descontento y darle una salida institucional, programática y política.

Fue la falta de sensibilidad política, producto de la arrogancia neoliberal, la que abrió la puerta a otros tipos de representación. La apertura económica no se tradujo en inclusión política y dio paso al retorno de los grupos cerrados, conocidos: la familia, la religión organizada, las fuerzas armadas, la nación.

La representación identitaria, una idea de nostalgia —real o imaginada— y la reivindicación de cierta concepción de la dignidad nacional y popular es el común denominador en los regímenes del viraje autoritario del siglo XXI. Es un tema con variaciones. En países y regímenes tan diversos como Turquía, Rusia, Hungría, Filipinas, Brasil e India coexisten en diversas medidas las reivindicaciones religiosas, identitarias, nacionalistas y de clase como una forma de responder a la ausencia de representación e identidad que ofrecía el consenso neoliberal. En todas, sin embargo, hay un elemento que da cohesión: la imagen de algún enemigo de la voluntad popular. Erdogan, por ejemplo, lo ve en el clérigo Fethullah Gülen y sus seguidores, en el fantasma de la lealtad kemalista del ejército, en los intelectuales y los kurdos; Orbán, de la manera más abierta y descarada, cimienta su autoridad en el antisemitismo; Putin, por su parte, evoca el orgullo nacional y la humillación de Rusia después del fin del Unión Soviética por parte de Occidente; Narendra Modi en los doscientos millones de musulmanes en su país.

Gran parte de nuestro fracaso analítico está en que solemos ver el viraje iliberal lejos, en otra parte. Como algún tipo de consecuencia natural del atraso, de la resistencia de ciertos pueblos a la modernidad. La realidad es que los ejemplos más claros del estado de vulnerabilidad por el que atraviesa la democracia liberal vinieron de su centro: Estados Unidos y el Reino Unido.

Resulta un tanto inverosímil, a la distancia, ver cómo el proceso de polarización de la política estadunidense que inició con la revuelta fiscal del Tea Party devino en la reivindicación abiertamente identitaria, xenófoba y racista del triunfo electoral de Donald Trump. La presidencia de Trump ha puesto a prueba la resistencia de los contrapesos institucionales de la democracia estadunidense —que al momento de escribir estas palabras se disponen a invocar los artículos de juicio político, demuestra que ha sido con éxito—. Pero el efecto más dañino, tóxico y perdurable de la presidencia de Trump va más allá del aspecto institucional: la normalización de la reivindicación identitaria como un eje legítimo de la discusión pública. Revertirlo será un reto fundamental en las décadas por venir.

En el Reino Unido la conjunción de la ausencia de un proyecto político incluyente con la generación de políticos más timorata en tiempos recientes ocasionó el monumental desastre conocido como brexit. El saldo hasta la fecha: cuatro gobiernos distintos, la consolidación del poder de Boris Johnson, la debacle electoral del laborismo y la fractura del proyecto europeo. El brexit tiene un interés particular, ilustra la política en términos generacionales que veremos con más frecuencia en el futuro: una mayoría de votantes viejos, que se sentía amenazada por la integración política y económica de Europa, se impuso marginalmente sobre los jóvenes que habían crecido en ella.

No me parece que hayamos dimensionado aún las consecuencias de esta división generacional cada vez más marcada, sus intereses diametralmente opuestos y su competencia por ser representados.

El brexit sirve, también, como ejemplo de otra consecuencia de la falta de representación: la reivindicación de la política local, subnacional para ser precisos. En 2014 el primer referéndum sobre la independencia escocesa fracasó. La instrumentación del brexit y el triunfo del partido nacionalista escocés en la región generará una nueva consulta —no resulta obvio el resultado. En Irlanda del Norte existe por primera vez una mayoría nacionalista —y la inminencia de una frontera. España también da ejemplos: el más claro es el nacionalismo catalán, pero hay otros. En las últimas elecciones se presentó un partido llamado “Teruel Existe”. Uno lo ve y puede pensar que es cosa de risa, pero es un indicio de la fragmentación adicional que vendrá de no repensar los esquemas actuales de representación territorial.

Hasta ahora he hablado de la incapacidad política para articular proyectos programáticos que den salidas institucionales al descontento. Pero hay otra constante en esta década que ha afectado en igual o mayor manera la credibilidad de las instituciones. La corrupción, especialmente en la era de la desigualdad en la que vivimos, ha puesto en duda, para gran parte de diversas poblaciones la legitimidad de las instituciones; más aún, ha deslegitimado el concepto mismo de la política. De ahí que haya surgido otra paradoja de nuestra década: la de los políticos que hacen política a partir de su negación: empresarios, “ciudadanos” —hubo un partido político que tuvo la desvergüenza de nombrarse así—, comediantes, militares que ofrecen una aparente alternativa a los políticos tradicionales. Hemos visto variaciones de este tema en Italia, Guatemala y Ucrania. También en los discursos de la ultraderecha en Francia y Alemania. Es una ruta peligrosa, cuyo fin dependerá necesariamente de una redignificación de la actividad política en la próxima década.

