La siguiente anécdota nos muestra cómo en el siglo X los árabes se anticiparon al aeroplano. El califa fatimita Aziz, que vivió en El Cairo, expresó el deseo de comer cerezas frescas de Balbek, que se encuentra situada a cuatrocientas millas de distancia, a través del desierto. Al enterarse de esto, el visir de Balbek cogió seiscientas palomas mensajeras y ató a la pata de cada una de ellas una bolsita de seda que contenía una cereza. Las cerezas llegaron el mismo día a El Cairo en perfectas condiciones y a tiempo para la comida del califa.

 

Fuente: Maurice Collis, Marco Polo (traducción de Francisco González Arámburu), FCE, México, 1955; segunda reimpresión, 1976.