Aunque en gran parte del siglo XX el Estado mexicano se presentó como heredero de una revolución, con una Constitución de contenido social y con políticas encaminadas a resolver problemas para alcanzar el desarrollo, la desigualdad social y la pobreza permanecieron y en algunos casos incluso crecieron, lo que generó muchos inconformidades en diversos sectores sociales (obreros, campesinos y estudiantes, por ejemplo), las que fueron tramitadas de forma represiva por el régimen político autoritario por lo menos desde los años 40. De allí que hubo grupos que consideraron cerradas las vías pacíficas, institucionales y democráticas de participación y solución de sus problemas. Esto dio origen a las guerrillas.

Si bien los trabajos sobre la historia de los movimientos armados en el México posrevolucionario han aumentado en los últimos años, casi ninguno ha sido tan ambicioso como Los años heridos. La historia de la guerrilla en México 1968-1985 (Planeta, 2019), de Fritz Glockner, quien ya había historiado el periodo anterior en su libro Memoria roja. Historia de la guerrilla en México (1943-1968) (Ediciones B, 2008).

El autor comenta en el volumen que “la decisión de radicalizarse y optar por las armas no es una cuestión que surja de la noche a la mañana. Son diversos procesos, afrentas, el convencimiento que lleva a varios cientos de jóvenes para elegir aquel modo de lucha”.

A esas historias suma su propia memoria personal: la vivencia con su propio padre guerrillero, por lo que, escribe, “la historia entró sin avisar a la casa familiar, se apoderó de nuestras conciencias, nuestros sentimientos, digamos que, de alguna manera de nuestras propias vidas”.

Glockner (Puebla, 1961) realizó sus estudios de Historia en la Universidad Autónoma de Puebla, y ha impartido cátedra en la Universidad Iberoamericana de Puebla y en Darthmouth College. Autor de ocho libros, fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y actualmente es director de Educal.


Ariel Ruiz: ¿Por qué hoy un libro como Los años heridos, de, como dice, “una historia que entró sin avisar a la casa familiar”? ¿Por qué esta historia de fantasmas, que no de cadáveres?

Fritz Glockner: De repente te percatas de que te has convertido en un sujeto de la historia, o que la familia se ha visto envuelta, como menciono al principio, en este torrente del actuar histórico. Tu padre se ve retratado en las páginas rojas de la prensa mexicana, y empiezas a elaborar preguntas; no sólo las del reportero en esa clásica clase inicial de periodismo en la que tienen que responder qué, quién, cómo, cuándo, dónde y por qué, aunque eso se lo responden también el historiador, el novelista, cualquiera que quiera escribir (perdónenme los periodistas, pero eso no es solamente de ustedes. Lo han capitalizado exclusivamente, pero cada vez que doy clase de historia les digo a mis alumnos “tienen que responderse esto”).

En esa lógica viene la modificación de los clásicos hábitos de la historia. Somos un país en el que el discurso histórico fue secuestrado por el Estado mexicano, lo que generó una serie de premisas e ideas donde, por ejemplo, en el Monumento a la Revolución se encuentran todos los que participaron entre 1910 y 1930, aunque se mataron entre ellos, pero el discurso oficial nos hace ver una historia como si Álvaro Obregón y Emiliano Zapata, Francisco Villa y Venustiano Carranza hubieran sido carnales aunque fueron antagónicos.

Ese discurso lo ha adoptado, por desgracia, la academia histórica, y ha construido la historia a partir de cementerios para erigir cadáveres, porque entonces tienes la oportunidad, como poder, de manipular el presente.

Si el pasado no interviene en el presente es mucho más fácil controlar el hoy y visualizar un futuro ad hoc. Si construyes la historia a partir de los fantasmas, estos te asustan, conmueven. Eso quiero que sean los fantasmas: que los sujetos históricos actúen en el presente porque la memoria no puede ser estática. La memoria histórica, la de uno como ser humano, la de un país es un ente activo, revolucionario, de protesta; la historia tiene que cumplir con su vocación social porque es una ciencia social, pero lo que menos hacemos es traslapar el hecho histórico al presente para que se convierta en un presente actuante.

Los calendarios están llenos de efemérides, pero no se tratan de una conmemoración luctuosa absurda, de piedra, de bronce, de placa de calle, sino de que sepamos quién fue, por ejemplo, Alfonso Reyes. Es todo lo que se generó calendarios atrás y es el motivo por el cual actuamos, pensamos y decidimos en el presente.

Por eso juego mucho con este concepto de la historia entre cadáveres y fantasmas, por lo que yo le apuesto a que se construya una historia de fantasmas.

AR: ¿Cuáles fueron los principales problemas que tuvo para realizar la investigación para este libro? Por una parte la guerrilla eran organizaciones clandestinas, y por otra el Estado ha querido negar estos hechos.

