Terminó ya el sexenio de Enrique Peña Nieto, un sexenio criticado hasta el cansancio por prácticamente todo: la corrupción, la inseguridad, la opacidad en el uso de los recursos y el mediocre desempeño en términos económicos. Diversas voces, entre ellas la mía, se alzaron para evidenciar los problemas de toda índole. Las diferentes organizaciones de la sociedad civil, en unos casos, pero incluso centros dependientes de órganos legislativos, como el Centro de Estudios de las Finanzas Públicas de la Cámara de Diputados, revelaron y analizaron puntualmente cifras de homicidios y delitos —como el Observatorio Nacional Ciudadano—; de finanzas públicas —como México, ¿cómo vamos? y México Evalúa—; de corrupción y transparencia —como Transparencia Mexicana y el IMCO.

En términos económicos muchas cosas cambiaron durante la administración pasada, incluyendo las famosas reformas estructurales; sin embargo, al mismo tiempo poco cambió. Hubo avances y hubo retrocesos, pero los primeros no fueron lo suficientemente relevantes para llamar la atención; fueron más bien mediocres. Se avanzó en el combate a la pobreza, pero sólo un poco. La economía creció, pero nada fuera de lo ordinario. Se creó un número importante de empleos formales, pero insuficientes para disminuir la población ocupada en la informalidad. En otros temas, como la productividad, México se mantuvo estancado y en algunos más hubo un franco retroceso —como en la disparidad regional, en el incremento de la deuda y en la disminución de la inversión pública.

Las promesas de crecer al 7% no se materializaron. El crecimiento promedio anual del sexenio anterior fue 2.5%. ¿Cómo analizar este dato? Habrá quien diga que fue un dato positivo, crecimos poco, pero consistentemente durante casi todos los trimestres. A pesar de que en cuatro trimestres de los 23 considerados (falta el último de 2018) hubo una tasa de crecimiento negativa de la producción en tasas trimestrales, al verlas de forma anual, hubo crecimiento en los 23. Habrá quien diga que frente a la adversidad derivada de la disminución en los precios del petróleo durante un par de años crecer a esa tasa en promedio es una buena noticia. Eppur se muove, como diría Galileo. Y, sin embargo, se mueve; México creció durante seis años seguidos.

Desde mi perspectiva, no es un dato para echar ninguna campana al vuelo. Es una tasa de crecimiento mediocre para una economía emergente como México. El país desaprovechó una época de crecimiento global; así que no podemos voltear al mundo para responsabilizarlo de nuestra falta de crecimiento. Pero la mediocridad es relativa.

Ilustración: Víctor Solís

 

La pregunta relevante es si México podría crecer más allá de 2.5%. Y la respuesta probablemente no nos guste. De acuerdo a algunos estimados de la Secretaría de Hacienda y del Banco de México, el PIB potencial, es decir, el máximo que podría alcanzar el país si usara a su máxima capacidad el capital y el factor trabajo de los que dispone, rondaría el 2.8%. Así que si crecemos al 2.5% no andamos tan lejos.

En los Criterios Generales de Política Económica presentados por la Secretaría de Hacienda a finales de 2018 la estimación del PIB potencial es todavía menor: 2.4%. El crecimiento de la producción potencial indica la capacidad productiva de largo plazo del país, manteniendo los precios estables. El que se estime que el crecimiento potencial de México es 2.4% habla de las deficiencias estructurales que inhiben el desarrollo de largo plazo.

Las políticas públicas enfocadas hacia la demanda —por parte de los consumidores o del gobierno— no hacen nada por incrementar la capacidad productiva. No es que no sean necesarias o no sirvan de nada, simplemente no sirven en el largo plazo. Lo que le falta a México es una visión que trascienda sexenios. Una visión de país.

Hace falta cambiar las condiciones para la inversión, desde todos los ámbitos. Durante el sexenio de Peña Nieto la inversión pública como porcentaje del PIB alcanzó mínimos históricos. En 2013 alcanzaba 4.3% y fue disminuyendo paulatinamente hasta cerrar 20181 con una inversión pública rondando el 3%. Se privilegió el gasto corriente sobre el gasto en infraestructura. Las mayores obras de infraestructura, el tren a Toluca y el nuevo aeropuerto, no eran suficientes. En lo que hace al primero, el estudio de viabilidad está plagado de errores y cálculos mal hechos, sin contar con los retrasos en la obra y los incrementos sustanciales en los costos; sin considerar que es un tren en el que se considera que un porcentaje importante de los pasajeros tendrá que viajar de pie. En términos de desarrollo económico agregado el tren a Toluca no representará grandes cambios.

