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Algo extraño sucedió a fines de julio de 2018 en Mexicali. Pelícanos y aves de la costa empezaron a caer del cielo agotados por un golpe de calor. Algunos murieron. La Profepa tuvo que intervenir para rescatar a los sobrevivientes. Según la Secretaría de Medio Ambiente y Recuros Naturales (Semarnat), México se ha vuelto más cálido desde la década de 1960, las temperaturas promedio a nivel nacional aumentaron 0.85 grados centígrados y las temperaturas invernales 1.3 grados. Antes era algo inaudito que el país enfrentara dos ciclones a la vez, y esto se ha vuelto “normal” en años recientes. En el mundo las protestas para frenar el cambio climático empezaron a estallar este año. Protestas que nunca antes habíamos visto, organizadas por niños, marchando con carteles donde se leían frases como “¡Dejen de destruir nuestro futuro!”. Un mensaje preciso y desgarrador. Greta Thunberg, quien con 16 años empezó una huelga escolar por el clima, ya está sacudiendo con su movimiento global las discusiones políticas sobre la acción ambiental y energética en Europa.

Desde 1980 los científicos alertaron que el clima estaba cambiando debido a la actividad humana, en 1992 los gobiernos de todo el mundo firmaron la primera convención del tema en la Cumbre de la Tierra. Llegamos a fines de la segunda década del siglo XXI y las evidencias se acumulan; ya no sólo son anomalías. Estamos viviendo en una nueva terrible normalidad: una crisis climática. Algo que se empieza a llamar una nueva era geológica: el antropoceno. Desde una terrible sequía en pleno invierno en Australia (la quinta consecutiva de hecho) hasta otra pero en el Amazonas, pasando por el deshielo veloz del Ártico, todo el sistema climático planetario se encuentra bajo presión y no podemos predecir sus consecuencias. Los últimos tres años han sido los más calientes en la historia registrada, según la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

En 2015 los países miembros de la ONU adoptaron la Agenda 2030 para el Desarrollo Sustentable, que incluye 17 metas para lograr la sustentabilidad mundial hacia ese año. De manera complementaria, en 2016 el Acuerdo de París sobre Cambio Climático entró en vigor, y el mundo se comprometió a hacer lo necesario para limitar el aumento de la temperatura global. Existe algo interesante en la redacción de la meta 13 de la Agenda 2030 que dice: tomar acción urgente para limitar el cambio climático y sus impactos. No afirma tomar acción a secas, tampoco usa la burocrática e inofensiva frase “se fomentarán acciones para…”. En el lenguaje de Naciones Unidas afirmar que algo es urgente no sólo significa importancia, sino alta prioridad. Hay que subrayar que el Estado mexicano ya ratificó el Acuerdo de París y que asumió obligaciones específicas que aún debe cumplir: reducir en 22% la generación de gases de efecto invernadero para 2030 de manera autónoma y en 36% en un entorno de colaboración internacional. Este compromiso es una formulación consistente con otras metas establecidas en la Ley General de Cambio Climático, como disminuir las emisiones en 50% de 2010 para el año 2050 y tener 35% de energía limpia en la generación de electricidad en 2024.

 

La temperatura global ha aumentado 1.2 grados centígrados desde que empezó la revolución industrial. El consenso científico es que nuestro límite para prevenir que el sistema climático se desestabilice es de 1.5 grados. Con la velocidad que muestra la curva Keeling, se cree que tenemos sólo 20 años para frenar la economía basada en carbono. El secreto para entender esta crisis climática es que cada día, debido al costo de oportunidad de no actuar a tiempo, vale más. El día de hoy es más valioso que el de ayer, pero hay un límite y la ventana de oportunidad para detener la inercia climática se está cerrando. Aunque 400 partes por millón ya suena demasiado, los climatólogos creen posible que lleguemos a las 500 ppm en sólo 30 años.