FG: Uno de los pilares de la guerra de baja intensidad tiene que ver precisamente con la negación del acto, de la historia, del hecho; en ese sentido había que sacarlos a tirabuzón, obligar a que el Estado mexicano reconociera y otorgara la información de las atrocidades que había cometido en los años 60, 70 y 80.

Una de las poquísimas cosas que habría que aplaudirle a Vicente Fox es haber decretado la apertura de los archivos de la extinta Dirección Federal de Seguridad (DFS). Eso nos permitió conocer la versión policiaca, pero cuando eso ocurrió en 2002 periodistas, investigadores y curiosos creyeron que allí estaban encontrando la neta del planeta. Yo siempre dije: no es la verdad histórica, es la policiaca. Como he insistido, las declaraciones de los detenidos fueron obtenidas bajo tortura: cuando tienes un par de cables en los genitales, confiesas lo que te piden para que te corten la energía que está entrando en lo más íntimo de tu ser.

Afortunadamente vas picando piedra y logras ir desmoronando el muro que había construido el Estado mexicano para negar la existencia de una guerra de baja intensidad en nuestro país.

Luego encuentras a los exmilitantes de la izquierda radical, entrevistándoles y haciéndoles recordar su paso por Lecumberri, por los sótanos de la DFS con las torturas, con su amargura de por qué ellos seguían vivos mientras sus compañeros habían muerto, y el pesar de qué tanto habían contribuido, qué tanto su juventud se diluyó en una utopía que, a lo mejor, no dejó grandes frutos.

Pero eso es parte de la labor del investigador, y creo que es una hermosa tarea porque se constituyó como un reto enorme y fructífero. Es de esas veces que dices “logré esta joya”.

No digo que no sea difícil investigar si quieres escribir un libro sobre la Conquista, sobre los asentamientos indígenas en Mesoamérica o la Colonia, pero a final de cuentas como que allí tienes archivos mucho más expuestos y tienes que afinar un poquito el olfato para saber a qué fuente acudir. En este caso éstas eran diversas y absolutamente infiltradas, y la labor de tomar un instrumento para ir quitando los tornillitos de la versión oficial era orgásmicamente satisfactorio.

No hago una referencia bibliográfica tradicional; preferí, precisamente por la complejidad de las fuentes (y no sé si se había hecho antes o no), optar por  plantear el agua de la cual se abrevó, la fuente con la que me logré bañar y saciar la sed de investigación. Me veo crítico, en el análisis desde los textos de literatura, testimoniales, periodísticos, de ensayo académico, históricos, la hemerografía, las entrevistas, los documentos, porque hay que jugar con todo ello. No podía seguir con la flojera clásica de la academia de bibliografía. Vamos a construir la historia de manera diferente.

AR: Quiero engarzar eso con la estructura narrativa: efectivamente, no te sujetas al aparato crítico, y por otra haces un ameno relato.

FG: Una de mis obsesiones es que la historia se debe contar, de narrar, no enumerar. Recordemos, cuando íbamos en primaria y secundaria, la alegría que era tener un maestro de historia narrativo, con un relato oral hermoso, que te contaba, como si fuera un cuento, el 16 de septiembre en la madrugada, cuando el cura Miguel Hidalgo decidió tañer las campanas y convocar a la independencia. Recordemos cuando el maestro nos dijo que los hermanos Serdán se encontraban en su casa el 17 de noviembre de 1910, y llegó el capitán a tocar a su puerta a las 6:50 de la mañana, y Carmen lo recibió con disparos. ¡Qué alegría tener esos maestros, y qué hueva tener al que te provocaba un juego de mnemotecnia, de “en qué fecha se descubrió América o se generó el encuentro de dos mundos”!

La historia no son los datos absurdos, fríos y locos, ni los acontecimientos sin carne y hueso, sino el conjunto del actuar de un sujeto histórico que orina, come, fuma y hace el amor tanto como nosotros. Entonces hay que contar la historia, narrarla, y por eso insisto en la apuesta de lo que se denomina “historia narrativa”, que pudiera parecer literatura pero que no es invención ni ficción. Hay una gran diferencia.

Cuando escribes sobre Lucio Cabañas debes cuestionarte a ti mismo por qué él decidió, el 30 de mayo de 1974, apostar todo su capital a un solo número de la ruleta: secuestrar a Rubén Figueroa Figueroa, de “muy bien, viniste a visitar la sierra; ahora no vas a bajar, carnal, porque estás secuestrado”. Pensar cómo se puso iracundo Figueroa con su incapacidad de reduje, en la sierra, su prepotencia a la mínima expresión, mientras Lucio decía: “Estado mexicano, quiero hacer la revolución; tanto lo quiero que en este instante, para que regrese con vida Rubén, me tienen que entregar a todos los presos políticos”. Él no hizo como las Fuerzas Revolucionarias Armadas del Pueblo (FRAP), que seleccionó a 30, o como Genaro Vázquez y los Comandos Armados del Pueblo, que únicamente pidieron que saliera la gente de sus grupos respectivos.

