Este texto de Friedrich Katz es un fragmento de su exhaustiva investigación sobre el villismo y la lucha social en la Revolución Mexicana, y forma parte de La Guerra Secreta de México, un libro sobre las relaciones diplomáticas en la Revolución Mexicana que aparecerá publicado en español por la Editorial ERA.
Todos los hombres del general
En marzo de 1913 Pancho Villa cruzo el Río Bravo desde Tejas con ocho hombres, se hizo del mando en la mayor parte del estado y se volvió el jefe indiscutido del movimiento revolucionario en Chihuahua. Tanto por sus antecedentes —había sido mediero en una hacienda y bandido— como por sus avanzadas ideas sociales, representaba un tipo de jefe muy distinto de los dirigentes constitucionalistas que por las mismas épocas se levantaban en los estados norteños vecinos. Los jefes locales y regionales que se le unieron en un principio también se distinguían notablemente de los de Coahuila y Sonora. En las primeras etapas de la revolución villista los hacendados no desempeñaron ningún papel en su dirección, porque los dirigentes campesinos de Chihuahua tuvieron una representación mucho mayor que en los otros dos estados. Toribio Ortega, quien durante mucho tiempo había sido el vocero de los campesinos de Cuchillo Parado y había arrastrado a la revolución a prácticamente toda la población masculina de este pueblo el 16 de noviembre de 1910, se volvió uno de los principales generales del ejército villista. Otro importante general villista, Calixto Contreras, pasó años en las cárceles del porfiriato por encabezar al pueblo de San Pedro Ocuila en su lucha por recuperar las tierras usurpadas por la hacienda de Sombrerillo. John Reed nos ha dejado una descripción de Ortega: “Un hombre trigueño, enjuto, a quien los soldados llaman El Honrado y El Entrón. Es sin lugar a dudas el corazón más sencillo y el soldado más desinteresado de México. Nunca fusila a sus prisioneros. Se ha negado a recibir de la revolución un solo centavo aparte de su escaso sueldo. Villa lo respeta y confía más en él, quizá, que en ningún otro de sus generales”. Otro coronel del ejército villista fue Porfirio Talamantes, a quien el gobernador porfirista Creel había tachado de “agitador peligroso” por haberse convertido en vocero de la colonia militarizada de Janos, cuyas tierras estaba apropiándose la oligarquía chihuahuense. Fidel Avila, a quien Villa nombró gobernador de Chihuahua en 1914, en sustitución de Manuel Chao, había sido capataz de una hacienda y condujo a la revolución a muchos de sus vaqueros y peones.
Pero estos hombres no eran los únicos jefes influyentes en el movimiento villista. Tomás Urbina, antiguo compañero de Villa en sus días de bandidaje, siguió siendo un bandido y durante la revolución intentó establecer un imperio ganadero sumamente parecido al del legendario Luis Terrazas, uno de los más ricos hacendados de México. Rodolfo Fierro, ferrocarrilero que pronto tomó a su cargo importantes funciones administrativas y militares en el movimiento villista, fue el verdugo, un hombre temido por su crueldad tanto por sus amigos como por sus enemigos. Silvestre Terrazas había dirigido en Chihuahua, bajo el porfiriato, un periódico de oposición, El Correo, y había sido encarcelado varias veces por su oposición al gobierno del estado. Para Villa, Terrazas representaba el vínculo más importante con la clase media chihuahuense y por lo mismo le dio cargos de responsabilidad en el nuevo gobierno del estado, nombrándolo secretario de gobierno, gobernador interino y administrador de las haciendas confiscadas. Parece haber influido poderosamente en la forma en que se gobernó el estado y haber sido uno de los promotores de las extensas expropiaciones de tierra que Villa realizó, así como uno de los principales defensores de este programa político. Aunque antes y después de ser funcionario villista escribió muchísimo, durante el periodo crucial del 1913-1915 abandonó tanto la actividad periodística como la ideológica. Rara vez se ocupó de problemas que no afectaran directamente a su estado natal.
A diferencia de Terrazas, Federico González Garza no era chihuahuense aunque desempeño cargos importantes en el gobierno del estado, y en el régimen de Madero había ocupado puestos igualmente importantes, como subsecretario de Justicia y gobernador del Distrito Federal. González Garza fue uno de los primeros altos funcionarios maderistas que se unieron a Villa y uno de los pocos que abogaban por una reforma agraria radical. A diferencia de Silvestre Terrazas, González Garza se volvió uno de los ideólogos más influyentes en el movimiento villista y redactó algunos de sus pronunciamientos más importantes.
Al extenderse el movimiento villista a otros estados, su dirección, como la carrancista, se transformó y se amplió notablemente. Este proceso tuvo un efecto contrario al del carrancismo. Comenzaron a influir en Villa hombres más conservadores, como Felipe Angeles, miembros de la familia de Madero, y el gobernador de Sonora José María Maytorena. Pero cuando Villa asumió el mando en el estado de Chihuahua en diciembre de 1913, estos hombres todavía no se unían a su movimiento.
Contra Carranza y a diferencia de Zapata
En Chihuahua en 1913 hubiera sido imposible una revolución exclusivamente política, con un mínimo de contenido social, como la que intentaba realizar Carranza. En Coahuila y Sonora muchos hacendados se habían unido a la revolución o permanecían neutrales. En Chihuahua, en cambio, casi todos los grandes terratenientes mexicanos habían apoyado activamente primero a Orozco y después a Huerta. Para quebrantar el poder de los hacendados y minar el apoyo popular con que contaba Orozco, el movimiento revolucionario chihuahuense tenía que llevar a cabo cambios radicales.
Acentuó la necesidad de tales cambios una situación económica que era notoriamente peor en Chihuahua que en los demás estados norteños. La crisis de 1907-10 había golpeado duramente a Chihuahua, como lo prueba entre otras cosas el hecho de que en 1907 las pérdidas en las ventas al detalle fueron mucho mayores que en los otros estados del norte. En 1910 hubo combates más intensos y una mayor destrucción en Chihuahua que en el resto del norte, y posteriormente, desde febrero de 1912 hasta el final de 1913, se produjeron luchas encadenadas. Muchas empresas, especialmente las mineras, dejaron de trabajar y la producción agrícola disminuyó notablemente. Tal situación, sumada a los orígenes sociales de Villa y a su odio sin disimulo a la clase terrateniente que había gobernado por tanto tiempo a Chihuahua, lo llevó a tomar medidas más radicales que las de Carranza y los dirigentes regionales en Coahuila y Sonora.