Con el nuevo aeropuerto la historia hubiera sido distinta. Desde el informe de gobierno en el que se anunció la obra parecía una decisión, la primera en mucho tiempo, que trascendería administraciones, que tendría una visión de largo plazo y que podría situar a México como un hub no sólo por la ubicación geográfica del país, sino también por las ventajas logísticas que ofrecía para transporte de pasajeros y de carga.

Como se ven las cosas hasta el momento tendremos —eventualmente— un tren a Toluca que servirá de poco y no tendremos un aeropuerto que serviría de mucho.

Desde luego, no basta un aeropuerto para propiciar desarrollo. Pero la infraestructura, la conectividad, el acceso sostenido a energéticos son condiciones necesarias para crecer. Necesarias, pero no suficientes.

A pesar de la dificultad en la medición, la formación de capital humano es fundamental para el desarrollo. Ésta no se da a partir de la educación terciaria, como se suele suponer. Inicia desde las etapas más tempranas de la infancia, desde la nutrición de los primeros años de vida, hasta el desarrollo de habilidades sociales en los bebés y los niños pequeños. Será difícil lograr buenos profesionistas si sus condiciones de inicio fueron malas. México está lejos de tener buenos resultados en la prueba PISA, parámetro internacional para medir el desempeño académico de los jóvenes de 15 años. En 2015 la prueba PISA se aplicó en 72 países. México quedó en el lugar 58 en ciencias, en el 55 en lectura y en el 56 en matemáticas. Por debajo del promedio de la OCDE en cualquiera de los ámbitos evaluados.

Podríamos intentar ser optimistas y ver el vaso medio lleno. A pesar de los malos resultados en esta prueba ha habido avances, como lo señala Santiago Levy en su libro Esfuerzos mal recompensados: la elusiva búsqueda de la prosperidad en México: “… a lo largo de los últimos 16 años los puntajes de México en las tres pruebas aumentaron, lo que indica que, aunque el nivel de la calidad educativa es bajo según los estándares de PISA, las tendencias apuntan en la dirección correcta”. Algunos avances, lentos, pero avances.

La productividad está íntimamente ligada a los factores mencionados. Es difícil medirla, quizás también definirla con claridad, pero con los datos que nos proporciona el INEGI vemos que el tiempo pasa y la productividad en México está profundamente estancada. Durante la administración pasada creció en promedio 0.6%.

En la generación de infraestructura y en la formación de capital humano tenemos algunos de los ingredientes que permitirían aumentar el potencial de crecimiento, pero si tomamos como válida la hipótesis planteada por Santiago Levy en el libro mencionado no será ni remotamente suficiente dado el entramado legal que hemos ido creando con los años, en los que en el país se premia lo improductivo y se castiga lo productivo. De acuerdo a Levy, el marco legal e institucional de México ocasiona que los recursos se asignen de forma ineficiente a costa de las empresas y de los trabajadores más productivos.

Levy nos plantea otra tarea: desenmarañar la madeja legal y ordenarla. Corregir los vicios y alinear los incentivos. No es tarea fácil. La madeja no es una ley o un reglamento; es todo un sistema que parece enredarse más cada legislatura.

 

Habiendo planteado algunas ideas que permitirían desarrollo de largo plazo del país, hay que observar ahora los planteamientos de la nueva administración frente a las mismas. Desde luego que el ahora presidente habló de crecimiento durante su campaña, pero no lo hizo con el énfasis con el que tocó otros temas. En algunas ocasiones mencionó que su meta sería crecer al 4%. Con lo planteado en los Criterios de Política Económica queda claro que ese número sólo fue una mención más de la campaña. Para 2019 se espera crecer 2%, 2020 y 2021, 2.6%. 2022 y 2023, 2.7% y 2024, 2.8%.

Pero hay que recordar que el crecimiento económico no es una medida en sí misma, sino el resultado de las políticas que se apliquen. Sin embargo, no parece que el crecimiento sea uno de los principales objetivos del presidente López Obrador, como sí lo son el combate a la pobreza y a la desigualdad.

Llama la atención que durante su discurso en la toma de protesta el 1 de diciembre las palabras más utilizadas fueron neoliberal o neoliberalismo y nunca en un buen sentido. López Obrador adjudicó al neoliberalismo la responsabilidad —o quizás la culpa— de todos los males del país. Así que lo que promete es un cambio de sistema. Hay ventajas y riesgos en hacer este planteamiento.

Es difícil definir un sistema. A veces, cómo lo estamos viendo, el discurso se contrapone a las políticas implementadas. Algunos de los principios de los modelos liberales consisten en mantener finanzas públicas ordenadas —déficit bajo control y superávit primario—; libre comercio y autonomía de instituciones clave como el banco central.

