Entre 1975 y 1978 el gobierno del Khmer Rojo, al mando de Pol Pot, asesinó a tres millones y medio de camboyanos en uno de los más grandes genocidios que registra la historia del siglo XX. William Shawcross, que al respecto escribió un libro: Side-Show: Kissinger, Nixon and the Destruction of Cambodia (Simon and Schuster, 1979), regresó hace poco a Camboya y trajo una crónica sobre la secuela y la memoria del exterminio que incluye ahora varios museos del terror cuyas piezas de exhibición son los restos de las víctimas. Por intercesión de las fuerzas de ocupación vietnamitas, la idea museográfica que ahora se despliega en lo que antes fueron centros de ejecución como Tuol Sleng durante la dictadura de Pol Pot, se calcó directamente de la conservación para “eterna memoria” de los campos de exterminio de Auschwitz y Dachau en Alemania. En Nexos 57 se publicó un extenso artículo de José María Pérez Gay sobre la destrucción de Kampuchea que, entre otros materiales, pasa revista al libro de Shawcross.

Para visitar el Tuol Sleng, la antigua escuela de Pnom Penh que el Khmer Rojo transformó en prisión y centro de tortura, y que los vietnamitas convirtieron después en un museo, se necesita el permiso del Ministerio de Relaciones Exteriores, que aprueba la entrada a Camboya, y del Ministerio de Información, que dirige el museo.

El Ministerio de Relaciones Exteriores estaba en lo que antes era el Instituto Budista. Esperé en una sala de recepción vacía hasta que llegó un hombre joven llamado Chum Bung Bong, jefe del departamento de prensa, quién me dijo servicialmente que por supuesto podía visitar el Tuol Sleng. Fuimos al Ministerio de Información, Bung Bong desaparición y más tarde regresó con un permiso por escrito.

Descendiendo por Monivong Boulevard, la amplia avenida central diseñada por Sihanouk, que lleva el nombre de uno de los reyes de Camboya, la primera impresión es que la gente ocupa las casas y las tiendas sólo temporalmente.

Como si después de todo el movimiento obligado y de la mutilación de los últimos diez años nadie confiara en que los acuerdos, los hogares, sean permanentes. Las banquetas acumulan montones de basura, los coches se oxidan en los lugares en que fueron abandonados cuando el Khmer Rojo vació la ciudad y destrozó las maquinarias en abril de 1975.

Un complejo de tres edificios construidos a principios de los sesentas por el gobierno de Sihanouk, es ahora una de las principales preparatorias de la ciudad. Sobre la puerta de la entrada hay un letrero: CENTRO DE EXTERMINIO TUOL SLENG.

Cerca de dieciséis mil gentes entraron al Tuol Sleng y sólo una media docena salió con vida debido a la confusión que se desató cuando el ejército vietnamita asaltó la ciudad a principios de 1979: uno de los sobrevivientes, Ung Pech, es hoy el guardia del museo.

La mayoría de los que llegaron a la prisión fueron dirigentes del Khmer Rojo, a quienes el partido había rechazado. Mientras los “enemigos de clase” eran ejecutados sin ceremonias, los dirigentes del partido extraían confesiones a los propios miembros acusados de traición con cualquier pretexto, —que por lo general significaba colaboración con Vietnam o con la CIA, ambos. Todos los salones de del piso inferior del primer edificio fueron usados aparente te como salas de tortura. En uno de ellos había una cama con marco de metal en la que las víctimas eran amarradas; un pupitre y una silla para el interrogador. También había una caja de municiones del ejercito estadunidense en la que los prisioneros debían defecar, y de gasolina en las que debían orinar. Cada celda tenía una fotografía del salón, tal como lo encontraron los vietnamitas después de invadir la ciudad. El Khemer Rojo abandonó el lugar tan rápidamente que en varias celdas se encontraron cadáveres en descomposición amarrados a las camas. Los cuerpos fueron enterrados en una fosa frente al edificio.

En uno de los salones había un pizarrón en el que, según el guía, se escribían las normas comportamiento que debían seguir los prisioneros durante el interrogatorio. Debajo había traducción al inglés.

