A quien nos lee,
si quieres apoyar nuestro trabajo te invitamos a suscribirte a la edición impresa.

SUSCRÍBETE

Rápido despliegue y guerra nuclear

EL APARATO MILITAR

Está en camino la formación de un aparato militar: el más grande que haya emprendido cualquier país en la historia del mundo, con la excepción de Estados Unidos y Alemania al comienzo de la segunda guerra mundial. Por ejemplo, hay planes de que la marina norteamericana aumente su caudal de barcos de 400 a 700, y se planea un aumento en el arsenal nuclear norteamericano: de cerca de 25 000 puntas de combate que hay ahora, a un nuevo total de más de 42 000, un salto de un 70%. Está en marcha el desarrollo de una Fuerza de Rápido Despliegue de 100 000 hombres, formado en parte con unidades reorganizadas y en parte con unidades nuevas. Se planea un nuevo sistema para el depósito de armas que almacenará grandes cantidades de equipo militar norteamericano: tanques, helicópteros, transportadores blindados de tripulación, artillería municiones, y piezas de repuesto. Se instalarán en bases militares recién construidas, o que se planea construir, en varios lugares del mundo. También hay planes para el despliegue de dos nuevas y completas generaciones de bombarderos (los B-I y los Stealth), una nueva generación de tanques (los MX-I) y de transportadores blindados de tripulación, una nueva generación de submarinos nucleares armados con misiles intercontinentales (los Trident). Y luego, por supuesto, están los nuevos sistemas de misiles: los Cruise, los Pershing II y los MX. Y en la cima de todo esto, se ha decidido renovar la investigación y el despliegue de nuevas armas químicas, y desplegar la bomba de neutrones, que destruye a la gente pero no a las cosas. Lo que estamos viendo es el reequipamiento total de la más grande fuerza militar que el mundo haya visto jamás.

Lo que está pasando no es un simple resultado de las políticas de Reagan, aunque Reagan ha acelerado el proceso en gran parte. Salvo algunas decisiones específicas de sistemas de armamento -como los bombarderos B-I y la bomba de neutrones- muchos de estos planes de expansión empezaron desde el gobierno de Carter. El desarrollo del submarino Trident, la Fuerza de Rápido Despliegue, la instalación de depósitos militares como el de la Isla Diego García en el Océano Indico, y los sistemas de misiles Pershing y Cruise empezaron todos bajo el gobierno de Carter. La embestida general de este aparato militar surge tanto de elementos importantes en los partidos demócrata y republicano, como de la estructura corporativa de los Estados Unidos. El aparato militar es seis veces más grande que el que se usó en la guerra de Vietnam. Es una virtual duplicación de los gastos militares que Estados Unidos hace anualmente: el doble de los ya extendidos niveles que el gobierno de Carter alcanzó en sus últimos años.

A pesar de esta historia, es necesario comprender el alcance del compromiso que tiene el gobierno de Reagan con este aparato militar, y entender que este rearmamento se busca teniendo enfrente a la oposición casi unánime de los principales economistas en los Estados Unidos. De la extrema izquierda a la extrema derecha, los economistas y los principales hombres de negocios han insistido en que las consecuencias económicas de la rápida expansión de los gastos militares pueden ser catastróficas para la economía norteamericana, causando déficit presupuestales enormes y nunca vistos, altas tasas de interés que debilitarán la economía, y un aumento completo de la inflación. Pero esto no ha disuadido a Reagan. ¿Por qué? ¿Qué presiones lo mueven para seguir con sus planes? ¿Qué tipo de pensamiento está detrás del tal furor y de tal disposición a correr el riesgo de traer lamentables consecuencias económicas para los Estados Unidos?

Estas son las preguntas clave: ¿por qué se está dando esta gran expansión militar norteamericana, y por qué se está dando ahora en la forma particular en que la vemos? ¿Es simplemente el resultado de una manía de echar a andar aparatos militares? ¿Se debe simplemente a la presión económica de proporcionar dinero y ganancias a la industria de la guerra, a pesar de las consecuencias para el resto de la economía? ¿Es esto un simple resultado de los personales sueños locos que persiguen unos cuantos líderes? La respuesta a todas estas preguntas, y a las que siguieran por el estilo, es: No. No estamos tratando con tontos ni con gente que carezca de una visión estratégica. En los altos niveles de la estructura del poder norteamericano, hay una concepción muy clara de lo que están haciendo y de por qué lo están haciendo. Hay una concepción muy clara de las estrategias subyacentes que imponen, en la mayoría de los casos, la elección de los sistemas de armamento que van a desarrollar.

Simultáneamente, se busca ejecutar tres visiones estratégicas. Y Estados Unidos intenta cumplir las tres al mismo tiempo: una razón crucial de por qué el costo es tan alto. Aunque estas estrategias no están desvinculadas, tienen un enfoque distinto, hasta un extremo impactante. Así que de principio hay que ver cada una de ellas por separado.

CONTENCIÓN E INTERVENCIÓN EN EL TERCER MUNDO

La primera concepción estratégica es que Estados Unidos necesita prepararse militarmente para responder, con nuevas formas, a las luchas de liberación y otros sucesos en el Tercer Mundo. Hay la convicción de que, a pesar de la anterior capacidad y los esfuerzos militares norteamericanos, han fallado con mucho los intentos de bloquear militarmente las luchas de liberación del Tercer Mundo, y Estados Unidos no se ha sentido capaz de intervenir en otras situaciones donde quiso hacerlo: Libia es un ejemplo que se ha mencionado muchas veces.