El 21 de diciembre de 1913 Villa, nombrado poco antes gobernador de Chihuahua por los generales de la División del Norte, emitió un decreto que tendría profundas consecuencias, ya que anunciaba la expropiación sin compensación de las propiedades de la oligarquía mexicana en el estado. Además, en todas las zonas controladas por sus tropas, se expropió y expulsó a muchos españoles. Villa no sólo se distinguió radicalmente de Carranza en su actitud hacia la cuestión agraria, sino también de Zapata, ya que en las zonas dominadas por este último las tierras expropiadas a los hacendados se distribuían inmediatamente entre los campesinos, mientras que el decreto de Villa estipulaba que las tierras quedarían, inicialmente, bajo el control del gobierno. Los ingresos derivados de su explotación serían utilizados para financiar la lucha revolucionaria hasta el triunfo de la misma y para mantener a las viudas y huérfanos de los combatientes revolucionarios.
A la victoria de la revolución, tales propiedades serian destinadas a cuatro fines: 1) el financiamiento de pensiones para viudas y huérfanos de los soldados revolucionarios; 2) la distribución de tierras entre los veteranos de la revolución; 3) la restitución de tierras a todos los pueblos despojados por los hacendados; y 4) a cubrir los impuestos que adeudaran los hacendados. Estos fines revelaban una diferencia entre Villa y Zapata en lo que se refiere a la cuestión agraria: el decreto de Villa limitaba la reforma agraria al beneficio de dos grupos, el de los participantes en la revolución y sus familiares sobrevivientes y el de los campesinos despojados de sus tierras. Nada se decía respecto a una reforma agraria más extensa que abarcara a los campesinos sin tierras, peones y grupos similares.
¿Cómo se explican estas diferencias entre el norte y el sur del país? En primer lugar hay que tomar en cuenta que, a diferencia de las tierras cañeras del sur, resultaba sumamente difícil, en el caso de ciertas tierras expropiadas en el norte, sobre todo las grandes haciendas ganaderas, distribuirlas entre campesinos individuales. Para la ganadería se requieren grandes unidades económicas que el estado hubiera tenido que administrar individualmente o bien en forma de cooperativas. Además, los ingresos de dichas haciendas constituían la base financiera del movimiento villista. Zapata, prácticamente imposibilitado para vender el azúcar que producía Morelos mientras siguiera la guerra, estaba en mejores condiciones de permitir una economía de subsistencia (practicada por muchos de los campesinos que recibieron tierras en el estado de Morelos) que Villa, quien compraba armas con el dinero obtenido mediante la venta de ganado.
Villa, administrador
También influyeron en las distintas concepciones de la reforma agraria ciertas consideraciones militares. La distribución inmediata de tierras en la región zapatista creó un campesinado dispuesto a luchar hasta el fin para defender sus tierras, pero difícilmente dispuesto a librar una guerra ofensiva desde sus centros regionales, a pesar de que únicamente una guerra de este tipo hubiera podido destruir el ejército de Huerta. Villa, en cambio, planeaba precisamente este tipo de acción militar. Una reforma agraria llevada a la práctica de inmediato hubiera atado a los campesinos al suelo; en cambio, la promesa de una reforma agraria después de la guerra era un incentivo para unirse al ejército revolucionario.
La estructura del ejército revolucionario del norte también explica la renuencia de Villa a repartir inmediatamente los latifundios. La revolución de 1910 había sido organizada por un partido político con un dirigente nacionalmente reconocido, Francisco Madero. En 1913 no existía tal organización política, y en las primeras fases del movimiento revolucionario la autoridad de los dirigentes nacionales era muy limitada. Los dirigentes locales que surgieron en diversas partes del país para encabezar la lucha contra Huerta, con frecuencia tenían vínculos ideológicos, militares y geográficos muy débiles con los demás grupos y con los dirigentes nacionales. Si Villa deseaba integrar estos grupos en un ejército nacional y subordinarlo a su propio mando, no bastaba para ello su personalidad carismática; tenía que estar en condiciones de proporcionarles armas y municiones y, al mismo tiempo, tomar en cuenta los deseos de los revolucionarios locales de controlar las propiedades de los hacendados.
Los ingresos provenientes de las tierras expropiadas le eran, pues, indispensables y los administró tomando en cuenta los mencionados objetivos. La mayoría de los antiguos administradores permanecieron en sus puestos, y en un principio se mantuvieron los acuerdos de arrendamiento existentes. Aproximadamente una tercera parte de las haciendas fue colocada bajo el control de dirigentes revolucionarios individuales y el gobierno del estado se encargó de la administración del resto.
La administración de las haciendas expropiadas por parte de Villa no estaba determinada únicamente por consideraciones militares, sino también por la catastrófica situación de los abastecimientos en Chihuahua. Mientras que en Morelos, el estado natal de Zapata, más del 80% de la población se ocupaba en la agricultura y una parte considerable de los habitantes de las ciudades había huido del estado, en Chihuahua los que cultivaban la tierra constituían una fracción mucho menor. Donde quiera que llegaban los revolucionarios distribuían importantes cantidades de víveres entre los desempleados urbanos y los hambrientos. Era característico de Villa atender generosamente los orfelinatos y los asilos de niños. Los precios de la carne fueron drásticamente reducidos en las grandes ciudades, y los mercados fueron abastecidos con ganado de las haciendas expropiadas. Un decreto del gobierno revolucionario de diciembre de 1913, hizo bajar los precios de la carne a una fracción de su antiguo nivel. Estos factores explican sin duda ciertos aspectos de los diferentes métodos utilizados por Villa y Zapata al enfrentarse al problema agrario, pero no lo explican todo. A Villa le hubiera sido casi imposible diferir la reforma agraria si las presiones en ese sentido hubieran sido tan grandes en Chihuahua como en Morelos. Una razón obvia de que esto no haya sido así es la proporción mucho menor de campesinos que había en la población de Chihuahua. Los vaqueros constituían una parte considerable de la población rural y estaban menos interesados aún que los campesinos en la reforma agraria, desinterés que era todavía más evidente entre la población urbana.
Las utópicas colonias militares
El hecho de que Villa hubiera confiscado los latifundios era una clara prueba para los campesinos chihuahuenses de que hablaba en serio cuando prometía una reforma agraria. Puesto que un número desproporcionadamente alto de los antiguos habitantes de las colonias militares estaban peleando en el ejército villista, lejos de su tierra natal, se hallaban más que dispuestos a que el reparto de las tierras se aplazara hasta que pudieran regresar a sus pueblos al final de la guerra.
