La primera semana de agosto de este año sería de Rock and Roll. Si hubiera escogido, habría visto a los Pretenders en el Madison Square Garden el martes siguiente, pero pasé la hora musical en el General Public del Ritz. A algunos jóvenes es posible que les parezca cursi, pero todavía parece estar hecho a la medida de los New-wavers que andan en busca de lo último. Los estadios son para Michael Jackson y Bruce Springsteen. Un rocker entra a un estadio para compartir la música con la gente, lo cual no significa que la calidad del espectáculo por si misma no encienda o apague la experiencia; tampoco que el gran auditorio no se reúna algunas veces en circunstancias más modestas, pero las luces y la acústica de los estadios no son capaces de levantar a la música, mientras que la multitud sí puede hacerlo. Así lo demostró involuntariamente el abismal Elvis Recorded Live al Madison Square Carden a todos aquellos que fueron los suficientemente afortunados para presenciar sus conciertos de 1972 en Nueva York. Y como aprendí dos años después del trascendentalmente hábil Grand Funk, en el mismo escenario del crimen y de otros 20 mil ciudadanos de cuyos nombres no puedo acordarme, no necesitas ser un principiante para gozar del espectáculo. Michael y Bruce la hicieron cada uno a su modo: estamos hablando de lo que la vanguardia estadunidense llama algunas veces cultura de masas. Se trata de Michael Jackson tripulando el show boat de Berry Gordy, cabalgando sobre un arco iris tan alto que ningún capitalista negro se imaginó que pudiera existir; por su parte, Bruce Springsteen forzó el ascenso de su bien hecho rock del talón a un destino que muy pocos imaginaron y que sólo él pudo lograr.
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