Boicot, recién publicado por Cal y Arena, arroja una nueva luz sobre las relaciones México-Estados Unidos y sobre un error único en la historia de la diplomacia mexicana. El siguiente texto detalla las fases y el valor de una investigación que duró 18 años.


Dijo Voltaire que un historiador tiene dos deberes supremos: no mentir y no aburrir. Esta máxima inspiró mi trabajo cuando escribí Boicot. El pleito de Echeverría con Israel, (Cal y Arena/Universidad Iberoamericana, 2019).

Comparto con ustedes un poco de la historia del libro. Llevo estudiando, investigando y escribiendo acerca de los judíos en México desde hace más de treinta años: en 1985 traduje al español el trabajo de Corinne Krause acerca de los judíos en México bajo el Porfiriato, años después estudié la relación entre judíos y masonería en México, y respondí la pregunta de si la masonería fue o no un medio de integración al país para los judíos en México.

Empecé a estudiar entonces los vínculos entre los judíos de México con sus correligionarios estadunidenses para mi tesis doctoral, dirigida por el Dr. Lorenzo Meyer. Al principio, creí que las interacciones entre las comunidades habían sido aisladas y bastante limitadas. Por eso decidimos elegir entre tres y cinco de estos encuentros, para tener suficiente material de estudio.

Comencé con el caso del Comité Mexicano contra el Racismo. Este fue un Comité que operó en México entre 1944 y 1946, para combatir el racismo y fomentar la buena voluntad de México a Estados Unidos. Al estudiar este comité como parte de la lucha contra el fascismo en México, descubrí que fue organizado, financiado y operado por judíos de Estados Unidos, pero eso no es lo más sorprendente, sino que todo ello se hizo ocultándolo a la comunidad judía local.

Ésta fue la primera señal para mí de que las relaciones entre los judíos de Estados Unidos y de México eran complejas y no siempre habían sido de igual a igual.

El segundo encuentro que decidí investigar a fondo fue el voto de México en la ONU en 1975, a favor de la definición del sionismo como una forma de racismo, y el boicot turístico a México que siguió al voto.

Cuando comencé a tratar el tema, aún había memoria viva del caso. Ello provocó una situación paradójica: por un lado, la cuestión parecía estar concluida, fija, como parte de nuestros mitos populares. Incluso expertos en historia judía me aseguraron que no había nada más que escribir al respecto, pues ya existían dos artículos académicos, y el asunto simplemente no daba para más.

Pero, en realidad, nadie había documentado el tema para hacer una reconstrucción cabal de lo sucedido. Además, como sabría después de la investigación, parte de lo que se creía conocer era discutible.

Había mucho que aprender todavía y muchos archivos que consultar, y lo que supuestamente sería un capítulo de cinco, resultó ser una mina muy rica de información relevante y novedosa, que me apasionó, hasta que eventualmente se convirtió en el tema único del libro Boicot.

En los muchos años que pasé investigando, tuve la fortuna de viajar por el mundo conociendo archivistas y juntando documentos; y también gracias a la tecnología moderna obtuve fuentes cruciales sentada en mi escritorio, tomando un delicioso café.

Efectivamente, por diversas razones, mi trabajo avanzó más lentamente de lo que yo hubiese querido, pero dicen que no hay mal que por bien no venga, pues gracias a ello el Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores desclasificó los expedientes mexicanos sobre el Boicot, y en 2010, Wikileaks puso a mi alcance inmediato todas las comunicaciones secretas del Departamento de Estado de Estados Unidos.

Afortunadamente para mí, el embajador estadounidense en México en 1975 era Joseph Jova, un hombre muy perceptivo, que mandaba reportes inteligentes, extensos y sarcásticos a sus superiores. Revisé miles de sus mensajes, pero nunca me aburrí gracias a la talentosa pluma de Jova. En el libro lo cito textualmente con cierta frecuencia, para darles también a ustedes, lectores, la oportunidad de gozarlo.

En mis pesquisas, encontré que cuando el bloque árabe soviético presentó su moción ante Naciones Unidas, México estuvo expuesto a diversas presiones que intentaron influir en su voto en uno y otro sentido, por individuos y por gobiernos, por mexicanos y extranjeros, las recuento en el libro.

A propósito de ello, quiero mencionar un elemento que espero hará la lectura de Boicot más fácil para todos. El libro está diseñado para leerse de corrido, pero el índice es claro y preciso, es posible encontrar fácilmente en él el tema de su interés y cada apartado puede leerse de manera independiente.

Regresando al voto de México, ultimadamente, tuvo éxito la presión de aquellos que pedían un voto contra el sionismo, porque era más afín a la retórica antiestadunidense del régimen y a los intereses personales de Echeverría, quien aspiraba a la Secretaría General de la ONU cuando terminase su sexenio, y esperaba, con su voto a favor, conseguir el apoyo del bloque árabe soviético.