Pero la posición de Villa respecto a la reforma agraria se debía no sólo a consideraciones pragmáticas sino también a su ideología, que le expresó claramente a John Reed en una conversación:
Cuando se cree la nueva república… Obligaremos al ejército a trabajar. En todas partes de la república fundaremos colonias militares compuestas de los veteranos de la revolución. El Estado les dará tierras y creará grandes empresas industriales que les proporcionarán empleo. Trabajarán tres días a la semana, y trabajarán duro, porque el trabajo honrado es más importante que la lucha armada y sólo el trabajo honrado hace ciudadanos honrados. Los otros tres días de la semana recibirán entrenamiento militar y enseñarán a la gente a pelear. Así, cuando el país se vea amenazado, bastará con una llamada telefónica desde el palacio de gobierno en México y en medio día todo el pueblo mexicano se levantará en sus campos y en sus fábricas, completamente armado y bien organizado, a defender a sus hijos y a sus hogares.
Mi ambición es vivir mi vida en una de esas colonias militares, entre mis compañeros a quienes quiero, que han sufrido tanto y tan hondo conmigo.
Cabe preguntarse hasta qué punto Villa deseaba realmente vivir en una de tales colonias militares. En 1920, cuando hizo las paces con el gobierno, no ingresó en una de esas colonias sino que se radicó en una hacienda que el gobierno puso a su disposición. Sin embargo, la vida que llevó allí no fue muy distinta de la que hubiera llevado en una colonia militar. Lo significativo de las palabras de Villa es su identificación con una de las más antiguas e importantes formas tradicionales de organización del campesinado chihuahuense. Su actitud se debía en parte al enorme prestigio de que gozaban estos colonos militares entre los campesinos del norte de México. Incluso después de concluidas las guerras contra los apaches, el levantamiento de Tomochic, en el cual sesenta hombres mantuvieron a raya a mil soldados federales, preservó y acrecentó este prestigio.
La actitud de Villa también se debía a los vínculos muy concretos que había establecido con los habitantes de estas ex colonias. En vísperas de la revolución instaló su cuartel general cerca de San Andrés, una de las más antiguas y combativas colonias militares de Chihuahua. En la década de 1880 los rifleros de esa colonia habían desempeñado un papel decisivo en la derrota de los apaches y, más tarde, en 1908, los descendientes de aquellos combatientes se habían levantado contra el gobierno del estado para protestar contra un aumento en los impuestos. Fue en San Andrés donde Villa obtuvo gran parte de su apoyo inicial cuando se decidió a participar en la revolución de 1910.
La ideología de los campesinos provenientes de las colonias militares exhibe características especiales que se reflejan en forma impresionante en el mismo Villa. Estos colonos habían combatido durante más de un siglo contra los apaches en una guerra cruel y despiadada, en la cual no se hacían prisioneros y se recurría a todos los medios posibles de lucha. Esta tradición guerrera se prolongó hasta los días de la revolución, con el resultado de que quienes la mantenían se veían a sí mismos como una lite militar. Los habitantes de Namiquipa le habían escrito orgullosamente a Porfirio Díaz: “Nosotros defendimos la civilización contra los ataques de los bárbaros”, y no hay duda de que sentían gran desprecio por quienes no combatían.
En esa tradicion el derecho a la tierra no se derivaba únicamente de la herencia, sino que había que confirmarlo y defenderlo constantemente con las armas en la mano. Sólo quien cumplía con su deber militar tenía derecho a adquirir un pedazo de tierra. Los habitantes de las colonias militares despreciaban muy especialmente a los peones de las haciendas. Y sus actitudes respecto a los grandes terratenientes eran distintas de las de muchos campesinos del centro y del sur de la república. En la región central, los habitantes de las comunidades campesinas habían vivido envueltos en conflictos de larga duración con las haciendas vecinas, conflictos que frecuentemente desembocaban en luchas armadas. En cambio, en el norte, antes de 1885, lo conflictos de este tipo fueron mucho más raros. Había tierras y ganado suficiente y la lucha común contra los indios unía a los terratenientes y los colonos militares, relacionados por una dependencia mutua. La situación cambió radicalmente sólo después de la derrota de los apaches y la llegada de los ferrocarriles, cuando los grandes terratenientes se lanzaron al despojo de tierras en gran escala.
Pero este conflicto era relativamente nuevo, y no todos los hacendados estaban envueltos en él, lo cual dio lugar a una actitud ambigua respecto a los hacendados en muchos de los pueblos. Se tomaban acciones contra los hacendados “malos”, pero se seguía colaborando con los “buenos”, o sea con los que no amenazaban las propiedades de los campesinos. ¿Acaso no habían luchado estos hacendados “buenos” contra los apaches junto a los campesinos durante más de un siglo? Los campesinos norteños no sentían la hostilidad secular hacia los hacendados que había impedido a los morelenses formar un frente común con los grandes terratenientes de su estado.
Los campesinos de las colonias del norte habían gozado de mayor independencia y alcanzado mayor prosperidad que los de las comunidades del sur. A diferencia de éstos, bajo el gobierno colonial español los norteños tuvieron una completa autonomía municipal y no estaban sujetos al control directo del Estado. No sólo habían obtenido más tierras y ganado y privilegios fiscales, sino que desconocían el igualitarismo que caracterizaba la organización de la sociedad en los pueblos del sur y el centro de México. Dentro de la comunidad norteña, cada hombre estaba en libertad de comprar o vender sus tierras a su gusto, lo cual no sucedía en el sur o en el centro. Como consecuencia de ello, en Chihuahua se desarrolló una clase media agraria mucho más numerosa que en el centro de México, cuya influencia se hizo sentir en la revolución.
La tradición que nutriera al Centauro
Buena parte de la forma de pensar y de actuar de estos pioneros mexicanos se reflejaba en la ideología de Villa. En 1913, por ejemplo, Villa anunció que sería fundamentalmente a los veteranos de la revolución, que habían “ganado” en cierta medida su tierra, a quienes se les permitiría conservarla. La frecuente crueldad de Villa, su despiadada ejecución de los prisioneros, formaba parte de una larga y salvaje tradición de guerra fronteriza según la cual se combatía sin dar ni pedir cuartel.