1. Debe usted de tratar de responder de acuerdo a las preguntas que le hago. No trate de desviar mis preguntas.

2. No trate de evadirse con pretextos acordes a sus hipócritas ideas.

3. No se haga el tonto. Usted es un individuo que se atreve a a impedir la revolución.

4. Debe responder inmediatamente a mis preguntas, sin perder tiempo en reflexiones.

5. No me hable de los actos que cometió contra la propiedad. Tampoco me hable esencia de la revolución.

6. Durante la golpiza o las descargas eléctricas, no debe gritar.

7. Siéntese sin hacer ruido. Espere las órdenes. Si no hay órdenes no haga nada. Si le pido que haga algo debe hacerlo de inmediato, sin protestar.

8. No invente ningún pretexto sobre el Krom de Kampuchea con el fin de ocultar su traición.

9. Si desobedece algún punto de mi reglamento recibirá diez latigazos o cinco choques eléctricos.

En el siguiente bloque, los salones de clase fueron subdivididos, con toscas divisiones de ladrillo de unos 2 y medio metros de altura, en pequeñas celdas individuales. Cada uno de los prisioneros estaba encadenado por el tobillo a un pedazo de hierro lo suficientemente grande como para enganchar el ancla de un barco. Vivían ahí, en espera del interrogatorio, la tortura, la confesión y la muerte.

En otro cuarto, había grandes pedazos de tela negra, extendidos a lo largo de una pared, imitando al museo de Auschwitz. Era la ropa de los prisioneros muertos. También había un montón de máquinas de escribir platos, utensilios de cocina y una fotocopiadora que, según el guía, habían encontrado allí.

De la exhibición, lo más terrible eran las fotografías. El Khmer Rojo eliminó gran parte de lo que consideramos como burocracia moderna, a excepción de la función gubernamental con la que más se identifica la represión. Casi todos los prisioneros del Tuol Sleng fueron fotografiados —a su llegada a la escuela o después de su espantosa muerte—. Los vietnamitas encontraron los negativos y los ampliaron para exhibir las fotografías que hoy cubren las paredes. Son las fotografías de los cadáveres amarrados a las camas de metal ó tirados en el suelo con las gargantas cortadas.

Las fotografías de la llegada son las más conmovedoras. Se les ve parados o sentados delante de una especie de cortina, como en el estudio de un fotógrafo. Los rostros de la mayoría reflejan un vacío, pero algunos esbozaron una sonrisa tentativa, ligeramente esperanzada, como si quisieran creer que conquistándose al fotógrafo podrían, de algún modo, conseguir misericordia. Había hombres, mujeres y niños que fueron llevados allí cuando arrestaron a sus padres. Algunos aparecían con sus madres, otros estaban solos. Había niños de todas las edades; algunas veces sus rostros mostraban una incomprensión compasiva, pero con frecuencia se veían paralizados por el terror, como sus mayores. Todos fueron asesinados.

En el piso superior estaban los archivos. Estos fueron casi los únicos documentos del Khmer Rojo que los vietnamitas dejaron ver a los extranjeros. No había nada sobre los dirigentes del partido. En el Tuol Sleng había una traducción, a lápiz, de Sobre el Estado de Lenin y otra de un libro de Alemania Oriental titulado Who’s Who in the CIA, que es una lista de nombres y direcciones de gentes nacidas en Estados Unidos. Los otros archivos estaban llenos de confesiones. Todas ellas fueron copiadas laboriosamente a mano y otras vueltas a mecanografiar, como si uno tras otro, estos prisioneros del partido hubieran sido obligados a confesar crímenes absurdos y monstruosos. Había carpetas llenas de páginas y páginas de confesiones, firmadas por aquellos que admitieron haber traicionado secretamente la revolución durante años, al trabajar para la CIA o para los vietnamitas. Había diagramas elaborados e índices con referencias cruzadas a distintos “traidores” y grupos de “traidores”. Un ejemplo de las confesiones es la que sacamos de John Dewhirst un joven inglés que fue capturado junto con dos amigos cuando paseaban en su yate por el Golfo de Tailandia La confesión empieza: “Mi nombre es John Dawson Dewhirst, ciudadano inglés. Soy un agente de la CIA que trabaja oficialmente como profesor en Japón. Nací en Newcastle-upon-Tyne, Inglaterra, el 2 de octubre de 1952. Mi padre fue un agente de la CIA que trabajaba como director de la Escuela Secundaria Benton Road”.

