Un baúl que el oleaje había arrojado a las costas del Golfo fue llevado ante la presencia de Moctezuma. Adentro había algunas joyas. Ropas extrañas. Una espada que no había forma de romper. Hoy, el hallazgo inopinado de un objeto extraterrestre nos permitiría entender la mezcla de miedo, de misterio, de sorpresa que debió envolver al último señor de los mexicas que celebró, oficialmente, en 1504, la ceremonia del fuego nuevo y el fin de un ciclo de 52 años.

Según el relato del fraile Motolinia, los gobernantes de Acolhuacán y Tlacopan quedaron demudados al ver y tocar aquellos enigmáticos objetos. Moctezuma procuró tranquilizar a sus aliados: les dijo que aquellas cosas habían pertenecido a sus ancestros, y que él las había mantenido ocultas hasta aquel momento. Repartió, incluso, entre ambos señores, algunas prendas y les aconsejó que las trataran como a objetos sagrados.

A partir de entonces Moctezuma se ensombreció. Aquella caja llena de utensilios desconocidos era tal vez la señal más clara y palpable —de cuantas había recibido hasta entonces— de que un suceso insólito se aproximaba.

Ilustración: Estelí Meza

Navíos españoles rondaban las aguas del Caribe desde principios del siglo XVI. La llegada al trono de Moctezuma Xocoyotzin (1502) coincidió con el instante en que los europeos se apoderaban de La Española, Cuba, Puerto Rico y Jamaica. Colón habían tenido contacto con un grupo de mayas, en las inmediaciones de lo que luego se conoció como Las Hibueras. Esos mayas llevaron a tierra firme la primera noticia sobre la presencia de hombres extraños: seres de carnes blancas, y de barbas y cabellos “que hasta las orejas les dan”.

En 1511, cerca de las playas de Yucatán, naufragó un barco que se encaminaba a Santo Domingo. La mayor parte de los sobrevivientes murió poco después de inanición, a bordo de un batel en el que habían tenido incluso que beber sus propios orines. Un grupo reducido de náufragos fue sacrificado por indígenas cocomes al alcanzar la costa. El cronista Cervantes de Salazar afirma que un español, al que un macanazo de los indios dejó “como un tonto” —y con el que ellos se holgaban, “porque era gracioso y sin perjuicio”—, sobrevivió tres años en la selva. Dos náufragos más, Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, protagonistas de una de las historias más atractivas de aquel tiempo, fueron entregados como esclavos al cacique de Xaman Há y permanecieron entre los mayas durante un largo periodo de ocho años.

Todo esto se iba entrelazando con una cadena de presagios, los tetzáhuitl, que al menos desde 1509 anunciaban “que el mundo era acabado”, “que todas las generaciones de él habían de perecer”, “que era llegado el fin”.

Tetzáhuitl significa “cosa escandalosa, o espantosa, o cosa de agüero”. Un tetzáhuitl desencadenó la peregrinación mexica en busca de la tierra prometida. Un tetzáhuitl anunciaba ahora la llegada del fin.

Fray Bernardino de Sahagún relata en la Historia de las cosas de la Nueva España que bajo el cielo de Tenochtitlan aparecieron en aquellos días ocho presagios funestos. Los agüeros son mencionados en al menos 15 crónicas. Y no todas ellas hacen referencia a los mismos sucesos.

Existe un inquietante relato según el cual Nezahualpilli, tlatoani de Texcoco, vislumbró que algo terrible iba a ocurrir y viajó a Tenochtitlan para comunicárselo a Moctezuma. Le dijo al gobernante, en tono sombrío, que “una cosa extraña y maravillosa… ha de acontecer en tu tiempo… De aquí a muy pocos años, nuestras ciudades serán destruidas y asoladas; nosotros y nuestros hijos, muertos, y nuestros vasallos, apocados y destruidos”.

En el mundo aquel los dioses se comunicaban con los hombres a través de portentos, de señales, de pronósticos. Los prodigios eran la forma en que el universo hablaba con la gente. Moctezuma, sin embargo, no quiso creer las palabras de Nezahualpilli. Según fray Diego Durán, ambos gobernantes se retaron a un juego de pelota: si lo perdía Nezahualpilli sería señal de que los pronósticos que había traído eran falsos, y por lo tanto perdería su reino. Si el derrotado era Moctezuma, debería pagar sólo tres guajolotes, pero tendría que admitir que el augurio era exacto.