La distinción que hacía Villa entre hacendados “buenos” y “malos”, y su disposición a proteger la propiedad de los “buenos” y colaborar con ellos, como en el caso de Madero y Maytorena, también se relaciona con estas tradiciones fronterizas del norte. También puede atribuirse a esta misma tradición el origen del objetivo de Villa en su ley agraria de 1915: la creación de un sector de pequeños agricultores prósperos —no de miembros de comunidades igualitarias campesinas— que, tal y como le había dicho a John Reed, ocuparían un lugar central en la vida política y económica del país.
En vista de todo esto, ¿es posible considerar a Villa como un revolucionario agrario análogo a Emiliano Zapata en el sur? Los analistas y políticos contemporáneos suyos y también los historiadores posteriores tienden a verlo así, o por el contrario, a considerarlo un bandido. Ninguno de los dos calificativos lo describe correctamente. Cabe poca duda de que antes de 1910 había sido un bandido, pero no hay motivo alguno para tacharlo de tal por sus actividades posteriores. Si se utiliza la palabra bandido para designar a alguien que carece de una ideología coherente, cuyo objetivo principal es enriquecerse personalmente, el término no puede aplicarse a Villa. Como he intentado demostrar, Villa tenía una ideología bien definida a la cual se mantuvo fiel. Su interés por el dinero era limitado. De los millones de dólares que literalmente pasaron por sus manos, retuvo muy poco. Para él el dinero era primordialmente un medio de ganar poder, de fortalecer a su ejército, de asegurarse la lealtad de sus subordinados, y un medio de lograr la transformación social. Muchas veces se ha dicho que algunos de los métodos que empleaba, tales como la ejecución de los prisioneros y los préstamos forzosos impuestos a los ricos, eran característicos de un bandido. En realidad, fueron utilizados por prácticamente todos los dirigentes y facciones de la revolución mexicana, aunque a veces con mayor disimulo que Villa.
Un caudillo de los de antes
Tampoco basta el término de “revolucionario agrario” para definir a Villa. Si bien le interesaba sobremanera el campesinado, demostraba igual interés en el proletariado urbano. De hecho, aunque a la larga hubieran sido los campesinos los más beneficiados si hubiera triunfado y se hubiera llevado a cabo la reforma agraria que proponía, a corto plazo los principales beneficiarios de su gobierno fueron los pobres de las ciudades de Chihuahua, quienes se vieron favorecidos por su distribución de alimentos y su provisión de carne barata a los mercados.
Apreciado en conjunto, Villa se perfila como una compleja mezcla de revolucionario social y caudillo decimonónico. Sus objetivos (cuando menos en las regiones de Chihuahua, Durango y Coahuila en las que principalmente se interesaba) eran los de un revolucionario social; sus métodos de gobierno muy semejantes a los del caudillo mexicano clásico del siglo XIX. A diferencia de la mayoría de los revolucionarios agrarios de otros países en el siglo XX, Villa no estableció ninguna organización política que constituyera la base de su poder. Como los caudillos decimonónicos, gobernaba a través de su ejército y de una compleja relación de patronazgo y fidelidad personal. Lo que tenía en común con algunos dirigentes populares del tercer mundo en el siglo XX era lo carismático de su personaje.
Las dos burguesías
Una de las consecuencias más importantes de las políticas sociales y económicas de Villa fue el surgimiento de una nueva burguesía dentro de su movimiento, con inclinaciones conservadoras cada vez más marcadas. Esta nueva burguesía tenía un doble origen. Un primer grupo fue reclutado entre los generales y los revolucionarios destacados que habían recibido las tierras de los hacendados para administrarlas con el propósito de avituallar a las fuerzas armadas revolucionarias.
John Reed visitó a principios de 1914 la hacienda de Canutillo, que había sido entregada al general Urbina, antiguo compañero de Villa en sus días de bandido. “Salí al amanecer y di un paseo por las Nieves. La población pertenece al general Urbina, la gente, las casas, los animales y las almas inmortales… En Las Nieves, él solo, y únicamente él administra la justicia, alta y baja. La única tienda del pueblo está en su casa”.
La segunda categoría de miembros de la nueva burguesía era la de los agentes que supervisaban la exportación de productos agrícolas a los Estados Unidos y la importación de armas norteamericanas a México, y que estaban íntimamente ligados, en su mayoría, a grandes compañías norteamericanas. Este grupo incluía a hombres como Felix Sommerfeld y Lázaro de la Garza. Sommerfeld, que había sido jefe del servicio de inteligencia de Madero en los Estados Unidos, monopolizaba la importación de dinamita en las zonas controladas por Villa y mantenía estrechas ligas con la Standard Oil Company. De la Garza, comerciante de Torreón, era otro de los agentes financieros de Villa en los Estados Unidos. Ambos hicieron una fortuna en la revolución y traicionaron a Villa a la larga.
Villa mismo parece haber considerado muchos de estos negocios como un mal inevitable pero necesario para aprovisionar a sus tropas. Hasta donde se sabe, no participó en ellos ni se enriqueció personalmente por ese medio. No se puede decir lo mismo de su hermano Hipólito, quien se convirtió en agente financiero de la División del Norte y sacó provecho de sus negociaciones.
Esta nueva burguesía conservadora se vio fortalecida por otros dos grupos sociales dentro del movimiento villista. El primero de ellos era el de la burocracia estatal. Mientras que en las zona controladas por Zapata apenas si se instaló un aparato administrativo, la situación fue diferente en las regiones dominadas por los ejércitos de Villa. La existencia de grandes poblaciones y ciudades, el gran desarrollo en esta región de la economía monetaria, la presencia de numerosos extranjeros y compañías extranjeras y, finalmente, la larga frontera con los Estados Unidos, todo ello impuso la necesidad de organizar y mantener una numerosa burocracia gubernamental.
¿Y dónde había de encontrarse el personal necesario para tal burocracia? La antigua burocracia porfirista, gran parte de la cual había apoyado a Huerta, no tenía en su mayoría deseos de participar en una administración revolucionaria, y Villa tampoco se inclinaba a aceptar sus servicios. Recurrió pues, a las únicas personas en las cuales confiaba: la familia Madero y sus colaboradores. Esto explica, entre otras cosas, el rápido ascenso de Felix Sommerfeld, exsecretario de Madero, al cargo de representante de Villa en los Estados Unidos.