Lucio dijo: “Quiero a todos los presos políticos fuera de la cárcel, además de 50 melones y la restitución de los mineros en el norte, y devuélvanles sus tierras a los campesinos”. ¡No estaba pidiendo rescate, quería la revolución con un secuestro, cabrón!

Pero si enumeras lo anterior, “académicamente hablando”, como un hecho frío, terminas por no comprender al personaje, la situación, el porqué de la decisión. Entonces hay que convertirlo en un humano que está apostando todo en un solo número de la ruleta: sus dudas, sus certezas, si hizo bien o mal, y eso hay que contarlo.

Entonces no puedes quedarte con la enumeración, con que “en el documento no sé qué se registra la grabación donde Lucio debatió con su consejo guerrillero si se secuestraba o no, qué se pedía a cambio”, y citas, anexos, fotografías…

Muchos me preguntaban si el libro iba a llevar fotos: no, porque la mayoría de las de la guerrilla parecen de galería de la nota roja. Preferí crear personajes mediante la narrativa y no de la imagen. Esa es mi apuesta: no necesitas verle la cara a David Jiménez Sarmiento para saber quién fue, ni a la desaparecida Alicia de los Ríos para conocerla, ni a mi padre, Napoleón Glockner, para saber qué hizo en 1969, 1970 y 1971, y cómo murió acribillado el 5 de noviembre de 1976.

Hay que contar sus vidas en lugar de enseñar una credencial de escuela o un rostro tal vez torturado. Soy de los que se opone a continuar con la afirmación de que una imagen dice más que mil palabras; perdónenme, pero estas son un madral y te pueden convocar a lo sublime (hay poemas de 200 palabras que te llevan a esto, y ninguna fotografía logra eso, perdón). Estoy rompiendo sus cánones y me estoy metiendo en los vericuetos de la discusión cultural e intelectual de este pinche país.

AR: Vamos sobre el contenido del libro: una buena parte de los grupos guerrilleros que aparecen en el libro surgió de movimientos estudiantiles. ¿Cuál fue la relación que hubo entre ambos? Por supuesto está mencionado 1968 (se llega a afirmar que había células armadas en el movimiento), le dedica una buena parte a los hechos del 10 de junio de 1971, a la formación de los Vikingos y de la Federación de Estudiantes Revolucionarios en Guadalajara, a los Enfermos de la Universidad Autónoma de Sinaloa, entre otros.

FG: La estrategia de represión del Estado mexicano en la década de los 60 se centró, fundamentalmente, en el campesino, así como, curiosamente, lo había hecho en los años 50 en el proletariado (movimientos telegrafista, petrolero y ferrocarrilero en lo que fue el punto máximo de efervescencia sindical obrera).

Al iniciar los años 60, el Estado mexicano le rompió la madre al campesino una y otra vez; tan es así que se generó el asesinato de Rubén Jaramillo. Entonces vino el intento del primer levantamiento armado ideologizado en Madera, Chihuahua, en septiembre de 1965, con Arturo Gámiz y Pablo Gómez al frente, con un capital campesino, rural.

Pero a fines de los años 60 y principios de los 70, la represión se centró en los jóvenes. En todos los casos la respuesta social fue la autodefensa; no la hubo de parte de los obreros, porque su movimiento fue desarticulado de manera muy diseccionada: el del magisterio, el ferrocarrilero, el telegrafista. Pero en los años 60 sí hubo una actitud de autodefensa, y el mejor ejemplo fue Lucio Cabañas, quien tenía origen campesino y su defensa siempre estuvo dirigida hacia el campesinado de México, que eran los padres de los estudiantes de Guerrero con los cuales trabajaba.

Pero a partir de 1968 la ebullición de la juventud generó que el ojo y la espada de Damocles cayera sobre el joven, al que puteaban por traer una coletita, más allá de si pensaba en ideologías o en creencias. No, era “greñudo de mierda” y ¡madres!

Entonces también se generó la reacción de autodefensa. Fue obvia la actitud de los Lacandones, cuyo origen no es que en el 68 pensaran irse a la guerrilla, sino que eran tantos los madrazos que tenían que traer su pistolita porque ya estaban hasta la madre de que los putearan.

El 68 nunca se planteó la toma del poder: el pliego petitorio traía demandas hasta inocentes, carajo, para lo que se había generado como un movimiento cívico popular, y el gobierno respondió a madrazos. ¿Cómo carajo no ibas a terminar con esta sensación, como ocurrió con mi querido Jesús Anaya, de “me voy de México porque estoy hasta la madre”? ¿Y qué hizo? Secuestró un avión en 1969. O el remordimiento y el coraje de mi querido Mario Hernández, director de cine, de ¿qué hago? Pues ser el ideólogo, en última instancia, de Rojo amanecer.

Cada quien terminó actuando dentro de sus frustraciones y sus panoramas. ¿Qué terminaron haciendo muchos compañeros sesentaiocheros? Yéndose a la organización sindical para intentar revivir las gestas de los años 50, otros se marcharon al campo a la creación de cooperativas. Pero hubo quien se radicalizó porque recibió en carne propia los putazos, o porque la ideología y la utopía tuvieron un peso suficiente en su educación sentimental, la que les permitió convencerse de que las armas eran la repuesta ante la cerrazón del Estado.

