Estábamos sentados en una especie de café y jardín. Era el verano, cuando los atardeceres en Varsovia duran mucho tiempo. El sol se mete pero el cielo permanece iluminado, conservando la brillantez del comienzo de la noche. Los pájaros seguían cantando en las ramas de los árboles. Las palomillas giraban desquiciadas alrededor de las bombillas de las lámparas. El olor dulce de las flores se combinaba con los aromas del café, de la cocoa y de los pasteles recién horneados. La luna de agosto apareció en el cielo; a su lado brillaba una estrella.

Estábamos sentados en un grupo pequeño: varios escritores, un pintor y un escultor. Al rato se fueron todos menos un escritor yiddish, Reuven Berger, y yo. Desde sus inicios Reuven fue considerado un gran talento y luego dejó de escribir por completo. Tomamos café, comimos pan con jamón y hablamos de mujeres. Reuven contaba anécdotas y fumaba un cigarro tras otro. En un rincón apartado del café alguien se puso a tocar el piano. Hasta nosotros llegaban los perfumes de los últimos días del verano, provenientes del otro lado del Vístula.

Reuven Berger puso la ceniza de su cigarro en el cenicero y dijo:

-Hay veces en que un hombre tiene que darle de bofetadas a una mujer. No importa lo considerado que él pueda ser por naturaleza, a veces no queda de otra. Tú sabes que tengo fama de ser muy gentil con el sexo débil, pero la historia en que estoy pensando es tan descabellada y tan distinta de como soy, que cada vez que me acuerdo me da risa. Una cosa así sólo es posible en la vida, no en la literatura. Es demasiado ridícula como para que alguien pueda creerla.

-Mucho suspenso. Platícamela- dije.

-En fin. Tú sabes que desde los catorce años yo andaba metido con las mujeres. Las quería y me querían. Esto pasó hace unos ocho años, o diez a lo mejor. Yo estaba viviendo con una mujer que se había enamorado de mi hasta el fondo. En las mujeres que son como el la, el amor se vuelve una obsesión total. Mi vida se volvió un infierno con sus celos desquiciados. Mil veces terminé con ella y siempre volvía. Su padre era un judío devoto, dueño de una casa. Ella se llamaba Bella. Andaba en nuestros círculos literarios mucho antes de que tú comenzaras a venir al Club de Escritores. Había estudiado en un gymnasium exclusivo para mujeres y tenía los modales de una mujer refinada. También era hermosa. Pero empezó a beber por mi culpa. En esa época yo todavía estaba casado. Bella se sentaba sola en su cuarto, bebía vodka directo de la botella, fumaba y se peleaba conmigo por teléfono cuando lograba encontrarme. Tuve que huir de ella. Cada día se puso peor. Trató de matarse muchas veces.

“Cuando pasaba por uno de estos arranques había escenas de locura. Sólo una cosa podía detener sus arrebatos de demencia: las cachetadas. Muchas veces tuve que darle de bofetadas, y con esto recuperaba la calma de inmediato. Muchas veces llegué a hacer analogías con la guerra. Cuando un país se vuelve beligerante y destructivo, sólo hay un modo de ponerlo en su lugar: derrotándolo. Si me oyera un pacifista me haría pedazos, pero es la verdad.

“¿Deshacerme de ella? Yo no quería abandonarla para siempre. A mi modo yo la amaba. Si no hubiera sido por estos arranques de locura yo habría sido muy feliz con ella. Pero era capaz de rasgarse el vestido a mitad de la calle o de intentar arrojarse a las ruedas de un tranvía. Podía írsele encima a cualquier mujer inocente con la que yo hubiera intercambiado una o dos palabras. Una vez la arrestaron por perturbar la paz. Otra vez su madre fue a buscarme para decirme que terminara con Bella. ¿Pero cómo se puede terminar una relación con una mujer así? Habría tenido que huir para América o suicidarme.

“En fin tú sabes que durante muchos años me gané la vida dictando conferencias. Pero esto había llegado al extremo de que yo no podía irme a ninguna parte sin que ella se apareciera de la nada para ver lo que estaba haciendo. Ella iba tras de mi cada vez que yo tenia que ir a una conferencia. Aprendí todos los trucos en el arte de la conspiración. Tenia direcciones secretas, un número privado de teléfono. Una vez descubría un detective vigilando mi puerta. Su padre era un hombre muy rico.”