La influencia de estas fuerzas primordialmente conservadoras se vio fortalecida por los hacendados de Coahuila y Sonora que se habían unido a la revolución pero tenían malas relaciones con Carranza y buscaban por lo tanto, una alianza con Villa. Las disensiones de la familia Madero con Carranza no se fundaban en diferencias ideológicas graves, sino en una marcada rivalidad. Lo mismo puede decirse del hacendado sonorense Maytorena, quien regresó a su estado a principios de 1914 y reasumió su cargo de gobernador.
La inclinación de Woodrow Wilson
A pesar de todo, Villa era visto con auténtica simpatía por el régimen de Wilson, por un sector de las fuerzas armadas norteamericanas, por el público norteamericano en general y finalmente, por las compañías norteamericanas. Los motivos de esta simpatía eran complejos y difícilmente se les puede reducir a un común denominador. Para muchos políticos en los Estados Unidos y para algunas compañías norteamericanas, Villa era ante todo el hombre fuerte que impondría el orden en México. A diferencia de Carranza, parecía tener la autoridad y el poder necesarios para controlar a los grupos revolucionarios, frecuentemente aislados entre sí o envueltos en rivalidades, y someterlos a una autoridad central. Ya en 1913 un importante funcionario norteamericano le expresó esto claramente al embajador francés en Washington, quien escribió en su informe sobre la conversación:
“A diferencia de lo que se dice generalmente, dijo mi interlocutor, Villa no es precisamente un hombre sin propiedades. Sus padres poseían un rancho y gozaban de cierta comodidad. Su educación no pasó de la primaria, pero al menos llegó hasta allí; no es el analfabeto que describen los periódicos; incluso sus cartas están bien escritas.
Es, como Huerta, de extracción indígena, excelente jinete y gran tirador. Libre de temor al peligro físico o a la ley, desde muy temprana edad llevó la vida de un ranchero. Es la misma vida que muchos de nosotros llevamos hasta hace poco en las distantes regiones del oeste, regiones que quedan fuera del alcance de las autoridades, donde cada hombre era su propio amo y a veces mandaba a otros, a veces tenía seguidores y creaba su propia ley…
Villa gana popularidad fácilmente y se asegura de que esta popularidad perdure. Cuida a sus soldados, los ayuda, vigila la satisfacción de sus necesidades y es muy popular entre ellos. La historia romántica de su supuesto matrimonio con una joven de Chihuahua durante la ocupación de esa ciudad no es cierta. Está casado y no está separado de su esposa.
Sería incapaz de gobernar, pero podría muy bien crear el orden si lo quisiera. Si yo fuera el presidente de México le encargaría esa tarea; estoy completamente convencido de que la cumpliría estupendamente; también obligaría a todos los rebeldes a guardar la paz. En la situación actual de México, no veo a nadie más que pudiera realizar con éxito esa tarea”.
En una conversación con el agregado militar francés en Washington, Woodrow Wilson expresó ideas muy parecidas. Según informara dicho agregado en diciembre de 1913, Wilson, “al hablar de Villa expresó su admiración por este asaltante de caminos que gradualmente ha logrado inculcar en sus tropas suficiente disciplina para convertirlas en un ejército. Quizá, añadió, este hombre represente hoy en día el único instrumento de la civilización en México. Su firme autoridad le permite crear orden y educar a la turbulenta masa de peones, tan inclinada al saqueo y al pillaje”.
Los asgunes agrarios
En el conflicto entre radicales y conservadores en el seno de su movimiento, Villa evitó tomar partido. Probablemente juzgaba que era indispensable mantener la unidad de todas las facciones, no sólo para lograr la rápida victoria militar que deseaba, sino, sobre todo, para obtener también el reconocimiento norteamericano, que veía como clave de su triunfo definitivo. Según Federico González Garza, íntimo colaborador suyo y antiguo secretario de gobierno de Chihuahua, Villa simpatizaba definitivamente con los radicales en lo concerniente a la reforma agraria.
En una carta que escribió Federico a su hermano, Roque González Garza, informó de un altercado que tuvo con Ángeles, quien deseaba posponer la reforma hasta que un nuevo gobierno fuera elegido y legislara sobre el asunto. Según González Garza, el gobierno de Villa no compartía tal punto de vista, sino había que poner en práctica la reforma agraria lo antes posible:
“Tan es cierto que no existía esa diferencia entonces, que la Comisión Agraria con Bonillas como jefe, que se nombró cuando yo estaba allí, estudió concienzudamente el punto y formuló una ley cuya aplicación en el Estado de Chihuahua se estaba aplazando no por falta de un gobierno constitucional, sino porque aún no habían podido medir los terrenos por repartir debido a que no encontrábamos ingenieros agrónomos que salieran a practicar la operación”. Federico González Garza añadió a continuación que la decisión final respecto a tal confiscación tendría que someterse a la ratificación de un congreso de nueva elección.
En un encuentro histórico que tuvo con Zapata antes de marchar juntos sobre la capital, Villa insistió en su compromiso con la reforma agraria. “Pues para ese pueblo” le dijo a Zapata, “queremos las tierritas. Ya después que se las repartan”. En las memorias que dictó a su secretario Bauche Alcalde aproximadamente en ese mismo tiempo, Villa expuso su visión de un México poblado por campesinos libres, concentrados en colonias militares, visión a la cual se había referido unos meses antes en conversación con John Reed.
Al mismo tiempo se estaban haciendo grandes preparativos para una reforma agraria en Chihuahua. Se elaboró una ley agraria y los ingenieros agrónomos de la Escuela de Agricultura de Chapingo fueron llamados a trabajar en la distribución de tierras que se proyectaba. Sin embargo, hasta la primera derrota militar de Villa no se hizo ningún intento de poner en práctica estas medidas. Seguramente algunos de los motivos fueron los mismos que le habían impedido realizar de inmediato una reforma agraria cuando tomó el poder en Chihuahua, en diciembre de 1913: el temor de que muchos de sus soldados abandonaran el frente de batalla para reclamar tierras y luego trabajarlas; un reparto inmediato de tierras a los campesinos habría reducido críticamente los ingresos del gobierno de Villa; los ingresos de las haciendas expropiadas eran necesarios para mantener a los sectores no rurales de la población y para financiar la guerra. Este último motivo se volvió aún más importante una vez que estalló el conflicto armado con Carranza, ya que la situación económica del movimiento villista se deterioraba constantemente. Los ingresos en divisas extranjeras disminuían notoriamente porque las ventas de ganado y algodón a los Estados Unidos, fuentes de dichos limitados ingresos, se agotaron después que se vendió una gran parte del ganado y la producción de algodón en la Laguna disminuyó en forma alarmante. En cambio, los precios de las armas y municiones norteamericanas habían aumentado constantemente desde agosto de 1914 debido al estallido de la primera guerra mundial.
