La socialdemocracia europea está en problemas. Desde mediados de la década del 2000, antes de la crisis financiera que comenzó en 2008, la suerte electoral de los partidos socialdemócratas ha ido a la baja. Las elecciones europeas a finales de mayo de 2019 confirmaron esta tendencia a pesar de las marcadas variaciones entre países.

Para muchos observadores y analistas, el motivo del declive de la socialdemocracia ha sido un supuesto giro hacia la derecha: al apoyar la liberalización del sector financiero después del final de la Guerra Fría en la década de 1990 y marchar a lo largo de la “Tercera Vía” proclamada por el sociólogo británico Anthony Giddens,1 los partidos socialdemócratas —el Partido Demócrata de Bill Clinton y Barack Obama, el SPD de Gerhard Schröder, el Partido Laborista de Tony Blair y otros que siguieron sus pasos— han traicionado a sus electores y perseguido políticas neoliberales desde los años 90 y principios del 2000. Desde esta perspectiva, “los traidores” han contribuido a la aceleración de la concentración del ingreso y al crecimiento del empleo precario —al margen de y aunado a la disminución o el estancamiento de los ingresos de la clase trabajadora como resultado del cambio tecnológico y del incremento del desempleo después de las crisis financieras desde 2008–. Debido al traspaso del poder al sector financiero, a los capitalistas en general y a la derecha neoliberal —causado al menos parcialmente por las políticas equivocadas de los partidos socialdemócratas y de sus líderes—, la democracia se ha visto cada vez más debilitada. Los procesos resultantes de la concentración de los ingresos y de la exclusión social continuarán y afectarán tendencialmente a una gran mayoría de la población,2 el renacimiento de la antigua tesis de la proletarización de las masas.

Ilustración: Víctor Solís

Según este punto de vista, asumido por muchos del ala izquierda en los partidos socialdemócratas y también por muchos de la izquierda fuera de la socialdemocracia, los partidos socialdemócratas y otras fuerzas políticas deberían revertir su suerte girando a la izquierda y convirtiéndose en una fuerza política socialista-democrática unida,3 que defienda los intereses de los perdedores de la globalización y de las víctimas del llamado neoliberalismo. Entre las recetas para revertir la tendencia del declive, se encuentran: una mayor participación en forma de democracia local directa y democracia plebiscitaria nacional, la democratización de la economía mediante varias formas de nacionalización de los sectores estratégicos, la colectivización de las empresas o de los activos productivos, más redistribución fiscal, y cada vez más también un ingreso básico universal y, como respuesta al cambio climático, las propuestas de una transformación social y ecológica que implique, además de la descarbonización, cambios en los patrones de consumo y una reducción en el crecimiento, o crecimiento nulo y hasta negativo (“de-growth”).4

Existen varios problemas con este análisis y esta estrategia política del retorno al socialismo democrático. Primero, los llamados perdedores de la globalización no son la mayoría de los votantes en los países capitalistas avanzados, los votos combinados de los populistas de izquierda y de derecha y otros partidos de protesta van desde el 10% al 30% en la mayoría de los países europeos. El votante promedio en los países occidentales ricos sigue siendo un ganador de la globalización. En segundo lugar, la mayoría de los perdedores no se cambian a la izquierda mediante el voto por los candidatos, los programas y los partidos socialistas. Muchos votan por los partidos de derecha, incluidos los partidos de derecha populista que han crecido a lo largo de las últimas dos décadas. En tercer lugar, no está claro que todos los votantes que están abandonando los partidos socialdemócratas sean los “perdedores” de la globalización, ya que parece ser que una parte importante de ellos son los votantes que se han beneficiado de las políticas socialdemócratas en la “Edad de Oro” del fordismo posterior a la Segunda Guerra Mundial, quienes comenzaron a migrar hacia otros partidos a medida que ascendían por la escalera social. Algunos de estos votantes también han sido atraídos recientemente por el populismo de derecha por razones que pueden tener que ver menos con quejas socioeconómicas que con su alienación de la socialdemocracia. En otras palabras, la socialdemocracia puede víctima de su propio éxito.

Por último, la socialdemocracia de la “Tercera Vía” fue nuevamente más exitosa de lo que los críticos de la izquierda afirman. Con el declive de la economía manufacturera fordista, la digitalización de la economía y el avance de la globalización, una mayor expansión de la educación universitaria y las reformas de los mercados laborales junto con las políticas sociales pudieron atraer a una mayoría de los votantes en su momento, cuando los partidos conservadores o de centro-derecha en muchos casos no tuvieron respuestas a estos cambios o sus políticas preferidas habrían tenido peores resultados de distribución. Algunas de las diferencias en la suerte de los partidos socialdemócratas en Europa parecen estar relacionadas con si ellos mismos llevaron a cabo estas reformas (por ejemplo, en Alemania, donde las llamadas políticas de Hartz IV evitaron el alto desempleo a costa de la creación de un “precariado”, pero iniciaron el declive del SPD), o si fueron llevadas a cabo por partidos conservadores (por ejemplo, en España, donde el Partido Socialista mejoró recientemente su suerte cuando el país comenzó a salir de su crisis económica). Las propuestas de un ingreso básico universal y una reducción del crecimiento o crecimiento nulo no tienen un apoyo mayoritario, sin considerar que estas medidas tendrían, desde mi punto de vista, probables impactos catastróficos en conflictos de distribución.