Obviamente, la experiencia de Vietnam fue decisiva para dejar sentir esa percepción de impotencia: Estados Unidos había sufrido su primera gran derrota militar. Pero los líderes norteamericanos han visto el caso de Vietnam tan sólo como parte de un patrón más amplio. Comprendieron que una vez que un movimiento guerrillero de liberación ha desarrollado una fuerte presencia militar y cuenta con una base popular, ya sólo puede ser bloqueado -si es que puede ser bloqueado- con un despliegue militar de tan gran escala, que resultaría económica, e incluso militarmente, insostenible.

Así, en 1975 el deseo de Kissinger y el Pentágono de intervenir en Angola militarmente (no tan sólo por medio de la ayuda militar y las operaciones secretas) fue bloqueado por fuerzas políticas del sistema norteamericano que, al tiempo que no querían ver triunfar ahí al movimiento de liberación tampoco estaban dispuestas, viendo las consecuencias de Vietnam, a enfrentar los riesgos políticos, económicos y militares que encierra una intervención armada directa.

De ahí en adelante, Estados Unidos buscó una estrategia alternativa. Esto era aceptar que tal vez Estados Unidos ya no tenía la capacidad política o militar para detener un determinado movimiento de liberación nacional, pero que aún podía ser capaz de desviarlo hacia una dirección aceptable. Esta alternativa pasó por tres pruebas principales: en Zimbabwe (Rodesia), Nicaragua, e Irán. Pero la estrategia fracasó en cada uno de estos casos. Esta alternativa política admitía la imposibilidad de seguir apoyando eternamente a las dictaduras militares pro-norteamericanas o de gobiernos minoritarios de blancos. La estrategia alternativa también admitía que los movimientos populares de democracia y de liberación nacional se habían vuelto prácticamente imparables, y de que en gran parte estos movimientos se desarrollaban como una respuesta a las prácticas de gobiernos represivos. Sin embargo, Estados Unidos esperaba canalizar los movimientos populares para hacer arreglos políticos y económicos que coincidieran con los intereses norteamericanos. Esto se haría identificando y detectando a las clases medias y los sectores de la sociedad “pragmáticos”, “orientados a los negocios”, y tratando de ayudarlos para que adquirieran poder, retirando la ayuda al régimen dictatorial o de minoría blanca (de Rodesia o de Somoza o del Sha) en un momento crucial (muchas veces con el disgusto de ciertos elementos dentro del sistema norteamericano que tenían una cercanía particular con ese régimen). La esperanza era instalar en el poder, en esas sociedades, un elemento pro-negocios, pro-capitalismo, pro-occidental, para no tener un gobierno más populista o socialista. Pero la estrategia no funcionó en ninguno de estos lugares.

Aunque pluralista, el gobierno que llegó al poder en Nicaragua no ha sido tan pro-negocios, pro-capitalista o tan pro-norteamericano como se esperó en un principio; en vez de eso se ha vuelto más populista y más de izquierda de lo que Estados Unidos considera aceptable. La estrategia no funcionó en Zimbabwe, donde Estados Unidos tuvo que aceptar unas elecciones de las que surgió un gobierno que resultó mucho más antagónico de lo que se esperaba contra las posiciones norteamericanas. Y obviamente no funcionó en Irán, donde, en vez de instalar y solidificar el gobierno pro-negocios, pro- occidente de Bajtiar, llegó al poder un Jomeini rotundamente anti-norteamericano.

En todos estos casos, Estados Unidos vio que no funcionaba su política de “tercera fuerza”, de “punto intermedio”. La lección de Vietnam se reforzó con la experiencia más reciente en El Salvador, donde el apuntalamiento de un impopular régimen militar -con dinero, armas y consejeros militares norteamericanos- está teniendo poco éxito contra un movimiento armado de liberación con una base sustancial en las masas, con zonas liberadas desde las que operar, y sofisticación militar. De un modo parecido, la experiencia en Nicaragua fue muy frustante. Los esfuerzos para lograr la desestabilización política y económica, y los ostensibles esfuerzos ocultos para presionar militarmente (apoyando a los Contras) tuvieron pocas probabilidades de hacer algo más que contener las acciones del gobierno nicaragüense. De hecho, esos esfuerzos aumentaron el riesgo de una guerra regional a gran escala. Incluso el presidente en curso del Estado Mayor Conjunto norteamericano admitió públicamente que una guerra así sería un desastre si no se cuenta con el apoyo político en los Estados Unidos para lo que, necesariamente, sería una guerra larga. (La ayuda a movimientos guerrilleros “amistosos” en Angola y Afganistán, lo mismo que en Nicaragua, indica esta puede ser una nueva técnica puesta a prueba.)

Empezada a fines de los setenta, bajo el gobierno de Carter, y acelerándose después en los años de Reagan, está surgiendo una nueva estrategia. Durante el gobierno de Carter se decidió que el único modo exitoso de “bloquear” la llegada al poder de movimientos de liberación “izquierdistas” es actuar de un modo contundente, rápido y en un escenario “anticipado”. En esta nueva estrategia es necesario intervenir antes de que el movimiento nacional de liberación adquiera mucha fuerza militar, antes de que desarrolle un amplio y sofisticado movimiento de guerrilla, y antes de que controle importantes zonas liberadas desde las cuales operar. Pero la necesidad de intervenir con gran rapidez y sorpresa fue dictada por consideraciones tanto políticas como militares. Estados Unidos es prácticamente el único país en el mundo dispuesto a arriesgar una intervención militar así. En Europa Occidental casi no hay apoyo para este tipo de política. De ahí que, si tal intervención se tomara un periodo considerable de tiempo -lo cual significa meses, no años- casi con toda certeza se dará un movimiento de respuesta mundial en las Naciones Unidas e incluso entre los aliados europeos, de modo que la intervención sostenida se volvería menos viable políticamente. También hay un miedo real a que vuelva a surgir un movimiento norteamericano contra la guerra, y que tome forma con más rapidez de lo que ocurrió en los sesenta. (En el aumento de este miedo, desempeñó un papel muy importante el éxito de los elementos progresistas norteamericanos para movilizarse rápidamente en torno a las cuestiones de El Salvador y Nicaragua.)