El juego fue perdido por el Huey Tlatoani de los mexicas. Se ha sugerido que Moctezuma hizo envenenar a Nezahualpilli para que no propalara entre el pueblo lo que iba a ocurrir. Sobre esto, desde luego, no hay ninguna certeza. Nezahualpilli murió hacia 1515, cuando los augurios estallaban sin cesar en el mundo azteca. Falleció antes de ver el fin que había augurado.

Moctezuma tampoco quería ver aquello. Mas los presagios se sucedían: durante un año, una espiga de fuego partió en dos el firmamento; ardió de pronto el templo de Huitzilopochtli (“ y cuanto más agua echaban, tanto más ardía”); un rayo sin tronido redujo a cenizas el Xiuhtecuhtli, y un cometa pasó arrojando brasas y centellas. Más tarde hirvió sin motivo el agua de los lagos y se oyó por las noches que una vieja, la diosa Cihuacóatl, gritaba por las calles: “¡Oh, hijos míos, que ya ha llegado vuestra destrucción!”, “¡Oh, hijos míos, ¿a dónde os llevaré?”.

El séptimo presagio es uno de los más maravillosos. Los pescadores encontraron en sus redes un pájaro ceniciento, que Moctezuma vio en la “casa de lo negro”. El ave tenía un espejo en la cabeza, en el que reverberaba el sol, con una luz nefasta y melancólica. Moctezuma miró ahí las estrellas, y “vio allá en lontananza como si algunas personas vinieran de prisa… se hacían la guerra unos a otros, y los traían a cuestas unos como venados”.

Cuando los magos fueron llamados para observar el portento, todo había desaparecido. No lograron mirar nada. Más tarde, el ave escapó.

El último pronóstico narrado por Sahagún refiere la aparición de monstruos, hombres de dos cabezas que también desaparecían en cuanto eran llevados ante Moctezuma.

Al noveno Huey Tlatoani se debía mucho del odio que los pueblos mesoamericanos profesaban por los mexicas. Solía salir de las batallas con el cuerpo tinto en sangre. Trataba con extrema crueldad a sus vasallos y les imponía tributos brutales. En todas las comarcas temblaban al escuchar su nombre; se le brindaba un trato semejante al de un dios.

Todo eso se fue apagando. Moctezuma interrogaba constantemente a los magos, a sus intérpretes y adivinos, para saber si habían tenido alguna clase de sueño sobre lo que había de acontecer. Preguntaba con frecuencia a su corte si alguien había escuchado el llanto nocturno. Ordenó que si algún caminante encontraba a la llorona, le preguntara sin falta por la causa de su lloro.

Después de conocer los sueños de varias personas, en especial de viejos y viejas, Moctezuma se volvió a sus “hechiceros, encantadores y sortilegios” y les pidió que los interpretaran. Ellos no supieron decir nada. Fray Diego Durán cuenta que el tlatoani los acusó de engañar a todos, fingiéndose “hijos de la noche” (y “diciendo que sabéis todo quanto pasa en el mundo… y que veis lo que está devajo del agua y en las cavernas y hendiduras de la tierra y en los agujeros y manantiales de las fuentes”), y los condenó a ser encerrados hasta que murieran de hambre.

No sólo los que no podían descifrar los sueños, ni mirar en el espejo del pájaro ceniciento, ni dar explicación alguna sobre los monstruos de dos cabezas que desaparecían en cuanto Moctezuma los miraba, fueron castigados. También quienes le narraban sueños funestos eran condenados a morir de hambre.

Hubo un punto en el que nadie quería narrarle absolutamente nada. Fue tal vez el punto en el que, de acuerdo con la leyenda, Moctezuma quiso ir a la cueva de Cincalco y entrar de una vez por todas en el reino de los muertos.

Durán refiere que Huémac, señor de aquel lugar, se negó a recibir al poderoso Huey Tlatoani. “¿A qué quiere venir Moctezuma acá?… Decidle que se engaña… que lo que está determinado no lo puede huir”, les dijo a sus mensajeros que había enviado el gobernante.