El avance tecnológico es inevitable para reducir las emisiones de CO2 y contener los efectos del cambio climático. La pregunta es ¿qué tan tarde queremos llegar como país? México ha intentado posicionarse como líder regional en políticas ambientales. Fue por ejemplo el primer país en Latinoamérica en aprobar una ley nacional de cambio climático, sin embargo, México no ha logrado hasta ahora articular una política comprehensiva. El gobierno saliente lo perdió de la mira, a pesar de que el tema ya está ligado al desarrollo económico y a la seguridad nacional. En este contexto, el nuevo gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha centrado su política energética, según los anuncios hechos al inicio del periodo de transición, en continuar una política de inversión pública orientada a incrementar la dimensión de las cadenas de valor que dependen de la producción y consumo de combustibles fósiles, como la propuesta de la construcción de la refinería en Dos Bocas, Tabasco. Si bien el Plan Nacional de Desarrollo ha rubricado la meta legal de alcanzar al menos 35% de energía limpia en el suministro de electricidad, todavía no está claro cómo es que se podrá lograr.

Petroestados como México enfrentan la complejidad de tener una identidad nacional que en el discurso se desprende del petróleo.1 La retórica que ha mantenido el nuevo gobierno regresa el petróleo al carácter nostálgico de una abundancia económica y progreso. Una de dos, las energías renovables tienen que entrar en nuestra idea de desarrollo, o las fósiles tienen que salir del discurso. En un mundo de carbono limitado, eventualmente llegaremos al punto en que la energía sucia, como la que proviene de hidrocarburos, ya no tendrá valor en el mercado —como el caso actual del carbón y los aceites pesados.

Refinerías y cambio climático

Ilustraciones: Víctor Solís

Sin embargo, el presidente López Obrador tiene gran capital político y está listo para usarlo. Uno de sus mayores proyectos es construir la refinería de Dos Bocas, en Tabasco. En el paradigma de la política industrial del siglo XX y las proyecciones de crecimiento de consumo de combustibles de la Secretaría de Energía de los gobiernos priistas suena sensato: se crean empleos, se apoya la industria nacional y se evita importación de gasolinas caras y la consecuente fuga de divisas, lo que fortalece en consecuencia la economía mexicana y la seguridad nacional. Pero en la realidad del siglo XXI, ¿es así de fácil? Parece que construir refinerías es la gran apuesta en energía de la nueva administración, pero hay preguntas urgentes que debemos atender.

Primero, no queda claro cómo dos refinerías se insertarán en los desafíos del milenio. Por ejemplo, si bien abastecer la demanda de gasolina puede ser un propósito, tiene que haber a la vez una meta para su reducción en transporte privado y público. La política que planea instalar nuevas refinerías tiene que estar integrada a —y contener— esta visión de largo plazo. Segundo, mientras esto no exista, permanecerá como una política cortoplacista que perpetúa el afianzamiento de tecnologías asociadas al carbono y que continúa bloqueando nuevas tecnologías. Esta situación, también llamada carbon lock-in, describe el punto en el que las configuraciones sociales que existen y dependen de la producción, distribución y consumo de combustibles fósiles tienen más peso en las decisiones gubernamentales que la tecnología misma, haciendo que un sistema ineficiente y de tecnología anticuada prevalezca. De esta forma, la inversión pública y subsidios a las gasolinas y derivados perpetúan este bloqueo de carbono, impidiendo que tecnologías mejores y más limpias puedan competir. Algo que vemos claramente en México, con todo un sistema social que funciona y depende del petróleo.

Más aún, Estados Unidos con su bonanza de hidrocarburos no convencionales ha inundado el mercado mexicano con combustibles fósiles baratos, lo que lo vuelve un tema que se discute en términos de reducción de costos de producción y, consecuentemente, de seguridad energética. El argumento para tener más refinerías responde las preguntas del pasado, dónde producir en lugar de qué queremos consumir. La secretaria de Energía, Rocío Nahle, afirma: “Nosotros tenemos que aumentar la producción de combustibles en el país porque hoy estamos importando el 80% y lo interesante es que la propia reforma [energética] permite importar, está bien, que sigan importando los que quieran y si está a más bajo costo, pero nosotros en el país tenemos que producir…”.2

Si económicamente no tiene sentido producir gasolinas, porque se puede importar a más bajo costo que la producción nacional, entonces se entiende que la razón, el argumento de fondo, es político. Importar volúmenes altos de gasolina puede tener consecuencias políticas negativas, así como económicas, sobre todo cuando no se ha buscado diversificar. Los países que no tienen acceso a extracción de hidrocarburos y su refinación han buscado diversificar sus fuentes de movilidad. Un ejemplo es Japón, que tiene un porcentaje alto de autos y transportes eléctricos.