Así, el elemento clave en esta nueva estrategia es que Estados Unidos debe ser capaz de la intervención militar contundente, y que debe hacerlo casi de manera instantánea. Con ese fin se decidió desarrollar la Fuerza de Rápido Despliegue. La FRD está diseñada para colocar tropas de combate de 20 000 hombres en cualquier parte del mundo en un término de 24 horas, y otras de 100 000 en una semana o diez días.

Este es el propósito de la FRD: una intervención militar instantánea y contundente.

A fines de los setenta, Estados Unidos no tenía la capacidad de colocar en el lugar necesario a las tropas de combate y mucho menos al equipo pesado necesario (tanques, transportes blindados para tripulación, artillería, helicópteros) y las municiones requeridas. Pero ahora se han reorganizado las divisiones de transporte aéreo 101 y 82, y se están preparando aviones C-5A para enviar a las primeras tropas de 20 000 hombres. Además, el ejército se está reorganizando para tener otros 100 000 hombres disponibles de inmediato. Aparte de otras unidades especiales como la Navy’s Seal (una unidad de comando), están en proceso de equipación, entrenamiento y aumento las unidades Army’s Ranger y Green Beret. Pero eso es sólo el comienzo. Las primeras tropas de 20 000 hombres pueden movilizarse junto con sus armas y municiones, e incluso con algún equipo pesado si aumenta el número de C-5A y otros aviones de transporte, tal como está sucediendo ahora. Pero todavía no es posible transportar por aire las grandes cantidades de equipo pesado que necesitan esas unidades y similares (e.g., la Ranger), incluso para una operación breve. Tampoco es viable el transporte marítimo desde Estados Unidos, a menos de que los objetivos estén “a un lado de nosotros”; los barcos son demasiado lentos. Tardan semanas en recorrer, aunque sea parcialmente, el mundo (cosa que describieron los ingleses en las Malvinas). Por lo tanto, esta estrategia requiere grandes reservas de equipo pesado, municiones y combustibles en las bases militares estadunidenses que hay en el mundo. Por ejemplo, en la Isla Diego García del Océano Indico, cerca del Golfo Pérsico, se está desarrollando uno de estos depósitos. Se han puesto en marcha acciones para asegurar o extender las bases en Africa del Este, el Mediterráneo Oriental, Latinoamérica, el Lejano Oriente que da al Pacífico y en cualquier parte.

Tal estrategia requiere enormes esfuerzos de aprovisionamiento. Estados Unidos tendrá que construir miles de tanques y de otra clase de equipo con el único fin de almacenarlos, y eso es muy caro. Pero esto es tan sólo una parte de lo que se requiere, y no necesariamente la parte más cara. La FRD sólo puede lograr una intervención exitosa si cuenta con un apoyo total, aéreo y de artillería, desde el momento en que las primeras tropas llegan a tierra. La marina es el único modo posible de proporcionar ese apoyo.

El apoyo naval adquiere muchas formas. Primero, los portaviones deben estar en posición de proporcionar bases aéreas tácticas flotantes para apoyar de cerca a las tropas de tierra Segundo, los barcos deben estar disponibles para transporta materiales desde los depósitos de suministros y para actuar como bases cercanas de reabastecimiento. Tercero, los barcos deben estar en posiciones accesibles con sus cohetes y cañones de largo alcance, para apoyar y proteger los esfuerzos de reabastecimiento y, si es posible, de manera directa a las tropas de combate. Si no se dispone inmediatamente de las fuerzas navales como parte integral de la Fuerza de Rápido Despliegue, la estrategia no podría llevarse a cabo. Pero como los barcos tardan mucho tiempo en llegar a cualquier parte se necesitan flotas que estén cerca del lugar en que podrían usarse.

Para este fin, Estados Unidos planea casi la duplicación de su marina, de 400 a más de 700 barcos. Por primera vez en la historia el Océano Indico tendrá una flota estadunidense permanente. Se aumentarán las flotas del Pacífico, el Atlántico Sur y el Mediterráneo. Una de las cosas necesarias para lograr esta expansión naval es construir dos nuevos portaviones y su correspondiente flota de barcos.(1)

Ya se echaron a andar, de modo bastante perturbador, los primeros elementos de la FRD. Junto con otros siete países, Estados Unidos participa en la Fuerza de Paz de las Naciones Unidas en el Desierto del Sinaí, que se ha interpuesto entre los egipcios y los israelíes. La contribución inicial de Estados Unidos a esa Fuerza de Paz fue el Tercer Batallón de la División 82 transportada por aire, que es una parte de la FRD. El general encargado especificó que alternará otros batallones de la división 82 en esta posición de entrenamiento, y admitió que una de las razones de que se utilicen estas unidades particulares es que pueden actuar como elemento primordial de la FRD en cualquier parte del Medio Oriente.

Otros indicios de esta nueva estrategia son el aumento de maniobras Militares en Egipto y Africa del Este -y, por supuesto, en Honduras-, y el envío de fuerzas navales y portaviones, e incluso el acorazado New Jersey que acaban de rehabilitar, a las aguas del Caribe y del Pacífico en las costas de Centroamérica. (Hace poco mandaron al New Jersey de la costa de Nicaragua al Líbano.) Tanto en El Salvador como en Nicaragua es ya demasiado tarde para intentar la nueva estrategia de la FRD. Pero seguramente la utilizarían si en Honduras y Guatemala surgieran movimientos guerrilleros con posibilidades de amenazar a los gobiernos pro-estadunidenses. 

