Sebastián Guzmán, Principal de principales, máxima autoridad de los indígenas ixiles en el pueblo guatemalteco del Nebaj, fue ejecutado por el Ejército Guerrillero de los Pobres el 13 de diciembre de 1981, en la plaza, frente a la iglesia que sirve como cuartel a los kaibiles (tigres), grupo militar especializado en contrainsurgencia. Es posible que el día de su muerte Sebastián Guzmán hubiera olvidado ya las palabras de Armando Palacios, hijo de Isaías Palacios, el primer ladino que entró a Nebaj un día frío de invierno de 1895. “Ya estuvo Sebastián, ya me voy. Aquí me van a joder. Mi padre vino el primero, a lomo de mula llegó. Yo ya estoy rico y me voy en carro, me llevo 30 000 quetzales. Gracias a Dios y a los inditos ya no tengo nada que hacer aquí… Vámonos Sebastián, que nos van a joder.” Era el mes de noviembre de 1975. Abandonaba el pueblo por miedo a la guerrilla. Sebastián no se fue, estaba en la cúspide de su poder, con un lugar entre los nueve más ricos y poderosos contratistas de peones indígenas para las fincas en la costa sur del país. Prefirió mandar un mensaje al comandante militar de la zona de Santa Cruz del Quiché. “Por favor vengan para acabar con los guerrilleros en el pueblo. Son los puros católicos, los puros cubanos.” Entonces el ejército remontó la cumbre de los Cuchumatanes y ocupó Nebaj por primera vez. A las listas negras que elaboraron Sebastián Guzmán y los contratistas siguieron las desapariciones, los cuerpos mutilados en las orillas de los caminos, las aldeas arrasadas. Llegó el estado de guerra a la tierra de los ixiles: tanquetas frente a la iglesia, trincheras de kaibiles alrededor de la plaza.

En el noroccidente guatemalteco, a 2 200 m sobre el nivel del mar, Nebaj se encuentra entre las grandes cumbres de los Cuchumatanes. Limita al oeste con el departamento de Huehuetenango y ve caer al norte las montañas sobre las calientes selvas del Ixcán. La historia de Nebaj, despojo y represión, deriva de sus fértiles valles. A finales del siglo pasado, igual que sus vecinos de Chajul y Cotzal, 30 000 ixiles vieron llegar, con los ladinos y sus leyes, el ánimo blanco de conquista; durante los últimos 80 años han sido la principal fuente de fuerza de trabajo para las fincas costeñas y las obras públicas de las dictaduras; los viejos remontaron el maíz a las cumbres y extendieron los ojos a la profundidad del valle, en espera de los hijos idos a la esclavitud del sur.

De generación en generación

Sebastián Guzmán anduvo pulcro y bien vestido: pantalón oscuro de buen paño y camisa blanca, zapatos negros y limpios. Usaba la cotona roja, símbolo de los ixiles, y cubría su escaso cabello cano con un bonete negro o un pesado sombrero nebajeño de paja, ceñido por una cinta negra, sin adornos. Era el Principal. Caminaba ceremoniosamente acompañado por los servidores que nunca lo abandonaban; uno se ocupaba de ponerle y quitarle el sombrero mientras el otro le sostenía el paraguas negro, habitual sustituto de la vara de Principal que se usaba sólo en los días de fiesta y en los actos sociales, políticos y religiosos. Sebastián iba a la plaza en esas ocasiones o con motivo de algún negocio. Entonces se le veía hablar con la seguridad de la autoridad, la palabra ágil e inteligente; cuando callaba, sus grandes ojos astutos medían inquietos el efecto de su voz.

Nacido en 1906, todavía muy joven Sebastián Guzmán vio llegar a Nebaj a los ladinos, españoles en su mayoría, expulsados de México por la Revolución: los Canella y los Villatoro, los Migoya y los Brol. Subieron al mundo ixil atraídos por la riqueza de esa tierra de indios sin documentos de propiedad. Sebastián aprendió español oyéndolos decir que llegaban “a civilizar salvajes para beneficio de Guatemala”. Como todos los hombres de su edad, descubrió que los puestos del gobierno de la capital eran favorables a los civilizadores; alcaldes, delegados políticos, comisionados militares, maestros y guisaches (abogados) que subían a la sierra, servían el propósito civilizador de imponer y legalizar los despojos. Sus hermanos ixiles decían: “El ladino llegó al pueblo, no es del pueblo, llegó buscando el buen tierra, el gente tonta. El mal tierra no trae pleito, nadie busca; el buen tierra sí. Por eso asentaron entre nosotros, porque aquí buen tierra.”