Obviamente existe más que un nexo en las universidades, pero ni siquiera lo veo como cordón umbilical. La universidad fue el punto de ebullición donde tenía que gestarse la inconformidad, la organización armada, la oposición. Hubo centros específicos: Sinaloa, con los Enfermos, o Guadalajara, donde hubo un fenómeno hermoso que fue el nacimiento de un grupo no de pandilleros (como se quería ver a los Vikingos) sino de un grupo popular que es el clásico del barrio, en el que, por la convivencia entre mujeres, sus hijos podían entrar a cualquier casa a comer, cualquier mamá auxiliaba a los chamacos, y estos estaban convertidos en banda desde la óptica sana: de jugar futbol, escondidas… Era a un lado de la cárcel de Oblatos, y tenían la inquietud de saber qué había detrás de esos muros, sin pensar que días o años después ellos iban a estar allí. Se generó un fenómeno de convivencia social muy importante en San Andrés, donde se creó la imagen del vikingo vándalo, aunque no lo eran, y lo digo con el elemental análisis sociológico que he realizado del momento histórico, de los testimonios de varios de ellos y de estar en el barrio como tal.

Intenté no perderme ningún escenario físico del libro: estuve en la esquina donde intentaron secuestrar a Eugenio Garza Sada, en Monterrey, y evidentemente San Andrés lo he recorrido de cabo a rabo; también estuve en Nepantla… Siempre intento estar en el espacio, con sus ecos, para escribir una historia narrativa aunque hayan transcurrido 25 años.

Pero, para volver a Guadalajara, el nexo de la inconformidad capitalizada por gente como el entonces cuñado de Luis Echeverría, Andrés Zuno, cuyo padre había perdido el control de la universidad con los Ramírez Ladewig. Entonces, para este movimiento de demanda de democracia elemental en un pinche centro de educación superior, ¿cuál era la bronca? Claro: el corporativismo, el autoritarismo y la impunidad. Se agarraron a madrazos, y estos condujeron a que en 1973 Guadalajara se convirtiera en la cuna de la Liga Comunista 23 de Septiembre.

En ese fenómeno social estaba la tierra para que se pudiera convocar clandestinamente a gente de varias partes de la República y se fundara allí el grupo guerrillero con mayor presencia a nivel nacional (no sé si el más violento, pero que generó bastantes dolores de cabeza).

AR: En términos muy generales, ¿cuáles fueron los orígenes sociales de la guerrilla en el periodo que abordas? En el libro se observa que muchos fueron estudiantes y profesores, pero también está la vertiente campesina guerrerense de Cabañas y Vázquez. Por ejemplo, se señala a Monterrey con su bonanza industrial, sin presencia proletaria.

FG: Es mi querido José Revueltas y el proletariado sin cabeza, como seguía en los años 70 y tal vez hasta actualmente (que sería lo más culero). Yo había dicho que en los años 50 se reprimió al movimientos sindical obrero, en los 60 a los campesinos y en los 70 a los estudiantes. Pues fue la clase media, la que tenía acceso a la educación superior, por lo que la composición de la mayoría de los grupos urbanos de la guerrilla vienen de ella.

No es sorprendente: Fidel Castro no era ningún pinche campesino ni desarrapado, Ernesto Guevara no era ningún inculto bajado de la sierra a tamborazos (como horrorosamente se hace esa descripción discriminatoria).

La clase media fue la que se convirtió en el motor de una transformación social. La Independencia: no fueron los indígenas los ideólogos de la conspiración de 1810, con el cura Hidalgo, la Corregidora y todo el cuento maravilloso que nos hacen creer. De la Revolución mexicana el ideólogo no fue Zapata, sino Francisco I. Madero, un pequeño burgués.

Entonces no es para sorprenderse el por qué la guerrilla urbana en México provino de las clases medias, y, en algunos casos excepcionales, también altas.

Por otra parte, la de Lucio sí era esta historia de ser pueblo; tal vez le sólo le faltó el “primero los pobres”. Curiosamente, tan fue popular que la aspiración de llegar hasta Lucio se convirtió en la obsesión de los clasemedieros y de los citadinos. El problema fue cuando se logró el contacto de los dos universos, de los intereses y de las prioridades de Lucio y de las de los citadinos, y por eso el choque y los divorcios hasta que casi salieron a relucir las armas entre ellos, y por eso las hipermentadas de madre y las desacreditaciones.

Eso lo estamos viviendo hoy: el Ejército Zapatista de Liberación Nacional EXLN), su discurso y su cosmovisión, y los intelectuales de Ciudad de México con los suyos. Es parte de lo mismo pero, a diferencia del EZLN, el Partido de los Pobres sí era dirigido por un campesino oriundo.

