El 10 de abril de 1950 el presidente Miguel Alemán llegó a Cuautla y se subió a un auto convertible adornado con flores, lo acompañaban varias jóvenes atractivas. Juntos recorrieron desde los lindes del pueblo hasta la plaza central, donde una plataforma y un podio ya estaban colocados ante una estatua ecuestre con los restos de Emiliano Zapata. Allí se congregaron funcionarios del gabinete, congresistas, representantes de los gobiernos estatales, miembros de la Confederación Nacional Campesina y del Frente Zapatista, y generales de cada una de las principales facciones revolucionarias.1

Aquella conmemoración de la muerte de Zapata abundó tanto en discursos como en flores. El presidente del Frente Zapatista, Adrián Castrejón, elogió a Zapata como un visionario incorruptible y lo comparó con los héroes mexicanos del siglo XIX. En representación del PRI estuvo el diputado federal de Morelos, Norberto López Avelar, a quien algunos morelenses acusaron de haber participado en el asesinato de Zapata. Pronunció una alocución, moldeada por la Guerra Fría, en la que sugirió que los conservadores y comunistas desencaminados vinieran a Cuautla a recibir una lección sobre la ideología de la Revolución. Hubo tres horas de discursos.2

Ilustración: Ricardo Figueroa

Al final, un contingente de motociclistas inició el desfile anual, que pasó bajo arcos de triunfo tapizados de flores, pancartas y banderas. Detrás de ellos había miles de campesinos organizados por el Frente Zapatista, todos con fotos de Zapata. Marcharon también un contingente de mujeres, atletas, escolares, y una delegación de villistas.

Después de la ceremonia el secretario de Gobernación, Adolfo Ruiz Cortines, informó a la prensa lo mucho que había hecho Zapata para contribuir al progreso de la nación. Indicó que la tierra de México había sido distribuida en gran parte, pero que el gobierno de Alemán continuó con el legado de Zapata al enfocarse en la irrigación, las carreteras, las escuelas y la planificación de la productividad que ayudaría a los campesinos a ayudarse a sí mismos. Destacando la necesidad de proyectos de irrigación, agregó que si Zapata estuviera vivo el agua sería su principal prioridad.

En suma, los oradores sugirieron que la gente del campo seguiría recibiendo los beneficios de una Revolución institucionalizada en la que Zapata fungió como padre fundador. Hablaron como si fuera una evidencia que el proceso revolucionario seguía en marcha. Se aseguraron de que sus oyentes entendieran que Alemán representaba, en general, la continuación de la Revolución y, en particular, el trabajo de Zapata. El desfile, al dejar ver un corte transversal de las capas de la sociedad mexicana moderna, reforzó esta narrativa triunfalista. Las motocicletas, los niños, los cuerpos atléticos y sanos, las mujeres abandonando sus roles domésticos tradicionales, todo reflejaba el progreso que la Revolución había producido. Al marchar juntos encarnaban también la unidad y el orden que había infundido aquella celebración anual de la Revolución.

La conmemoración de Cuautla en 1950 reveló a un Zapata que se había vuelto bastante maleable en las décadas posteriores a su muerte en 1919. Por una parte esto se debió tan sólo al paso del tiempo, pero por otra fue llevado a cabo conscientemente por políticos como Ruiz Cortines que precedieron a las ofertas políticas con afirmaciones sobre lo que Zapata querría si estuviera vivo. La idea de que el programa de Zapata de algún modo había conducido a ese punto, a la corrupción y promoción del capitalismo industrial del régimen de Alemán, es muy irónica.

Este recuento de la conmemoración de la muerte de Zapata en 1950 sugiere que, si bien el centenario de su muerte dirige nuestra atención a la vida del caudillo que luchó por la reforma agraria —y por lo tanto por una mayor equidad social— dentro de la Revolución mexicana, también puede ser valioso pensar en cómo se ha recordado esa vida a lo largo del tiempo, lo cual revela mucho sobre el desarrollo de la identidad nacional, la formación del Estado mexicano y las luchas políticas del siglo pasado.

La conmemoración de 1950 fue el apogeo de la apropiación gubernamental de esa memoria, pero la historia de cómo se ha recordado a Zapata es mucho más interesante de lo que esa instantánea podría sugerir. También incluye formas más populares de recordar a Zapata y complejas interacciones entre lo oficial y lo popular. Y en ese relato las conmemoraciones del día de su muerte son fundamentales en la medida en que permiten una valoración anual de ese recuerdo.