Aquí es clave lo que los expertos llaman la burbuja de carbono. La industria del petróleo sabe desde 1980 que será cada vez más y más regulada debido a la urgencia del cambio climático, por ello ha buscado ganar tiempo, a través de cabildeo, publicidad engañosa, financiar políticos que niegan el problema. Se trata de ganar tiempo, inflar una burbuja financiera, para vender caro hasta justo antes del fin del mundo como lo conocemos.

En diciembre de 2016 el futurista Alex Steffen publicó un artículo titulado “Trump, Putin y los oleoductos a ninguna parte”, donde explica que toda esta política implica un gran avance tecnológico en energía, transporte, urbanismo; un rediseño que procura una veloz transición hacia una economía de carbono cero.3 El gobierno de López Obrador debería describir qué significan las refinerías para los compromisos del país en materia de cambio climático para reducir emisiones en 36% hacia 2030. Es un cambio enorme, y que a varios no les interesa. Estos cálculos y compromisos internacionales no se hicieron pensando en tener más refinerías. El Proyecto de Nación 2018-2024 en sus 461 páginas nunca menciona la palabra “peatón/peatones”, la palabra “bicicleta” la nombra dos veces, “transporte público” sólo una vez, mientras que “carreteras” nueve veces. Algunos dirán que falta mucho para 2026, que aún tenemos tiempo para quemar nuestro presupuesto. Esta es la realidad: la crisis climática ya está sobre nosotros, y para 2026 será muy tarde empezar a reducir emisiones.

A inicios de agosto pasado la Academia Americana de Ciencias publicó un estudio que fue muy comentado en la prensa. Éste argumenta que aunque se cumplieran las metas de presupuestos de carbono del Acuerdo de París, al pasar a un aumento de dos grados centígrados estaríamos alcanzando un umbral de retroalimentación continúa de los ciclos del sistema climático planetario. Es decir, no sólo calentaríamos el clima nosotros, ahora el sistema climático lo seguiría haciendo. Un ejemplo: al haber menos hielo en el Ártico el reflejo solar disminuye; el oceáno aumenta su temperatura, que a su vez provoca que los glaciares se derritan. Una vez que la temperatura suba dos grados centígrados —lo que parece casi inevitable si las elites políticas que impulsan la burbuja de carbono no ceden— se moverá en piloto automático a los cuatro grados, sin capacidad de retorno. Será el fin de México como lo conocemos. Afirmar que tenemos hasta 2026 para empezar a reducir emisiones no sólo es cínico, será criminal. Y estos nuevos límites en el diseño económico van a cambiar todo.

Al respecto, Steffen señala: “La presión para reducir emisiones… va a alterar lo que vemos y no vemos como valioso. La acción climática va a desatar un enorme cambio en la forma en que valoramos cosas. Si no podemos quemar petróleo, no tiene mucho valor. Si no podemos defender las propiedades de la costa de los mares que se elevan (o asegurarlas), no son de mucho valor…”. Y explica claramente lo que viene: “Cuando existe una gran diferencia entre cómo los mercados creen que sus activos deben ser valuados y lo que realmente valen, o valdrán, se le llama una burbuja. Los expertos le llaman a esa diferencia entre valuaciones y riqueza de las empresas de combustibles fósiles, industrias que dañan el clima y activos físicos vulnerables, la ‘burbuja de carbono’. Y está creciendo”. Y como siempre, las burbujas financieras siempre explotan.

Cierto sector de la elite global cree que el lucro a corto plazo es más urgente que prevenir la crisis climática. Esa puede ser la lógica del presidente López Obrador: extraer gas y petróleo primero, pensar en el clima después. Sin embargo, hacer esto es pactar con el diablo: si el nuevo gobierno contribuye a esta lógica de acumulación, está en riesgo de traicionar los principios de justicia social que también promueve. México es un país muy vulnerable: cientos de kilómetros de costas ante mares que suben; 130 millones de personas que están presionando el abasto de agua potable que dan ríos y mantos freáticos; zonas urbanas que se comen las zonas de cultivo y los bosques. Algo que poco se entiende es que el cambio climático hará las tensiones internas de los países mucho más severas. Antes de la guerra civil Siria sufrió años de una terrible sequía que produjo pobres cosechas. En 2013 el prestigiado think tank británico RUSI elaboró un estudio sobre el futuro del cambio climático en México. Fueron tan delicados sus hallazgos, especialmente el impacto de la migración debido a refugiados climáticos en la frontera con Estados Unidos, que los investigadores los presentaron no sólo en la Sedena —que, se dice, no les dio importancia— sino también en el Pentágono. Anteriormente, en 2007, el gobierno alemán hizo un reporte parecido. El principal autor del estudio fue el profesor Hans Schellnhuber, fundador del Potsdam Institute for Climate Impact Research, quien afirmó: “Sin medios para combatirlo, el cambio climático destruirá las capacidades de adaptación de gran número de sociedades en las décadas por venir. Esto podría llevar a la inestabilidad y la violencia que pondrían en peligro la seguridad nacional e internacional…”.

