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Investigación Económica. Revista de la Facultad de Economía de la UNAM; número 164, abril-junio de 1983; 332 pp.

Como una más de las empresas culturales que echó a andar don Jesús Silva Herzog, en abril de 1941 empezó a publicarse la revista Investigación Económica. Luego de una azarosa sobrevivencia a lo largo de 42 años la revista inicia ahora, bajo la dirección de Rolando Cordera Campos, lo que intenta ser una nueva época. Es el tercer esfuerzo, en unos cuantos años, por convertir un órgano de difusión institucional y especializado en un foro de discusión más amplio y abierto a la realidad económica del país.

Como medio de comunicación de la Facultad de Economía de la UNAM, la revista ha estado obviamente sujeta a los vaivenes y altibajos de la propia escuela. Durante muchos años esta publicación permaneció como un apéndice marginal y localista de la entonces Escuela Nacional de Economía. Cumpliendo estrictamente con su propósito de servir como medio de consulta e información para los estudiantes universitarios, Investigación Económica logró sobrevivir mucho tiempo -cosa ciertamente notable si se compara con otras publicaciones de su género- pero sin mayor influencia que la de contribuir en parte a la formación de varias generaciones de economistas.

Fue hasta el segundo período de José Luis Ceceña Gámez como director de la ya para entonces Facultad de Economía, que se inició una etapa de profundos cambios en la publicación. Con Salvador Martínez de la Roca como director de publicaciones, la revista tuvo un cambio radical: se modificaron el formato, los temas, la tipografía, el diseño y el equipo de colaboradores. Los cambios afectaron incluso la numeración corrida de la revista, y se inició la segunda época con un nuevo número uno. Era la primera etapa posdevaluatoria en el país y las discusiones económicas, que hasta entonces habían permanecido recluidas en los cubículos universitarios y los cenáculos gubernamentales, empezaron a salir a la calle. El cambio en Investigación Económica trató de responder precisamente a esa nueva expectativa de información y análisis sobre lo que ocurría en la economía nacional.

Posteriormente, con la llegada de Elena Sandoval a la dirección de la Facultad y de Carlos Perzábal al departamento de difusión, se dio marcha atrás en algunos cambios y se recuperó la numeración original de la revista. Menos de un año después hubo un nuevo impulso renovador. Con la incorporación de Luis Angeles al departamento de difusión se modificaron una vez más el formato y el diseño, haciéndose más modernos. Este esfuerzo por darle agilidad y rigor a la revista -por hacerla más profesional, en síntesis- siguió adelante cuando fue nombrado Raúl Trejo en el departamento de difusión, cargo que todavía ocupa.

Sin modificaciones palpables, ahora, en el formato y la presentación, los cambios que se anuncian en Investigación Económica se orientan a cumplir “tres objetivos generales: apoyar la docencia, describir y recoger el pensamiento económico que se genera en torno al desarrollo (o desarrollos) de América Latina y, de manera especial, contribuir a documentar y revisar el desarrollo mexicano y sus problemas” según manifiesta el director de la Facultad, José Blanco, en la presentación de este número.

Para cumplir estos objetivos se han hecho dos cambios fundamentales, además del nombramiento de Cordera como director: se restructuró el Comité Editorial, agregando algunos de los nombres más pesados entre los economistas que radican en el país y se modificó el contenido de la revista, incluyendo mayor cantidad de textos con análisis coyunturales sobre la economía de México y Latinoamérica. En este sentido, el número 164 de Investigación Económica incluye por vez primera una sección de análisis de la coyuntura económica nacional, con la columna a cargo de Clemente Ruiz Durán que está dedicada al análisis del primer trimestre de 1983. Además, se agrega una sección titulada “Documentos”, que en este número reproduce el texto de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) sobre el balance preliminar de la economía latinoamericana en 1982.

Entre el paquete de textos sobre la economía nacional, destaca el de José Casar y Jaime Ros sobre los “Problemas estructurales de la industrialización en México”. Luego de hacer un extenso análisis sobre las limitaciones y posibilidades de desarrollo de la industria nacional, Casar y Ros apuntan que “los viejos problemas no sólo seguirán vigentes, sino que la contribución que el petróleo haga al desarrollo económico y social de México depende de su resolución y no a la inversa” (p. 185). Se agrega que “el período reciente ha traído consigo cambios importantes en la presencia económica del Estado: es su actividad productiva la que ha permitido el proceso de expansión del período 1972-1981. Hasta qué punto, cabe preguntarse, la crisis del esquema de crecimiento anterior, la magnitud de los recursos petroleros existentes y la reciente nacionalización de la banca colocan al Estado, en principio, ante la necesidad y los medios para retomar un papel dirigente en el proceso de industrialización. De la respuesta a esta pregunta dependen, en gran medida, las perspectivas de mediano plazo de la economía mexicana” (p. 161).

Por su parte, Clemente Ruiz Durán anota en su artículo algunas de las principales características de la economía mexicana entre enero y marzo de 1983:

– El deterioro del campo en 1982 persistirá durante el ciclo primavera-verano, debido al retraso en los precios de garantía y al escaso almacenamiento en las presas.

– Decrecimiento de 10% en la industria, con especial deterioro en algunas ramas: la automotriz perdió ventas por 42.6% y la producción decreció 43.3 por ciento.

– Durante el primer trimestre de 1983 el gasto público federal se decrementó en 15.7% en términos reales, y 60% de lo que se gastó fue para el pago de la deuda.

– En el primer trimestre de 1983 el financiamiento de la banca comercial fue de sólo 2.8 miles de millones de pesos, frente a 16.2 durante el mismo período de 1982.

– En tres meses el poder adquisitivo de los salarios perdió un 12%, el doble de la baja registrada en 1977.

– Las utilidades de Aurrerá aumentaron 47%; las de Sanborns en 92%. En contraste, las utilidades de la industria electrónica y las de autopartes disminuyeron entre un 15 y un 17 por ciento.

Sobre la posibilidad de que la economía mexicana se reactive, Ruiz Durán concluye que “existe un mercado interno que si bien ha sido golpeado, tiene todavía capacidad de respuesta, máxime si se impide un mayor deterioro del poder adquisitivo de los trabajadores. La recuperación podría basarse en el mercado interno, especialmente en las áreas vinculadas al consumo de los trabajadores”.

Los artículos de Ros y Casar, y Ruiz Durán, son muestra del tipo de orientación que se trata de dar a la nueva etapa de Investigación Económica. En lo fundamental se busca que, sin perder su condición teórica y de fuente de consulta para economistas, la revista participe más en el debate sobre la profunda crisis que afecta al país. En este sentido, por ejemplo, es imposible dejar de contrastar el panorama que describe Ruiz Durán con algunas de las visiones triunfalistas que han predominado en estos días y que ven en algunos indicadores financieros favorables la prueba de que el camino que se ha seguido hasta ahora no sólo es el correcto, sino que es “el único camino sensato” como señaló un ilustre banquero de la vieja ola.

Las modificaciones en la revista parecen apuntar en el sentido correcto. Investigación Económica está tratando de agarrar su tercer aire de renovación. Los dos anteriores sirvieron para que mejorara sustancialmente. No obstante, todavía no es la revista rigurosa y plural que la crisis requiere. No sólo porque aún tiene muchos problemas de forma, en especial una redacción descuidada y con muchas erratas, sino también porque, en cuanto al contenido, sigue siendo muy irregular. Algunos buenos artículos, pero todavía no una buena revista.