El ruido en la Ciudad de México hace su incipiente aparición como problema de convivencia vecinal hacia los años cincuenta del siglo pasado, a raíz del surgimiento de las primeras unidades multifamiliares de vivienda. Muy pronto surgen en estos espacios los rasgos que definirían la sociabilidad urbana y que propiciarían la emergencia del ruido como objeto de conflicto: mucha gente, poco espacio, demasiada cercanía y la impersonalidad de las relaciones entre personas que, de pronto, tienen que hacer vida en común con gente desconocida, de procedencia diversa y con costumbres muchas veces incompatibles. Hoy el ruido sigue vinculado a las estructuras de vivienda colectiva. Según la Procuraduría Social de la Ciudad de México, éste es el segundo motivo más frecuente de conflictos vecinales relacionados con música elevada, juegos de niños, presencia de mascotas, uso de electrodomésticos, arrastre de muebles, labores realizadas en horario nocturno y fiestas. En el año 2010 se calculaba que uno de cada dos capitalinos vivía en situación de condominio, es decir, en un régimen de cohabitación. Es justo por eso que resulta no sólo pertinente sino necesario debatir el fenómeno del ruido en el marco de la convivencia urbana.

La relación entre ruido y vivienda colectiva en las ciudades ha sido objeto de múltiples reflexiones. En La miseria del mundo Pierre Bordieu se refería a este fenómeno como parte de la experiencia negativa de habitar un conjunto urbanístico.1 Erich Fromm señalaba: “cualquiera que haya vivido en un edificio de departamentos donde moran varios cientos de familias, sabe que hay pocos lugares donde una persona pueda retirarse y donde no invada su espacio privado la presencia de los vecinos de a lado […] En el multifamiliar las personas tienen mayor conciencia unas de otras, se vigilan y murmuran de sus vidas privadas”.2 Respecto a los problemas de convivencia en las grandes unidades habitacionales, uno de los cuales es la intrusión sonora, Henri Lefebvre se preguntaba: “¿Por qué tendríamos que visitar al vecino? Sabemos ya lo que sucede en su casa. No hay necesidad de cambiar de habitación ni de moverse”.3 Para Ulf Hannerz el contacto de vecindad en las ciudades modernas tiene más que ver con el acceso que tenemos a la vida de los otros, que con relaciones manifiestamente establecidas: “Al estar físicamente tan cerca, las revelaciones pueden empezar a circular más allá de las fronteras ineficazmente demarcadas y, en cuanto una persona esté físicamente presente en el espacio doméstico, los vecinos pueden tener, en el peor de los casos, un acceso prácticamente incontrolable”.4

Ilustración: Estelí Meza

Estas reflexiones reconocen, en primer lugar, que las estructuras socioespaciales de la vivienda colectiva condicionan los modos de interacción vecinal. Este es un fenómeno eminentemente urbano pues da cuenta de una relación surgida de las circunstancias de posición: en principio no es una personalidad o una idiosincrasia lo que hace a los vecinos entrar en contacto, sino las condiciones espaciales que han dispuesto a unos muy cerca de otros. En segundo lugar, refieren a la cohabitación como una experiencia mayormente negativa, donde la demasiada proximidad del otro y la posibilidad de intrusión sonora constituyen una amenaza y una fuente potencial de conflicto. Por último, aluden a la existencia de un tipo de relación de vecindad —no por fuerza conflictiva— estructurada por los vínculos que se tejen entre próximos por mediación del sonido y la escucha.

Escuchar a los otros y ser escuchado son situaciones recurrentes en un edificio de departamentos. En las ciudades suele ocurrir que el sonoro sea el primer, y en muchas ocasiones el único, medio de conocimiento que tengamos de nuestros vecinos. Innumerables son las historias recogidas y construidas intramuros, desde la escucha casual donde los sonidos vecinales aparecen simplemente como indicadores de la cotidianidad doméstica, pasando por la escucha furtiva a través de la cual es posible engancharse a las historias ajenas, hasta formas de interacción explícitas, generalmente derivadas de conflictos, como comunicarse detrás de las paredes o golpear el piso o el techo. Las relaciones de vecindad que se tejen por la vía sonora le deben mucho al comportamiento del sonido, cuya lógica no obedece a la organización espacial acostumbrada y a partir de la cual solemos concebir la vida privada, es decir, a la del sentido de la vista, cuya sustancia concreta nos permite definir de manera mucho más clara un territorio. Pensemos esta diferencia a partir de las habitaciones delimitadas por muros, que hacen evidente el adentro y el afuera, y donde el cierre y la apertura de puertas y ventanas constituyen un inmejorable mecanismo para controlar el acceso. El sonido, sin embargo, no reconoce a estas consistencias físicas como límites; el cuerpo mismo no está capacitado para controlar la información que recibe a través de los oídos: éstos, a diferencia de los ojos, no cuentan con párpados para cerrarse.

