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Anthony Aveni (ed.): Archeoastronomy in Precolumbian America, University of Texas Press, Austin, 1975.

Anthony Aveni: Native American Astronomy, University of Texas Press, Austin, 1977.

A. Aveni, H. Hartung y B. Buckingham. “The Pecked Cross Symbol in Ancient Mesoamerica”, Science 202: 267-279.

F. Tichy y A. Aveni (ed.): Space and Time in the Cosmovision of Mesoamerica, Universidad de Erlangen-Nuremberg (en prensa).

A. Aveni: Skywatchers of Ancient Mexico, University of Texas, Austin, 1981.

D. de Solla Price: Science since Babylon, Yale University Press, New Haven, 1978.

F. Tichy: “Sonnenbeobachtungen und Agrarkalender in Mesoamerika”, en Homenaje a Gerdt Kutscher, Gebr. Mann Berlín (en prensa).

La astronomía moderna se vincula estrechamente con la astrofísica, la física y las matemáticas, y su investigación ha rebasado el estudio de nuestra galaxia para abarcar el universo. El astrónomo moderno ya no se dedica, por lo general, a observar con sus propios ojos el cielo nocturno. Su labor observacional consiste principalmente en planear y supervisar el funcionamiento de los instrumentos electrónicos altamente especializados que son conectados con el telescopio.

Como todo desarrollo moderno de la ciencia y la tecnología, la astronomía actual es el producto histórico de la acumulación de conocimientos y forma parte de la historia de las ciencias de Occidente, tradición cuyos orígenes se encuentran en el Cercano Oriente (Mesopotamia) a partir del tercer milenio a.C., y sobre todo en la Grecia de la segunda mitad del primer milenio a C. Como es sabido, a partir del Renacimiento, Occidente experimenta un, desarrollo acelerado de las ciencias, que impuso su sello no sólo a la metrópoli sino también a los países dependientes. Los estudios de la astronomía realizados en México a partir de la época colonial forman parte de la tradición científica occidental y han reflejado las preocupaciones intelectuales de una sociedad estrechamente vinculada a los países europeos (España y Francia) en la época colonial, y con los Estados Unidos en la actualidad.

CUANDO ERA TRANSPARENTE EL AIRE

Según afirma Neugebauer en la introducción a su libro sobre Las ciencias exactas en la antigüedad: “…Más allá de la utilidad que tiene la historia de las ciencias… para la historia de la civilización en general, es el interés en el papel del conocimiento exacto en el pensamiento humano (lo que nos motiva emprender tales estudios)…” La astronomía ha jugado un papel destacado en estos procesos, incluso se puede decir que ha sido la fuerza más activa en el desarrollo de la ciencia de Occidente desde sus orígenes en la Antigüedad Clásica hasta los días de Laplace, Lagrange y Gauss. No obstante, señala Neugebauer, la historia temprana de la astronomía es uno de los capítulos menos estudiados de la historia de la ciencia, y constituye un campo prometedor para la investigación futura. (1)

El caso de México presenta una doble problemática porque la conquista produjo una ruptura profunda. Los españoles destruyeron la organización estatal prehispánica y eliminaron también las escuelas de los templos donde se educaba la élite y se trasmitían los conocimientos científicos y religiosos. La astronomía, los calendarios y el culto estatal formaban parte de esta tradición cultural prehispánica que fue radicalmente suprimida a raíz de la conquista. Por otra parte las ciencias que introdujeron los españoles en la Nueva España eran de origen netamente europeo. Por lo tanto, se produjo una ruptura profunda y no hubo continuidad entre las ciencias prehispánicas y coloniales en los niveles del Estado y de las élites. Sólo sobreviven a la conquista conocimientos indígenas del pueblo campesino, prácticas y calendarios agrícolas.

Aunque el estudio de la astronomía prehispánica no nos da los antecedentes directos del desarrollo de la astronomía actual en México, sin embargo tiene un valor histórico-cultural muy importante. Por un lado abre un conocimiento nuevo sobre la sociedad indígena y por otro busca evaluar críticamente los conocimientos exactos que produjeron acerca de la naturaleza. En lugar de hacer arrancar el estudio de los conocimientos científicos a partir de la sociedad novohispana, se plantea la legitimidad de establecer una historia de las ciencias en el mundo prehispánico. Lo que se propone es una reivindicación objetiva que evite la idealización acrítica de lo prehispánico. Para una tarea de esta índole se requiere la colaboración entre la historia, la antropología, la arqueología y la astronomía.