El único modo de que el poder militar de Estados Unidos tenga un efectivo impacto político en el Tercer Mundo es que se crea firmemente en el uso de esa fuerza militar. Durante mucho tiempo, Kissinger y otros funcionarios en los gobiernos de Carter y Reagan han discutido que por el síndrome de Vietnam (esto es, el miedo a intervenir militarmente y empantanarse, lo que mantuvo a Estados Unidos fuera de Angola el único modo de devolverle credibilidad a la amenaza norteamericana de usar la fuerza, es precisamente volver a usarla en alguna parte del mundo, y usarla lo más pronto posible. Por eso Honduras y Guatemala, y también Libia y el Medio Oriente, son regiones particularmente vulnerables a servicio como “un ejemplo” de esto en un futuro próximo.

Cuando este artículo estaba a punto de salir para la imprenta, tuvo lugar la invasión estadunidense a Granada. De un modo lamentable pero exacto, la invasión a Granada refleja la validez de este análisis y revela dos elementos adicionales que se habían pasado por alto.

La invasión de Granada echó mano de las unidades Airborne, Ranger, Seal y Marine respaldadas por la artillería naval y por el apoyo aéreo, para una contundente invasión de sorpresa sacada del libro de planes de la FRD. El hecho de que Granada esté tan cerca de los Estados Unidos permitió el uso de bases locales como áreas estacionarias, en vez de usar las extensas redes de nuevos depósitos que todavía no están listas. Era de esperarse la reacción negativa de los aliados europeos y de la Organización de los Estados Americanos, pero, como también se esperaba, no se opuso ningún obstáculo a la invasión siempre y cuando los militares encargados de planearla aseguraran que la invasión se haría y terminaría con rapidez. 

La retirada de la mayor parte -pero no de todas- las tropas estadunidenses, logró el resultado que se deseaba de silenciar rápidamente la protesta política de Europa y América Latina y de los mismos Estados Unidos. Pero la cuestión sobre cuánto tiempo permanecerán las últimas unidades estadunidenses, y sobre la naturaleza de su papel como fuerza invasora, plantean dudas aún por resolverse.

La invasión de Granada reveló también otros dos elementos de la estrategia de la FRD. Primero, la supresión casi completa de noticias. Como recurso para limitar la protesta política que, como en Vietnam, podría desatar las acciones de la fuerza militar estadunidense en un país del Tercer Mundo, el control de los medios informativos fue casi total. Comparados con la censura que usa Reagan, son pálidos los esfuerzos de Johnson y Nixon para manipular los medios de comunicación durante la guerra de Vietnam. La nueva censura de Reagan y la manipulación de los medios informativos es una faceta de la estrategia de la FRD que seguramente volveremos a ver.

Segundo, también somos testigos del uso de unidades militares de países cercanos para paliar la responsabilidad de Estados Unidos. Esta es, por supuesto, una táctica muy antigua que los grandes poderes han usado con frecuencia. Es una táctica que volveremos a ver cuando en el futuro se utilice la FRD, como segura y tristemente sucederá.

LA CAPACIDAD PARA UNA GUERRA NUCLEAR TÁCTICA

El segundo elemento, nuevo y de grandes gastos en la estrategia militar estadunidense, es el desarrollo de una capacidad para librar una guerra nuclear táctica en cualquier parte del mundo, pero especialmente en lugares cercanos a las fronteras de la Unión Soviética y China, y de poder hacerlo dentro del contexto de un campo de batalla “integrado” -esto es, un campo en el que se utilicen las armas convencionales, nucleares y químicas. Es necesario distinguir entre una guerra táctica y una guerra nuclear limitada, porque son dos cosas diferentes. Esta distinción puede parecer absurda (y de algún modo lo es), pero por desgracia es importante para comprender el surgimiento de las estrategias militares estadunidenses.

El uso táctico de las armas nucleares se refiere a la utilización de bombas “pequeñas” en “operaciones de escenario”; esto es, armas utilizables en el campo de batalla para detener el avance de un ejército contrario o para destruir sus áreas de abastecimiento y estancia. Estas armas deben diferenciarse de las más grandes, que pueden utilizarse contra los centros militares, industriales y de población del ejército enemigo y su suelo nacional. Las armas nucleares tácticas, tal como se planean y existen ahora, se disparan con piezas de artillería transportadas en misiles pequeños o distribuidas por los aviones tácticos en una extensión de 5 a 200 millas. Por otro lado, una “guerra nuclear limitada” prevé la utilización directa de armas a gran escala contra blancos o áreas seleccionadas; e.g., atacando solamente los centros militares, no los industriales o de población, y evitando una guerra mundial total.

Las armas nucleares tácticas han sido la elección estratégica para “el escenario europeo” desde mediados de los cincuenta. Junto con sus aliados de la OTAN, Estados Unidos decidió que en vez de enfrentar la intensificación de las fuerzas convencionales en los pactos Soviético y de Varsovia, en especial de las divisiones de infantería y los vehículos blindados (tanques, artillería motorizada y transportadores de tripulación de infantería) el Occidente desplegaría armas nucleares de corto alcance y baja potencia. Estas armas apuntan a la misma Alemania Occidental, con la teoría de que para detener a un ejército que invada desde el Este se debe disparar de frente a él y a sus unidades de avance. Sobra decir que desde hace unos veinticinco años a numerosos habitantes de Alemania Occidental no los entusiasma mucho la posibilidad de que los ataquen las armas nucleares lanzadas por la OTAN, para salvarlos de un ataque de las fuerzas convencionales del Pacto de Varsovia.