Reuven hizo una pausa y trató de balancear una cucharita en el filo de un vaso. Continuó:

-Durante esa época, tuve que dar una conferencia en Jedrzejow. Era un día frió y estaba lloviendo. Según yo, Bella no tenía idea de cuáles eran mis planes, pero al momento de entrar al tren ahí estaba ya. Nunca voy a saber cómo se enteró de que yo iba a hacer este viaje. El carro estaba vacío. Yo estaba tan molesto que no dije nada. Nos sentamos en silencio absoluto. Después de un rato, como era de esperarse, empezó con sus reproches amargos y me advirtió que no tratara de hacerla a un lado. Como siempre, se puso a desvariar, dando gritos y hablando como loca. Poco a poco fue subiendo el tono y poniéndose cada vez más agresiva y usó todo tipo de amenazas y de insultos. Yo sabia que tenía que darle de cachetadas o no habría conferencia. Mi confusión era tal que no me había dado cuenta que en una de las paradas habían subido otros pasajeros al tren. Pero de hecho, ella estaba rogando que la cachetearan. Le dí un bofetón en la cara -uno, dos, tres-. Tuvo el efecto milagroso. Enloqueció por un minuto. Al minuto siguiente la histeria había desaparecido. Sonrió, se volvió adorable, coherente. Los que nunca han visto un cambio tan repentino como éste no podrían imaginarse lo definitivo que fue. Bella se apoyó contra la ventana del tren, llorando un poco todavía y presionando mi mano contra sus piernas. Yo estaba tan confundido que no me di cuenta de que justo enfrente de mi estaba sentada una mujer mirando furiosa la escena, dispuesta a comerme vivo. Parecía una mujer de las que viven en ciudades pequeñas -no joven, no vieja. Quizá saliendo de sus veinte o entrando a sus treinta. Todavía me acuerdo que llevaba un sombrero que parecía una cacerola invertida. Me recordó a las sufragistas que uno ve en las fotografías de las revistas ilustradas o posiblemente al tipo de mujeres que ayudarían a hacer bombas para lanzárselas al Zar. Llevaba un libro sacado de alguna biblioteca, con la pasta cubierta cuidadosamente con un forro de papel. Una o dos veces abrió la boca como si fuera a maldecirme, pero al parecer se estaba controlando. Entró más gente al carro y por un momento perdí de vista a mi furiosa compañera de viaje. Para entonces Bella se había normalizado por completo, disculpándose una y otra vez, besándome y prometiendo portarse bien de ahí en adelante.

“-¿Por qué me seguiste? -le pregunté-. Este es un viaje de trabajo, no de vacaciones.

“Ella dijo con suavidad:

“-Como ya estoy aquí, déjame seguir contigo. Tengo muchas ganas de oír tu conferencia. No tienes que presentarme con nadie. Cuando lleguemos me separo de ti y sólo en la noche voy a oír la conferencia. Yo sola me las arreglo para saber cuándo te vas a ir y entonces preparo todo para regresarme contigo.

“En pocas palabras, no era la misma Bella sino una amante tranquila y humilde. Este cambio de personalidad siempre me dejaba perplejo. Yo pensaba: uno nunca sabe, pero a lo mejor las cachetadas podrían curar algunos malestares orgánicos. Por raro que suene, en esos momentos ella recuperó su viejo encanto y me enamoré de ella otra vez. Pero la paz sólo duró unos días.

“Llegamos a nuestro destino y cogí mi maleta de la repisa. Le dije adiós y nos besamos. Un comité iba a recibirme en la estación y no quería que ella lo viera. Podía haber provocado otro arranque. Bajé del tren y ahí estaba el comité de bienvenida. Era la típica intelligentsia de provincia. Cada vez que tienen oportunidad de pegársele a algún escritor de Varsovia se cuelgan de él y no lo dejan ni un solo momento. No tengo que decirte que todos tenían ambiciones literarias. Yo estaba seguro de que cada uno tenia listo un poema una novela o una obra de teatro. ¿Qué otra cosa pueden hacer en sus pueblos desamparados?

“El mismo pueblo me pareció una Siberia en miniatura: gris, lodoso, con casuchas pequeñas y un hotel de dos pisos, en donde había una reservación para mí. Ya no estaba lloviendo, pero el cielo presagiaba hielo, granizo, una nevada. En ningún otro lugar, ni siquiera en campo abierto, el cielo es tan ancho y ajeno como en estos pueblos ínfimos -es el tipo de cielo que se ve en los cementerios.

“Comenzaron con las palabras de costumbre: ‘Es un honor tenerlo con nosotros’, ‘¿Cómo le fue de viaje?’; y la charla cuasi literaria de costumbre, con sus equivocaciones y sus faltas en la pronunciación. Los jóvenes me escoltaron al hotel y en el camino me agobiaron de preguntas: ¿Cómo escribe usted? ¿Cuándo escribe? ¿En qué se inspira? Uno de ellos empezó a criticarme por no ser lo suficientemente progresista y por no preocuparme del futuro de las masas. En lugares así uno tiene que estar preparado para todas estas tonterías. Ya casi era hora de la conferencia y tuve que pedirle al comité que me dieran un momento para cambiarme de camisa. Prácticamente los tuve que sacar a la fuerza.