La memoria popular de Zapata fue lo primero en desarrollarse. Los campesinos de Morelos que lo habían seguido durante una década de revolución se presentaron frente a su ataúd después de su muerte y rápidamente comenzaron a formular opiniones sobre si de verdad estaba muerto. Aunque los sentimientos populares sobre Zapata no eran uniformes, el dolor emanado después de su muerte dio forma a las primeras conmemoraciones.

En 1921 el periódico El Demócrata publicaba comentarios sobre las lágrimas de las mujeres de Cuautla y las “exclamaciones fervorosas” de los niños. También registró las siguientes inscripciones en las coronas y ofrendas que habían traído a la tumba los humildes morelenses: “A ti, General Zapata, porque fuiste nuestro libertador y nuestro padre”; “General Emiliano Zapata: tú vivirás siempre entre nosotros”; “Para mi General Emiliano Zapata, porque murieron con él todos mis hijos”.3

El nuevo Estado revolucionario empezó pronto a ver los beneficios de convertir a Zapata en un padre fundador. Aunque la facción constitucionalista que ganó la lucha había peleado contra los zapatistas, en 1920 las fuerzas zapatistas apoyaron la llegada de Álvaro Obregón al poder, y Obregón y sus allegados buscaron complacer a este grupo político con una combinación de simbolismo y recompensas materiales. Puesto que la reforma agraria era una demanda clave y Zapata su principal defensor, se involucraron en las conmemoraciones de Cuautla.

Durante la conmemoración de 1924 Plutarco Elías Calles, quien heredó la presidencia ese mismo año como sucesor de Obregón, hizo una parada en Cuautla. Muchos de los elementos de la conmemoración de 1950 ya figuraban en el lugar. Una buena cantidad de funcionarios nacionales y representantes de varias organizaciones campesinas se unió entonces a Calles. Una vez más hubo también una serie de discursos. Un orador pidió a la audiencia que agradeciera que tuvieran un político limpio como Calles, que implementaría el programa de Zapata sin corrupción. Calles se puso entonces de pie para pronunciar la frase más significativa de aquella descarga verbal: “Ese programa revolucionario de Zapata, ese programa agrarista, es mío”. “El heroe descansa en paz”, añadió, “su obra está concluida, y… de hoy en adelante las generaciones campesinas presentes y futuras pasarán por la brecha que él abrió en el corazón de la humanidad”.4

Excélsior reportó que había habido “un verdadero desbordamiento de entusiasmo, especialmente en las clases populares y campesinas”,5 y que el compromiso popular continuo demostraba que, aunque los políticos dominaran cada vez más los aspectos formales de estas conmemoraciones, estaban en principio lejos de ser meras ocasiones oficiales. De hecho, en las décadas de 1920 y 1930 la imagen de Zapata funcionó bien como puente entre la Ciudad de México y Morelos, entre políticos y gente del campo, porque ambas partes obtenían beneficios. Zapata ayudó a justificar las políticas de los políticos nacionales, quienes lo utilizaron para fomentar el nacionalismo revolucionario y formar alianzas con funcionarios locales y estatales. Cuando Calles caminó por Cuautla bajo los arcos de triunfo aquella fue una ocupación simbólica, una reivindicación del territorio por parte de representantes de un gobierno nacional que había tenido grandes dificultades para ejercer el poder en Morelos desde el inicio de la Revolución. Al mismo tiempo, cuando Zapata se convirtió en uno de los fundadores del Estado revolucionario y la reforma agraria llegó a Morelos, se reconoció, después de una década de guerra en la que los gobernantes de la Ciudad de México generalmente los llamaban “bandidos”, que los zapatistas habían estado todo el tiempo en lo cierto.

Pero después de la reforma agraria de los años de Cárdenas la trayectoria de la Revolución institucionalizada pasó de la reforma social a la industrialización y urbanización subsidiada por los bajos precios de los productos agrícolas, lo cual erosionó la coincidencia de intereses en los eventos conmemorativos. Luego vino la verdadera prueba del poder de la imagen oficial de Zapata: ¿podría seguir sirviendo de puente cuando ya no se reforzaba con claras recompensas materiales? La previsible visita de cada presidente, durante su correspondiente sexenio, a por lo menos una ceremonia en Cuautla sugiere que los gobernantes de la Revolución creyeron que Zapata, su padre fundador, podía ayudarlos a limitar el desgaste del apoyo rural. Estaban en lo cierto, pero sólo por un tiempo.