En el gobierno de Carter, y ahora en el de Reagan, esta opción nuclear táctica, que en Europa se ha empleado desde hace mucho tiempo, es parte de una nueva estrategia de contención. Es parte central de la “Doctrina Carter” mantener el control occidental de las riquezas petroleras del Golfo Pérsico mediante la fuerza militar. Si la Unión Soviética decide intervenir militarmente en el Golfo Pérsico, podría tomar los yacimientos petrolíferos tan “fácil” y “rápidamente” como los Estados Unidos podrían tomar los de México.(2) Estados Unidos no podría hacer nada, militarmente, para impedirlo; no hay ninguna posibilidad de que Estados Unidos pueda colocar tropas o equipo suficiente en tierra para impedir que los soviéticos se apoderen de los yacimientos petrolíferos del Medio Oriente. Sería poco efectiva, incluso, la intervención de una FRD armada convencionalmente. Los oficiales norteamericanos han admitido que si se utilizara en esas circunstancias, la FRD sería aventajada e incluso destruida en un término de veinticuatro a cuarenta y ocho horas.

¿A qué se refería Carter cuando afirmó que los Estados Unidos estaban obligados a intervenir militarmente para impedir la ocupación de cualquier campo petrolero en el Medio Oriente? Hablaba de una estrategia, solamente una: guerra táctica nuclear. Esa sería la única manera de que los Estados Unidos pudieran bloquear un movimiento militar soviético de ese tipo. Si cualquier tropa soviética cruzara la frontera entre la Unión Soviética e Irán por ejemplo, los Estados Unidos emplearían inmediatamente armas nucleares. El timing es el componente crucial, ya que sólo sirve si la respuesta es inmediata. Una vez que las tropas soviéticas cruzaran la frontera de Irán, llegarían al Golfo Pérsico y se apoderarían de los campos petroleros en cuando mucho treinta y seis o cuarenta y ocho horas, lo mismo que harían los Estados Unidos si invadieran México. Si se dejan pasar uno o dos días no quedaría sino la posibilidad de volar los campos petroleros que se desea salvar. Nada se ganaría con esperar un día. Esto significa que la “Doctrina Carter” indicaba el deseo norteamericano de convertir a la frontera en un páramo nuclear a través del cual nadie hubiera podido moverse.

Estas armas tácticas serían misiles lanzados por aviones ubicados en sus bases o disparados por artillería naval. En el programa de Reagan, los Estados Unidos harían inmediatamente accesibles estas armas para las fuerzas armadas y las FRD en todo el mundo. Esto llevaría a una expansión mamut del arsenal nuclear táctico de los Estados Unidos. Cualquier buque mayor de combate y numerosas bases terrestres y de traslado aéreo de armas, así como las FRD, quedarían virtualmente provistas de un arsenal completo de armas nucleares. Esto significa un 70% del aumento planeado de armas nucleares norteamericanas, de 25 000 a más de 42 000 y del desarrollo planeado de una nueva generación de armas nucleares tácticas.

El otro componente de esta estrategia es el concepto de “campo de batalla integrado”, en el que no sólo se emplearían armas nucleares sino también químicas. Con este fin, Reagan ha ordenado un nuevo esfuerzo de investigación y desarrollo para perfeccionar las armas químicas. Además, una vez que estas condiciones de batalla sean creadas, será necesario reequipar todos los tanques, camiones y tropas con implementos protectores que les permitan funcionar en un ambiente químico producido por las armas propias o por las del enemigo. Este esfuerzo forma parte de las amplias inversiones militares norteamericanas. Aún está por verse la oposición política que encontrarán los planes militares de Reagan en el Congreso.

GUERRA NUCLEAR LIMITADA

Desde los primeros sesenta, la estrategia fundamental de los Estados Unidos hacia la Unión Soviética se ha denominado, acertadamente, MAD (destrucción mutua asegurada); todo parece indicar que esta estrategia ha sido compartida por la Unión Soviética. Cada nación posee misiles intercontinentales, bombarderos y submarinos armados con misiles (la llamada tríada de armas nucleares) en cantidad y seguridad suficientes para convencer al otro bando de que si ataca primero podrá ser totalmente destruido.

Sin embargo, ambos bandos están convencidos de su capacidad para resistir un primer ataque y responder “adecuadamente”. Además, ninguno de los dos bandos está interesado en absorber voluntariamente un primer ataque, que implicara una destrucción significativa de su capacidad militar antes de que ésta fuera empleada -por no hablar de los millones de muertes civiles y de las inevitables consecuencias económicas y políticas. El poder de disuasión de cada uno se basa en la creencia de que pueden lanzar su contraataque antes de que llegue el ataque inicial del adversario. Los sistemas de observación con satélites y otros sistemas de monitoreo están diseñados para dar tanto a los Estados Unidos como a la Unión Soviética la información inmediata acerca del lanzamiento de misiles en cuanto abandonan la superficie del mar o la tierra. La estructura de toma de decisiones en que se basa la estrategia de la mutua destrucción asegurada exige que cada bando tenga entre cuarenta y cinco minutos y una hora para recibir la alerta de un ataque. Esto es para que un bando cuente con ese tiempo para enterarse de que el otro inició su ataque.

Resulta aterrador descubrir que en varias ocasiones las fuerzas militares norteamericanas han avanzado más de veinte o veinticinco minutos en la cuenta para lanzar sus misiles debido a errores de comunicación, informaciones confusas de los satélites, errores humanos o fallas en las computadoras. Presumiblemente lo mismo ha ocurrido en la Unión Soviética. Así de cerca ha estado el mundo del Armagedón.

La estrategia de guerra nuclear limitada que subyace en el deseo norteamericano de instalar una nueva generación de misiles en Europa Occidental, los Pershing II y los sistemas Cruise, altera Radicalmente las bases de la actual estrategia MAD.