El tema no sólo preocupa mucho a las elites académicas y militares del mundo, también a las financieras, debido al daño colateral que podría provocar la caída de la burbuja de carbono. Sería un grave daño sistémico, y alguien lanzó la alarma. Si existe una profesión conservadora, esa es la banca, y si existe un banco conservador es el Banco de Inglaterra, fundado en 1694. Mark Carney, su gobernador, dio un discurso en abril de 2018 en Ámsterdam, en una conferencia organizada por tres viejos bancos centrales: el de Inglaterra, el de Francia y el de los Países Bajos. El tema: los riesgos financieros del cambio climático, y cómo acelerar el paso para evitar que estalle la burbuja de carbono.4

En 2017 instituciones financieras responsables de manejar 80 trillones de dólares —el equivalente al PIB mundial— respaldaron públicamente a la Task Force for Climate Related Disclosures (TCFD). La TCFD busca crear un marco de divulgación de los riesgos financieros sobre el cambio climático. Hasta mayo de 2019 ni la SHCP, el Banco de México ni Petróleos Mexicanos o alguna autoridad gubernamental mexicana formaba parte de la lista de bancos y empresas que respaldan a la TCFD, solamente lo hace Walmart de México. Muy extrañamente ya que su creación fue a causa de una petición que los líderes del G20 le hicieron al Financial Stability Board (FSB) en el que también la SHCP está representada.

El Banco de México es un miembro fundador de la Central Banks and Supervisors Network for Greening the Financial System (NGFS), establecida apenas en 2017 para que los bancos centrales intercambien experiencias y prácticas que contribuyan al mejor manejo de los riesgos climáticos en el sector financiero mundial. Además, la Bolsa Mexicana de Valores se unió a la Sustainable Stock Exchange Initiative (SSE) y ha lanzado una guía para que sus empresas que cotizan puedan divulgar sus variables ambientales, sociales y de gobernanza (ESG), aunque sean voluntarias. Es decir, lenta pero constantemente se está creando una arquitectura legal/financiera nacional y global para prevenir que estalle la burbuja de carbono, por eso la industria de la energía fósil tiene prisa.

El gobernador del Banco de Inglaterra está muy preocupado por la burbuja de carbono, pero no es el único. Expertos de universidades5 están alzando la voz, y la industria de seguros afirma que ésta puede ser destruida si los riesgos climáticos no se internalizan pronto en la economía global.6 Sin embargo, quienes moverán con fuerza el timón del capitalismo global serán las firmas que manejan portafolios de inversiones. El 6 de agosto de 2018 el Financial Times publicó en su portada un ultimátum lanzado por Sarasin, que supervisa 14 billones de libras en inversiones. Su líder de supervisión, Natasha Lander Mills, escribió un texto donde afirma que las más grandes compañías petroleras están sobrevaluando sus activos con base en pronósticos optimistas de precios —bajo la idea de que el negocio seguirá igual que siempre.

El Acuerdo de París hará que la demanda por petróleo llegue a un máximo (peak oil) en los próximos 20 años y caiga, cuando los transportes eléctricos y las energías renovables reten al dominio petrolero, mucho antes de lo esperado según afirman especialistas. Lander Mills dice: “Lo que estamos buscando es una mayor comprensión de qué tan resilientes son cada uno de sus negocios a esfuerzos más serios de descarbonización. Debería ser una práctica estándar para las compañías de energía el revelar su sensibilidad a menores precios del petróleo… ”. Las petroleras —incluida Pemex— han continuado valuando sus yacimientos y activos relativos en billones de dólares, basadas en precios de largo plazo consistentes con su negocio de siempre. No quieren que ese negocio se detenga, inflando la burbuja de carbono. Alex Steffen afirma que la alianza entre Trump y Putin no es casual: es una asociación estratégica de dos enormes grupos de intereses de la industria petrolera, y se han unido para hacer lo imposible para que la burbuja de carbono se infle más, de lo contrario se enfrentan a un escenario de cada vez menos demanda, y cada vez precios más bajos. Según Lander Mills: “Esta es una de las más significativas amenazas a largo plazo para la viabilidad de sus modelos de negocio”.