Dewhirst declaró que había sido reclutado por la CIA a la edad de 12 años por un amigo de su padre llamado Edward Fraser. “Era coronel en la CIA y trabajaba como ejecutivo de la compañía petrolera Shell-BP.” Según Dewhirst, su padre era un capitán de la CIA cuya misión era informar sobre los profesores comunistas del distrito de Newcastle. Le habían pagado mil dólares por introducir a su hijo en la agencia. Dewhirst y sus amigos, como casi todos en Tuol Sleng, fueron asesinados después de ser torturados.

Uno de los oficiales más importantes del Khmer Rojo asesinado en Tuol Sleng fue Hu Nim, quien, como muchos de sus compañeros, se había vuelto comunista en París, a finales de los cincuentas y principios de los sesentas. Había pasado ocho años en la resistencia francesa del Khmer Rojo y fue ministro de información del gobierno hasta su detención en 1977.

En su confesión, Hu Nim fue obligado a declarar que el también había sido “un oficial de la CIA” desde 1957, trabajando en pro de “la construcción del capitalismo en Kampuchea… según la linea de los imperialistas estadunidenses… Todo hacía parecer que yo era un revolucionario radical, que estaba de parte del pueblo… Pero, de hecho, en el fondo para mi lo esencial era servir al imperialismo estadunidense… En mi tesis para el doctorado en leyes, incluso adopté una posición progresista… Estos eran los actos más vulgares, que ocultaban mis argumentos reaccionarios, traidores, corruptos, fieles a las instituciones feudalistas, capitalistas, imperialistas y a la CIA… No soy un ser humano, soy un animal”. Hu Nim fue “descuartizado” en julio de 1977.

Así como el Khmer Rojo intentó imponer una perspectiva fanática y brutal sobre el país, los vietnamitas crearon otro orden de irrealidad. En un salón del Tuol Sleng se exhibe en textos y viejas fotografías la nueva historia saneada de la revolución. Son fotos en las que Mao Tse-Tung aparece con Pol Pot, que pretenden acentuar lo perverso de esa relación y la complicidad del peor enemigo de Vietnam hacia el norte, en los crímenes del Khmer Rojo.

Había muchas fotografías borrosas de los hasta ahora oscuros dirigentes comunistas camboyanos, cuyos papeles se exageran para demostrar que el partido tenía una verdadera tradición marxista-leninista y de solidaridad internacional con Vietnam, misma que el grupo de Pol Pot había querido destruir mediante el asesinato. No había nada que, sugiriera el grado hasta el cual, el propio pasado de Vietnam favoreció la revolución del Khmer Rojo.

En el recuento sobre el fin del gobierno colonial francés en los cincuentas y el desarrollo de Camboya en los sesentas, no hay una sola referencia al principe Norodom Sihanouk, quien de hecho gobernó el país durante cincuenta y cinco años. El principe no sólo negoció la independencia con Francia, sino que también logró mantener a Camboya al margen de la creciente guerra de Vietnam, hasta finales de los sesentas. Sihanouk fue dirigente titular de las fuerzas revolucionarias durante la guerra civil de 1970-1975, viviendo exilado en Pekín, sin poder real, pero con el reconocimiento oficial de Hanoi y de muchos otros gobiernos, cómo el verdadero jefe de Estado de Camboya. Tras la victoria del Khmer Rojo en 1975, regresó a Pnom Penh, pero, terminada su utilidad, el Khmer Rojo lo despojó de sus cargos y lo mantuvo bajo arresto domiciliario en una ciudad semivacía. Cuando los tanques vietnamitas se aproximaban a Pnom Penh, Sihanouk fue recogido por un avión chino y trasladado a Nueva York inmediatamente, para que denunciara el ataque vietnamita ante las Naciones Unidas. Ahora gira en un limbo incierto entre Pekín, Paris y Pyongyang, mientras en su país su nombre ha sido borrado de la historia.

—¿Por qué no se menciona a Shianouk?—, le pregunté al guía.

—Por consejo de los expertos—, me dijo.

—¿Cuáles expertos?—, le pregunté.

—Los expertos vietnamitas—.