Estos nuevos misiles, cuyo despliegue ha empezado ahora, cambian el marco temporal de la toma de decisiones y la interpretación estratégica de la MAD. Los misiles poseen las siguientes características: Primero, el tiempo que toma a los Pershing II llegar al territorio de Europa Occidental y la Unión Soviética es de quince minutos; de hecho algunos estiman que el tiempo puede reducirse cinco o diez minutos entre el lanzamiento y el impacto. Esto reduce el tiempo de decisión para la Unión Soviética de cuatro y cinco a poco más de diez minutos. Segundo, este sistema de misiles es increiblemente preciso. Si las proyecciones son correctas, pueden caer a menos de 30 metros del blanco elegido, en vez margen de error habitualmente estimado de 1 300 metros. Tercero, los misiles Cruise están diseñados para volar muy bajo, ascendiendo y descendiendo en el campo, a una distancia de quince a cuarenta y cinco metros de los obstáculos superficiales, haciendo casi imposible su detección para sistemas de radar en tierra.

Estas características cambian significativamente el balance de poder entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Una vez instalados estos misiles, la Unión Soviética encontrará 1) que su tiempo de decisión para responder se ha reducido considerablemente, y por lo tanto las posibilidades de una respuesta equivocada son mayores, y 2) que debido a la gran precisión de los nuevos misiles, las posibilidades de que los suyos sobrevivan un primer ataque se reducen considerablemente, lo que hará “necesaria” una respuesta inmediata a cualquier posible ataque norteamericano. Así la combinación de estas dos circunstancias orillará a la Unión Soviética a adoptar una estrategia de “lanzamiento por alarma” en de “lanzamiento por ataque confirmado”, tal como fue expresado por Andropov recientemente. Por lo tanto, el mundo está ahora más cerca de un posible desastre.

Los nuevos misiles europeos de los Estados Unidos también acercan la posibilidad de una guerra nuclear limitada que convierte a Europa Occidental y no a los Estados Unidas en sí mismos en terreno de una guerra nuclear, Por eso once viejos generales y almirantes de la OTAN, incluido Bastian y Vollmer de Alemania, Sanguinetti de Francia, Pasti de Italia, Harbottle de Inglaterra y Von Mayenfeldt de Holanda, dieron paso sin precedente de firmar un documento en el que podía leerse: “Las armas norteamericanas de primer ataque en el umbral de la Unión Soviética son la mejor mecha para encender una guerra nuclear. Norteamericanos, les suplicamos íNo desplieguen los misiles Pershing y Cruise en Europa! Por el bien de la humanidad íno lo hagan!”

Un primer golpe estaría dirigido sólo a las instalaciones soviéticas y del Pacto de Varsovia -es decir, a las principales áreas de tropa, bases militares, silos con misiles y bases navales. El ataque estaría diseñado para destruir la capacidad militar de la Unión Soviética. Al mismo tiempo, de acuerdo con el escenario, los Estados Unidos podrían anunciar a la Unión Soviética que le quedan dos opciones: 1) absorber el ataque, renunciando a su condición de potencia militar, sin sufrir ataques directos a sus centros industriales y poblacionales. (Aunque, por supuesto, la precipitación radiactiva sobre los blancos militares afectaría inevitablemente a las poblaciones de Europa Oriental y la Unión Soviética.) o 2), podría elegir un contraataque contra los propios Estados Unidos, en cuyo caso éstos lanzarían los misiles ubicados en su territorio, en submarinos y bombarderos estratégicos que de otra manera no hubieran sido empleados, contra los centros industriales y urbanos de la Unión Soviética. Incluso bajo la primera opción, la Unión Soviética podría intentar detener los misiles iniciales, lo que implica “aceptar” que los misiles soviéticos exploten sobre Alemania Occidental. Esta nación en particular quedaría devastada incluso en la primera opción como un sacrificio “necesario” para esta estrategia nuclear limitada. En el otro caso, a la Unión Soviética se le permitiría renunciar a su poderío militar para salvar (lo mejor que pudiera) sus poblaciones y capacidad industrial y seguir existiendo como nación; o bien dejar de existir al destruirse mutuamente los dos bandos.

Es así que, para la tercera parte de la nueva estrategia militar norteamericana, se están instalando en Europa los misiles Pershing II y Cruise. Su diseño proporciona a los Estados Unidos una nueva capacidad de ataque inicial contra la Unión Soviética de manera que sólo sería amenazada Europa Occidental y no los Estados Unidos, y de cualquier manera alteran drásticamente el balance estratégico de fuerzas.

EL MITO DE LOS PROPÓSITOS DEFENSIVOS

Es indispensable entender que estos misiles son fundamentalmente ofensivos y no defensivos. Están diseñados para que los Estados Unidos puedan iniciar una guerra nuclear con la presunción de “ganarla”. Ante la posibilidad de una invasión soviética a Europa Occidental, la OTAN ya tiene las armas nucleares tácticas requeridas para responder. Y éstas serían reforzadas por el despliegue de los misiles Pershing II y Cruise. De hecho, en los últimos meses el general Bernard Rogers, comandante en jefe de la OTAN (con el apoyo de un coro de “expertos” y periodistas entre quienes se cuentan Michael Howard del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos y Flora Lewis del New York Times) ha sostenido públicamente que si los aliados de la OTAN aceptan el incremento en sus gastos de armamento convencional por encima del 4% del índice de inflación (lo que significa un incremento nominal del 10 al 15 por ciento) anualmente por los próximos 6 años, la OTAN tendría la fuerza suficiente para contener a la Unión Soviética y sus aliados sin empleo de ninguna arma nuclear, es decir, incluso sin los misiles Pershing II y Cruise ni las armas nucleares menores. Rogers y colaboradores proveen el desarrollo de nuevas armas “inteligentes” de alta tecnología que son precisas y difíciles de detectar, y que podrían emplearse contra las fuerzas principales y de segundo orden del Pacto de Varsovia Estas podrían desplegarse abundantemente.