Refinerías y cambio climático

El petróleo unió de forma orgánica a Trump y Putin porque ambos saben manejar muy bien algo: percepciones. Y es que mantener viva a la burbuja de carbono el mayor tiempo posible requiere una enorme guerra de percepciones, como afirma Steffen: “Ya no existe un juego de largo plazo en la industrias de carbono intensivo. Sus dueños lo saben. No necesitan un juego largo: su horizonte de inversiones son años (incluso meses), no décadas… no necesitan ni siquiera empresas exitosas… todo lo que necesitan es la percepción de la inevitabilidad de la ganancia futura, hoy. Eso es lo que mantiene altas las valuaciones”. Y explica la clave de la fragilidad de este momento: “la burbuja de carbono no estallará cuando las prácticas intensivas en carbono se hagan imposibles, sino cuando las ganancias dejen de verse como confiables”. Cuando los inversionistas entiendan que sus activos no producirán ganancias en el futuro, las valuaciones empecerán a caer, aunque sus empresas y sus rituales sigan caminando como zombies. “El valor de las empresas de petróleo se colapsará mucho antes de que su último barril sea quemado, el valor de los hoteles de playa colapsará antes de que las olas entre en sus recepciones”.

Una refinería es una apuesta de largo plazo, la de Salamanca es de 1950, la de Minatitlán es de 1956. Es irónico construir una nueva en Dos Bocas; una de las zonas más vulnerables al cambio climático. Es muy probable que en pocas décadas sea sepultada por las olas. Ya en el Atlas de Riesgos del CENAPRED (2014) se observa que es una zona muy riesgosa debido al impacto económico por lluvias. Moody’s ya alertó en julio de 2018 que construir las refinerías con esos pasivos podría arriesgar la calificación de la deuda de la petrolera. Es decir, rescatar a Pemex podría afectar la calificación de la deuda soberana de todo México. ¿Vale la pena echarle dinero bueno al malo? Eso parece pensar el presidente con el anuncio de deuda con tres bancos internacionales para respaldar a Pemex. ¿Vale la pena ubicar a México del lado de la estrategia de Trump y Putin para inflar más y más la burbuja de carbono? Como dice Steffen: “Cada año que relegamos la acción sobre el clima, la velocidad de la acción necesita ser más rápida. Las curvas crecen más…”.

Construir una economía baja en carbono no es un capricho ecologista: la arquitectura financiera y legal del mundo nos está llevando hacia allá, y el avance tecnológico lo hace totalmente posible:

• La segunda semana de septiembre de 2018 el gobernador de California, Jerry Brown, firmó un acuerdo ejecutivo para comprometer al estado, la quinta economía mundial, a ser carbono neutral en 2045 y tener emisiones negativas a partir de ese año. Al mismo tiempo firmó una nueva ley para obligar al estado a tener un sistema eléctrico que dependa enteramente de energías limpias en 2045. Otros gobiernos locales en Estados Unidos y países en la Unión Europea han adoptado ya políticas similares.

• En las tres subastas de largo plazo para abastecimiento eléctrico el costo promedio de las energías renovables se redujo en más de 50%, de 48 a 21 dólares por megawatt-hora, en un periodo de menos de tres años entre 2015 y 2017. En 2021 estas nuevas tecnologías añadirán cerca de 10% de la generación. El potencial solar y eólico de México es enorme como se puede observar en recursos como el Atlas con Zonas de Potencial de Energías Limpias (AZEL). 

Si vamos a invertir más dinero público al sostenimiento de largo plazo de las energías fósiles habrá que pensar cómo evitar ser cómplices de una burbuja de carbono que sólo incrementará la desigualdad global. Las inversiones en el sector hidrocarburos en el corto plazo pueden alinearse al paradigma de una futura economía de cero carbono.

Primero es necesario actualizar la visión del país sobre el futuro del sector energético, uno en el que el uso de combustibles fósiles se reduce aceleradamente. México puede establecer objetivos claros de reducción de estos combutibles en el país, y sólo a partir de esto plantear cuál es el papel de la nuevas refinerías, y los escenarios que prevean el momento en que México abandone la infraestructura actual de transformación de hidrocarburos. Esto requiere una transformación radical de las políticas del transporte del país, así como de las energéticas.