Algunos defensores de la propuesta de la “izquierda unida” son conscientes de la ausencia de una mayoría para esta posición. Los que no creen en la hipótesis de un crecimiento inexorable de la exclusión, o que no están dispuestos a esperar hasta que un número suficiente de votantes se haya “proletarizado”, han propuesto que una “alianza progresista unida” de verdes, socialdemócratas y socialistas democráticos podría obtener una mayoría electoral. El problema con esta esperanza es que donde existen partidos verdes fuertes, en Alemania por ejemplo, son el partido de los ganadores de la globalización: los liberales y centristas bien educados, así como de la economía digital más que del precariado.

Para otra línea de análisis, el declive de la socialdemocracia está menos asociado con su adopción de las políticas de la “Tercera Vía” y el abandono de los perdedores de la globalización y el neoliberalismo que con una creciente alienación entre sus electores tradicionales: la clase media y trabajadora, los líderes y miembros de una socialdemocracia cosmopolita, “liberal-utilitaria”, centrada en y dependiente del Estado que hace política para ellos mismos y para un número creciente de grupos de identidad. Los socialdemócratas, desde este punto de vista, se han convertido en anywheres, miembros de una élite global, no del sector privado, sino de una élite estatal giratoria que denuncia que los somewheres asumen los costos de una creciente lista de derechos cosmopolitas sin ninguna reciprocidad en términos de reconocimiento, protección social y políticas de movilidad.5

Esta alienación social y cultural explica los dos errores políticos cruciales de los socialdemócratas desde mediados de la década del 2000. Primero, después de adoptar las políticas de la “Tercera Vía” para adaptarse a la digitalización de la economía y a la globalización, los socialdemócratas no han pensado en reanudar la maquinaria de la movilidad social para los perdedores de la globalización. En tiempos más recientes sólo han propuesto políticas compensatorias más generosas y, por lo tanto, más redistributivas pero al mismo tiempo asistencialistas y, por tanto, negando a los marginalizados el reconocimiento como ciudadanos plenos, empujándolos a los brazos de la derecha política. Sin embargo, el “reavivamiento” de la movilidad social requeriría la mejora del capital humano de los perdedores de la globalización pero no mediante la acumulación de personas en las universidades. Los socialdemócratas deberían abandonar su “obsesión por la academización” y proponer la construcción de un sistema de educación y re capacitación profesional de primera clase a lo largo de toda la vida, que reciba los mismos recursos que el resto del sistema educativo combinado.6

Otras políticas que vale la pena considerar son el aumento de los impuestos para las personas con mayores ingresos en las metrópolis digitales que puedan beneficiar a los que viven fuera de estas metrópolis, la educación preescolar ampliada, las reformas del sector financiero que eliminan los riesgos sistémicos y una distribución más amplia de los ingresos del capital. Como lo han argumentado Iversen y Soskice, una economía de mercado competitiva y regulada y la democracia no sólo son compatibles, sino mutuamente complementarios. Al mismo tiempo que una economía de mercado competitiva genera un alto crecimiento que fácilmente puede ser dirigido hacia la sustentabilidad–, estos recursos permiten las inversiones para el desarrollo y financiar las políticas de derechos, distributivas y redistributivas, lo que en su conjunto son los fundamentos para la sobrevivencia de la democracia.7

En segundo lugar, la socialdemocracia europea tendrá que hacer un esfuerzo para volver a capturar a los hombres y mujeres jóvenes y a los ancianos de estratos de ingresos medios, quienes se alejaron al sentir que ya no eran reconocidos como partidarios medulares de esta familia política. Los partidos socialdemócratas que no logren estas dos tareas de programa político y reconocimiento verán más caídas en su suerte. Para hacerlo, socialdemócratas y socialistas democráticos deberán comprometerse con una aclaración profunda de sus respectivas posiciones, sus valores subyacentes y su comprensión de la naturaleza humana y sus diferencias políticas, incluso si esto conduce al abandono de la precaria tregua política y programática entre ellos.

 

Hans Mathieu
Representante de la Fundación Friedrich Ebert en México.


1 Anthony Giddens, The Third Way: The Renewal of Social Democracy, Cambridge, Polity Press, 1998 y The Third Way and Its Critics, Cambridge, Polity Press, 2000.