Aunque los aliados de la OTAN ya aceptaron un incremento del 3% por encima de la inflación en el gasto militar, ni siquiera el nuevo gobierno conservador de Kohl en Alemania Occidental planea más de 1% al año. De tal manera que el nuevo propósito podría ser una posición de retroceso diseñada para nuestros aliados de la OTAN tanto como para la Unión Soviética. Por debajo de las afirmaciones de Rogers y los otros, al parecer hay cuatro finalidades interrelacionadas, aparte del evidente objetivo militar:

1. Trasladar una mayor parte de lo que cuesta “defender” a Europa Occidental a los aliados que están ahí. Estados Unidos evitaría el costo de un posterior desarrollo y despliegue de los Pershing II y reduciría en gran parte el costo de los misiles Cruise que deben producirse (los Cruise, a diferencia de los Pershing, están planeados para usarse fuera de Europa).

2. Obligar a los gobiernos europeos aliados a tomar fondos presupuestales ya asignados para programas sociales, que necesitan llevar a cabo frente a la severa recesión mundial, para reducir así “el giro al socialismo” en estos países. Rogers, al referirse a los costos de esta nueva estrategia, a la que se ha dado el nombre de “Batalla por tierra y aire 2000”, aceptó que requeriría “sacrificios en los beneficios sociales”.

3. (a) Fortalecer la economía de Estados Unidos aumentando la exportación de armas convencionales que son esenciales para las ganancias de muchas corporaciones norteamericanas; y/o (b) debilitar la competitiva posición de la industria civil europea, especialmente la de Alemania Occidental, forzando un cambio importante en la investigación la ingeniería y los recursos industriales, para dirigirlos a la expansión de su industria armamentista.

4. Aislar y perturbar al movimiento pacifista europeo diciéndoles a sus miembros, en esencia, los siguiente:

-Si de veras están en contra de las armas nucleares, pero quieren una Europa Occidental fuerte, capaz de mantener el balance militar necesario para asegurar la paz, entonces aprueben y apoyen (un cuatro por ciento de) la confección y abastecimiento de las armas convencionales en vez del despliegue de los Pershing II y los misiles Cruise. (El International Herald Tribune recoge las declaraciones del general Rogers donde éste dice que “los grupos antinucleares quieren las mismas cosas que yo”.)

-Pero, si no apoyan esta alternativa, están haciendo evidente que (a) en realidad no desean una Europa fuerte y pacífica, y (b) ustedes son, de hecho, o víctimas y cómplices ingenuos o de plano agentes de la URSS en sus esfuerzos por neutralizar, primero, y luego dominar a Europa Occidental.

Más aún, es absurda la estipulación de que los sistemas de los Pershing II y los Cruise son una necesaria respuesta defensiva al despliegue de los SS-205 soviéticos, con todo lo indeseable que es este despliegue de la Unión Soviética.

Los Estados Unidos y la OTAN ya tienen numerosas armas nucleares en submarinos en los mares Mediterráneo y Báltico, bombarderos por toda Europa Occidental, y misiles balísticos intercontinentales con base en los Estados Unidos; todo esto significa una amenaza estratégica para la Unión Soviética. Además, entre Inglaterra y Francia tienen 162 misiles nucleares fuera del control de la OTAN; y todos esos misiles tienen capacidad para llegar a la Unión Soviética. Cuando Estados Unidos hace los balances de poder en Europa y habla de la amenaza ostensible de los SS-205, no incluye en su consideración estos sistemas estratégicos. Casi no hay duda de que se proyecta una nueva capacidad ofensiva. Esto es lo que ha traído una nueva vida al movimiento de paz europeo, que incluye, por primera vez, importantes figuras militares.

LAS PLÁTICAS DE GINEBRA

Ya desde su origen, los planes para introducir nuevas armas nucleares estratégicas han producido reacciones cautas en la mayoría de los europeos, incluso entre los líderes más conservadores. Fueron los europeos quienes insistieron en el plan de “doble-banda”: empezar los preparativos para el despliegue, pero realizar al mismo tiempo las pláticas en Ginebra para el desarme y utilizar la amenaza del despliegue para que la Unión Soviética haga más concesiones, con la esperanza de que nunca haga falta desplegar realmente los nuevos misiles. Pero mientras que la mayoría de los europeos esperaban una reducción mutua de armamento, Estados Unidos siguió una política que ofrecía renunciar al despliegue de estas nuevas armas sólo si la Unión Soviética aceptaba una reducción definitiva, y unilateral, de sus armas. Es difícil creer que alguien en el gobierno de los Estados Unidos pensó seriamente que los soviéticos aceptarían esto. De ahí se concluye que Estados Unidos en efecto estaba muy comprometido con este tercer elemento de su nueva estrategia militar, y tenía que seguirla, mientras que los europeos, incluso con la participación de oficiales militares, temían que esto sucediera.

Pero en el verano de 1983, Estados Unidos empezó a adoptar un tono un poco más flexible en Ginebra. Había tres razones principales para esto: primero, la Unión Soviética había dejado en claro que tomaría el despliegue de los nuevos misiles como una provocación de orden mayor. (Esto puede compararse a una inversión de papeles del intento soviético para poner misiles en Cuba a principios de 1960). Segundo, los movimientos por la paz europeos y norteamericanos habían logrado presionar en buena medida a los gobiernos de Estados Unidos y la OTAN. Tercero, y más importante, en varias declaraciones públicas la Unión Soviética había dejado en claro que no tendría éxito el principal propósito estratégico para el que estos misiles están diseñados. Anunciaron esto: con que uno solo de estos misiles fuera lanzado contra ellos, ellos de inmediato lanzarían todo lo que tenían directamente a los Estados Unidos. La Unión Soviética así, dejó en claro que bajo ninguna circunstancia absorbería un primer golpe “limitado”.

