Puede decirse que fue feliz y favorecedor el modo en que la canalla literaria mexicana -en la prensa y revistas y suplementos- recibió (porque ella, también) el Premio Nobel de Literatura 1982 para Gabriel García Márquez, y sólo en casos excepcionales esta felicidad global llegó a exhibir diferencias de grado cuando unos pocos autores intentaron un repaso crítico de utilidad. En general: declaraciones exageradas y enfilamientos para tributar caravanas nobelenciales, frotamiento de manos y levantamiento de corazones por las posibilidades políticas del premio, obvios pronunciamientos solidarios de amistad y orgullosos encueres de intimidad compartida ("llegamos sus amigos y estaba en pantuflas", etc.); defensa contra rencorosos posibles y probables, ataques al viento y apologías envalentonadas ("atrévanse a decir algo"), dicha compartida a como diera lugar y efusiones como formas de sentir o exigir cercanía. De modo que todo parecía resumirlo el graffiti: "Felicidades. Te amamos" y la convicción o sensación de que el éxito, a estas alturas del tecleo, sólo se pega por contagio.
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