Entonces sí hubo una gran diferencia porque, en el caso de Guerrero, sí eran nativos de allí, como el propio Lucio, lo que no ocurrió con las Fuerzas de Liberación Nacional en Chiapas.

Genaro era un poquito clasemediero, y no era que no tuviera un origen popular pero diferente al de Lucio, al grado de que tampoco llegaron a combinarse sus fuerzas.

Había discusiones dentro del propio marxismo, entre cómo lo concebía un universitario citadino y la forma en que lo entendía un normalista de Guerrero.

AR: Cuéntenos sobre ese fascinante debate cuando llegó la Partidaria a Guerrero, y durante el intento de unificación ocurrió la discusión con Lucio Cabañas. Parecía un enfrentamiento entre vanguardistas y populistas, por decirlo así.

FG: No me atrevo a criticar a ninguno de los dos, porque cuando estás haciendo historia narrativa terminas comprendiendo (no justificando) a cada cual, porque lo que hago como historiador es ubicarme en la historicidad. Era evidente que un Raúl Ramos Zavala tuviera un discurso y una crítica (aunque no le tocó el encuentro con Lucio), o un Diego Lucero, que había estado en los equipos de apoyo social y urbano cuando el asalto a Madera, quien ya traía su bagaje de clandestinaje y que logró entrevistarse con Lucio. Tan es así que surgió la leyenda de que quien les puso los Guajiros fue Lucio, en el sentido de que aquellos querían la unión y este les dijo que eran sueños guajiros. Es decir, “tú y yo somos lo mismo pero no somos lo mismo”.

Lo veo como un choque de educaciones sentimentales, de cosmovisiones.

AR: Y allí estaba también Ignacio Salas Obregón…

FG: Nacho Salas… Cuando te describen cómo era Oseas te das cuenta del portento de cabrón que era en lo intelectual, con sus lecturas, con su preparación académica pero, más que ello, de su educación sentimental tan fuerte y sus pilas para la oratoria. Me quiero imaginar cómo intentó arrollar e ir orillando a Lucio para convencerlo de que la teoría decía que el proletariado y no el campesinado tenía que ser la vanguardia revolucionaria.

Tienes que entender a cada sujeto histórico en su dimensión para no enjuiciarlos y no tomar partido. De pronto, como historiador sí terminas diciendo: “¡Ay, qué pendejo Lucio, por qué no le hiciste caso a Oseas!”, y a la página siguiente: “¡Ay, que pendejo Oseas, por qué no le hiciste caso a Lucio!”. Pero eres el historiador que analiza los discursos, que recibe los testimonios, la información que alguien te dice a la oreja y que comenta que lo que decía Oseas era lo chingón, y otro dice que Lucio tenía al pueblo, o qué dice la teoría revolucionaria acerca de quién tiene que ser el sujeto histórico del cambio revolucionario, si el proletariado o el campesinado. Pero, a ver, en Rusia no fue el obrero sino el campesinado el que logró el paso del feudalismo al socialismo, y quién fue en China, en Cuba… Entonces, ¿quién tenía la razón desde la teoría, desde la práctica y de la realidad mexicana?

Fue un debate por demás interesante, que tenía que darse y que debía ser un choque de trenes; por fortuna, la cordura se mantuvo en ambos casos, nadie asomó los fierros y no se obstaculizaron, que fue lo importante. Cada quien dijo “tú, tu campo de futbol y yo mi cancha de básquet; cada quien que juegue su campeonato”, lo que fue muy respetable y muy bueno.

Por eso siempre me ha parecido importantísimo que cuando nos sentamos en una mesa Diego Lucero, hijo de Diego Lucero; Alejandra Cartagena, hija de David Jiménez Sarmiento; Alicia de los Ríos, hija de Alicia de los Ríos; Mika Cabañas, hija de Lucio Cabañas; Romeo Cartagena, hijo de Mario Cartagena, y yo, porque somos la unión que no tuvieron nuestros padres. Somos hermanos y siempre he dicho: “Cabrones, logramos lo que nuestros padres no lograron”. Y tenemos nuestra organización, Nacidos en la tempestad, que somos medio huevones pero esa es otra historia (huevones en el sentido delo  que no hemos hecho como colectivo, porque cada quien se está rompiendo la madre en su trinchera).

Pero lo que quiero referir es: qué maravilla que nosotros nos hayamos logrado convocar, reunir, juntar y hermanar, a diferencia del momento histórico de nuestros padres.

AR: Ahora bien, hay una frase de Lucio Cabañas que me gustaría que explicaras más: “Hay que hacer lo que el pueblo quiera. Pero no. En absoluto. Hay cosas que el pueblo quiere que ya no son correctos”.