Toda una pared del cuarto —de unos 4 x 4 metros— ha sido convertida en un mapa de Camboya. En el vidrio que está delante de la pared, los ríos y los lagos del país están pintados de rojo. Detrás del vidrio, siguiendo la forma del país, hay cientos de cráneos que se recogieron en una fosa común cercana. Esta es otra de las contribuciones de los expertos vietnamitas.

Los mismos expertos vietnamitas han tratado constantemente de asociar a Pol Pot con Hitler, y han tenido un éxito considerable. Así, la prisión del Tuol Sleng fue llamada “un Auschwitz asiático”. En efecto, el museo se deriva parcialmente de la historia nazi, pero no así la prisión. En la primavera de 1979 los vietnamitas, con ayuda de los consejeros de Alemania Oriental, organizaron en Tuol Sleng, según los oficiales del régimen de Heng Sarim, de modo que recordara imágenes de los campos de concentración nazis. Además, en 1983, con motivo de los preparativos del quinto aniversario de la toma vietnamita, el museo fue remodelado. La mayor parte de la tarea fue realizada por su eficiente guardián, Ung Pech, quien fue enviado a Alemania Oriental a visitar Buchenwald y Saschsenhausun para que obtuviera nuevas ideas sobre cómo lograr que el Tuol Sleng se pareciera más a su “original” nazi.

En realidad, es difícil pensar en dos prisiones más diferentes que Auschwitz y Tuol Sleng. Auschwitz era un campo de trabajo y un campo de exterminación en el que murieron o fueron asesinados unos cuatro millones de gentes. Casi la mitad de ellos eran judíos y murieron precisamente por esa razón. Por el contrario, en Tuol Sleng fueron asesinadas unas dieciséis mil personas, la mayoría de ellas debido a que eran miembros del aparato del Khmer Rojo, o familiares de esos miembros, en los que se volcó la ferocidad chovinista y revolucionaria de la organización. En Auschwitz no había “confesión” ni “partido” a quien serle desleal y que controlara los acontecimientos. En Tuol Sleng las víctimas torturadas eran obligadas a confesar, antes de ser asesinadas en nombre del partido al que supuestamente habían traicionado.

Desde 1979 Vietnam ha negado su compromiso respecto a la ocupación de Camboya, controla la mayor parte del país, aunque el resto del mundo no le ha permitido controlar el asiento de Camboya en las Naciones Unidas. Este asiento pertenece todavía al Khmer Rojo, el gobierno de la Kampuchea Democrática que, desde 1982, se alió a un grupo de resistencia anticomunista, el Frente de Liberación Nacional del Pueblo Khmer, y al príncipe Shianouk. Ciertamente, el príncipe es el titular del gobierno de la “Kampuchea Democrática”. Estos tres socios no son felices, y dentro de Camboya el Khmer Rojo es el que posee la mayor fuerza militar.

Durante los cinco años pasados, como resultado de la intransigencia de Vietnam, las fuerzas del Khmer Rojo han sido reconstruidas con ayuda de los enemigos de Vietnam. Se les proporcionaron armas chinas a través de Tailandia. Sus campos a lo largo de la frontera tailandesa son provistos con alimentos de las Naciones Unidas. Cientos de miles de auténticos refugiados se alimentan ahí, junto con las tropas del Khmer Rojo. Sin armas y alimento, el Khmer Rojo no hubiera podido recuperarse para llegar a ser lo que se conoce ahora como una fuerza combativa de unos 25000 hombres. En los últimos meses, han atacado cada vez con más fuerza a través del país.

La estrategia de ayudar al Khmer Rojo ideada por China, e instrumentada con diversos grados de entusiasmo por los países de la ANSEA (Asociación de Naciones del Sudeste de Asia), así como por la misma China, cuenta con el apoyo de las naciones occidentales. Cada uno de los gobiernos involucrados -aunque la posición de China es ambigua- ha declarado que no desea que el Khmer Rojo regrese al poder, y que la estrategia que se ha seguido pretende solamente obligar a Vietnam a negociar. Muchos de los países que han votado porque el Khmer Rojo conserve el asiento de Camboya en las Naciones Unidas, lo han hecho porque temen el precedente de legitimar la invasión vietnamita. Yugoslavia es una ejemplo obvio y revelador. No obstante, no hay duda de que el Khmer Rojo se ha revitalizado y que por lo tanto no desaparecerá.

