Las economías emergentes son volátiles. Las latinoamericanas quizás lo sean más. Años con altas tasas de crecimiento económico seguidos de periodos de disminuciones importantes en la producción y el consecuente retroceso en empleo. Se dan dos pasos adelante y se retroceden otros tantos, usualmente al ritmo de los movimientos políticos. México, de alguna manera, empezaba a separarse de ese grupo, salvo por dos grandes períodos de volatilidad en los últimos 25 años: 1994 —año terrible para el país— y 2008, cuando le afectó la gran crisis financiera internacional.

Ilustración: Estelí Meza

En el primer trimestre de 1995 la economía mexicana decreció 5.7% frente al trimestre anterior y en el segundo disminuyó 4.9% frente a los ya oscuros tres primeros meses de 1995. La recuperación se dio en 1996 y en 1997, años en los que crecimos respectivamente 6.5% y 7.1%. Pero los porcentajes son engañosos al comparar frente a una base menor. En 2009, la caída fue 5.1% en el primer trimestre y 1.5% en el segundo. En 2010, el crecimiento fue 5.1%. La magnitud de esas caídas repercute negativamente en toda la sociedad, pero lo hace sobre todo en las personas ubicadas en los deciles de menores ingresos que no tienen forma de protegerse de los cambios de precios, de la volatilidad en las tasas de interés, y de la pérdida de empleo. La recuperación posterior es más lenta de lo que los números agregados muestran.

Paulatinamente, la volatilidad dio paso a la estabilidad. En sí misma, la estabilidad trae beneficios; se avanza sobre lo recorrido y se puede construir, permite sentar las bases para alcanzar una senda de crecimiento sostenido. Sin embargo, cuando el crecimiento ronda el 2% resulta no solo mediocre, sino insuficiente para mejorar la calidad de vida de la mayoría de los mexicanos. Ésa es exactamente la tasa de crecimiento promedio que la economía mexicana ha tenido en los últimos 20 años. El crecimiento per cápita se encuentra por debajo del 1%. No es una cifra para presumir.

Ante estos números y otros tantos relacionados con temas de inseguridad, violencia y corrupción, se construyó la campaña presidencial de 2018. Andrés Manuel López Obrador prometió cambios radicales y mejoría en todo, incluyendo, desde luego las variables económicas. Su presidencia es aún joven, pero las decisiones que se han tomado —incluso antes de la toma de protesta— han seguido un patrón que ha sido determinante en el comportamiento de la economía mexicana en estos nueve meses. A continuación, comentaré sobre algunas de estas variables. 

Crecimiento económico

Quizás la variable económica a la que se le da más seguimiento es al crecimiento del PIB. No es un indicador perfecto y no evalúa temas como desarrollo o felicidad. En otro momento no hubiera sido necesario hacer la distinción, pero en fechas recientes se ha vuelto parte del discurso presidencial al hacer mención al estancamiento económico que vive México. Sin ser perfecto, el crecimiento de la producción nos da una pauta importante del dinamismo de una economía y de variables asociadas, como el empleo y los salarios.

Durante el primer semestre de 2019 (comparando la producción de junio con la de diciembre del año anterior), la economía mexicana no creció nada. En diciembre de 2018, el PIB real era 18,561,560 millones de pesos (a precios constantes de 2013) y en junio de este año fue 18,537,324. En estricto sentido, hubo una disminución.

Es difícil hablar de desaceleración económica cuando las tasas de crecimiento trimestrales han estado por arriba del 1% solo en dos ocasiones en los últimos 10 trimestres, pero podríamos afirmar que el ritmo de la desaceleración se ha incrementado. En el primer trimestre de este año, la economía creció 0.1% al compararla con el mismo trimestre del año anterior y decreció 0.3% en relación al último trimestre de 2018. Fue durante ese trimestre cuando las perspectivas de crecimiento de prácticamente todos los agentes —organismos internacionales, casas de bolsa, bancos— empezar a hacer ajustes a la baja en sus expectativas para la economía mexicana.