FG: Acuérdate de los usos y costumbres de las comunidades indígenas y campesinas del país, desde la venta de la mujer, de la niña, hasta los castigos ridículos como robarse a la mujer. Todo este tipo de prácticas de pronto, ante una disciplina revolucionaria y clandestina, evidentemente armaban un desmadre dentro del Partido de los Pobres. Entonces fue una reflexión de Lucio de decir “estoy aquí para construir el cambio y para generar una realidad diferente, pero eso tiene que ver con la modificación de prácticas que genera una sociedad con sus usos y costumbres”. No estaba criticando, sino diciendo algo así como “sí, hay que hacer lo que dice el pueblo, pero espérense con sus chingaderas”.

Lucio sí era un güey estudiado, viajado (había recorrido el país cuando fue secretario de la Federación de Estudiantes Socialistas de las Normales Rurales). No es que fuera un hombre de mundo, pues, pero tenía otro bagaje cultural diverso.

Entonces era más que una crítica, era que había que saber jugar hasta con las creencias religiosas de las comunidades…

AR: Por eso leía la Biblia, lo que le reclamaban otros guerrilleros…

FG: Exactamente. Los de la Partidaria, ateos recalcitrantes, le decían: “¿Qué te pasa, cabrón, por qué lees la Biblia?”. Pero tenía que ver con la reflexión de saber analizar la realidad, y que no puedes aplicar la teoría, por muy chingona que sea, si tu realidad no lo permite; si no acomodas bien tu pie a la horma del zapato, te va a sacar ampollas. Entonces no puedes meter la realidad a huevo porque te va a terminar explotando.

Lucio era muy intuitivo en ese sentido que los urbanos, que el propio Oseas, que era exageradamente dogmático; que Raúl, que era cabronamente marxista, o que el propio Diego, quien tenía ya una práctica maravillosa de cómo pasar armas del norte y tenía sus canales muy bien aceitados. Pero la intuición de Lucio no la tenía ningún otro.

AR: Otro tema importante es el internacional. Desde el principio mencionas que el mexicano era un régimen extraño, especialmente con Luis Echeverría al frente: estaba muy bien con los cubanos, que recibieron a varios guerrilleros mexicanos; al flamante embajador chino…

FG: No sabes el huevo que me costó encontrar el nombre del primer embajador chino. Fue una semana; todo el mundo hablaba del primer embajador chino, pero yo quería el nombre. Cuando llegó a México, Echeverría le amenazó: no quiero guerrillas ni revoluciones en México. No era cualquier diplomático y yo quería su puto nombre. Me tardé una semana en conseguirlo.

AR: Sí, pero ¿cómo era el contexto internacional? Digamos, por ejemplo, los países socialistas: ¿qué pasó con Cuba, con Corea (donde entrenaron a algunos guerrilleros) e incluso con la URSS?

FG: Siempre he insistido: uno de los pilares de la guerra de baja intensidad (que fue de gran maestría por parte del Estado mexicano) fue que el gobierno tenía el rostro de revolución, de haber sido producto del primer movimiento revolucionario del siglo XX y de que estaba poca madre, además de que se hizo amiguito de los países socialistas y permitió llegar a los perseguidos de los regímenes dictatoriales de América Latina.

Eso es tan obvio que hasta hubo un desplegado en Proceso en el que el exilio argentino y chileno lloraban la muerte de Fernando Gutiérrez Barrios. Esa fue la maravilla del juego de apariencias del Estado mexicano, por la que la guerrilla mexicana quedó en la absoluta marginalidad, en el peor de los calabozos, en el absoluto intento del olvido.

Lo que he dicho mucho con este libro: el primer vuelo de la muerte fue en México y no en Argentina; el primer desaparecido político en América Latina, fue en México y no en Bolivia. No mamemos: eso es gravísimo, incluso para la capitalización del drama como lo han generado los argentinos (y no estoy minimizando su drama, aguas, porque no es competencia de ver quién padeció más). ¿Cómo es posible que un régimen encabezado por un civil generó las atrocidades que luego cometieron los militares latinoamericanos?

AR: Sobre Cuba: recibió, de forma humanitaria, a varios presos políticos mexicanos en los canjes por personajes secuestrados por la guerrilla. ¿Cuál fue el papel de ese país en el conflicto armado de México en la década de los 70? Según un testimonio de Manuel Piñeiro Barbarroja, el gobierno cubano no se sentía muy cómodo.

FG: Cuba no otorgó acta de nacimiento a la guerrilla mexicana, lo que provocó un mayor aislamiento de ésta, ya que fue vapuleada y golpeada por la izquierda partidista, intelectual y de los movimientos sociales. Fue peor si Cuba ignoró las atrocidades que se cometieron en nuestro país y brindó carta abierta para que se continuara impunemente con las prácticas de guerra de baja intensidad.

Ahora bien, que el Estado cubano se haya visto en la obligación de dar asilo y resguardo a militantes de la izquierda radical mexicana se le convirtió en un problema. Recordemos la amistad entre Fernando Gutiérrez Barrios y Fidel Castro, por la que existió una comunicación íntima entre ambos gobiernos sobre cómo actuar ante los excarcelados y enviados a Cuba cuando Jesús Anaya secuestró un avión en 1969, y luego con el secuestro que realizó Genaro para exigir la liberación de miembros de su grupo y su traslado a La Habana. También cuando las FRAP secuestraron al cónsul norteamericano y lograron la excarcelación de 30 presos de la lucha armada.