“Finalmente, gracias a Dios, me dejaron solo. Atranqué la puerta y estaba empezando a desvertirme cuando alguien tocó. ¿Quién podría ser? Una voz de mujer dijo: ‘Abra la puerta. Yo soy la que va a presentarlo hoy en la noche’. Volví a ponerme el saco enseguida, abrí la puerta, y ¿quién crees que era? La mujer que estaba sentada frente a mi en el tren.

“He vivido todo tipo de sorpresas, pero seguro que esta fue la más grande de todas. También ella parecía sorprendida. Me miró y dio la impresión de que sus ojos se transformaban. Le dije que pasara, pero se quedó clavada en el piso, sin creer lo que veía. Cuando por fin entró al cuarto empezó a hablar. No me acuerdo qué fue lo que dijo exactamente; en resumen que había leído todos mis libros y que me consideraba uno de los escritores más románticos de Polonia. Había ido a visitar a una hermana enferma cerca del pueblo pero había regresado un día antes para presentarme. Era la bibliotecaria de Jedrzejow y la presidenta del comité. Se puso a vociferar que siempre le había fascinado el conocimiento profundo y la comprensión de las mujeres que mis libros revelaban.

“-Dios mío, ¿cómo es posible que usted sea la misma persona que vi en el tren? No es posible. Dígame que no es cierto – suplicó en tono dramático, con una voz solemne y con las manos entrelazadas. Repitió: -¿De veras es usted? ¿Es cierto todo esto? íPor favor Dígame que estoy equivocada!

“-Lo siento muchísimo usted no está equivocada -le dije-, pero luego le explico todo.

“-¿Qué? ¿Es usted capaz de hacer esas cosas? -gritó-. Si es así entonces todo lo demás es falso. Si eso es posible, entonces toda la literatura es una estafa y una falsedad y no es más que la peor de las hipocresías.

“Siguió increpándome, gritando cada vez con más fuerza, hasta que por fin pude decirle:

“-Señora o señorita, o lo que sea, tengo que prepararme para mi conferencia y ya se me hizo tarde. Hablaré con usted en la recepción.

“-íAh! ¿Me está corriendo? -espetó-. ¿Qué no tiene modales ni vergüenza? íUsted, que debía ser el portador de la paz, el ejemplo para nuestra gente más necesitada! íEsto es prostitución, pura prostitución!

“Su voz llegó a un nivel aún más histérico, mientras mi reloj decía que en cualquier momento llegaría el comité para escoltarme a la conferencia. La experiencia me había enseñado que siempre llegan antes de lo acordado. De veras comencé a desesperarme. Poco antes había tenido que zafarme del ataque enfurecido de Bella y aquí estaba otra vez asediado por uno nuevo. Me di cuenta que en un misterioso acto de imitación femenina ella estaba tratando de crear la misma escena que me había hecho Bella: un montón de insultos, injurias, lágrimas, infundios que podían seguir sin parar. Solté un grito con fuerza:

“-¿Se va a ir o voy a tener que correrla?

“-íCórrame! -gritó- íQue el mundo sepa qué tipo de charlatán es usted! íUsted y todos los escritores! íUsted y todos los hombres, una bola de mentirosos, de estafadores, de seductores, de asesinos! Que el mundo se entere del juego sucio que ustedes juegan para engañar al lector honesto, para burlarse de nosotros, para engañarnos con su falsedad y su cinismo. íIdiota, estúpido! íAnimal!

“Sí, ya lo adivinaste. Me lancé sobre ella, la agarré y comencé a arrastrarla hacia la puerta. Soltó un aullido terrible, trató de resistirse con violencia, y comencé a darle de bofetadas igual que a Bella en el tren. Todo pasó tan rápido que ni yo mismo lo puedo creer. Abrí la puerta de golpe y la saqué de un empujón. Esperaba oirla golpear la puerta y que viniera todo el pueblo a ver el espectáculo. Durante un momento estuve a punto de tomar mi maleta y salir corriendo de ahí, pero en lugar de eso hubo un silencio absoluto del otro lado de la puerta. Pensé que se había desmayado. íQué irónico hubiera sido que la simplona conferencia terminara con un asesinato! Abrí la puerta, pero el pasillo estaba oscuro y vació. Se había ido. Sólo entonces me di cuenta de lo que me había pasado. Mis manos estaban temblando, las piernas se me doblaban, y a pesar de todos mis intentos no podía abrocharme el botón del cuello de la camisa.