A partir de esa información y los datos preliminares del inicio del segundo trimestre se empezó a discutir sobre una potencial recesión. Se escribieron decenas de artículos sobre el tema, aunque el debate permanecerá en el plano académico. Mientras no exista una definición consensuada y establecida sobre el concepto, cada uno puede argumentar usando la definición que más se acomode a sus propósitos. Finalmente salieron los datos oportunos de crecimiento que da el INEGI, 20 días antes de dar la cifra “formal”. Los datos revelaban que la economía había crecido 0.1% durante el segundo trimestre respecto al primero, aunque en realidad era un redondeo al alza de una cifra menor, ligeramente por arriba del 0.005%. Al instante se echaron las campanas al vuelo porque la economía mexicana había evitado una recesión.

Frente a ese mediocre dato de crecimiento, el presidente afirmó en la conferencia de prensa matutina del 1 de agosto que estaba muy contento porque la economía mexicana estaba respondiendo y ésa era una muy buena noticia para el pueblo de México. Poco importa la realidad en los discursos mañaneros. Poco importa saber que en los primeros seis meses del año la producción del país disminuyó. Sí importa disfrazar esa realidad con frases hechas y poco verificables.

El 23 de agosto el INEGI publicó la cifra oficial de crecimiento. Ese 0.005% —redondeado a 0.1— se revisó a la baja, alrededor de 0.002%, que al redondearlo resulta 0.0%. Pongámosle el nombre que se desee, pero un crecimiento nulo en nada abona al desarrollo del país, independientemente de lo que se diga en la prédica mañanera.

Hace menos de un año exigíamos —todos, incluyendo al ahora presidente— un mayor crecimiento argumentando que ese 2% promedio era insuficiente para mejorar las condiciones de vida de los mexicanos. Hoy el 2% parece casi aspiracional. Recientemente, Banco de México ajustó su expectativa de crecimiento para la economía mexicana a un rango de entre 0.2% y 0.7%.

Cuando están en campaña los candidatos prometen crecimiento, como si fuera una decisión en sí misma y no resultado de las decisiones que toman y de las políticas que implementan. Peña Nieto prometía 6%; 7% a veces, dependiendo del foro en el que estuviera. El mayor crecimiento de su sexenio fue 3.3%, alcanzado en 2015. El 4% que López Obrador prometió durante su campaña parecía más cercano a la realidad mexicana, dados los obstáculos estructurales que impiden que el PIB potencial de México sea mayor. Hoy ese 4% se ve lejano.

Empleo

Otra de las cifras más seguidas sobre el desempeño económico es la creación de empleo formal. Para México, la formalidad laboral es un gran pendiente. Si bien la informalidad ha disminuido poco a poco en los últimos años, todavía más de la mitad de la población ocupada no cuenta con afiliación al sistema de seguridad social (de acuerdo a la definición de informalidad del INEGI). En julio, la tasa de informalidad fue de 55.9%.

Con los últimos datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo de junio de este año, en México se encuentran ocupadas 54,936,719 personas. Desocupadas, aquellas que no tienen un trabajo (sin distinción si es formal o informal) y han buscado activamente tenerlo, suman 2,014,000; 156,000 personas más de las que se manifestaban desocupadas en el segundo trimestre de 2018.

De esos casi 55 millones de personas que se encuentran ocupadas, registradas en el IMSS hay 20,385,379. Esos 20 millones no contemplan aquellos que están ocupados formalmente, pero están afiliados al ISSSTE por ser trabajadores del estado. Es el número de registros administrativos del IMSS el que normalmente usamos para darle seguimiento a la creación de empleo formal.

En los ocho meses que lleva la administración de López Obrador (aún no están los números de agosto) se han eliminado 72,547 empleos; es decir, a fines de julio había menos empleos registrados que los que existían en noviembre del año pasado. Es importante decir que hay un componente estacional en la destrucción de empleos que se da cada diciembre. Sin embargo, en diciembre de 2018 la desaparición de plazas formales de trabajo fue más pronunciada de lo usual, desaparecieron 378,561 empleos. La creación que se ha dado en los meses subsecuentes, salvo junio en el que también se destruyeron empleos sin un componente estacional que lo explique, no ha sido suficiente para contrarrestar la pérdida del primer mes del sexenio. No sólo eso, el empleo creado en julio corresponde en su totalidad a empleos temporales, de acuerdo a los informes mensuales del IMSS.


El presidente ha señalado que estas cifras no incluyen los empleos que dan los programas de Jóvenes Construyendo el Futuro y Sembrando Vida. Es cierto. No los incluyen y no deberían de incluirlos. Esos programas son más bien de becas o de transferencias en los que un grupo de personas, por amplio que sea, recibe recursos del gobierno de forma temporal.

