Puede que no sea necesario viajar para escribir literatura, pero lo dudo. Durante años Carlos Monsiváis se ufanó de no haber ido nunca a Europa. También el libro de viajes de Sir John Mandeville, que fue un segundo Marco Polo, en realidad lo escribió un monje benedictino que no salió nunca del convento. Jane Austen vivió una vida apacible en las aldeas de Steventon y Chawton, y el funcionario del imperio Machado de Assís pasó la vida entera en su natal Río de Janeiro, cumpliendo religiosamente con su rutina.

Aun así, varios de estos escritores “no-viajeros” fueron flaneurs incansables. Kafka decía de Praga: “esta querida madrecita tiene garras filosas”. Aun en el caso legendario de Káspar Hauser, que supuestamente vivió hasta la vida adulta encerrado solo, en una habitación, la imaginación poética voló al momento de salir. Y es que la trasposición de puntos de vista es propia de la literatura, y cada uno de ellos tiene su lugar y su tiempo. Esto incluye el punto de vista del lector, claro. El lugar imaginario que en el mundo ocupaban los portugueses cambió para siempre con la publicación de Los Lusiadas, por ejemplo. Pero todo esto resulta ser demasiado general, porque el exilio es un tipo específico de viaje, que tiene su propia fertilidad en la imaginación literaria.

Ilustración: Patricio Betteo

En la antigüedad existía la pena del destierro, y el exilio era una condena, considerada por muchos como el más deshonroso de los castigos porque cortaba de tajo al lazo de amor que en teoría unía al vasallo a su señor. Es precisamente por la fuerza de ese lazo de amor al soberano —sustituido luego por el amor a la patria— que los destierros injustos se recibían no tanto como una ignominia, sino como un distintivo honroso. Así, cuando el Cid fue desterrado por el rey Alfonso pasó por Burgos, donde:

Todos salían a verle, niño, mujer y varón…
¡Cuántos ojos que lloraban de grande que era el dolor!
Y de los labios de todos sale la misma razón:
“¡Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor!”

No sucede nada así en el caso de Edipo —quien siendo rey le había traído desgracias a Tebas, y que sólo descubrió la luz en el destierro, y eso tras de arrancarse los ojos. La clarividencia de Edipo nace cuando se aleja de la ciudad. Edipo tiene una vocación de exilio, mientras que para el Cid el exilio abre la puerta a la restauración, y estas orientaciones generan literaturas distintas, una trágica, la otra épica.

En la modernidad estas modalidades de exilio y literatura conviven también con otras, porque en nuestros tiempos el destierro prácticamente no existe como fórmula propiamente legal. Incluso en el caso de las Leyes de Nuremberg (1935), cuando el gobierno nazi le arrancó la nacionalidad a los judíos alemanes, no se trató de promover un destierro en el sentido tradicional, sino de despojar a toda “una raza” de sus derechos.

Muchos exiliados modernos han sido miembros de la clase política de algún régimen que ha sido derrocado, y desde esa clase de exilio se han escrito algunas de las mejores reflexiones sobre la política de nuestros países. Sarmiento hizo su retrato de Facundo así; y Francisco Bulnes hizo el suyo sobre Porfirio Díaz. La historia de la Revolución mexicana de don José C. Valadés toda se hizo entrevistando a exiliados en El Paso y Los Ángeles.

Los exilios resultan ser lugares privilegiados para esta clase de reflexión profunda, aunque algunas memorias, por ejemplo la de Rodolfo Reyes, el hermano de Alfonso Reyes, sean intentos más o menos vanos de limpiar la imagen propia. Con todo, el exilio se presta a una escritura más analítica y menos sentimental de lo que suele generar el lugar seguro en la propia sociedad (recordemos la clarividencia de Edipo en el exilio). Hay además, en otros casos, una voluntad de perderse en los mundos del exilio, como en los Naufragios de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, o en alguna novela de Roberto Bolaño.  Ahí el exilio es pérdida pura, y también descubrimiento puro.

Un último apunte: los exilios no son únicamente experiencias vividas, sino que dejan marcas en sus descendientes.  Se puede hablar, por eso, de la sombra del exilio, porque el destierro no vivido se hace presente de muchas maneras. Hay ahora una interesante serie de televisión titulada The Romanoffs, creada por Matthew Weiner, el escritor que hizo la serie Mad Men, cuya premisa es que en cada capítulo aparece algún nuevo personaje que resulta ser descendiente de esa familia, cuyo exilio permanente terminó diluyendo la estirpe hasta el olvido, pero que quizá haya dejado también alguna marca invisible en cada uno de sus descendientes. El exilio implica entonces una convivencia con los fantasmas que es muy propia de la literatura.

 

Claudio Lomnitz
Profesor de antropología de la Universidad de Columbia. Es autor de La nación desdibujada. México en trece ensayos y El regreso del camarada Ricardo Flores Magón, entre otros libros.

Fragmento de la conferencia magistral leída en el coloquio: El exilio, territorio de escrituras, organizado por Philippe Ollé-Laprune, UAM-Cuajimalpa 17 de enero de 2019.

 

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