“Había preparado un texto para esa noche pero no recordaba dónde lo había puesto. Quizá después de todo lo mejor era salir corriendo del pueblo. En eso oí voces y pasos. Dos jóvenes venían a recogerme. Uno de ellos me preguntó: “¿Vino Zippora?” Entendí que Zippora era la bibliotecaria. Mi garganta se Había cerrado y no pude decir una palabra. Los dos hombres comprendieron lo alterado que me encontraba, y uno de ellos me ayudó con el botón de mi cuello. El otro preguntó “¿Por qué tiró su texto al piso?” Levantó las páginas y las acomodó. Luego bajamos las escaleras. No Había rastro de la mujer por ninguna parte. Afuera todo estaba oscuro y la nieve caía.

“Por fin llegamos al auditorio y había mucha gente esperándonos. El representante del comité, o quien quiera que fuese, preguntó por Zippora. No estaba en el auditorio. Algunos opinaban que la esperásemos. Durante semanas había estado trabajando en su presentación. Otros decían que se estaba haciendo tarde. Finalmente apareció un joven y se plantó frente al estrado. No entendí lo que decía. Una palabra destacó en su discurso: “cuyo”, una palabra que repitió una y otra vez, probablemente porque en la provincia esta palabra denota tal vez un lenguaje elevado. Cuando terminó yo empecé mi conferencia. Mis palabras sonaban huecas y lejanas en mis oídos que zumbaban, casi como si estuviera hablando en otro idioma. Esperaba que en cualquier momento brotara una carcajada del público, pero el auditorio estaba en silencio. Después de mi conferencia comencé a leer uno de mis cuentos, pero las letras bailaban de un lado a otro ante mis ojos, y la impresión cambiaba de color. De suerte que me sabía el cuento casi de memoria. Era sobre el encuentro de un joven y una muchacha en una noche de luna -un cuento tan romántico y tierno como todos los que he escrito. Los aplausos interrumpieron varias veces mi lectura, y comencé a recuperar el control. Mi vista se despejó y los primeros rostros que reconocí entre el público fueron los de Bella y Zippora. Estaban sentadas juntas en la primera fila, animándome y aplaudiendo. Sus ojos brillaban de entusiasmo. Me empecé a reír con fuerza. Por un momento mi publicó pareció sorprendido porque se trataba de un relato serio y no de uno cómico. Pero la risa es contagiosa y muy pronto toda la gente se me unió. Nunca antes había hecho reír así a un público como ése. Ah, me dan ganas de reir otra vez…” Reuven empezó a reírse en su pañuelo y se limpió el sudor de su frente enorme y recta. “Podría escribir un cuento con esto”, dijo, “pero ya no tengo el apetito por la sucia profesión de los garrapateos”.

-¿Qué pasó con Bella? -pregunté.

Reuven se puso serio de inmediato.

-Murió. No, no se suicidó; no así directamente. Se fue matando poco a poco. Entre la hepatitis y los celos se echó a perder los riñones, el hígado. Todo. Nunca voy a saber cómo duró tanto.

-¿Y qué pasó con Zippora?

-Hasta donde sé, sigue siendo la bibliotecaria. De vez en cuando venia a Varsovia, y esas veces me hablaba por teléfono. Siempre empezaba diciendo: ‘Habla la mujer a la que cacheteaste’. Invariablemente me pedía un favor mínimo: que qué opinaba sobre tal libro, que si le podía conseguir dos boletos para una conferencia, que si le podía dar un autógrafo. Fue amiga de Bella durante toda su enfermedad. Siempre que venia a Varsovia la iba a ver. Le mandaba algunos regalitos cuando era su cumpleaños y en otras ocasiones. Muchas veces me pidió que fuera a dar alguna conferencia a su pueblo. La cosa es que no pude regresar otra vez a ese lugar. Pero siempre se lo prometía. Le decía por teléfono: “Si, querida, iré y te juro por lo más sagrado para mi que esta vez no voy a golpearte. Al contrario: te voy a besar si me lo permites”. Y ella me decía: “No tenias de otra. Toda la culpa fue mía. De hecho lo que hiciste creó una especie de vinculo secreto entre nosotros”. Hace mucho tiempo que no me habla, pero espero que esté bien.

-¿Se casó alguna vez? -pregunté.

Reuven sacudió la cabeza.

-Nunca. A veces sospecho que lo que pasó entre nosotros fue el contacto más cercano que ella tuvo alguna vez con un hombre.

(Traducción de Antonio Saborit)