Buscar las claves de las obras literarias en la vida de sus autores era, para Albert Camus (1913-1960), un prejuicio heredado de los románticos. En realidad, sus propios textos proporcionan pistas biográficas por más que el gran escritor fuera un hombre extremadamente celoso de su intimidad. No debió ser fácil vivir una existencia que pareció, por momentos, radicalmente escindida. En público fue un poderoso referente ético para muchas personas por su denuncia de todos los totalitarismos, incluidos los de izquierda. Era un moralista, no en el sentido de insoportable Pepito Grillo, sino como heredero de una gloriosa tradición de pensadores galos críticos con su tiempo.

¿Y en privado? Aquí es donde el retrato se vuelve contradictorio y, por eso mismo, más complejo y fascinante. Encontramos, no sin sorpresa, al individuo de vida turbulenta, al coleccionista compulsivo de amantes. Cuando una mujer le gustaba, iba por ella como si le faltara por completo la voluntad para resistirse. Sus poderes de seductor resultaban casi infinitos. Y él lo sabía.

Ilustración: Raquel Moreno

¿Se puede ser un romántico impenitente y un conquistador? Por suerte, para completar este rompecabezas, ahora tenemos una pieza básica, la reciente publicación en Gallimard de una montaña de correspondencia amorosa. La que intercambió con su amante principal, la actriz de origen español María Casares, hija del ministro republicano Santiago Casares Quiroga.

Se hicieron amantes un 6 de junio de 1944, en París, justo el día en que los aliados desembarcaban en Normandía. Camus, en esos momentos, tras el fracaso de su matrimonio con la morfinómana Simone Hié, que le había sido infiel con el individuo que le suministraba sus dosis, estaba casado en segundas nupcias con la pianista Francine Faure. Ella permanecía en Argelia, la tierra natal de su esposo, mientras él, en la metrópoli, se involucraba en la lucha antifascista. Tras la expulsión de los nazis la pareja se reencontró, para preocupación de María. Camus procuró tranquilizarla: entre él y Francine sólo existía una relación fraternal. La realidad era otra, como quedó de manifiesto poco después, cuando nacieron los dos hijos del escritor, los gemelos Catherine y Jean. La actriz, decepcionada, rompió con Albert, no sin gran dolor para ambos.

En los años siguientes Camus se entrega a una frenética actividad sexual. En una carta al escritor Nelson Algren, de enero de 1948, Simone de Beauvoir dice que siempre anda con un ligue nuevo aunque tiene mujer e hijos. La última en sucumbir a su hechizo, una cantante de pequeños clubes, está convencida de que todos los hombres son unos cerdos menos él, un auténtico encanto. Simone está segura de que su amigo no tardará en deshacerse de la pobre incauta, por más que ella esté rendida a sus pies.

El Castor habla no sin condescendencia. No confiesa, por supuesto, que le hubiera encantado que el “pobre Camus” la estrechara también entre sus brazos. Su propuesta se había encontrado con el rechazo de un hombre acostumbrado a ser él quien elija en cuestiones de sexo. No le entusiasma la idea de tener intimidades con una mujer a la que en realidad no soporta, una “marisabidilla total”. Simone, despechada, no le perdonará esta humillación.

Un reencuentro casual, en 1948, selló su vínculo definitivo con María Casares, sólo roto por la muerte del Premio Nobel en un absurdo accidente automovilístico. Su relación progresó contra viento y marea, en medio de todas las dificultades propias de un amor clandestino. Entre ellas, la obligación de guardar secreto. Él sentía la necesidad de contar lo que siente a su madre, Catalina Sintés, que fue, en realidad, la mujer a la que más quiso en el mundo. De origen español, analfabeta, hizo lo posible y lo imposible para sacar adelante a sus dos hijos después de que su marido muriera en la Primera Guerra Mundial. Camus no estaba seguro de que entendiera una relación adúltera, pero sí de que lo comprendiera a él porque lo amaba.

Las cartas entre Albert y María son de un romanticismo desaforado, llenas de expresiones de este tenor: “Hace seis días que estoy aquí y todavía no me he acostumbrado a tu ausencia”. La separación, obviamente, hace sufrir a un Camus que espera con avidez noticias de su amada. Quiere saberlo todo, dónde va, con quién, de qué forma lleva el pelo… Detalles, siempre detalles. Mientras tanto, le transmite su estado de ánimo y se muestra frágil, desnudo, humano. Ansía un amor que alcance la transparencia total: “Quisiera no presentar nunca para ti algo oscuro, que me conozcas por entero”.

María le corresponde al ciento diez por ciento, desde una admiración incondicional: “Lo que tú eres es lo que yo habría soñado ser si hubiera nacido hombre”. Pero, por más que Camus diga que es “la única”, tal como hacía Richard Wagner con su esposa, Cósima, lo cierto es que el escritor seguía sin distinguirse por la monogamia. Tuvo un affaire importante con Catherine Sellers, una actriz de ojos claros y enorme cultura teatral, con la que podía compartir su pasión por la literatura escénica. Como no hay tres sin cuatro, hacia el final de su biografía mantuvo un romance apasionado con una danesa de la que desconocemos el nombre, por más que se presentaran juntos en todas partes. El biógrafo Olivier Todd llama simplemente “Mi” a esta joven de belleza extraordinaria, cualidad que le permitió trabajar de modelo para pagarse sus estudios de arte. En su compañía, Camus hablaba de literatura, de filosofía… ¡Hasta iba al futbol! En medio de las mil preocupaciones cotidianas, aquella chica le producía un efecto balsámico. La idea de abandonarlo todo por ella empezó entonces a parecer plausible.