Mientras tanto, las historias sobre los dioses blancos que eran vistos en la costa seguían llegando. En 1517 aparecieron las naves de Francisco Hernández de Córdoba y los pochtecas llevaron a Tenochtitlan noticias de espanto: los recién llegados eran seres a los que obedecía el relámpago y venían en torres que flotaban en las olas. Las costas fueron vigiladas sistemáticamente a partir de entonces. Moctezuma ordenó a sus espías que le dieran cuenta de todo cuanto ocurriera en el Golfo.

Los presagios tampoco dejaban de aparecer. De acuerdo con la crónica de Hernando Alvarado Tezozómoc, una piedra que Moctezuma había mandado llevar a Tenochtitlan para realizar en ella sacrificios humanos se negó a moverse, e incluso habló: pidió que le dijeran al tlatoani “que ya no es tiempo de hacer lo que ahora acuerda”, que había llegado “su término”, y que él habría de ver por sus propios ojos “lo que será”, porque ya estaba “dicho y determinado”.

A la llegada de Juan de Grijalva, poco después, a playas del Golfo, Moctezuma ordenó a sus enviados que dibujaran todo lo que vieran y averiguaran si el recién llegado era “el que nuestros abuelos llamaban Topiltzin y, por su otro nombre, Quetzalcóatl”. El encuentro entre europeos y embajadores mexicas halló su momento culminante en la propia nave de Grijalva: los enviados fueron invitados a abordarla, entregaron presentes y alimentos y recibieron a cambio vidrios, espejos, un pedazo de bizcocho que más tarde presentaron ante el Huey Tlatoani.

Cuenta la crónica que aquello le pareció a Moctezuma un pedazo de piedra. Se negó a probar el bizcocho e hizo que lo probara uno de sus corcovados. Al corcovado le agradó.

Por si acaso se tratara de un alimento de los dioses, Moctezuma ordenó que el trozo de bizcocho fuera colocado en una jícara azul y llevado a Tula en solemne cortejo. Allá le sacrificaron codornices, envuelto en mantas lo guardaron en una caja de piedra y lo enterraron en el templo de Quetzalcóatl.

Antes que llegara 1519 hubo un pronóstico más, hubo un agüero más. Moctezuma había enviado a sus magos a detener a los españoles. Antes de acercarse a éstos, los magos tropezaron con un borracho vestido a la usanza de Chalco. El borracho se burló, los increpó:

“¿Para qué porfías vosotros de venir acá? ¿Qué es lo que queréis? ¿Qué piensa Moctezuma de hacer? ¿Agora acuerda a despertar? ¿Agora comienza a temer? Ya errado; ya no tiene remedio”.

Los magos comprendieron que aquel borracho era Tezcatlipoca. El dios les mostró entonces una visión del futuro y ellos “vinieron a fijar los ojos con presura”.

En el futuro ardían “los templos todos, y las casas comunales, y los colegios sacerdotales, y todas las casas de México”. Según Sahagún, “todo era como si hubiera batalla”.

Diego Muñoz Camargo relata que al conocerse aquello los hombres más poderosos buscaron “lugares abscondidos y cavernas de la tierra para absconder a sus hijos y mujeres”. Narra que a partir de entonces hubo llanto y alboroto, y “las gentes vivían desesperadas”.

El siguiente ciclo cósmico de 52 años se cumplió en 1554. Para entonces, de Tenochtitlan no quedaba absolutamente nada.

Ese año Francisco Cervantes de Salazar escribió una crónica dedicada ya a la nueva ciudad, la ciudad fundada por Hernán Cortés sobre las ruinas ardientes de lo que un día fue México-Tenochtitlan.

 

Héctor de Mauleón
Escritor y periodista. Autor de La ciudad oculta, Roja oscuridad. Crónica de días aciagos, La ciudad que nos inventa, La perfecta espiral y El derrumbe de los ídolos, entre otros libros.

 

 

7 comentarios en “Crónica de los presagios

  1. Esta crónica se complementa con el libro “la Malinche”, donde se describe que el famoso tesoro de Moctezuma estaba guardado en la pirámide de Axzsyacatl

  2. Fascinante sin duda, la historia de México. Cada relato cautiva y obliga a leer más. Encamina siempre a amar más nuestras raices.

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