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En 1970 apareció un artículo científico en la Revista Médica del Hospital General de la SSA, con el mismo título de estas líneas(1). Sus autores eran los doctores Alejandro Célis y José Nava, médicos de esa benemérita institución. Aunque el contenido del artículo no era nuevo para la comunidad médica mexicana (especialmente para los que habíamos tenido contacto con los enfermos que acuden al Hospital General de la SSA), ni su estructura científica es particularmente admirable, la publicación del trabajo mencionado causó un impacto importante, que se ha ido agrandando con el tiempo. Célis y Nava presentaron los resultados de dos estudios en que compararon las frecuencias de las principales enfermedades y de las causas de muerte en dos grupos diferentes de sujetos: por un lado, pacientes internados en el Hospital General de la SSA, y por el otro, en el primer estudio se incluyeron enfermos de la clientela privada de varios médicos que también trabajaban en el Hospital General, mientras que en el segundo estudio se usaron diagnósticos de sujetos examinados en compañías de seguros. En ambos estudios se llegó a las mismas conclusiones: las enfermedades que afectan y eventualmente matan a los pacientes del Hospital General de la SSA son diferentes a las que se diagnosticaron en sujetos de clientela privada o que pueden pagar un seguro de vida. El factor que en opinión de Célis y Nava, explica esa diferencia, es predominantemente económico: se trata de la pobreza.

Como se señaló arriba, la idea de que el tipo y frecuencia de las principales enfermedades y causas de muerte están directamente relacionados con condiciones socio-económicas no es nueva. Desde hace muchos años se sabe que la mayoría de las epidemias han aparecido en épocas de deterioro repentino de la higiene y la alimentación; por otro lado, también se acepta que una forma segura de elevar la salud y cambiar la naturaleza de las enfermedades en una comunidad es mejorar sus condiciones de higiene general, como habitación, dieta y agua potable. También se ha establecido que a diversos niveles socio-económicos corresponden ciertas características de la patología; los extremos mejor conocidos son la elevada mortalidad infantil y la prevalencia de enfermedades infecciosas en los sujetos económicamente más débiles, así como la abundancia de cáncer, aterosclerosis y otros padecimientos degenerativos entre las clases acomodadas o ricas.

Si estos conocimientos son generalizados, y si además el artículo de Célis y Nava tiene defectos técnicos en la recopilación de datos y en la validez de las comparaciones, ¿a qué se debe su creciente prestigio e influencia en la medicina mexicana? En mi opinión, se debe a los siguientes tres factores: 1) la personalidad del doctor Alejandro Célis 2) el momento histórico (dentro de la evolución de la medicina mexicana) en que se publicó 3) la vigencia actual del postulado en que se basó.

CELIS EN LA TIERRA

El doctor Célis era un excelente médico, un investigador científico tenaz, un conferencista mediocre y un pésimo político. Su vida entera la paso como médico asistencial en el Servicio de Neumología del Hospital General de la SSA (el antiguo Pabellón 27), del que fue Jefe por muchos años. Fracasó como candidato a la Dirección del Hospital y como candidato a la Presidencia de la Academia Nacional de Medicina; recibió algunos reconocimientos, pero nunca el Premio Nacional de Ciencias. Hablaba poco y se reía menos; además, tenía una vocecita pituda que se llevaba mal con su figura recia y masculina, aunque no era ni corpulento ni imponente. Su fuerza y prestigio entre los médicos mexicanos se derivaba de dos características que poseía en grado supremo: dedicación y honestidad. Trabajaba continuamente, intensamente, todos los días del año; no recuerdo ninguna ocasión (fuimos colegas en el Hospital General de la SSA durante 15 años) en que olvidara, aunque fuera por unas cuantas horas, el problema en que estaba interesado en ese momento, las peripecias de su servicio hospitalario, las opciones de sus alumnos, la medicina en general. Además, lo hacía todo con una honestidad casi fanática obsesionado por vivir dentro de la realidad más completa y lo más lejos posible de ilusiones y sueños, especialmente de los suyos.

El Doctor Célis no sólo atendía a sus enfermos sino que vivía con ellos. No podía menos que darse cuenta de la profunda miseria de donde provenían, de la desesperanza de sus vidas, de su apabullante ausencia de opciones de mejoría, de su imposible e increíble pobreza de recursos, de horizontes, de alimentos, de todo. Poco a poco, dentro del Doctor Célis creció una gran angustia mezclada con rabia ante la injusticia social representada por esas vidas a medias, tan macilentas, infelices y frustradas. Empezó a hablar con sus amigos del problema, de la absoluta impotencia de la medicina para enfrentarse a él, de sus repetidas derrotas frente a un enemigo que manejaba armas desconocidas y que además tenia mil cabezas. En esa angustia estaba cuando fue invitado a pronunciar el discurso oficial del Día del Médico, en una ceremonia a la que asistiría el entonces Presidente de la República, Licenciado Luis Echeverría Alvarez Desde el momento en que recibió la invitación, el Doctor Célis supo que el tema de su discurso sería: “La Patología de la Miseria”.