Hay que ser cautelosos y tomar las cosas en su justa dimensión. Las diversas variaciones de autocracias son una minoría. De acuerdo con el Instituto Internacional para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA), el 62 % de los países son democráticos.1 El viraje autoritario de los últimos diez años debe ser entendido no como una catástrofe irreversible, sino como un recordatorio de que la democratización liberal del mundo no es un hecho dado, incuestionable —y una advertencia de la continua vulnerabilidad del experimento democrático—.

El futuro de la democracia liberal dependerá de la capacidad de los partidos políticos de articular narrativas y programas que atiendan las causas de la crisis de representación. Eso pasa, necesariamente, por romper la divergencia ideológica de la década que termina y ofrecer alternativas económicas y políticas claramente distintas.

El eje fundamental de este reacomodo será el ambiental, hay indicios de que ya está sucediendo. Después de todo, el fin del fin de la historia no representa el fin del mundo, la crisis climática sí.

 

Para una generación —la mía— la negación de la crisis neoliberal implicó un futuro económicamente inviable. Para la generación que sigue, la negación de la crisis climática implica literalmente la ausencia de futuro.

Este replanteamiento del horizonte temporal es la herencia más trágica y el segundo fracaso intelectual y colectivo de la década que termina. Sobre todo porque implica que no aprendimos nada a lo largo de estos años: al igual que la crisis financiera y sus efectos, la evidencia está frente a nosotros día a día. La década que termina fue la más caliente de la que se tenga registro; en 2019 la temperatura del planeta había aumentado entre 1 y 1.2 °C sobre los niveles preindustriales. En 2018 se alcanzó un máximo histórico en la concentración de gases invernadero.

El Acuerdo de París, que entró en vigor en 2016, fue un modesto intento para controlar el programa: buscó “mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1.5 °C con respecto a los niveles preindustriales”.2 Lograr ese objetivo implicaría, a nivel global, cero emisiones de gases invernadero para 2050.

La meta es insuficiente; el cumplimiento no está garantizado y, sobre todo, el periodo es demasiado largo. Por segunda vez en la década nos encontramos en un escenario en el que tendría que cambiar todo, y por segunda ocasión negamos la existencia del problema y nos sorprendemos ante las consecuencias. La actual campaña electoral de Estados Unidos nos ofrece un ejemplo elocuente: es más escandaloso imaginar la condonación de las deudas de los universitarios que la devastación climática.

Retomo la política generacional porque me parece que no hemos terminado de comprender las implicaciones que tendrá en el futuro, particularmente frente a la crisis ambiental. La crisis climática es la transformación más radical del horizonte temporal desde la bomba atómica —es impensable creer que no tendrá consecuencias—. Como atinadamente escribió Natalia Mendoza en esta páginas: “La inminencia del cambio climático crea un cisma entre aquéllos que podrán terminar su vida antes de sufrir las consecuencias y aquéllos que no, y por lo tanto podría inducir la formación de un nuevo sujeto político. Especulo que los movimientos de niños y adolescentes representándose a sí mismos como ‘grupo de interés’ serán cada vez más frecuentes”.3

Añado mi propia preocupación: la posible degeneración del iliberalismo autoritario de esta década en nacionalismo ambiental. La negación del cambio climático de la extrema derecha ha sido grave, el uso político que pueda darles a sus consecuencias —escasez de recursos, migraciones forzadas— puede ser mucho peor.

 

México fue principalmente un espectador de la década que termina y al mismo tiempo un fiel reflejo. Hubo crecimiento económico y aumentó la desigualdad. La convergencia ideológica del sistema de partidos llegó a su punto más alto en el Pacto por México. La corrupción erosionó la credibilidad de las instituciones democráticas. El único partido que ofrecía una narrativa distinta ganó las elecciones.

Las consecuencias de las decisiones de este gobierno formarán parte de la historia de la próxima década. Por el momento, llamaría la atención a tres rasgos en los que el nuevo gobierno continúa la lógica de la negación: la reivindicación de la austeridad, la militarización como alternativa al desarrollo de capacidades estatales y el nacionalismo energético.

Hay una tragedia exclusivamente mexicana: diez años de guerra después queda claro que entendemos cada vez menos de nuestro conflicto armado. En una década pasamos de la explicación de los cárteles y el trasiego de droga al robo de aguacates, extracción de minerales y robo de combustibles con naturalidad, como si en efecto fueran parte de una secuencia lógica. Nuestra incapacidad de comprender y actuar en consecuencia se cuenta en muertos cada día. Ese es nuestro fracaso intelectual y colectivo.

Por cierto, no hubo final monumental: en el segundo sótano de la década, y por la puerta trasera, el PRI pasó directamente del poder a su lento e inexorable camino a la irrelevancia y el olvido. Un pie de página a nuestra historia.

 

Juan Pablo García Moreno
Editor de nexos en línea.


1 IDEA, The Global State of Democracy 2019. Addressing the Ills, Reviving the Promise, https://bit.ly/2EXyLRw, 2019, pp.3

2 Organización de las Naciones Unidas, “Acuerdo de París”, 2015, https://bit.ly/2MtoT67.

3 “El silencio de los oráculos”, nexos, julio de 2019: https://www.nexos.com.mx/?p=43026.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.