Cuando pasaron los años del Milagro mexicano creció el descontento con las conmemoraciones oficiales en Morelos. Los periodistas criticaron los interminables discursos y los largos desfiles por el sufrimiento que infligían a escolares y a demás gente reclutada para participar. En 1950 un editorial en el diario El Informador de Cuernavaca señalaba que “los pseudozapatistas, entes acomodaticios que a la sombra del caudillo suriano han acumulado cuantiosas fortunas”, estarían, como siempre, presentes, y que esos políticos eran responsables de la explotación duradera de la gente del campo y los campesinos. Un editorial de 1962 adoptó un enfoque diferente, indicando que los zapatistas sobrevivientes que se presentaron en las conmemoraciones eran pocos, y que “parecían más bien como intrusos, porque arrastraban la miseria, la edad y la tristeza”.6

Asimismo, hubo oportunidades de forjar memorias dispares de Zapata en otros lugares, ya que el Estado utilizó el programa de reforma agraria y el sistema educativo para dispersar la conmemoración de Zapata con el fin de convertirlo en un verdadero héroe nacional. Con la ayuda del Frente Zapatista y otras organizaciones, la presencia de Zapata dejó su marca en nuevos paisajes con estatuas u otros monumentos, en torno a los cuales se podían organizar conmemoraciones. Zapata fue conmemorado en Chinameca, Tlaltizapán, Ciudad de México, Cuatro Caminos, Santa María del Tule y miles de otros lugares, grandes y pequeños, demasiados como para que el Estado unipartidista pudiera controlarlos.

Y luego, en la década de 1970, la naturaleza de las conmemoraciones del 10 de abril comenzó a cambiar, ya que la visión de Zapata como padre fundador fue desafiada por aquellos que lo convertirían de nuevo en un rebelde. Los guerrilleros del estado de Guerrero lo utilizaron para legitimar su rebelión, y los estudiantes que protestaban en la Ciudad de México también abrazaron su memoria, en un inicio por conveniencia política. Al otro lado de la frontera, hacia el norte, Zapata ayudó al movimiento chicano a expresar su insatisfacción ante un régimen diferente. Pero tal vez ningún cambio fue más importante que la manera en que, frustrados por la pobreza duradera, la persistente falta de tierras y la hipocresía de la apropiación de Zapata por parte de políticos que hicieron poco por su circunscripción electoral principal, los campesinos tomaron el escenario para convertir las conmemoraciones en ocasiones de protesta ritual.

El 10 de abril de 1972 cientos de campesinos de Tlaxcala y Puebla marcharon en la Ciudad de México, enarbolando sus recuerdos locales de Zapata para conmemorar su muerte; y en los años siguientes semejante práctica de convergencia en centros de poder regional y nacional creció de modo paulatino. Con la crisis económica de los años ochenta las protestas del 10 de abril tuvieron nuevos alcances, a menudo con la participación de diversos sectores sociales y un número creciente de quejas. En 1984 cerca de 100 mil personas marcharon por 18 estados, desde Sinaloa hasta Chiapas, antes de llegar al Zócalo de la Ciudad de México. Con frecuencia las invasiones de tierras acompañaban a tales eventos, y a veces los funcionarios eran asediados en sus oficinas conforme se iba disolviendo el orden del día tradicional.

Finalmente, el proceso de difusión geográfica y de reinterpretación local de la imagen de Zapata produjo una vívida manifestación del rebelde en Chiapas, donde el indigenismo, que a veces se le había endosado a Zapata como parte de la construcción de la nación posrevolucionaria, tuvo una resonancia particular. Con el levantamiento del EZLN en 1994 el PRI perdió todo el control sobre Zapata, cuya imagen el presidente Carlos Salinas de Gortari trataba de emplear, notablemente, para acercarse al tema de la distribución de la tierra. Por supuesto, el PRI no perdió la presidencia en el 2000 por haber perdido a Zapata, pero la conjunción de ambas derrotas no fue mera coincidencia. Zapata era una faceta de la legitimidad que el sistema del partido único acabó por desperdiciar.

Desde el año 2000 las conmemoraciones del 10 de abril han reflejado el pluralismo creciente de la política mexicana. Los partidos de la oposición ya habían participado con anterioridad, pero la lucha por los modos de conmemoración seguía, en gran medida, en manos del PRI y de sus críticos. El planteamiento binario ya no existe ahora, e incluso el PAN, un partido fundado en el rechazo a la Revolución y sus símbolos, tuvo que jugar el juego. Algo así como una lucha por la libertad para todos, a lo que siguieron diversos partidos y otros actores políticos y sociales compitiendo por la tracción de la memoria de Zapata.

