La manera como terminó la participación mexicana en el proceso de resolución de la situación venezolana es una prueba de que los laureles no reverdecen, aunque el presidente lo ordene. Si la Secretaría de Relaciones Exteriores pensó que la crisis venezolana era una oportunidad para recrear momentos de gloria como los que vivió la diplomacia mexicana cuando mantuvo relaciones con la Revolución cubana en los años sesenta pese a las presiones de Washington, o cuando a través del Grupo Contadora frenó la desestabilización que acarrearon las guerras centroamericanas en los años setenta, la verdad es que debe haber sido una amarga sorpresa toparse con las fronteras de una realidad internacional que ha cambiado mucho desde entonces.

En el contexto internacional actual el tema de la soberanía nacional, tradicional estandarte mexicano, ha pasado a segundo plano ante la primacía de los derechos humanos. Así que la postura del canciller Marcelo Ebrard en defensa de la autodeterminación del pueblo de Venezuela, que dice representar el presidente Maduro, sonaba arcaica si no es que completamente fuera de lugar, dadas las apremiantes condiciones en que se encuentran los venezolanos.

Ilustración: Víctor Solís

Además, antes de meterse a componedor, México tenía que haber considerado el contexto que ha creado la presidencia de Donald Trump, y la acritud de la relación bilateral con Estados Unidos. No había ningún motivo para pensar que el presidente estadunidense aplaudiría una iniciativa mexicana para salir del atolladero. Más bien nos dio el soplamocos que nos dio. Él no cree que los mexicanos podamos hacer algo más que cruzar la frontera de manera ilegal, robar, violar, matar, y vender y distribuir drogas.

La diferencia entre la propuesta de Estados Unidos y la de México en relación a Venezuela consistía en que, mientras el primero demandaba junto con la Unión Europea que se celebren elecciones para resolver el conflicto, el canciller Ebrard impulsaba un diálogo entre el gobierno y los opositores. El problema de la propuesta mexicana era el sesgo favorable a los maduristas. Debe haber sido incómodo para el canciller la descalificación de que fue objeto su propuesta por parte de Elliott Abrams; pero sobre todo, fue incómoda la declaración de Federica Mogherini, encargada de las relaciones internacionales de la Unión Europea que le dio las gracias al diplomático mexicano, y lo despidió.

El deplorable estado de la economía que ha generado la revolución bolivariana basta para justificar la presión internacional sobre Nicolás Maduro, quien en nombre de sí mismo y enarbolando la causa antiimperialista se aferra al poder como un ganso. Poco importa si en ello va el bienestar de los venezolanos. Este es un dato de la realidad que el gobierno mexicano debió tomar en cuenta.

El descalabro que sufrió la Secretaría de Relaciones Exteriores en Montevideo, cuando quedó excluida del proceso de reconciliación venezolana, era predecible, y hubiera podido evitarse si en lugar de mirar hacia atrás el canciller hubiera visto de frente la restricción que las condiciones internacionales imponen a la voluntad del presidente López Obrador, y éste, que la ausencia de obstáculos con que ha gobernado es excepcional. Lo peor de nuestro presente es que todos sabemos que si otro partido hubiera tomado varias de las decisiones que han adoptado los políticos obradoristas, de inmediato habrían sido acusados de “vendidos” y “traidores”, y estarían en el umbral del reclusorio.

Internamente, hasta ahora, el presidente López Obrador y su equipo cantan a coro “Voy derecho y no me quito”, para advertir a los votantes que harán su voluntad a cualquier precio. Ese grito de guerra internamente pesa mucho, pero en el exterior no lleva a ninguna parte.

 

Soledad Loaeza
Profesora-investigadora de El Colegio de México. Premio Nacional de Ciencias y Artes 2010. Su más reciente libro es La restauración de la Iglesia católica en la transición mexicana.