La sociedad prehispánica cuenta con fuentes escritas que constituyen su principal material de análisis y proporcionan información abundante sobre una amplia gama de aspectos de esta cultura. En la etnohistoria se combina la metodología histórica con las interpretaciones y enfoques teóricos que provienen del campo de la antropología social y la etnología. Para remontarnos más hacia atrás en el estudio histórico de las culturas prehispánicas sólo se dispone de fuentes materiales enterradas en el suelo, cuyo análisis e interpretación son tarea de la arqueología. Si se quiere alcanzar una comprensión adecuada de la evolución de la sociedad mesoamericana a través del tiempo, la combinación y la complementación de los métodos e interpretaciones de la arqueología con los de la antropología y la etnohistoria son absolutamente necesarias.

La arqueoastronomía es una disciplina nueva que se introduce en el ámbito de los estudios mesoamericanos en la última década. Tiene sus antecedentes en el siglo pasado, pero en su forma actual surge en los años sesenta como estudio especializado de las construcciones megalíticas europeas. (2) La polémica sobre el significado astronómico de las diferentes orientaciones que muestra Stonehenge, el famoso santuario megalítico de la Gran Bretaña, generó el interés en los estudios interdisciplinarios que combinan la astronomía, la arqueología y la etnografía. Así se creó como nueva disciplina la astroarqueológia o arqueoastronomía que extendió sus alcances al estudio comparado de la astronomía en las civilizaciones arcaicas. Recientemente se empieza a hablar también de etnoastronomía, otro campo especializado que se integra con la etnografía y la antropología. En algunos casos la combinación de la etnoastronomía, aplicada a la historia del mismo área, puede ser muy fructífera. Así sucede por ejemplo en Mesoamérica y el área andina.

Mientras que el nuevo estudio de la arqueoastronomía deriva muchos de sus planteamientos de la historia de la ciencia, una disciplina con antecedentes mucho más antiguos, ésta última ha investigado ante todo el desarrollo de la astronomía en Europa desde sus orígenes en la Antigüedad Clásica y en el Cercano Oriente, como puede verse en el trabajo de Solla. Por otra parte, la arqueoastronomía abarca un espectro comparativo más amplio, y se concentra en las civilizaciones no-occidentales, para cuyo fin colabora estrechamente con la antropología y la arqueología.

LAS CUENTAS DEL SOL Y LA LUNA

La base y el punto de partida para cualquier estudio de la astronomía prehispánica es el sistema calendárico conocido a través de las fuentes históricas y arqueológicas. Consistía en el año solar de 365 días (xíhuitl lo llamaban los aztecas) dividido en 18 meses de 20 días más 5 días, y se combinaba con el ciclo ritual de 260 días (tonalpohualli en náhuatl), compuesto por trece veintenas. La combinación de ambos ciclos formaba unidades mayores de 52 años. Esta “Rueda del Calendario” de 52 años era la unidad mayor de la cronología mesoamericana en la llamada “Cuenta Corta” (xiuhmolpilli “atadura de años”), y era el sistema típico del centro de México en el momento de la conquista. Sólo los mayas clásicos llegaron a desarrollar una cronología absoluta contada a partir de una fecha cero, la llamada “Cuenta Larga”, que nunca fue adoptada ni en Oaxaca ni en el altiplano central, y que cayó en olvido también en el área maya después del derrumbe de las culturas clásicas.

En la Cuenta Corta de 52 años se cubrían 73 tonalpohualli (52×365 = 73×260 = 18,980 días). Al cabo de este periodo, las combinaciones de los ciclos de 365 y 260 días se agotaban, y comenzaba otro ciclo mayor con exactamente las mismas fechas. Dos ciclos de 52 años, es decir 104 años, se llamaban huehuetiliztli, “la vejez”, y se caracterizaban además por la coincidencia con el ciclo de Venus. El año de Venus contiene 584 días, y 5 años de Venus corresponden a 8 años solares; por lo tanto cada 65 años de Venus coinciden con 104 años solares y con 146 tonalpohualli (65×584=104×365=146×260=37960 días).

