La bioética, tanto en su sentido práctico como teórico, está llamada a ser la filosofía del siglo XXI. Ya sea que se considere a Fritz Jahr o a Van Rensselaer Potter los iniciadores de esta reciente disciplina, ambos pensaban que la bioética debería convertirse en una “ciencia de la supervivencia” y en una vía para reconstruir equilibradamente la relación de la humanidad con los demás seres vivos. La bioética nació como un proyecto teórico-práctico de reparación de las relaciones ambientales, anclado en una profunda reflexión sobre nuestro puesto en la Tierra y nuestras responsabilidades para con todos los seres vivos. Por ello, su centro filosófico y científico se ubica en nuestra autocomprensión como una especie natural emparentada evolutivamente con todas las demás. Asimismo, la capacidad cerebral de nuestra especie para asumir responsabilidades y principios éticos (valores y normas que regulan la conducta humana) es crucial para proteger y conservar la biodiversidad de nuestro planeta y asegurar nuestro propio porvenir.

Una filosofía para el siglo XXI

Ilustración: Estelí Meza

Sostener que la bioética es la filosofía para el siglo XXI implica que: la humanidad tiene que seguirse conociendo y autocomprendiendo como una especie animal más en la cadena de la vida; y que, con base en este re-conocimiento, debe establecer normas y valores que aseguren su futuro, así como la supervivencia de muchas otras especies que están a nuestro alcance y cuidado. Somos animales, somos organismos biológicos y nunca debemos olvidarlo. Aún nos falta mucho por entender el sentido y posibilidades de nuestra existencia biológica. El conocimiento de las ciencias de la vida debe seguir avanzando para completar, hasta donde sea posible, la ruta de nuestra evolución, así como el mapa de nuestras interacciones con todos los demás organismos y ecosistemas con los que convivimos.

Actualmente, la revolución bioartefactual puede tener tal alcance en su capacidad de transformación de organismos vivos y de sus interacciones biológicas, incluyendo a los seres humanos, que podría producir mutaciones irreversibles en la historia de la vida. Las biotecnologías actuales han llevado más lejos que las tecnologías de otras épocas sus objetivos de transformación radical de la naturaleza, propios del proyecto de la civilización occidental moderna, que se ha impuesto en el mundo, además, como único modelo civilizador. Mediante esta nueva revolución bioartefactual la historia de la humanidad y la naturaleza podrían transmutarse de una manera negativa irreparable. Nunca más volveremos al estado natural de las cosas, es quizá uno de los más ambiciosos objetivos de esta revolución biotecnológica de nuestro siglo. Pero ¿podremos decir “adiós a la naturaleza” con plena confianza? Por lo pronto, tenemos que construir la bioética de la revolución bioartefactual que está en marcha y estudiar cuidadosamente sus efectos y consecuencias.

Con la actual revolución biotecnológica, potenciada por las técnicas de edición genética, la humanidad podría transformarse de forma radical mediante la intervención en las estructuras mismas de la vida. Se ha postulado así una pos o transhumanidad. Para que este poder biotecnológico no escape de nuestro control es preciso asegurar la continuidad de otro poder humano: la conciencia ética de nuestros límites y orígenes biológicos.

Requerimos principios mínimos que salvaguarden la libre autodeterminación de las personas, así como la diversidad de moralidades y de formas de vida que coexisten en las sociedades contemporáneas; pero también normas mínimas (universales o transculturales) que regulen y delimiten los alcances de las decisiones personales para proteger el patrimonio de la especie humana: el genoma y la configuración natural del cuerpo y del cerebro, así como su relación equilibrada con el medio ambiente y la sociedad. No existe ningún límite biofísico para la automutación técnica de nuestra especie, sólo podremos anteponer un límite bioético.

El acelerado cambio tecnológico de principios del siglo XXI implica que nuestra especie debe hacerse, por primera vez, enteramente responsable de su destino. Lo que resulte de este formidable proyecto biotecnológico será responsabilidad de los actuales agentes humanos. Decisiones para las que aún no estamos bien preparados, pero ante las cuales deberemos asumir plena responsabilidad bioética por el futuro de nuestra especie.

Los probables efectos paradójicos de nuestros proyectos tecnocientíficos de transformación y superación radical de la naturaleza humana deben conducirnos a una reflexión cuidadosa para evaluarlos, mediante la precaución y la prudencia colectivas, analizando sus posibles consecuencias.

El conocimiento y el poder de transformación biotecnológicos se sitúan en una contradicción irresoluble, pues se mueven hacia las antípodas de nuestra condición natural. Se basan en el profundo conocimiento de los procesos biológicos, pero aspiran a transformarlos y “mejorarlos” para que se adecuen a nuestros fines y anhelos humanos. Es un poder tecnocientífico que se apoya en la naturaleza y la instrumentaliza, pero la reconoce como propia y ajena a la vez porque se esfuerza en modificarla y rediseñarla; es una capacidad técnica contra natura, ex natura. Es decir, un proyecto desde y a partir de la naturaleza y contra o más allá de la naturaleza. Para resolver este acertijo necesitaremos construir una bioética científica y filosóficamente rigurosa, laica y moralmente plural. La bioética es así la filosofía para el siglo XXI.

 

Jorge E. Linares Salgado
Doctor en filosofía y profesor titular de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.