Hay motivos para creer que en Washington se oyó y creyó esta declaración, volviendo inútil el despliegue de estos misiles, excepto como propaganda y gesto de guardar las apariencias para Reagan y para algunos de los lideres conservadores europeos que ya estaban en un limbo político a favor del despliegue. El cambio de esta situación también puede explicar las nuevas alternativas que propuso el general Rogers, y la reciente oposición al despliegue que han expresado figuras del sistema como Robert McNamara, quien ahora está en contra de la estrategia de guerra nuclear limitada, afirmando que “las armas nucleares no ayudan a ningún propósito militar sea el que sea. Son totalmente inútiles excepto para disuadir al oponente de usar las suyas”. Por otro lado, el ataque de las fuerzas soviéticas que derribaron al avión coreano han engendrado una nueva animosidad antisoviética que el gobierno de Reagan usó como un justificante para adoptar de nuevo una posición de línea dura respecto a las pláticas de Ginebra y respecto al tema del despliegue.

LOS CORTES AL PRESUPUESTO

Bajo las presiones que trajo el aumento sin precedentes de los déficit presupuestales con Reagan (aumento tres veces mayor que cualquier otro en la historia), seguido de los efectos en las tasas de interés, la balanza de pagos norteamericana y los efectos generales en la economía, y con la presión mundial de un creciente movimiento por la paz, el Congreso ha reducido el monto en el gasto militar en relación con el aumento que Reagan solicitó originalmente. Pero, por desgracia se ha ganado poco que sea positivo. Porque en lo que Reagan se ha visto obligado a hacer concesiones es en una parte sustancial del plan de aumentos para los salarios militares, en algunos beneficios para militares retirados, en los planes para aumentar las pensiones militares y otras facilidades de servicios; y en parte del personal extra que Reagan quería. Pero ni uno solo de los sistemas importantes de armas ha sido bloqueado. Y de un modo especial, las “autorizaciones por fuera del presupuesto” (según se las distingue de las asignaciones dentro del presupuesto) siguen en su programa original.

Hay signos de serios descontentos entre el personal militar que está sufriendo los cortes y esto afectará el reenlistamiento, sobre todo entre el personal de mantenimiento más especializado que tiene la posibilidad de encontrar trabajos en la economía privada. Pero dado el alto y continuo grado de desempleo, hay poco peligro de que los militares dejen de obtener su personal autorizado. Por lo que respecta a las Fuerzas de Rápido Despliegue, el entrenamiento de las tropas de avance de 100 000 hombres se reducirá un poco y a algunos de ellos los volverán a colocar en otras actividades militares, en vez de conseguir un nuevo personal; pero todo eso también está programado.

El punto clave es que a menos -y hasta que- el movimiento pacifista y el Congreso dirijan los cortes presupuestales a los elementos que expone este artículo, poco se conseguirá para impedir el desarrollo de las nuevas estrategias.

FINAL EN CONTRA

La gran expansión de los gastos militares y de la capacidad militar que ahora está en camino, deben entenderse dentro del contexto de las decisiones a largo plazo, tanto del gobierno de Carter como el de Reagan, para llevar a cabo los tres nuevos diseños de estrategia militar descritos arriba; debe verse así y no como el deseo irracional de un hombre: Reagan, para simplemente entender y fortalecer al militarismo norteamericano. Pero una vez entendido esto, las gentes progresistas que no quieren ver tal expansión del poder militar deben hacerle frente a los puntos y las consecuencias estratégicas. De otro modo, correremos el riesgo de que nos tomen por “meros moralistas” como “ingenuos, aunque bien intencionados”, o como “cómplices inconscientes de la Unión Soviética”.

Debemos ser capaces de, y estar dispuestos a, enfrentar directamente estas nuevas estrategias militares, haciendo explícito que:

1. Entendemos el propósito de, y por tanto no queremos, que los Estados Unidos desarrollen una Fuerza de Rápido Despliegue.

2. No estamos dispuestos a aceptar el uso de la guerra nuclear táctica como estrategia, ya sea en Europa, el Golfo Pérsico, o cualquier otra parte.

3. No queremos que los Estados Unidos ganen una capacidad de primer golpe de ningún tipo contra la Unión Soviética.

4. Consideramos peligrosísima y equívoca la idea de que una guerra nuclear táctica o limitada podría “contenerse” en un nivel de destrucción “razonable y aceptable”.

En este sentido, sólo si el movimiento por la paz está dispuesto a demostrar que entendemos y que vamos a enfrentarnos a toda la gama de estrategias que impulsan al aparato militar que se encamina, podemos esperar que nos tomen en serio. Más aún, tenemos la obligación de instruir a la gente, con honestidad, sobre lo que está pasando y sobre por qué está pasando, de modo que puedan decidir por ellos mismos el curso que desean para sus gobiernos.

NOTAS

(1) Es importante observar que, excepto por la posible participación en un esfuerzo de primer ataque, los portaviones no están diseñados para una guerra con la Unión Soviética. El cálculo de la Marina misma es que la expectativa de vida de los portaviones en caso de guerra con la Unión Soviética es cuando mucho de veinte a treinta minutos. No pueden esconderse: los satélites soviéticos los monitorean y los submarinos soviéticos siguen cualquier fuerza operativa de un portaviones. Por eso admite que un ataque de misiles los destruiría a los pocos minutos de que empezaran las hostilidades con la Unión Soviética. Por tanto, la misión principal de los portaviones está enfocada al Tercer Mundo.

(2) Pero esto es poco probable, en parte porque la Unión Soviética es el productor más grande de petróleo y gas natural y tiene las mayores reservas mundiales.

(De Socialist Review.)