En el periodo inmediatamente posterior a la ruptura con Carranza también hubo motivos políticos que obligaron a Villa a moderar su política agraria. Este quería evitar a cualquier precio dividir o debilitar su movimiento mientras no alcanzara la victoria final sobre Carranza que, a mediados de 1915, esperaba sería rápida. Una reforma agraria llevada de inmediato a la práctica hubiera significado una ruptura con el ala conservadora del villismo. Además, las reformas sociales radicales podrían haber suscitado en los Estados Unidos una renuencia a reconocerlo. Villa esperaba un rápido reconocimiento de parte de los Estados Unidos, después del cual tendría el monopolio de los embarques de armas norteamericanas.
Es posible también que Villa haya compartido las aprensiones de varios de sus partidarios, quienes temían que un reparto inmediato de tierras pudiera intensificar una escasez de víveres que ya se sentía, lo cual hubiera sido sumamente peligroso para su movimiento. Todas estas consideraciones explican la cautela y “moderación” de Villa por lo que tocaba a la acción inmediata. Sin embargo, esta “cautela” hubiera sido vana si la presión a favor de una reforma agraria inmediata al interior de su movimiento hubiera sido tan urgente y poderosa como al interior del ejército zapatista. Algunas de las razones de esta diferencia eran la menor proporción de campesinos en la población de Chihuahua y la existencia de un ejército profesional bien pagado y desligado de su lugar de procedencia. El ejército profesional se hizo más fuerte aún en el periodo de 1914 a 1915. La confiscación de las mayores haciendas ganaderas de Chihuahua por la administración villista había ocasionado la venta o la matanza de la mayor parte del ganado. Muchos vaqueros desempleados se enrolaron inmediatamente en el ejército villista y opacaron cada vez más al elemento campesino dentro de éste. El interés de estos vaqueros por una reforma agraria era naturalmente menor que el de los campesinos. También la jefatura del ejército villista había experimentado un importante proceso de transformación. Muchos de los dirigentes campesinos que originalmente habían participado en la revolución de 1910 a 1911, como por ejemplo Toribio Ortega, habían muerto y habían sido sustituidos por hombres como Rodolfo Fierro, que no era campesino, o Martín y Pablo López, que habían ascendido dentro del ejército, y que nunca habían sido, voceros o líderes de sus comunidades.
El nuevo rumbo villista
Después de la derrota decisiva de Villa en Celaya, su política social cambió. Ahora era él quien estaba en desventaja y, al igual que Carranza, obligado a ampliar su base social. Si bien esta necesidad era reconocida por todos en su movimiento, no produjo ningún consenso respecto a la dirección en que debía realizarse esta ampliación. Ángeles y Maytorena esperaban que las promesas sociales radicales de Carranza le permitirían a Villa allegarse más elementos conservadores en el país y sobre todo obtener ayuda de los Estados Unidos. Se esperaba que los Estados Unidos apoyarían al movimiento convencionista a pesar de su derrota militar, a fin de evitar la hegemonía militar exclusiva de Carranza.
La estrategia que siguió Villa para “ampliar la base” de su movimiento era diametralmente opuesta a la del ala conservadora de los convencionistas. Ahora intentó llevar a la práctica la reforma agraria y darle un fundamento legislativo. Se envió un emisario a Sonora para que pusiera en marcha la reforma agraria en ese estado. Y en agosto de 1915, Villa felicitó al gobernador de Chihuahua, Fidel Ávila, quien había firmado una ley agraria ordenándole que comenzara de inmediato a aplicarla, con la única excepción de las haciendas de los Terrazas, que serían entregadas a los soldados del mismo Villa.
En mayo de 1915 Villa había expedido una amplia ley agraria. Todas las propiedades que excedieran una determinada extensión debían ser repartida entre los campesinos. Los propietarios recibirían alguna forma de indemnización y los campesinos deberían pagar las tierras en pequeñas cuotas. Los gobiernos estatales, y no el federal, sería los encargados de aplicar la ley. No se mencionaba la propiedad comunal de los pueblos. La ley reflejaba el carácter heterogéneo y divergente del movimiento convencionista. Con el objeto de mantener la unidad de las facciones que lo apoyaban, Villa concedía a cada estado un amplio margen para poner en práctica la reforma agraria.
Perdidos billetes villistas
A pesar de algunos esfuerzos en favor de la conciliación, tales como el reconocimiento de los derechos de los estados en relación con la ley agraria, el creciente radicalismo social de Villa condujo a una ruptura definitiva con el ala conservadora de su movimiento. El efecto, Ángeles rompió con Villa en agosto de 1915. Maytorena había impedido al representante de Villa en Sonora llevar a cabo la propuesta reforma agraria, y cuando, en septiembre de 1915, el ejército de Villa fue a Sonora apoyar a Maytorena, éste prefirió huir a enfrentarse con Villa.
Las tendencias sociales conservadoras de Maytorena tuvieron mucho que ver con esta decisión. Si bien no dio ninguna explicación pública de su partida, Maytorena aclaró más tarde que uno de los principales motivos de la misma fue el deseo de Villa de imponer préstamos forzosos a los comerciantes ricos de Sonora y su propia negativa a acceder a tales exigencias. Según Maytorena, Villa se iba convenciendo cada vez más de que las ligas del dirigente sonorense con las clases altas estaban desacreditando a la revolución.
Aunque Maytorena no hizo ninguna declaración pública contra su antiguo aliado y siguió trabajando contra el reconocimiento norteamericano de Carranza, en secreto le asestó un golpe demoledor a Villa. En una carta confidencial dirigida a sus dos subordinados más fieles en Sonora, los generales yaquis Francisco Urbalejo y José María Acosta, les ordenó que limitaran su apoyo a Villa a las acciones militares en su propio estado. Si Villa les pedía que avanzaran hacia el sur debían decirle que sus tropas no querían alejarse demasiado de sus familias. Si Villa insistía, escribió Maytorena: “deben decirle que harán todo lo posible por convencer a sus tropas. Pero en vez de hacer esto, deben dispersarlas, diciéndoles que conserven sus armas y parque y esperen mis instrucciones”. Urbalejo y Acosta debían marcharse entonces a los Estados Unidos, donde Maytorena los ayudaría económicamente. Después de la derrota de Villa en Hermosillo, pocas semanas después de enviada esta carta, la mayor parte de sus tropas yaquis lo abandonaron y se negaron a seguirlo a Chihuahua. No se sabe hasta qué grado se puede atribuir dicha deserción a las instrucciones de Maytorena o a los desastres militares de Villa.