Pemex, como también debe hacerlo la CFE, debe desarrollar sus propios modelos de negocio reconociendo los múltiples escenarios posibles de cambio climático, comenzando por un mercado internacional y nacional en el que se contrae el consumo de combustibles fósiles. Existen herramientas como “Metas Basadas en Ciencia” desarrolladas por organizaciones como el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) y el Instituto de Recursos Mundiales (WRI) para acompañar a empresas que están listas para evaluar y modificar su visión de negocios.

No sólo se trata de modificar el modelo de negocios de Pemex en el mediano y largo plazos, sino de replantear la infraestructura. La refinería en Salina Cruz tuvo que detenerse casi por completo debido a inundaciones. Cualquier nueva infraestructura debe considerar escenarios de incremento de la temperatura de al menos dos grados. Debe de pensarse como infraestructura de menor impacto ambiental, no sólo por su ubicación, sino por su consumo de energía y sus emisiones contaminantes. Deben de evaluarse fuentes renovables para disminuir las necesidades de energía térmica, por ejemplo, mediante recursos geotérmicos. Y también debe de considerarse la instalación de sistemas de captura de emisiones de CO2 para su inyección en el subsuelo.

 

Algunos afirman que la cobija energética de México es muy chica; pero chica será la de Pemex. Invertirle más dinero público al paradigma de las energías fósiles sólo nos hará parte de la mafia mundial de la burbuja de carbono. Lo mejor que podría pasarle a México es que nos demos cuenta de que la burbuja estallará pronto, para así dedicar los esfuerzos al nuevo paradigma de una economía de cero carbono. Países como Reino Unido e Irlanda ya declararon una emergencia climática, después del aumento de las protestas para frenar el cambio climático. El gobierno de López Obrador debe invertir más en energías renovables, en desarrollar una red eléctrica inteligente y en fomentar la eficiencia energética porque es el único desarrollo sustentable. Lo demás será echarle dinero bueno al malo, y ya no podemos darnos ese lujo. Pero no sólo es un tema estrictamente económico, es un tema de viabilidad ambiental, de sustentabilidad y de seguridad nacional. ¿Qué país y qué planeta queremos dejarle a las generaciones futuras? ¿De qué nos sirve quemar gasolina nacional si vamos a freír el clima? ¿De qué sirve apostarle tanto al auto privado y a autopistas suburbanas a costa de invertir más en transporte público, de diseñar ciudades más compactas y densas? Si queremos frenar al cambio climático necesitamos no sólo impulsar las tecnologías y conocimientos adecuados, necesitamos una democracia resiliente, plural, que debata futuros. Si todo sigue como hasta ahora, el cambio climático no va a contenerse, al contrario, va a continuar aumentando. La pregunta es: ¿tenemos la voluntad de debatir futuros más sustentables y democráticos antes de que sea demasiado tarde?

 

Elena Pierard
Estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford en políticas públicas y corporativas en energía y medio ambiente.

Alfredo Narváez
Periodista.

José María Valenzuela
Estudiante de doctorado en la Universidad de Oxford. Especialista en regímenes de regulación internacional y política energética.


1 Ver por ejemplo Weszkalnys, Gisa (2016), “A doubtful hope: resource affect in a future oil economy”, Journal of the Royal Anthropological Institute, 22 (S1). 2016, pp. 127-146; y sobre México: Negrín, Edith, Letras sobre un dios mineral: Petróleo mexicano en la narrativa, El Colegio de México, 2018.

2 http://www.eluniversal.com.mx/nacion/politica/rocio-nahle-anuncia-38-mil-mdp-para-rehabilitar-refinerias-de-pemex

3 https://thenearlynow.com/trump-putin-and-the-pipelines-to-nowhere-742d745ce8fd

4 https://www.bankofengland.co.uk/-/media/boe/files/speech/2018/a-transition-in-thinking-and-action-speech-by-mark-carney.pdf

5 https://www.bakerinstitute.org/media/files/research_document/6b58fc69/WorkingPaper-ClimateRisk-072116.pdf

6 https://www.latimes.com/opinion/op-ed/la-oe-linden-insurance-climate-change-20140617-story.html

 

Un comentario en “Refinerías y cambio climático

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