El presupuesto presentado si bien no tiene miras de desarrollo de largo plazo, sí procura disciplina fiscal. Tanto la secretaria de Economía, como el secretario de Hacienda y el mismo presidente se han manifestado a favor del libre comercio y esperan una conclusión exitosa en los procesos legislativos de la aprobación del nuevo tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá. El presidente ha repetido en diferentes discursos que mantendrá y respetará la autonomía del Banco de México. Habrá que estar muy atentos, porque a pesar de los dichos del presidente se han presentado iniciativas de ley que atentan contra la autonomía del banco central respecto al uso de las reservas internacionales y de la conformación de su junta de gobierno.

Quizás más que un cambio de sistema el presidente desea un cambio de enfoque. Priorizar el combate a la pobreza y disminuir la desigualdad. En lo que hace al primero, se pretende atenderlo con más programas sociales a través de transferencias y subsidios. No veo en este enfoque un cambio real respecto a lo realizado en el pasado. Son programas distintos y con más presupuesto asignado, que si bien mantienen el carácter asistencialista de los programas —considerando relevante el apoyo para una mejor calidad de vida— no romperá el ciclo de generación de pobreza.

Hay oportunidades en el programa Jóvenes Construyendo el Futuro que plantea dar una beca de dos mil 400 pesos mensuales a quienes estén estudiando y un apoyo de tres mil 600 a quienes estén capacitándose en un empleo. Si se implementa adecuadamente los jóvenes podrían aprovechar para aprender habilidades necesarias para un empleo y quizás terminar algún grado de estudios. Pero el éxito estará en la implementación.

Si bien el crecimiento no fue un punto relevante en la campaña, la inversión pública lo fue un poco más. El presidente habló de incrementarla a cinco puntos del PIB. Lo que no quedó claro fue el margen de tiempo. Con lo presentado en el Presupuesto de Egresos para 2019 poco cambian los recursos para la inversión pública. El incremento ronda los 0.5 puntos como porcentaje del PIB. Pero no es sólo invertir por invertir. La calidad de la inversión importa y ahí es donde los proyectos planteados dejan mucho que desear.

La principal obra de infraestructura en décadas ha sido cancelada, sin ninguna razón clara —aunque se adjudique la razón a la consulta— y sin estimados de pérdidas. La cancelación es relevante desde cualquier óptica: se incurre en miles de millones de pesos en pérdidas financieras y se deja pasar, una vez más, una oportunidad de desarrollo. Pero la forma en la que se tomó la decisión es quizás lo que más ha preocupado a los inversionistas. No se respetaron los acuerdos, se manipuló a la opinión pública, se simuló una encuesta y se tomó una mala decisión. La señal que manda el país, no el presidente, es que no respeta los compromisos de largo plazo y no tiene miras de largo plazo.

La decisión trajo consigo volatilidad en los mercados financieros, con un efecto visible en las Afores además de pérdidas millonarias, pero también trajo desconfianza. Esa será mucho más difícil de recuperar.

La obra de infraestructura emblema de la nueva administración será el Tren Maya. Un proyecto para el cual no existe ni un solo estudio de impacto ni social, ni económico, ni ambiental, pero que es una decisión ya tomada. Por lo que se puede evaluar,2 no es una obra que genere desarrollo ni que ayude al sur del país a conectarse con el resto.

Los planes económicos presentados hasta el momento no tienen visos de crecimiento. Tampoco parece que puedan resolver los problemas que se desea. Se recurre a un nuevo lenguaje para sesgar la opinión pública. Ya no se habla de gasolinazo, sino de un incremento en el IEPS que ocasiona que suba el precio, pero en realidad no sube en términos reales. Ya no se habla de desabasto, sino de retraso en el abasto.

Así como el sexenio anterior vio pasar años de crecimiento global que no supo aprovechar, las cosas pueden cambiar pronto. Todo parece indicar que la economía estadunidense empezará a desacelerarse al igual que el mundo, incluyendo las economías emergentes. Los ataques al comercio siguen representando uno de los mayores obstáculos que enfrenta el crecimiento global y México no será la excepción. Las tasas de interés en México podrían seguir subiendo si la inflación no cede. La desconfianza en el Estado de derecho que priva en el país será difícil de cambiar. Ante esta perspectiva sería mejor detenerse a pensar antes de ejecutar. Despacio, que llevo prisa, dirían por ahí.

 

Valeria Moy
Economista. Directora del observatorio económico México, ¿cómo vamos?


1 Datos disponibles hasta el segundo trimestre de 2018.

2 Ver el artículo de Efraín Gala en Animal
Político
disponible en: https://www.animalpolitico.com/blogueros-blog-mexico-como-vamos/2018/11/13/el-tren-maya-peor-que-el-proyecto-de-pena-nieto/