La creación de empleo formal es un reto monumental que enfrenta esta, y cualquier, administración.

Hay que reconocer que ha habido un incremento en los salarios derivado del incremento de 16% en el salario mínimo que ha beneficiado a los deciles de menores ingresos. Es un avance importante. Sin embargo, para que ese incremento sea sostenible y replicable en los años venideros es importante que se impulse el crecimiento económico.

Inversión

La inversión es una de las variables más relevantes para entender el momento que vive cualquier economía. La inversión registra el gasto total en activos que servirán, con el tiempo, para producción futura. Los datos de inversión en México se publican con cierto rezago. El dato más reciente corresponde a mayo. En ese mes, la inversión fija bruta mostró una caída de 2.7% en términos reales —quitando la inflación— al compararlo con abril, y la comparación anual señala una disminución de 6.9%. En maquinaria y equipo la inversión fue 5.5% menor y en construcción la caída rebasó el 8%.

Es importante distinguir la inversión fija bruta de la inversión de portafolio. La primera es la que se traducirá en fábricas, en empresas, en empleos, mientras que la segunda es más volátil y su comportamiento responde más a condiciones de mercado —diferencial de tasas de interés y tipo de cambio— que a condiciones estructurales de la economía. La disminución en la inversión fija bruta captura la pérdida de confianza que los inversionistas han vivido a raíz de decisiones del presidente, empezando con la cancelación del Nuevo Aeropuerto de la Ciudad de México, terminando —hasta el momento— con la renegociación de los contratos de gasoductos y pasando por la cancelación de subastas de energía eléctrica y de hidrocarburos.

Es uno de los datos económicos más negativos de los últimos meses y solo podrá rectificarse si se restaura la confianza en el país. La inversión captura las expectativas que se tienen, contempla las expectativas de crecimiento y la certeza legal, que empieza con el cumplimiento de los contratos.

Gasto del gobierno

El presidente ha hecho de la austeridad una bandera. Frente a los excesos vistos en otras administraciones, la austeridad es bienvenida. Pero hay que analizar más allá de los discursos y poner las cosas en contexto. En 2018, el gasto público fue de cinco billones 611 mil 559 millones de pesos. Para 2019, el Congreso aprobó un presupuesto de cinco billones 838 mil 060 millones de pesos en términos nominales, un incremento de 4% respecto a lo gastado en años previos que mantiene el gasto prácticamente constante en términos reales. En ese sentido, se consideró un presupuesto “responsable” —que no es lo mismo que austero. En realidad, lo que se dio fue un reacomodo dentro de ese conjunto de 5.8 billones de pesos. Algunas dependencias tuvieron recortes de más del 50% en relación a 2018, como Hacienda, Comunicaciones y Transportes y la Función Pública. En el caso de la CRE y la CNH la disminución frente a lo gastado en 2018 rebasó el 75%. A otras, por el contrario, se les asignaron más recursos, como es el caso de la Secretaría de Defensa, la del Bienestar, la de Trabajo y Previsión Social y la de Energía. Más que ahorros, hubo reacomodo.

El presidente ha llamado a las diferentes dependencias gubernamentales a gastar poco. Los recortes están ahí, a la vista de todos, pero más allá de los mismos, se conmina a las dependencias a no ejercer los recursos que ya tienen asignados. Hay una razón para esto. Como parte de los cambios a las leyes derivadas del compromiso con la austeridad, se propone adicionar al artículo 61 de la Ley Federal de Presupuesto y Responsabilidad Hacendaria que estipula que el Ejecutivo podrá disponer, por decreto, de los ahorros generados.

Se confunde subejercicio con ahorro con austeridad. El 1 de septiembre, en la entrega de su primer informe presidencial, el presidente habló de ahorros por 145 mil millones de pesos. Será importante entender ese número y verificar si en efecto viene de mejoras en los procesos de compras del gobierno o el presidente se está refiriendo al subejercicio del gasto público, que entre enero y julio ha sido resultado de un menor gasto programable de 141.2 mil millones de pesos.

Subejercicio no es ahorro y menos será austeridad si al final del día se le da al presidente la facultad de gastar esos recursos sin obligación de rendir cuentas ni bajo criterios de eficiencia.

 

Valeria Moy
Economista.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.