La reforma agraria que planeó Villa en los últimos meses en que tuvo bajo su control la mayor parte del país, jamás se llevó a la práctica. Esto se debió sólo en parte a la resistencia de los conservadores dentro del villismo. Tan importante como ésta fue, indudablemente, el hecho de que la reforma llegaba demasiado tarde. En agosto de 1915, cuando debía tener lugar el primer reparto extenso de tierras en Chihuahua, el gobierno villista estaba ya en proceso de disolución. Era incapaz de llevar a cabo tal empresa. También es dudoso que muchos campesinos, ahora que resultaba cada vez más evidente que Villa estaba sufriendo derrotas paralizantes, quisieran en tales circunstancias recibir tierra de sus manos, ya que hacerlo los habría identificado con un perdedor y probablemente hubiera impedido que recibieran, más tarde, tierra alguna de manos de Carranza, cuya victoria parecía cada vez más probable.
Otra razón del fracaso de los esfuerzos de Villa por obtener una base de masas más amplia y sólida después de 1915 fue el espectro de la inflación, de la cual él mismo era responsable. Como Carranza y otros revolucionarios, Villa nunca había vacilado en imprimir papel moneda para financiar la revolución. Este no fue el caso de Zapata, en cuyo territorio la economía monetaria fue sustituida en gran medida por una economía de subsistencia. Esto era posible en Morelos, un estado rural, pero no en el norte, con su industria minera y su larga frontera con los Estados Unidos. El valor de los billetes de Villa descendió rápidamente al entrar en circulación cantidades cada vez mayores de papel moneda.
Antes de las derrotas militares de Villa, su dinero se depreció menos de lo que hubiera podido esperarse en vista de las enormes sumas que producían sus prensas. Esto se debió principalmente al hecho de que el mismo Villa, en cierto sentido, vivía a crédito. Muchos hombres de negocios y especuladores norteamericanos y mexicanos adquirieron grandes cantidades de dinero villista, con la esperanza de que a su triunfo redimiría sus billetes (o al menos los aceptaría como pago de impuestos) al tipo de cambio oficial, mucho más alto que el tipo corriente en el mercado negro en donde los compraron. Después de las derrotas de Villa vendieron a cualquier precio todo el dinero previamente adquirido, lo cual produjo una depreciación catastrófica, a tal grado que incluso en Chihuahua, corazón del territorio villista, era imposible comprar nada con billetes villistas.
Se desató una escasez de alimentos que no podían resolver los decretos draconianos de Villa, encaminados a obligar a los comerciantes a vender sus mercancías. Las manifestaciones de hambrientos y los saqueos de tiendas de abarrotes se repitieron muchas veces en la zona controlada por Villa, con la consecuente mengua de la popularidad de Villa entre la población.
A fines de 1915, tanto el gobierno convencionista como la administración regional instalada por Villa para gobernar el norte de México se desintegraron. Zapata y Villa siguieron librando su guerra de guerrillas en sus respectivas regiones, pero el convencionismo dejó de existir como movimiento nacional. Sus ejércitos habían dominado brevemente la mayor parte del país, pero, fuera de su centro principal de acción, apenas dejó huella en la estructura social del país. Federico González Garza, quizá el más inteligente de los intelectuales que se unieron a Villa, expresó esto con gran claridad. En septiembre de 1915, cuando ya se perfilaba la derrota, describió en términos tajantes las debilidades fundamentales del movimiento convencionista en una carta a su hermano Roque, quien había encabezado durante un tiempo el gobierno convencionista en la capital.
De Ángeles y yanquis
Si algún político hubo en el periodo de 1910-20 que podía presentarse en todos sentidos como el heredero espiritual de Madero, éste fue Felipe Ángeles, no Carranza. Por su designio político de conservar el antiguo ejército federal, buscar un acercamiento con los Estados Unidos, y utilizar la democracia parlamentaria como un sistema y no como una mera fachada, Ángeles era una verdadera réplica de Madero, y, al igual que él tenía una disposición filantrópica y una generosa simpatía hacia los pobres, de los cuales recibió un sorprendente apoyo. Sin embargo, aunque consideraba como deber moral de las clases prósperas ayudar a las menos favorecidas, rechazaba categóricamente cualquier tipo de reforma agraria o de transformación del orden social existente. En su opinión, la Convención debió haberse desplazado hacia la derecha de Carranza y no hacia su izquierda, y haber tomado una posición inequívocamente más conservadora. Esto lo expresó con toda claridad y énfasis en una conversación sostenida a mediados de 1915 con el secretario de gobierno de Villa, Federico González Garza, según lo cuenta éste:
Cuando estuvieron aquí el general Ángeles y el Lic. Díaz Lombardo, advertí, hablando sobre estos asuntos, que ellos reconocen que nos diferenciamos de los carrancistas en que éstos quieren o prometen realizar las reformas revolucionarias dentro del llamado periodo preconstitucional, mientras que nosotros aspiramos a restablecer antes de todo el orden constitucional como base indispensable para introducir después las reformas.
Ángeles resumió su filosofía social en las siguientes palabras:
En la lucha de clases, estoy con los explotados y en contra de los explotadores; pero no se me escapa que el movimiento de fraternidad social debe ser lento, especialmente en los países en donde las masas carecen de educación y los administradores de honradez. Pero debemos hacer todo lo posible por disminuir las injusticias de la presente sociedad capitalista. Estar ciegamente contra el rico, es estar contra las fuerzas inteligentes del país. Los ricos son los hombres que, dentro de la Ley y la organización actual de la sociedad, tienen la inteligencia necesaria para salir victorioso en la lucha egoísta de los sistemas reinantes.