2 Aunque no se ocupan principalmente de la socialdemocracia, las opiniones que se relacionan aquí siguen en gran medida: Colin Crouch: Post-Democracy, Cambridge, Polity Press, 2004 y The Strange Non-Death of Neoliberalism, Cambridge, Polity Press, 2011; Thomas Piketty: Capital in the Twenty-First Century, Cambridge, Harvard University Press, 2014; Wolfgang Streeck, How Will Capitalism End? Essays on a Failing System, London, Verso, 2016 y Buying Time: The Delayed Crisis of Democratic Capitalism, Second Edition, London, Verso, 2017. Un análisis similar para los Estados Unidos. se encuentra en Nancy Fraser, The Old Is Dying and the New Cannot Be Born: From Progressive Neoliberalism to Trump and Beyond, London, Verso, 2019.

3 No hay una clara diferenciación entre “socialdemocracia” y “socialismo democrático”. Muchos autores usan los términos como sinónimos, otros asocian el “socialismo democrático” con un papel más fuerte del Estado en la economía. Aquí, “socialdemocracia” denota la combinación de: 1) democracia procedimental liberal y representativa, 2) Estado de Derecho, 3) división de poderes, 4) una economía mixta con mercados competitivos, regulados públicamente y una política industrial y tecnológica activa y 5) distribución basada, tanto en las políticas de desarrollo de factores como en la redistribución fiscal progresiva. El “socialismo democrático” implica: 1) una definición sustantiva de democracia orientada a los resultados con 2) fuertes elementos de democracia directa y plebiscitaria, 3) Estado de Derecho, 4) división e independencia limitada de poderes, 5) una economía controlada/dominada por el Estado con un fuerte control estatal y/o democrático de los productores y 6) asignación directa de ingresos y redistribución fiscal progresiva. De la forma en la que aquí son utilizados, los conceptos no son compatibles entre sí.

4 Los elementos de estas propuestas se pueden encontrar en los sitios de International Politics and Society (https://www.ips-journal.eu) y Boston Review (http://bostonreview.net). Véase también: Colin Crouch: Making Capitalism Fit for Society, Cambridge, Polity Press, 2000; Nils Heisterhagen: Die Liberale Illusion: Warum wir einen linken Realismus brauchen [La ilusión liberal: ¿por qué necesitamos realismo de izquierda], Bonn, Dietz, 2018; Chantal Mouffe: For a Left Populism, London, Verso, 2018, Andreas Nölke: Linkspopulär: Vorwärts handeln, statt rückwärts denken [Izquierda popular: actuando hacia adelante en lugar de pensar hacia atrás], Frankfurt, Westend, 2017, Erik Olin Wright: Envisioning Real Utopias, London, Verso, 2010; Guy Standing: Basic Income: A Guide for the Open-Minded, New Haven, Yale University Press, 2017; Ulrich Brand, Markus Wissen: The Limits to Capitalist Nature: Theorizing and Overcoming the Imperial Mode of Living, London, Rowman & Littlefield, 2018; Robert Skidelsky, Edward Skidelsky: How Much is Enough?: Money and the Good Life, London, Penguin, 2013, y https://www.degrowth.info/en/

5 Los términos “anywheres” vs. “somewheres” son de David Goodhart: The Road to Somewhere: The New Tribes Shaping British Politics, London, Penguin, 2017. Varios aspectos de la “alienación” de la socialdemocracia de sus constituyentes principales son analizados por Paul Collier: The Future of Capitalism: Facing the New Anxieties, London, Allen Lane, 2018 y Ernst Hillebrand, Zwischen alten Rezepten und neuen Herausforderungen [Entre las viejas recetas y los nuevos retos], Berlin, Friedrich-Ebert-Stiftung, 2007 (https://bit.ly/2IVPszF); Ernst Hillebrand: “The current situation of the Centre-Left in Europe”, Shanghai Briefing Paper 17, Diciembre 2012 (https://bit.ly/2NlNLQh); Ernst Hillebrand, Gero Maaß: Zehn Kernfragen zur Zukunft der Sozialdemokratie in Europa [Diez preguntas clave sobre el futuro de la democracia social en Europa], Berlin, Friedrich-Ebert-Stiftung, 2011 (https://bit.ly/1eoYuig), y Ernst Hillebrand, “Back to the roots: Why social democracy needs to represent ordinary people instead of middle-class cosmopolitans”, International Politics and Society Online, Nov. 6, 2018, (https://bit.ly/2Yjas8P). Los elementos de estos análisis también se pueden encontrar en algunas de las obras mencionadas anteriormente, por ejemplo, por Nancy Fraser y Niels Heisterhagen, pero sus propuestas de política son más de la variedad “socialista democrática” en lugar de “socialdemócrata”.

6 Julian Nida-Rümelin, Der Akademisierungswahn: Zur Krise beruflicher und akademischer Bildung [El frenesí de la academización: sobre la crisis de la educación vocacional y académica], Hamburg, edition Körber-Stiftung, 2014.

7 Torben Iversen, David Soskice, Democracy and Prosperity: Reinventing Capitalism through a Turbulent Century, Princeton, PUP, 2019. Argumentos y algunas de las propuestas de políticas en Collier, Future of Capitalism (nota de pie de página 5) van en la misma dirección.