Para el sonido, todo espacio es extenso y los límites físicos una materia fácil de traspasar. Esto implica que hasta nuestro espacio privado se cuelen sonidos de más allá y, al mismo tiempo, que los hechos sonoros ocurridos al cobijo de nuestra intimidad se escapen y se conviertan en información de libre acceso para todos aquellos que alcancen a escuchar. De aquí la importancia de que el diseño arquitectónico contemple la contención acústica como una condición básica de habitabilidad de una vivienda digna, asunto hasta ahora sacrificado por considerarse suntuario, frente a problemas más urgentes que resolver como acomodar a más gente en menos espacio. Al respecto señala Max Neuhaus: “Responsable de este control insuficiente es la falta de conciencia acústica de muchos arquitectos, que piensan demasiado acerca del aspecto visual de un edificio y demasiado poco acerca de su comportamiento acústico […] En consecuencia se construye de manera acústicamente transparente”,5 dejando a la vivienda desprotegida y expuesta a las intrusiones.

Los conflictos por ruido derivados de la cohabitación son, por una parte, producto de los usos diversos del tiempo y el espacio que destinan a quienes comparten linderos a tarde o temprano, y muchas veces sin quererlo entrometerse mutuamente en su cotidianidad y a desincronizar sus rutinas. El ruido es un fenómeno que, más allá de sus parámetros objetivos, surge cuando una sonoridad ajena se interpreta como intrusión, es decir, cuando un sonido cualquiera traspasa los límites de la esfera privada, desajustando nuestros hábitos e imponiendo una escucha que nos hace partícipes de la vida —íntima, secreta, privada— de nuestros vecinos, casi siempre en contra de nuestra voluntad.

La otra parte responsable de los conflictos por ruido tiene que ver con la dificultad —ya sea por idolencia o por desconocimiento— de pensar en la experiencia sensible de la cohabitación, hecho que no sólo atañe a los arquitectos sino a los mismos ocupantes de las viviendas, quienes desconocen la dimensión sonora de sus prácticas cotidianas. Es muy común pensar que el ruido siempre lo hace el otro, y pocas veces alguien reconoce o siquiera intuye su responsabilidad en este hecho, pues sólo se repara en él cuando uno es la víctima. Por esta razón, cuando alguien recibe un reclamo por ruido siente violentada la libertad de ser, decir y hacer que deriva de la posesión de un espacio privado. Esto no sólo explica la dificultad para aceptarse como potencial hacedor de ruido, sino de ponerse en el oído de los otros, una forma de empatía muy poco practicada en nuestra sociedad.

Detrás del ruido como problema de convivencia encontramos una falsa idea de civilidad característica de las grandes ciudades, en la cual la conducta correcta implica no meterse en la vida de nadie y donde el buen vecino es el que no molesta. Esto nos lleva a proponer que el asunto de fondo no es tanto vivir unos muy cerca de los otros, sino no saber vivir con los demás y negociar las diferencias. En efecto, el mayor reto con respecto a la lucha y el control de ruido está en el ámbito de la educación cívica, es decir, en la promoción de formas más eficaces de convivencia ciudadana, que permitan la resolución de conflictos por vía de la negociación del bien común, y no de las restricciones y la tolerancia cero. En este sentido, es necesario ampliar la perspectiva sobre el ruido a través de su estrecha relación con la poca tolerancia de los ciudadanos, la dificultad de la integración de las diversidades, la negativa para comunicarse y escuchar, y la brecha, casi siempre insalvable, de las clases sociales.

 

Ana Lidia M. Domínguez Ruiz
Antropóloga. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores y coordinadora del grupo interdisciplinario Red de estudios sobre el sonido y la escucha (México). Autora de La sonoridad de la cultura. Cholula: una experiencia sonora de la ciudad, uno de los trabajos pioneros sobre estudios sonoros en México.


1 Bourdieu, Pierre, La miseria del mundo, Argentina, FCE, 1999.

2 Fromm, Erich, Anatomía de la destructividad, México, Siglo XXI, 2009.

3 Lefebvre, Henry, De lo rural a lo urbano, Barcelona, Península, 1978.

4 Hannerz, Ulf, La exploración de la ciudad, México, FCE, 1993.

5 Neuhaus, Max, “Sound desing”, en Zeitgleich: the Symposium, the Seminar, the Exhibition, Viena, Triton, 1994.

 

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