Hay una tendencia a olvidar, o por lo menos a ignorar, el espantoso memorial de los derechos humanos cuando el Khmer Rojo ocupó el poder. Todavía no existen cálculos precisos sobre el número de personas asesinadas por el Khmer Rojo o muertas a causa de sus ideas políticas, entre 1975 y fines de 1978. Buena parte de las estimaciones que se han hecho coinciden en que, de una población de aproximadamente siete millones de habitantes, uno o dos millones murieron o fueron asesinados. No se han hecho muchas investigaciones sobre el régimen del Khmer Rojo; un antiguo dirigente de Aministía Americana, David Hawk, ha intentado inútilmente atraer la atención de los Estados Unidos, sin hablar de fondos, para crear una comisión seria que estudie el fenómeno del Khmer Rojo. El grupo al que Jimmy Carter llamó “el peor violador de los derechos humanos en el mundo” se ha convertido ahora en un recurso estratégico conveniente para la política internacional.

Todas las placas de los transportes camboyanos empiezan con 7-1 en referencia al día y mes de 1979 en que las tropas vietnamitas ocuparon Pnom Penh.

La persistencia del Khmer representa, sin duda, un terrible fracaso de la imaginación política y una negación de la memoria. Pero no es fácil responsabilizar de ello solamente a los opositores de Vietnam. Vietnam mismo es responsable en gran medida. De no ser por el apoyo que Hanoi otorgó al Khmer Rojo antes de 1978 (y el grado hasta el cual su portavoz minimizó las historias de los refugiados del conducto del Khmer Rojo, agregando además que no creía en ellas), el conducto de Vietnam, desde su invasión a Camboya, rara vez sugirió un compromiso en el que el Khmer Rojo fuera eliminado como fuerza significativa en Camboya —cosa que, según los países de la ANSEA y sus socios occidentales, era su propósito—. Después de la ocupación de Pnom Penh en enero de 1979, Hanoi debió haber señalado el deseo de llegar a un acuerdo satisfactorio con sus vecinos. Es imposible saber si una sugerencia así habría sido aceptada por los chinos o por los países de la ANSEA, pero la cuestión es que nunca se hizo. Los vietnamitas reiteraron una y otra vez durante los meses posteriores a la invasión, que su intromisión en Camboya era “irreversible”, pese a que a muchas otras naciones les pareciera intolerable. En este contexto, fue inevitable que esas otras naciones buscaran presionar de cualquier forma a Hanoi para que cambiara de parecer. Los vietnamitas debieron suponer que esas presiones incluirían el apoyo al Khmer Rojo.

Cuando Tailandia y los chinos reconstruían la fuerza del Khmer Rojo a lo largo de la frontera tailandesa, muy pocos camboyanos hubieran deseado el retiro de los vietnamitas. En Camboya, la constante propaganda vietnamita está diseñada tanto para infundir temor sobre lo que sucedería sin la protección de Vietnam, como para adjudicar toda la responsabilidad de los crímenes del Khmer Rojo a “la camarilla Pol Pot-Leng Sary”.

De este modo, Hanoi evitó toda “desnazificación” o “desestalinización” y, por el contrario, ocupó la administración de Heng Samrin con dirigentes que habían trabajado antes, con distintos grados de eficiencia, para “Pol Pot”. Heng Samrin, el ministro del exterior Hun Sen e incluso el ministro de justicia, Ouk Boun Cheoung, fueron todos oficiales del Khmer Rojo durante la mayor parte de su gobierno. Ellos son solamente tres de los miles de antiguos partidarios del Khmer Rojo a quienes los vietnamitas “convirtieron”.

En agosto de 1979 Pol Pot y Leng Sary fueron condenados a muerte en un juicio-espectáculo que los vietnamitas escenificaron en Pnom Penh. Pero casi ningún otro oficial del Khmer Rojo fue acusado en los siguientes cuatro años. Después de 1975, Vietnam apresó a unas 200,000 de sus gentes sin juicio alguno y por periodos indefinidos, en campos de “reeducación”. Pero los antiguos oficiales del Khmer Rojo a menudo son considerados como más confiables que los antiguos oficiales o soldados de los regímenes de Thieu o Lon Nol. La reeducación de las gentes del Khmer Rojo, consiste en un curso breve sobre la interpretación del marxismoleninismo de Hanoi; la de los anticomunistas podría significar cárcel por tiempo indefinido.