De manera que cuando fue el voto en la ONU, el 10 de noviembre de 1975, México votó a favor.

Cabe mencionar que la Alianza Internacional para el recuerdo del Holocausto (IHRA), integrada por más de 30 países, incluye al antisionismo dentro de su definición de antisemitismo. De hecho, la resolución antisionista de la ONU fue revocada en 1991.

Sin embargo, para nuestro tema lo relevante es que en 1975, la resolución que definía al sionismo como una forma de racismo fue aprobada en la ONU.

Pero éste apenas es el comienzo de nuestra historia.

En Estados Unidos, la reacción al voto fue “electrizante”.

Al día siguiente de la votación, se organizó una protesta en Nueva York. Los activistas no estaban seguros de juntar siquiera unos miles de personas, por eso lo anunciaron sólo como un “mitin juvenil”.

Sin embargo, la realidad rebasó todas sus expectativas: asistieron 200 mil personas en el centro de Manhattan, y eso que además hubieron reuniones locales similares en muchas otras ciudades de Estados Unidos. Por una confluencia de factores el voto había afectado profundamente al pueblo estadunidense.

Las manifestaciones no satisficieron la indignación popular sino que, al contrario, la enardecieron, y fueron seguidas por numerosas cartas de protesta enviadas a las representaciones de México en Estados Unidos y al presidente Echeverría en lo personal. La cantidad de cartas que se distribuyeron para firma fue mínima. La gran mayoría son misivas manuscritas por hombres y mujeres individuales, y las hay incluso de niños menores de doce años. Los textos son enojados, tristes, agresivos e incluso suplicantes, tan diversos como quienes los firmaron; en el libro presento algunos de ellos.

¿Y por qué reclamaban justamente a México? Los judíos de Estados Unidos sintieron el voto mexicano como una traición personal a cada uno de los que había visitado alguna vez el país, que había gozado de su típica calidez y que había contado con México como un “país amigo”. De este sentimiento de injusticia y traición surgió el boicot, como reacción visceral y espontánea.

Se ha propuesto o afirmado que fueron miembros de la comunidad judía de México quienes sugirieron que se hiciera un boicot turístico.

En el libro demuestro que la idea del boicot no surgió en la comunidad judía de México. Por el contrario, los líderes judíos mexicanos trataron sin éxito de detenerlo en numerosas ocasiones, pero así como nunca tuvieron la proyección necesaria frente a su gobierno para incidir en el voto de México en la ONU, tampoco tuvieron el poder necesario frente a la comunidad judía de Estados Unidos para frenar las presiones a las que sometían a México.

También afirmo de manera conclusiva que el origen del boicot fue popular. 

De hecho, ésta fue la primera muestra del “poder de las masas de la comunidad judía de Estados Unidos". En el libro expongo los motivos por los cuales hubo una respuesta tan apasionada y vehemente de los hombres y mujeres de a pie, que de hecho incluyeron a muchos estadunidenses no judíos, hasta con origen mexicano.

Eventualmente, las organizaciones judías de Estados Unidos sí se unieron al movimiento, asumieron el liderazgo, y supieron manejarlo para maximizar su provecho.

Fue así que en diciembre de 1975, a un mes de iniciado el boicot, llegó a México una comitiva de judíos de Estados Unidos, invitada para verse en privado con el presidente Echeverría para evaluar si detendrían o no el boicot a México.

No fueron los judíos de México quienes consiguieron la entrevista, fue el mismo Echeverría quien la solicitó hasta que ellos aceptaron venir. Uno de los momentos más emocionantes de mi trabajo de investigación, fue cuando conseguí la transcripción literal completa de este encuentro extraordinario que duró más de tres horas.

Así como este asunto truncó la carrera política del canciller Rabasa, en el libro muestro que el voto de México acerca del sionismo fue un evento trascendental para todos aquellos que intervinieron en él, y para muestra, basta un botón: el boicot comenzó “una nueva era” en las relaciones entre los judíos de México y el gobierno, pues la comunidad judía demostró que a pesar de contar tan sólo con 35,000 miembros, podía ser un interlocutor valioso que velaba por los intereses de México. Por lo tanto, paradójicamente, el boicot fue un paso importante hacia una ciudadanía mexicana completa. ¿Por qué? ¿Cómo? Todo está en el libro…

Termino con una reflexión: este libro revela una página de nuestra historia que había estado dormida. Trata del poder y del abuso del mismo. Analiza la relación entre dos comunidades judías, entre ellas y vis a vis de sus propios gobiernos. Es una historia de confianza y traición, que arroja luz sobre las relaciones entre México y Estados Unidos. Pero sobre todo, muestra lo que un conjunto de ciudadanos puede lograr cuando se compromete con un objetivo en común: ojalá aprendamos.

 

Ariela Katz Gugenheim
Doctora en Historia por la Universidad Iberoamericana.

 

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