Asimismo, ahí queda el testimonio de Robles Garnica sobre el trato que recibían esos exiliados cuando una delegación del gobierno mexicano acudía a actos oficiales a la isla: casi los secuestraban para que no fueran a armarle un desmadre a Cuba frente a la oficialidad mexicana. Para la isla México era asunto de seguridad nacional: tenía que sostener una buena relación con el gobierno represor.

AR: ¿Cómo tomó parte el Partido Comunista Mexicano en esta historia? Tiene presencia desde las Juventudes Comunistas, de donde salieron algunos guerrilleros, hasta el secuestro de Arnoldo Martínez Verdugo por el reclamo de un dinero del Partido de los Pobres.

FG: La actitud del PCM fue ambigua: por un lado, cierto sector del partido simpatizó con la lucha armada, al grado del rompimiento con Raúl Ramos Zavala, que abanderaba la lucha radical, y por otro, preferían no involucrarse con el radicalismo para evitar la represión y la pérdida de sus comodidades simbólicas. Hay que tomar en cuenta que el PCM seguía en la clandestinidad, y luego vino el caso del extravío del dinero producto del secuestro de Rubén Figueroa, que provocó tiempo después el secuestro de Arnoldo.

AR: El libro parece ser la historia de un conflicto político: la lucha de la ingenuidad clandestina contra la profesionalización de la represión.

FG: No se trató de una ingenuidad voluntaria; a final de cuentas la opción de las armas revolucionarias es una respuesta a la violencia del Estado, primero contra los movimientos campesinos y posteriormente contra la juventud, especialmente en 1968 y 1971.

Más bien es el análisis de que los caminos de otro tipo de luchas estaba clausurado y la única opción era la rebelión armada, o por lo menos esa fue la determinación de la mayoría de quienes optaron por las armas en ese periodo histórico.

AR: Rosa Albina Garavito decía que aquella locura guerrillera “se nutrió de mucha ideología y nada de política”. ¿Coincides con ella?

FG: Coincido en parte, ya que la ideología no sólo fue el motor que convocó a la acción, sino también la frustración, el coraje y, sin duda, también la aventura revolucionaria. Cada quien optó, por diversos motivos, por la acción de las armas, por lo que no podemos hacer generalidades sobre los motivos por los cuales los jóvenes apostaron por la lucha armada.

Pero, sin duda, para el caso de Monterrey considero que tuvo un peso específico lo ideológico, sobre todo en el núcleo de Rosalbina y de José Luis Rhi Saussi, que venían como núcleo del rompimiento de Raúl Ramos Zavala con las JC del PCM, pero no aplica, por ejemplo, para el caso de los fundadores de las FLN, que también se incubó en Monterrey, o para la fundación de la FER en Guadalajara, donde la realidad era totalmente diferente.

AR: Otros aspecto: en la parte donde trata el secuestro de José Guadalupe Zuno, viejo político jalisciense suegro de Echeverría, escribe: “A fin de cuentas, ¿cuál era la pretensión de la lucha guerrillera sino una apuesta por la locura?”. ¿Por qué esos jóvenes se lanzaron a ella?    

FG: Fue la locura como acto de desesperación, como la apuesta de todo en un solo número de la ruleta, como la opción de que vale la pena invertir la vida en una causa por el bien común, aun cuando la muerte les fuera en ello.

AR: A partir de una frase que Luis Echeverría le dijo a usted acerca del secuestro de Rubén Figueroa por el Partido de los Pobres (“mandar al Ejército a romperle la madre a Lucio”), discute que el conflicto gobierno-guerrilla no fue una guerra sucia, sino una guerra de baja intensidad. ¿Por qué?

FG: Porque fue la aceptación de que el Jefe de las Fuerzas Armadas de México le estaba declarando la guerra a un maestro normalista que se había ido a la sierra, primero como un acto de autodefensa para luego transitar hacia la ofensiva guerrillera. Por eso ya no aplica el término de “guerra sucia” acuñado por el periodismo sudamericano, sino más bien “guerra de baja intensidad” que es el término académico correcto, y que está descrito en el manual de la Escuela de las Américas, en Panamá. Además, con la declaración que me hizo Echeverría de haber enviado al Ejército en contra de Lucio, reconoció históricamente una acción militar que se había venido negando constantemente.

AR: Como expone en el libro, el gobierno utilizó el terror y el horror para combatir a los rebeldes. Pero dio lugar a un ánimo reformista en José López Portillo, quien promovió la Reforma Política y una Ley de Amnistía. ¿Estas medidas fueron útiles para aminorar el deseo de levantamientos armados?