Los ciclos de 52 años se iniciaban entre los aztecas mediante un ritual importante: la fiesta del Fuego Nuevo, que coincidía además con la fecha en que la constelación de las Pléyades pasaba el cenit a medianoche. Las Pléyades eran sumamente importantes para los antiguos mexicanos; en las latitudes del altiplano central su ciclo anual muestra ciertas relaciones particularmente interesantes, ya que se encuentra en una “simetría opuesta” al curso del sol. El primer paso del sol por el cenit a mediados del mes de mayo, coincide por una parte con el periodo de invisibilidad de las Pléyades, mientras que por otra la constelación pasa el cenit a media noche a mediados de noviembre es decir, exactamente medio año después del cenit del sol, fecha esta última que corresponde al “anti-cenit” o nadir del sol.

Los elementos de este sistema calendárico del cual sólo hemos señalado sus rasgos fundamentales, denotan implícitamente un conocimiento exacto del año solar, y de los ciclos de Venus y de las Pléyades. Mientras que los mayas tuvieron un conocimiento sofisticado de los periodos lunares que registraban en complejas tablas de lunaciones y eclipses, en el centro de México no se conoce ningún registro de este tipo. Aunque podemos suponer que una cierta familiaridad con estos cómputos existía en toda el área mesoamericana. Sin embargo, en el altiplano central la cuenta lunar no fue integrada directamente en la estructura del calendario. Este era un sistema puramente solar.

En cuanto al tonalpohualli o ciclo de 260 días, no se ha podido aclarar satisfactoriamente si estaba basado en la observación de la naturaleza, o si resultaba más bien de la combinación de los ciclos rituales de 13 por 20 días. Sin embargo, hay una hipótesis sobre el origen solar de este ciclo que merece atención: en la latitud geográfica de 15°N, la distancia entre los dos pasos del sol por el cenit son 105 y 206 días respectivamente. Es de notar que, como señala Malmström, en esta latitud se encuentran dos sitios mayas sumamente importantes: el gran centro clásico de Copán, en la frontera de Honduras con Guatemala, así como el sitio preclásico de Izapa en la costa pacífica del suroccidente de Guatemala. Esta hipótesis implicaría que el calendario de 260 días fue inventado en esta región durante el primer milenio a.C.

Sin embargo, la primera evidencia del calendario ritual de 260 días no procede ni del área maya ni de la de los olmecas de la costa sur de Golfo, sino del Valle de Oaxaca. Es en la región zapoteca donde se han encontrado las inscripciones calendáricas más antiguas que se conocen hasta el momento. Alrededor del año 600 a.C. aparece la primera inscripción con signos de los días en San José Mogote, que es seguido entre 500-400 a.C. por el testimonio de Monte Albán con abundante evidencia de los principales elementos del sistema calendárico mesoamericano, incluyendo el ciclo de 260 días y el año solar. (3)

Alrededor del comienzo de nuestra era aparecen en la región sur del Golfo y en la costa pacifica de Chiapas y Guatemala una serie de monumentos que registran inscripciones calendáricas que pertenecen ya a la Cuenta Larga, el sistema usado posteriormente por los mayas durante el apogeo clásico. En esta misma área no se han encontrado hasta el momento inscripciones anteriores comparables a las del Valle de Oaxaca. Sin embargo, es de suponer que los elementos básicos del sistema calendárico tuvieran su origen durante el Formativo Medio y Tardío, correspondiente a la segunda mitad del primer milenio a.C., en toda esta amplia región comprendida entre Oaxaca, el sur de Veracruz y Tabasco hasta la costa pacífica de Chiapas y Guatemala. Es de notar la ausencia de testimonios tempranos sobre calendarios y escritura en el altiplano central. Cuando surge la gran metrópoli de Teotihuacán a principios del Clásico, tampoco se caracteriza por una abundancia de inscripciones comparables a la del área maya.

La elaboración del calendario se desarrolla en una estrecha vinculación con la escritura y el culto de erigir estelas con inscripciones calendáricas. La observación astronómica -base y prerequisito del calendario-, la formalización de una serie de conceptos matemáticos, la invención de la escritura y de un sistema de notación, son conocimientos íntimamente ligados entre si que además de constituir logros científicos, expresan necesidades socio-económicas y políticas conforme aumenta la complejidad social. Según la arqueóloga Joyce Marcus, las inscripciones en estelas registran sobre todo eventos importantes en la vida de gobernantes y otros sucesos políticos ligados a las dinastías reinantes, de manera que “el tema principal de la escritura mesaoamericana parece haber sido la presentación de información política en una estructura calendárica. El surgimiento paralelo de la observación astronómica, los calendarios, las matemáticas y la escritura tiene que relacionarse con los procesos socioeconómicos que durante este mismo periodo llevan hacia la configuración de la sociedad compleja (la “civilización” en el lenguaje de los arqueólogos). En esta época se produce la diferenciación interna de la sociedad entre clase dominante y pueblo, que paga tributo. En términos políticos surge el Estado que expande su territorio mediante la conquista militar.

