La sociedad mexicana entra al noveno sexenio consecutivo en que los mecanismos institucionales de sucesión presidencial funcionan, más allá de dificultades menores inevitables, con precisión impecable. Antes de 1934 fueron más significativos los episodios perturbadores en el relevo de la administración pública, pero lo cierto es que desde la consolidación en 1916 del constitucionalismo como fuerza triunfante en la guerra civil, la continuidad inalterada del grupo gobernante lo convierte en el más longevo del mundo entero. Esta solidez del sistema de gobierno es producto, en primera instancia, del Estado fuerte que emerge del reordenamiento global de la estructura social impulsado por la revolución mexicana. Con frecuencia se plantean las cosas como si el presidencialismo mexicano fuera la base de la fortaleza del aparato estatal cuando, en verdad, el sistema de gobierno cuyo eje básico es, en efecto, el poder ejecutivo, tiene su fundamento decisivo en la forma que el Estado mexicano adopta en la historia contemporánea.
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