Tras el estallido de la guerra civil en México en 1914, el ala conservadora aliada con Ángeles intentó limitar la radicalización del movimiento convencionista y crear, donde fuera posible, una apertura a la oligarquía tradicional. En esta forma, Ángeles, Maytorena y sus partidarios esperaban ganar una influencia determinante en México después de la derrota de Carranza. Los conservadores intentaron primeramente obtener apoyo para esta apertura a la derecha mediante el reclutamiento de numerosos soldados y oficiales del antiguo ejército huertista en las filas del ejército convencionista. Ángeles lanzó una proclama en la que exhortaba a los miembros del antiguo ejército federal a unirse a la Convención. Tal vez haya abrigado la esperanza de poder movilizar a este grupo no sólo contra Carranza, sino eventualmente también para una lucha futura contra Zapata y Villa. Este grupo esperaba obtener el favor de los grandes terratenientes mediante la devolución de las haciendas expropiadas a sus antiguos dueños. El grupo conservador esperaba además fortalecer sus filas mediante alianzas con caudillos regionales enemigos de las reformas, como el antiguo oficial huertista Esteban Cantú en Baja California, el terrateniente Peláez en la región petrolera y los hacendados de Chiapas.
Con todo, los hombres en torno a Ángeles habían puesto sus mayores esperanzas en un acercamiento con los Estados Unidos. Ángeles proclamó reiteradamente en público:
Estar contra los extranjeros que nos traen la ciencia, que saben cómo se explotan las riquezas naturales y aportan los capitales indispensables para esa explotación, es insensato y es falta de respeto a nuestras obligaciones internacionales y a nuestra voluntad colectiva: esto es, a nuestras leyes, bajo cuya protección han venido a desarrollar la prosperidad de nuestro país.
Yo voy a confesar un pecado muy grande: nosotros los mexicanos somos enemigos de los americanos, sencillamente porque no los conocemos; conocemos a los americanos de la frontera, pero no a los del Norte, que son los que hacen progresar a esa gran nación, a ese gran pueblo semejante al pueblo de Roma cuando su florecimiento. Los Estados Unidos son una gran nación, de la que yo quisiera que fuéramos siempre amigos… Uno de los motivos de mis disgustos con Villa, y que originaron mi separación de él, es su odio contra los americanos.
Ángeles dio a entender claramente al representante de Woodrow Wilson en México, Duval West, que él era el político en quien se encontraba más profundamente arraigados el respeto y la deferencia por la propiedad privada. Duval West informó acerca de su conversación con Angeles en relación con la situación en Monterrey.
Desde que ocupó la ciudad parece esforzarse en no tocar la propiedad de las personas privadas. No se ha practicado o permitido ninguna confiscación o expropiación de la propiedad privada de ninguna persona. El manifiesta que a causa de esta actitud ha sido ya duramente criticado por los partidarios de Villa.
Ángeles, Maytorena y sus partidarios esperaban que la colaboración con los Estados Unidos atrajera a un mayor número de elementos conservadores a la Convención, fortaleciera su dependencia económica y militar respecto de los Estados Unidos y evitara así los trastornos sociales. De hecho Ángeles consiguió ganarse por algún tiempo el favor de Wilson y ser su candidato preferido para la presidencia de México. Este acercamiento con los Estados Unidos es ciertamente una de las razones de que el ala conservadora de la Convención, que, al igual que los conservadores en el movimiento carrancista, rechazaba toda reforma radical, nunca estuviera dispuesta a incurrir en una retórica seudorradical. Tal retórica, aun cuando hubiera carecido de seriedad, habría causado alarma en los Estados Unidos. Por consiguiente, los convencionistas conservadores no sólo rechazaron los cambios y los programas radicales, sino que además intentaron atenuar lo que ya se había logrado. En los manifiestos de los revolucionarios norteños, que fueron redactados principalmente por Ángeles, casi no se mencionaban las confiscaciones de las haciendas por parte de Villa y el reparto de sus ingresos entre los pobres. El resultado fue un extraño contraste entre el estilo retórico de los dos movimientos. En Carranza la demagogia radical sobrepasaba con mucho la proporción real de las reformas, mientras que en las proclamas y los programas lanzados por Angeles, los pronunciamientos ideológicos de los revolucionarios norteños eran muy modestos en comparación con los cambios que su movimiento había realizado en los hechos.
La convención y la reforma agraria
Estas circunstancias explican por que el ala conservadora se opuso firmemente a una reforma agraria inmediata. Esto condujo, en 1914 y sobre todo en 1915, a una acalorada discusión entre las representaciones norteña y sureña de la Convención, la cual de 1914 hasta 1916 funcionó como una especie de parlamento del movimiento asociado a ella.
En febrero de 1915 el general Buelna, que comandaba las tropas de la Convención en la región de Tepic, preguntó a la Convención qué se iba a hacer con varias haciendas que habían sido expropiadas y se habían convertido en una carga financiera para el Estado. ¿Debía devolver la administración revolucionaria las haciendas a sus antiguos dueños a fin de ahorrarse los costos de administración? Este problema movió a los delegados sureños de la Convención a formular un plan para el inmediato reparto de las tierras de las haciendas en el territorio dominado por la Convención. La comisión agraria de la Convención, formada principalmente por delegados zapatistas, propuso que el órgano ejecutivo de tal reforma fueran las autoridades comunales. Estos gobiernos locales debían devolver de inmediato a las comunidades todas las tierras anteriormente expropiadas e iniciar el reparto de las haciendas confiscadas entre los campesinos en las regiones gobernadas por la Convención. La ejecución de esta proposición sin precedentes hubiera provocado cambios sociales irreversibles que habrían acabado definitivamente con el sistema de haciendas y al mismo tiempo habría desatado una actividad política masiva del campesinado.
Los delegados norteños se manifestaron inequívocamente contra esta propuesta. Se invocó una razón tras otra: que reformas de tal amplitud y alcance debían ponderarse detenidamente antes de su ejecución; qué la expropiación de propiedades extranjeras conduciría a conflictos con los Estados Unidos; que los gobiernos locales no eran los órganos apropiados para poner en práctica tales medidas; que una reforma agraria inmediata excluiría a los soldados que estaban en el frente. Este problema, al igual que otras cuestiones socialmente importantes, como por ejemplo los derechos de los obreros industriales y la postura de la Convención respecto a la propiedad privada, dieron lugar a constantes conflictos entre los delegados norteños y sureños. Cuando la Convención pudo elaborar, a principios de 1916, un programa conjunto de reformas socioeconómicas, muchos de los delegados norteños se habían ido. Cuando tal programa fue finalmente aprobado, careció de pertenencia en la práctica. Los ejércitos de la Convención habían sido derrotados o dispersados, excepto en Morelos, y el programa del organismo ahora sin poder fue olvidado en el fragor de la derrota.