Para Titusa, hoy

Desde que conocí a Gilberto siempre me impresionaron su figura altísima y pálida y esos extravagantes y raros gustos que tenía. Como aquel vicio, casi compulsivo, de coleccionar antigüedades; o esa manía de leer pequeños fragmentos de Through the Looking Glass, siempre de noche, caminando a través del bosque o en la salita de su rústica cabaña, enclavada cerca del Desierto de los Leones, donde vivía con una vieja criada. Gilberto, además, era muy aficionado a la fotografía.

Con él también vivía Ana, dedicada a la pintura. Se conocieron en París, precisamente en una exposición de fotografías antiguas. Supe por ellos mismos todos los detalles de aquel encuentro, pues en cada ocasión posible ambos recordaban ese día, y lo hacían de una manera tan intensa que, por algunos momentos, me parecerían seres distantes y llenos de recuerdos viejísimos, tan viejos como las fotografías que habían visto en la exposición.

Aquella tarde, Ana le señaló lo increíble que resultaba poder mirar, en las fotografías, a gente muerta hace tanto tiempo; verlos sonriendo, caminando, en los cafés, por las calles, cuando ya eran, tan solo, polvo, cenizas. La luz se detuvo y brilló sobre el rostro de Gilberto cuando le contestó que de cierta manera, fantástica y secreta, esas personas vivían todavía. “Al fotografiar a una persona algo de ella queda encerrado en un espacio indecible, permanece como en un limbo eterno. La gente de las fotografías nunca muere del todo y creo que eso debe ser espantoso… Jamás he dejado que me fotografíen”. Ella le confesó albergar cierto rechazo por ese arte mecanizado y tener la misma costumbre, el mismo miedo, y ambos rieron. Con el sol de las siete de la tarde abandonaron la galería. Tomaron un café cerca del Pont des Arts. Esperaron la noche y la pasaron juntos.

Hace un mes, más o menos, un sábado por la tarde, Gilberto me llamó emocionadísimo.

—¡Adivina lo que compré! —me gritó, apenas descolgué el teléfono.

—No tengo idea —le respondí.

—Una cámara fotográfica del siglo pasado; auténtica, de placas y toda la cosa.

Al día siguiente fui a la cabaña para conocer la reliquia: una caja negra, con una lente en la parte frontal y ranuras a los lados.

—La compré en un bazar del centro —me explicó—, a un viejillo tarugo que, seguramente, no sabía ni qué era. Baratísima. Apenas lo puedo creer. No me puso ni precio; le di doscientos pesos y pareció alegrarse.

—Me recuerda París, la exposición —intervino Ana, limpiando un pincel sobre su bata y pasando su mano por la espalda de Gilberto—, cuando te conocí. Sería fantástico que alguna de esas fotos haya sido tomada, precisamente, por esta cámara, ¿no?

Gilberto y yo reímos. Ana, súbitamente avergonzada, salió de la cabaña, envuelta en una falda amplia y floreada.

—Tengo que tomarle una fotografía —murmuró Gilberto, casi para sí, al verla salir—; así como estaba hace un momento, y con esta cámara.

—No creo que puedas —le contesté, mientras examinaba el artefacto—. Recuerda esa salvaje superstición que tú también tienes. Además, ¿a poco funciona este aparato?

—¡Claro que sí! Solo necesito conseguir algunos materiales y, si quieres, te hago una postal al estilo Siglo de las luces. ¿Cómo la ves? Increíble que esté tan bien conservada ¿no?

—Sí, increíble —dije, mientras leía la plaquita en la base de la cámara:

Maison Niepce
Paris 1835

Gilberto consiguió lo necesario para usar la cámara. Tal vez retrató la casa, el bosque, algunos amaneceres. Pero creo que su obsesión debió ser Ana. La criada me cuenta que Gilberto trató varias veces de sorprenderlas para retratarlas; pero ella, supersticiosa también, corría para esconderse en la cabaña, y Ana lo amenazaba con embarrarlo de óleo por la noche y quemar su artefacto.

Pero si Ana no quiso posar, él aprovechó unos instantes de distracción para fijarla en la placa. Ella debió reclamarle y pelearon. Ana no durmió esa noche en la cabaña. Al despertar, Gilberto encontró la fotografía a su lado.

—Debe estar enojada porque le tomé esa foto —le comentó a la criada—; así es de berrinchuda. Mañana regresará.

Entonces volvió a usar la reliquia y Ana apareció en el retrato: la misma ropa del día anterior, de pie, con la cabeza reclinada, en un gesto melancólico, sobre el árbol que originalmente debió aparecer solitario. Creyendo que había utilizado la misma placa, Gilberto no le dio mayor importancia a ese suceso y lavó la pieza.

Pero a cada nueva impresión aparecía ella: Ana mirando desde la ventana; Ana frente a una naturaleza muerta; Ana y su cabellera al viento, caminando por el bosque; Ana flotando sobre las nubes en un amanecer tibio.

Gilberto lavó y relavó las placas. Ella siguió ahí.

Un día —me dice la vieja—, muy de mañanita, el señor Gilberto andaba de arriba a abajo por toda la casa, muy silencioso, descalzo, buscando algo, con tremendas ojerotas y todo blanco y chinito de frío. Voy a retratarme, decía, tengo que estar con ella…

Gilberto desapareció esa noche. Yo no lo supe hasta después de varios días, cuando llegué a visitarlos disfrazado con una levita del siglo XIX, creyendo que Gilberto desearía hacerme aquella postal, y solamente me encontré a la criada, asustada y llorando en la cocina. Logré que se calmara y, poco a poco, me fue contando todo lo que había sucedido.

Me he ocupado personalmente de cerrar la cabaña y ponerles sus cosas en orden para cuando regresen; pagué algunas deudas de ambos con el dinero que obtuve al rematar varias antigüedades. La criada, ignorante, le regaló la cámara a un barrendero o un pepenador; no supe.

Sobre la cama, revuelta aún, encontré esta fotografía sepia, manchada, antiquísima; están Gilberto y Ana de perfil, muy delgados, viéndose las caras: ella, sentada en un sofá que no pude reconocer entre los muebles de la sala, vestida con la misma falda amplia y floreada de la última vez que la vi; él, descalzo y pálido, su ropa increíblemente blanca, con un cigarrillo en la mano…

He guardado conmigo este retrato, como un recuerdo. A veces creo que el humo del cigarrillo se mueve.

 

Antonio Puertas
Escritor.