En 2001 hubo varias ceremonias en honor a Zapata en Cuautla. El gobierno local salió temprano para depositar una corona de flores a los pies de su estatua. Momentos más tarde llegó el gobernador del PAN, Sergio Estrada Cajigal, a dejar también una ofrenda. Poco después estalló una refriega entre representantes de Cuautla y de la cercana ciudad de Ayala; ambos grupos buscaban controlar la ceremonia que pronto sería promulgada por los líderes morelenses del PRI. Los peregrinos de Tepoztlán llegaron durante la riña y realizaron su propia ceremonia breve, que resonó con el desafiante mantra: “Zapata vive, vive, la lucha sigue, sigue”. La gente de Ayala finalmente ganó el podio y montó su equipo de sonido y su mesa de oradores, justo antes de que llegaran los dignatarios del PRI. Ante una audiencia notablemente pequeña, un orador priista afirmó que en las próximas elecciones “seremos la alternancia que quería Zapata”.7

Desde entonces la protesta ritual ha persistido junto con más conmemoraciones oficiales, y los políticos han seguido hablando, algunos ignorando en gran medida a Zapata mientras hacen alegatos para sí mismos, otros cargándolo con promesas a un México muy diferente al que él había conocido. En abril de 2018 cuatro de sus descendientes, Jorge Zapata González, Benjamín Zapata, Édgar Castro Zapata e Hilario Salazar Flores se quejaron de que su tumba en Cuautla se había reducido al oportunismo fotográfico de políticos que mostraban poca preocupación por el bienestar campesino.

Este llamado a la seriedad y a la concentración fue un recordatorio benéfico de que la actual confusión de gestos conmemorativos no pone en pie de igualdad a todas las reivindicaciones sobre la memoria de Zapata. Permítanme concluir con una variación sobre el tema. Al abogar por los campesinos amenazados por el progreso porfirista Zapata habló y actuó por los miembros más marginados del mundo que él conocía, quizás no a la perfección, pero con absoluta certeza.

Aunque, ciertamente, esto no resolverá todas las disputas políticas, si realmente buscamos honrar su memoria, podríamos tratar de escuchar las voces de aquellos que permanecen marginados, un siglo después, cuando hablan y actúan en su nombre.

 

Samuel Brunk
Profesor de historia de la Universidad de Texas en El Paso. Es autor de, entre otros libros, The Posthumous Career of Emiliano Zapata: Myth, Memory, and Mexico’s Twentieth Century, que este año se publicará en español.

Traducción de Álvaro Ruiz Rodilla.


1 En 1940 se formó una organización de zapatistas veteranos: el Frente Zapatista.

2 El Campesino, 1 de mayo de 1950; Excélsior, 11 abril de 1950, 6 de febrero de 1960 y 12 de mayo de 1962; El Eco del Sur
(Cuautla), 10 de abril de 1966.

3 El Demócrata, 12 de abril de 1921.

4 El Universal, 11 de abril de 1924; Excélsior, 12 de abril de 1924.

5 Excélsior, 11 de abril de 1924.

6 El Informador (Cuernavaca), 9 de abril de 1950.

7 La Jornada, 11 de abril del 2001; Unión de Morelos, misma fecha.

 

2 comentarios en “Un siglo en el recuerdo

  1. Originario de Anenecuilco, desde niño luchó por los despojos a su tierra, Sotelo Incla’n al respecto dice Zapata no llevó la Revolución a Morelos, ‘esta lo arrastró a él y cumplió su destino.

    ! VIVA ZAPATA!.

    Julito Coronel, analista político – militar independiente de El Salvador C.A.

  2. Siempre alguien quiere robar la bandera de zapata y los zapatistas. Los Pueblos que arroparon al Ejército Libertador, siguen igual o más jodidos. Nosotros Monumentos Gigantes al Zapatismo A.C.; HARÁ TODO LO QUE ESTÉ EN SUS FUERZAS PARA DE ESOS PUEBLOS.PUEBLOS DENTRO DE LA CIVILIZACIÓN QUE TANTA FALTA LES HACE FALTA. HAREMOS LO QUE A ZAPATA NO LE DIO TIEMPO.