La indulgencia vietnamita hacia los antiguos dirigentes del Khmer Rojo se volvió más desagradable por el hecho de que la propaganda de Hanoi no estaba de acuerdo con los crímenes cometidos por el Khmer Rojo, pero estaba encaminada a exagerarlos hasta el absurdo. Declaraban, por ejemplo, que Pol Pot era un demente que, siguiendo instrucciones de China, despoblaba Camboya para que pudiera ser habitada por los chinos. Esa demonología extravagante hizo posible lo que los oradores del Khmer Rojo sostuvieran que no se podía creer en las afirmaciones vietnamitas. En este punto se puede hacer una comparación con Nuremberg. En ese juicio los acusados intentaron, en diversas etapas, absolverse a si mismos al dirigir toda la culpa hacia el demoniaco Hitler. La estrategia no funcionó, debido a la gran cantidad de evidencias que el juzgado reunió y publicó. En Camboya, por el contrario, los vietnamitas fomentaron la teoría del demonio y no permitieron un examen exhaustivo de los récords del Khmer Rojo. Ningún documento del Comité Central o de los dirigentes del partido fue puesto en circulación por el gobierno de Hanoi, quizás debido a que no reflejaban la nueva versión de la historia que los vietnamitas trataban de enseñar. De hecho, los únicos documentos que los vietnamitas sacaron a la luz fueron las confesiones hechas en Tuol Sleng. 

Mientras que éstas son un testamento revelador de la brutalidad fanática del Khmer Rojo, dificilmente constituyen una relación apropiada de sus años en el poder.

Además, el acceso a los registros del Tuol Sleng fue cada vez más restringido. Mientras que a David Hawk le costaba mucho trabajo despertar el interés occidental en un estudio detallado del Khmer Rojo, sus problemas no sólo se limitaban a Occidente. El año pasado, algunos oficiales del régimen de Heng Samrin en Pnom Penh me dijeron que cuando solicitaron regresar a Pnom Penh para elaborar las fichas de los registros del Tuol Sleng, los “expertos” vietnamitas vetaron la propuesta. Pensaban que los vietnamitas no querían que ni siquiera esa parte de la historia verdadera estuviera total e independientemente documentada —aunque en años anteriores a algunos investigadores extranjeros les había sido permitido examinar los archivos.

Así, parece que a nadie le interesaba mucho establecer o recordar lo que había sucedido. A lo largo de la frontera, continuaban llegando las provisiones para el Khmer Rojo.

La nueva propaganda que los oradores del Khmer Rojo distribuían asiduamente en Tailandia o en Occidente era siempre desagradable o absurda, bajo una perspectiva supuestamente progresiva. Pero en Camboya, bajo el control vietnamita, a los antiguos dirigentes del Khmer Rojo se les alimentaba o promovía sin hacer preguntas. Y en Camboya, la propaganda de los vietnamitas era con frecuencia igual de absurda y por lo general más aguda.

El historiador checo Milan Hubl observó una vez, después de que la ortodoxia marxista fue introducida forzosamente de nuevo en su país: “El primer paso para acabar con un pueblo es borrar su memoria. Destruir sus libros, su cultura, su historia. Después hay que poner a alguien a escribir nuevos libros, a producir una nueva cultura, a inventar una nueva historia. En poco tiempo la nación empezará a olvidar lo que es y lo que fue”.

Milan Kundera, amigo de Hubl, se preguntaba si esta hipérbole había sido dictada por la desesperación. Si pensamos en aplicarla a Camboya, hay que recordar que el gobierno vietnamita ha sido mucho más benigno que el del Khmer Rojo. Sin embargo, parece que la propaganda amenaza con enterrar la historia terrible y verdadera del pasado reciente bajo nuevas mentiras, nuevas exageraciones y nuevos artefactos ideológicos.

 

William Shawcross

En The New York Review of Books, traducción de Delia Juárez.