Apenas hecho hombre, Sebastián Guzmán luchó por la tierra de su pueblo, pero 20 años después sus camiones salían cargados de peones para las fincas, al parejo de los camiones de los Brol o los Villatoro. En la década de los setenta, el negocio de la contribución estaba hecho: intermediario entre la finca y los trabajadores, el contratista saca su ganancia del salario de los peones, a quienes los finqueros descuentan entre 10 y 15 centavos de dólar para el bolsillo de aquéllos. Al mes, un contratista mayor obtiene entre 5 000 y 20 000 quetzales, contra los 30 de los trabajadores. En 1979, 55 000 personas se contrataron en Nebaj para el peonaje de la costa, los contratistas ganaron cerca de medio millón de quetzales.

Recuerdan los ixiles: “Más antes nuestro pueblo también conoce la pobreza, pero no como ahora. Más antes abunda el santo maíz y la santa tierra.” Ahora ven perdidos su maíz y sus tierras. Por eso han luchado desde los años treinta. Sebastián Guzmán fue el líder cuando su pueblo defendió unos terrenos contra la municipalidad de Chiantla, departamento de Huehuetenango. Descubrió entonces el poder de la política y los tratos con los abogados; ya no faltaría en las comisiones ixiles que comparecían ante los escritorios gubernamentales de Santa Cruz. Según la costumbre ixil, Sebastián Guzmán entró al servicio religioso hasta llegar a ser cofrade. Tierra y culto, pilares de la cultura maya, fueron los pasos indispensables para llegar a Principal. Y se hizo líder en tiempos del dictador Jorge Ubico (1931-1944), tiempos de los más negros en la historia de Guatemala. Ubico dictó la Ley de Vagancia, que permitió levantar mano de obra forzada para las obras públicas y los complejos agroexportadores del sur. En esa ley se asentó el sistema de contratación. Dice la memoria ixil: “El Ubico fue bien jodido con los indios, a puro alcapuz (escopeta) pone orden entre la gente. Cierto, no hay ladrón en su tiempo, ípero cómo abunda el muerto! Puso ley de vagancia ílástima para el pobre! El que no tiene tierra debe mostrar su tarjeta firmada por patrón de que sí trabajó durante el mes. Por ahí entró el abuso. Mucho rico firman el tarjeta, a cambio tenemos que dar trabajo de regalado con él.”

El pueblo de Nebaj se sublevó cuando las comisiones encabezadas por Sebastián Guzmán no obtuvieron respuesta de Ubico: “El Presidente no arregla pleito”, dijeron y los Principales ordenaron el asalto con piedras, palos y machetes a la comandancia militar y la municipalidad. Los ladinos ricos huyeron al monte. Dos días después, el comisario político del ejército del Quiché, acantonado en Santa Cruz, ocupó el pueblo. Nueve Principales fueron fusilados contra la pared de la iglesia y 500 nebajeños deportados a las selvas del Petén, al paludismo, los trabajos forzados y la muerte.

El sueño de los pobres

Pero Sebastián Guzmán no murió en el paredón de la plaza, gracias a Enrique Brol, el más fuerte de los ricos de Nebaj. Y ahí comenzó su nueva carrera “Más antes yo muy pobre -decía años después-. Por mi gente probé el cárcel, más que yo soy cofrade no me libré del castigo. Gracias a don Enrique Brol que ayudó conmigo empecé el contratación y ahorita tengo algo de piso. Don Quijote (Enrique Brol) prestó conmigo 10 000 quetzales, a Dios gracias me fue bien el negocio. A los tres meses de contratar ya regresé su pisto con él; al cuarto pagué su interés; al sexto saqué de la agencia dos camión de fiado; al año ya tenía cancelado (pagado) el dos camión. Con la ganancia del camión puse la tienda; con la tienda el motor de nixtamal y con el motor pagué pleito con el licenciado Moscoso para ganar el tierra de mi finca contra la aldea de Xoloché. No en balde Don Quijote me ayudó: yo con mi gente lo logré poner alcalde.”

De su gente obtuvo tierras, ganado, casas, votos; todo mediante préstamos impagables. Con las riquezas consolidó dominio sobre la iglesia. En enero de 1970 volvió a ser el primer cofrade de la Cofradía de Santa María la más importante de Nebaj. Dieciséis días de marimba, aguardiente, cohetes, candelas flores, dos vacas, más de 30 quintales de maíz y numerosos rituales de costumbre y de iglesia lo reafirmaron como Principal. A partir de entonces, todos los cargos públicos indígenas no pudieron obtenerse sin su aprobación.

Un reguero de sirvientes trajinaba en los patios de su casa de dos cuadras. En una esquina la tienda, en otra el molino de nixtamal; un gran portón dejaba ver los camiones y los patios con los montones de maíz y frijol. En el centro de la casa, el despacho, con dos ventanas hacia la calle, escondido siempre por oscuras cortinas. Tres divanes de viejo terciopelo, dos máquinas de escribir y un secretario silencioso. “No me hables en la calle -decía a quien se le arrimaba con algún negocio-. Pasa por mi despacho, a las seis te espero.”