A todas les escribió palabras encendidas, convencido de que era posible amar a más de una mujer a la vez y no estar loco. El 29 de diciembre de 1960 se dirige a “Mi”, por esa fecha de viaje en su país: “esta horrible separación nos habrá hecho sentir, al menos, como nunca hemos sentido antes la incesante necesidad que tenemos el uno del otro”. Al día siguiente sus declaraciones ardientes serán para María Casares: “te beso, te abrazo contra mí hasta el martes y volveré a empezar”.

Esta vida sentimental complicada ponía en más de un aprieto a su secretaria, Suzanne Agnely, responsable de mantener en compartimentos estancos a sus cuatro mujeres principales y a sus múltiples relaciones fugaces. Según uno de sus biógrafos, Olivier Todd, trató a todas con respeto, justo al contrario que Sartre, acostumbrado a reírse junto a Simone de Beauvoir de sus compañeras de paso. María sabía que el amor de su vida no era el más fiel de los hombres y, por lo que parece, aceptaba esta faceta de su personalidad, no sin cierta inquietud. En cierta ocasión, al comentar el sorprendente parecido de Camus con Humphrey Bogart, deja caer que esta semejanza es peligrosa para ella durante sus ausencias. Queda claro su temor a una posible competencia…

Ella también tuvo sus romances, aunque el Nobel no aceptaba de buen grado que su amante se tomara la misma libertad que él no dudaba en concederse. Leer en sus cartas un nombre masculino basta para que los celos le sequen la boca. En mayo de 1959 le pide que le cuente un poco de su vida, certificándole que mantiene la pureza y el rigor propios de Castilla. En cuanto a él, declara, de manera tan payasa como poco creíble, que es un “santito” (en español en el original).

La vida conyugal de Camus no fue fácil. En Francine encontró una mujer capaz de emocionarle por su encanto, su bondad y su timidez, pero también una enferma de depresión, mal que se acentuaba por las continuas infidelidades de su marido. Éste, en una carta a María, lamenta que no sea más disciplinada en su dedicación a la música. Estaba seguro de que hubiera podido llegar a ser una gran concertista de poseer voluntad de trabajo. El problema, según el escritor, era que alguna cosa fallaba siempre en su carácter.

María es la amante, pero, con generosidad, no ve en Francine a una rival a la que desmerecer. Se pone de su parte porque ve en ella, sobre todo, a la madre de dos niños. En su respuesta, con inmensa ternura, le pide a Albert que la ayude a sacar lo mejor de sí misma, a proporcionarle la audacia que ella tal vez no tiene. Si existe la posibilidad de que haga grandes cosas con el piano, sería una lástima que se detuviera a mitad de camino. Este consejo, toda una declaración de intenciones, refleja la personalidad básicamente vitalista de la actriz hispano-francesa. “Se comía la vida”, afirma la hija del escritor, que confiesa comprender a su padre. Jacques, en El primer hombre, su novela póstuma, nos habla de una mujer a la que había amado por su “locura de vivir”. Camus pensaba, como sabemos hoy, en María.

Nuestro escritor deseaba sinceramente ayudar a Francine, pero, al mismo tiempo, no renunciaba a sus aventuras extraconyugales que su esposa soportaba mal. En atención a ella tendrá que prescindir de María en sus montajes teatrales. Llega un momento en que se ve obligado a abandonar el trabajo para atender sus problemas domésticos, pero, a la vez, esta presencia sólo contribuía, como señala Herbert Lottman, a que la situación degenerara más todavía.

Llevaba varias vidas paralelas, pero sentía que no era realmente infiel a las mujeres que amaba. Las engañaba, pero no las traicionaba. En El primer hombre Jacques siente que la mentira es necesaria para vivir con aquellos a los que uno quiere.

Adicto al amor, el autor de El extranjero sentía una poderosa fascinación por el mito de don Juan. Proyectó una obra de teatro sobre el tema, finalmente inacabada, en la que incluía un diálogo revelador. Cuando le preguntan al protagonista si no cree en nada, éste responde que en tres cosas: el valor, la inteligencia y las mujeres. El orden de prioridades retrataba, con apenas disimulo, al propio Camus. Aunque eso sólo podían saberlo unas pocas personas, las de su entorno más íntimo, conjuradas para que ningún aspecto de su vida privada llegara a los ojos del gran público. Fuera de este círculo reducido nadie podía sospechar que una de sus novelas, La caída, le autorretrataba con escasa complacencia y grandes dosis de acidez. Su protagonista, Jean-Baptiste Clamence, se presenta a sí mismo como un individuo capaz de renegar de su padre y su madre “por una aventura de diez minutos”. Como las mujeres de los amigos eran sagradas, recurría a un cínico subterfugio para aligerar su conciencia: simplemente renunciaba a la amistad del marido que iba a ser engañado.

Para Camus, amar a una persona significaba estar dispuesto a envejecer con ella. Él nunca estuvo realmente dispuesto a dar ese paso. Atrapado en un matrimonio infeliz, era en realidad demasiado frívolo para aguantar un compromiso serio. Como él mismo reconoció, podía perder el hilo de una conversación sobre los temas más elevados si en ese momento pasaba por la calle una mujer despampanante. Pero, no por mujeriego, Camus deja de ser un gigante. Contradictorio, eso sí. Vivía en la mentira aunque amaba la verdad y soñaba con eliminar, tarde o temprano, la separación entre vida pública y doméstica. ¿Qué habría hecho de no encontrarse con una muerte tan prematura como inesperada? Nunca lo sabremos.

 

Francisco Martínez Hoyos
Historiador.