La torpeza política de Célis se puso otra vez de manifiesto en este episodio. Algunos colaboradores cercanos del Señor Presidente (quienes tenían la función de examinar lo que se dijera en público en Su Augusta Presencia) le hicieron ver que el discurso no podía llevar ese título. “¿Patología de la Miseria?. ¿En dónde? Será en algún otro país, porque Ud. sabe muy bien, mi querido médico, que en México no hay miseria. Habrá pobreza, porque todavía nos quedan algunos pobres, pero en México no hay nadie que sea miserable… Cámbiele el título, mi médico le conviene”. A pesar del tono menor del título, las verdades expresadas en el texto no cambiaron, Alejandro Célis pronunció su discurso del Día del Médico delante de la habitual enorme Mesa del Presídium, en presencia del Señor Presidente de México, sus colaboradores más cercanos y otros muchos personajes, así como de una nutrida asistencia de colegas médicos. Su vocecita pituda nunca tronó en forma más contundente, nunca en un Día del Médico se habían dicho verdades tan claras, tan ausentes de demagogia, tan dolorosas. Y creo que nunca se volverán a decir, porque desde entonces ya no se invita a un médico en ejercicio de su profesión para que haga el discurso en nuestro Día; casi siempre son funcionarios, a veces hasta licenciados.

LA SALUD DE LOS ESPECIALISTAS

El momento histórico dentro de la evolución de la medicina mexicana en que el Doctor Célis pronunció su discurso y después en colaboración con el Doctor José Nava, publicó su artículo, fue crucial. Culminaba entonces la transformación del ejercicio de la medicina, de familiar y general, en práctica de especialidades. El cambio se había iniciado a principios de la cuarta década de este siglo, con la apertura de la cardiología como especialidad, por el insigne Doctor Ignacio Chávez, que rápidamente había visto proliferar su idea en otros campos como la urología, la gastroenterología, la infectología, la nutrición, la pediatría, la neumología y otras. Junto con los especialistas aparecieron los institutos (Cardiología, Nutrición, Tropicales, Infantil) y el nivel de excelencia de la medicina en México se elevó vertiginosamente Célis había visto crecer estas instituciones a su alrededor, dotadas de equipo y con presupuestos adecuados, mientras su pobre Hospital General seguía sufriendo de la misma miseria que sus enfermos. El sabía que la calidad de la medicina, la excelencia en la práctica médica tenia que venir por el camino de la especialización, de la educación de postgrado, de la investigación biomédica del más alto nivel. Pero también sabía que para resolver muchos de los problemas fundamentales de salud del sector más miserable de la población, lo que hay que hacer es sacarlo de la miseria “Para que a un joven lo operen en Cardiología de una estenosis mitral -me dijo en alguna ocasión- tiene que sobrevivir cuando es niño a la desnutrición y a las infecciones intestinales” Célis llamó la atención sobre la patología de la pobreza cuando (me consta) se planeaba la construcción de por lo menos otros dos institutos altamente especializados, que posteriormente no se llevo a cabo. El dilema de nuestra medicina mexicana, de tan buena calidad como en cualquier otra parte del mundo, pero con una cobertura que sólo alcanza al 60 por ciento de los mexicanos (como una dama con un sombrero muy elegante y de última moda pero sin zapatos) no se está descubriendo en estos días, como ciertos articulistas pretenden hacernos creer. Fue proclamado con claridad por el Doctor Célis en 1970, en la Patología de la Pobreza.

MORIR DE POBRE

El postulado de la Patología de la Pobreza es tan vigente como hace 10 años, como hace 20 años, como lo ha sido siempre. La salud es un derecho, pero tal derecho se vuelve inoperante en la miseria. La buena nutrición no es posible cuando no hay ni qué comer, ni dinero para comprarlo, ni trabajo para ganar dinero, ni educación para aprender a trabajar, ni escuelas, ni libros, ni maestros, ni esperanzas de que haya nada de todo esto. Mientras haya pobreza no sólo no habrá salud, sino que las enfermedades y las causas de muerte más frecuentes seguirán siendo las mismas.

Lo anterior se puso de manifiesto en 4 Mesas Redondas sobre La Patología de la Pobreza, celebradas en la Facultad de Medicina de la UNAM durante el pasado mes de abril, como parte de la conmemoración del 150 aniversario de la fundación de dicha Facultad. Participaron en esas discusiones algunos distinguidos discípulos del doctor Célis, médicos del Hospital General de la SSA, y patólogos que trabajan en esa misma institución. La participación de estos últimos fue particularmente significativa, ya que son ellos los que poseen los datos más definitivos sobre las causas de muerte. Al comparar las principales enfermedades letales en adultos de ambos sexos registradas hace 30 años (cuando Célis estaba recogiendo las experiencias que lo iban a convencer de la realidad de la Patología de la Pobreza), con las observadas en la actualidad, se encontraron pocas diferencias. Los antiguos asesinos siguen presentes: tuberculosis, amibiasis, cirrosis hepática, cisticercosis, otras infecciones, etc., pero ahora se acompañan de otros, como tumores malignos, diabetes, etc.

Este resultado puede deberse a dos causas, o a la combinación de ambas: por un lado, el lapso examinado puede ser muy breve y debe esperarse más tiempo para preguntar si la patología está cambiando (desde luego, hace 80 años era diferente, con viruela, tifo exantemático, fiebre amarilla y cólera, entre los campeones de mortalidad, que ya han desaparecido hoy); por otro lado, la causa de la patología no ha cambiado, si la pobreza sigue siendo el factor común de los enfermos que asisten al Hospital General, ¿podría esperarse que la patología cambiara? No lo creo. La única manera de salir de la patología de la pobreza es acabar con ésta. Naturalmente, el resultado no será la salud sino algo que se le parece un poco más, que es la patología de los niveles culturales y económicos en que el hombre alcanza su máximo desarrollo; antes de cumplir con su destino final.

REFERENCIA

 (1) Celis A.S., Nava J.N. “La patología de la pobreza” Rev. Méd. Hosp. Gral., (Méx ) 33: 371, 1970.