Un día se le oyó decir en la plaza: “Gracias a las fincas y a los contratistas, el pueblo se está haciendo grande. Ya es hora que tenga un alcalde indígena. Yo ya trabajé mucho, ya soy hombre grande. Es tiempo de otra persona.” Llegado el momento su hijo quedó como alcalde. “Ganó el Sebastián, ganó el Sebastián” se anunció por los caseríos. Y pasearon a Sebastián en hombros por la plaza, estaba en la cúspide de su carrera.

Al parejo de su padrinazgo, corrieron los enfrentamientos por el descontento indígena. “Los xoloché y los tzalbal -comentó enojado el Principal de quienes le disputaban unas tierras- mucho me están jodiendo, ya no respetan la costumbre, ya no respetan el Principal. Son puro pagano. Mejor los metí en su tiempo en la cárcel de Santa Cruz para que ya no sigan molestando conmigo.” Conforme crecía el aprecio de los poderosos por él, caía su autoridad entre los ixiles. Los indígenas tomaron el sendero de la resistencia, se opusieron a los contratistas y a través de las comunidades cristianas de base desarrollaron programas educativos y de producción agrícola cooperativa.

Dijeron los ixiles: “En tiempos del Ubico, ya no aguantamos el abuso, pero no estamos unidos, no hay armas, no hay fuerza. Por más de 400 años probamos caminos de vida para nuestro pueblo, comisiones con presidentes, denuncias con abogados, probamos partidos políticos, religión, levantamientos. Camino que abrimos, el rico y el Gobierno lo atajan, siempre es igual. Sólo queda una puerta, el camino de la guerra, más que no nos guste.”

Tampoco le gustó a Sebastián y a los contratistas. En 1973, los principales cercanos a Sebastián escribieron al presidente Carlos Arana Osorio: “Ya entró entre nosotros un mal semilla. Son los comunistas; están peleando contra nosotros con cooperativas y esas babosadas.” Pero el miedo llegó a los ladinos cuando el Tigre del Ixcán, Luis Arenas, fue ejecutado por el Ejército Guerrillero en los Pobres, poco antes de que Sebastián viera huir a Armando Palacios con sus 30 000 quetzales aquel mes de noviembre de 1975.

En febrero de 1976, Sebastián y los demás contratistas se reunieron en Santa Cruz con el G-2 (servicio de inteligencia del ejército guatemalteco) y le entregaron listas con nombres y datos de la municipalidad. En marzo entró el ejército a Nebaj. El día 10, Jacinto Brito Bernal, José Ceto, Felipe Bernal y varios más integrantes de las comunidades cristianas de base fueron secuestrados y asesinados. Juana Bernal fue secuestrada y violada por la tropa, “por ser madre de guerrilleros”. Una granada de fragmentación mató a los tres hermanos de Felipe Bernal. A Rafael Chel lo castraron, luego lo cegaron, lo quemaron vivo y lo degollaron. Fue el inicio de la represión masiva contra los: ixiles: en la aldea de Tzalbal fueron masacrados 10 indígenas y en Palop 20; Río Azul y Cocop, con más de 200 habitantes fueron totalmente arrasadas. En 1980 doce mujeres fueron asesinadas en la plaza de Nebaj.

El Ejército Guerrillero de los Pobres respondió: Elías Ramírez, jefe de la G-2, fue ejecutado en 1976; Luis Canella, capitalista financiador de la represión, ejecutado en 1978; Santiago Villatoro, contratista y comisionado militar, ejecutado en 1979; el general Cancinos, jefe del estado mayor del ejército guatemalteco, ejecutado en 1979; Ruíz Furlán, oficial del ejército asesino de ixiles, ajusticiado en 1980. Durante el verano de 1981, Sebastián Guzmán, encerrado en su despacho, escuchó la balacera entre el Ejército Guerrillero de los Pobres que asaltaba Nebaj y más de 1 000 kaibiles que defendían la plaza.

El 13 de diciembre, un día frío como todos los días del año en Nebaj, Sebastián Guzmán apareció muerto en la plaza. Su cadáver tenía un recado: “En la guerra no hay pleito chiquito, todo el pleito es grande. El guerra es como un fuego, va a enseñar quién es hermano del pobre y quién es coyote del pueblo. El guerra va a mostrar quién tiene un corazón y quién camina con dos corazones.” (Relato elaborado por Angel Arista con base en el testimonio de Jacinto Galileo, antropólogo guatemalteco, y en el parte de guerra del Ejército Guerrillero de los Pobres. “Ajusticiamos a Sebastián Guzmán en el centro de Nebaj”, 13 de diciembre de 1981.)