FG: Jesús Reyes Heroles, que fue el principal impulsor de la Reforma Política, vislumbró que la izquierda no contaba con la opción de la participación electoral mientras el PCM continuara en la clandestinidad y ninguna expresión de izquierda tuviera representación en las boletas electorales. Eso y la represión habían generado el caldo de cultivo para la existencia y la justificación de las armas como vías de expresión de los marginados: campesinos, obreros y estudiantes.

La modificación a la ley y la entrada de la representación de la izquierda en los procesos electorales restó razones para que se continuara con la lucha armada en México. Por eso también planteo que un logro de la tragedia de la guerrilla tiene que ver con el reconocimiento de que la izquierda pudiera ser un actor importante en la disputa electoral.

AR: ¿Cuál fue la importancia real de la guerrilla? Según cuentas de Acosta Chaparro, el total de elementos subversivos no llegó ni siquiera a dos mil. Por supuesto no es sólo lo cuantitativo, pero ¿cuál fue la influencia de estos grupos?

FG: Como ya se dijo, por un lado la reforma política y, por otro, la generación de un boquete en el autoritarismo del Estado mexicano. Se alcanzaron beneficios en la disputa del control corporativista de los obreros, se pudo visibilizar la marginalidad del campo y la voz de los jóvenes terminó por imponerse a pesar de las tragedias que hubo en estas batallas.

AR: Hacia el final del libro, cuando trata los estertores de la Liga Comunista 23 de Septiembre, escribe: “Aprender del descalabro es una receta que no se ha asumido”. ¿Cuáles fueron los errores determinantes en la decadencia de los grupos guerrilleros?

FG: El aislamiento de los grupos clandestinos de los movimientos sociales, la falta de conectividad con las demandas sindicales, no haber realizado puentes verdaderos con la conciencia histórica del proletariado, que al mismo tiempo sigue siendo lo que José Revueltas planteara como “El proletariado sin cabeza”.

Recordemos, por ejemplo, el caso del asalto a la casa de Nepantla: mi padre y Nora condujeron al Ejército a esa población la mañana del 14 de febrero de 1974, y dirigieron el ataque de los cuerpos represivos a la casa de un campesino cualquiera, que padeció la violencia y el despojo, con la intención de que sus compañeros de la “Casa Grande” tuvieran conocimiento de que ellos habían caído. Pero cuando el Ejército detectó la mentira, los devolvieron al Campo Militar número uno para continuar con la tortura. Fue un doble escarmiento que ellos aguantaron y pensaron que sus compañeros sabrían que habían caído y que los soldados tarde que temprano terminarían por llegar hasta la casa real, por lo que les habrían dado el tiempo suficiente para que organizaran la huida y la destrucción de documentos. Pero el aislamiento de los guerrilleros de las FLN del resto de la comunidad no les permitió percatarse de que el Ejército ya estaba en Nepantla y no sabían nada. Así, a las 10 de la noche regresaron los soldados y resultó que los guerrilleros todavía estaban allí como si nada. Ese aislamiento costó vidas en todos los grupos armados de México.

AR: En la bibliografía comentada escribe lo siguiente: “Toda historia cuenta con su riesgo”. Un relato con un tema tan grave y espinoso no puede estar exento de ello. ¿Qué riesgos tomó al hacer esta historia?

FG: Todos. Jugar con las imágenes de los padres de mis hermanos Diego Lucero, Alicia de los Ríos, Alejandra Cartagena, Micaela Cabañas, Aleida Gallangos y otros; no prestarme al uso de los seudónimos sino colocar los nombres de los sujetos históricos; pensar en los sentimientos, en las historias de vida, en los aciertos y los errores, en la aventura de la propia vida, construyen, como he insistido, una narrativa histórica, que no por ella caiga en la simpleza en la que muchas ocasiones incurren los académicos.

AR: Para finalizar: en una parte del libro recuerda las discusiones de 1995 acerca del asesinato de Napoleón Glockner Carreto, de las FLN. Entonces Miguel Ángel Granados Chapa le dijo al hijo de ese guerrillero, Napoleón Glockner Corte, la siguiente frase: “No existe mejor arma para vengar esa muerte que la tinta de una pluma”. ¿Ello ha animado su escritura, en especial la de este libro?

FG: Creo que ello anima la escritura de todo el mundo, incluso la tuya como periodista, todos conscientes de que no existe mejor arma que la palabra que libera, que conmueve, que construye.

Este libro y toda mi dedicación al tema es parte de lo que consideraríamos como la “huella de dolor” que cada quien trae encima. Es obvio que la situación de mi padre, el abandono y la clandestinidad fueron construyendo por tres décadas mi dedicación para investigar las historias que han provocado la escritura de Veinte de cobre, Cementerio de papel (que, como sabes, fue llevada al cine de la mano del querido Mario Hernández), Memoria roja y ahora Los años heridos. Son trabajos y literatura que pueden incomodar a muchos, pero que a final de cuentas es parte de una apuesta por la memoria negada, por la honestidad y el rescate de los sueños ahogados.

 

Ariel Ruiz Mondragón