La evidencia arqueológica -aquí citada de manera muy somera- demuestra que el calendario era uno de los rasgos constitutivos de la civilización mesoamericana. Sus primeros indicios datan del primer milenio a.C., cuando se configuraron gradualmente los elementos característicos de esta tradición cultural. A través de la evolución posterior de esta sociedad, los elementos básicos del calendario alcanzaron una distribución geográfica en toda el área mesoamericana; existen indicios de su existencia, en el momento de la conquista, desde la frontera norte de los pueblos nahuas, otomíes, tarascos y huaxtecos, hasta la frontera sur de los mayas, pipiles y nicaraos.

Sobre los calendarios y la escritura se han hecho numerosas investigaciones desde el siglo pasado hasta nuestros días, y los estudios sobre la astronomía prehispánica han formado parte de este conjunto de investigaciones. Sobre el centro de México destacan los trabajos de E. Seler, Z. Nuttall, E. De Jonghe, W. Lehmann y A. Caso, mientras que el área maya ha sido abordado por E. Förstemann, H.Beyer, S.G.Morley, J.Teeple, J.E.Thompson, L.Satterthwaite, T.Prouskouriakoff, H.Barthel, M.D.Coe, F.G.Lounsbury y D.F.Kelley, para mencionar a los autores más importantes. Es lógico que la mayoría de estas investigaciones esté enfocada hacia el estudio de las inscripciones mayas del periodo clásico, pues en esa época alcanzaron los conocimientos astronómicos más destacados y se plasmaron estos cálculos en estelas, inscripciones y códices. El desarrollo de la escritura jeroglífica facilitó el registro preciso de los eventos astronómicos e históricos. Paralelamente a la escritura, los mayas inventaron un sistema de notación por posición basado en la cuenta vigesimal, y perfeccionaron este sistema a tal grado que les permitía hacer cálculos con periodos de hasta 23,040 millones de días. (4) Además los mayas fueron el primer pueblo del mundo que inventó el cero, antes que los hindúes. El símbolo del cero fue usado en el sistema de notación por posición en las inscripciones jeroglíficas de la Cuenta Larga.

Aunque todas las fuentes indican que los avances en la escritura y en el sistema de notación de los mayas clásicos no fueron superados posteriormente por ningún otro pueblo mesoamericano, algunos estudios recientes sugieren que los mexica y culhua de Tetzcoco empleaban un sistema de notación análogo al maya, con valor de posición basado en el sistema vigesimal, en la jerarquía vertical y en el concepto de cero. (5)

MIRAR LAS ESTRELLAS COMO LAS MIRABAN ANTES

Como hemos visto, la existencia del sistema calendárico mesoamericano implica la observación astronómica, ya que sólo de ella, mantenida a través de muchas generaciones y siglos puede surgir un sistema tan exacto. Entre las observaciones ligadas al calendario destacan la determinación exacta del año trópico, los meses sinódicos de la Luna, los ciclos de eclipses de sol y luna, el ciclo de Venus y la observación de las Pléyades. Sin embargo, llama la atención que los estudios monográficos se han centrado más en cuestiones de la escritura interna del calendario y de la escritura jeroglífica, que en los principios que les permitieron hacer tales observaciones. Este último aspecto es el que ha sido abordado por la arqueoastronomía. Pueden señalarse dos aportaciones fundamentales de esta nueva disciplina: 1) la incorporación del análisis especializado de la astronomía al estudio de los calendarios y de las inscripciones prehispánicas; 2) el estudio sistemático del principio de la orientación en la arquitectura mesoamericana y en la planeación de ciudades y centros ceremoniales.

La incorporación de la astronomía con su metodología específica, ha permitido sistematizar muchos conocimientos científicos prehispánicos, obtener resultados mucho más exactos y usar tablas con las cuales se calculan ciertos fenómenos astronómicos para épocas históricas del pasado y la latitud geográfica requerida por la arqueología. Entre los principales conceptos mediante los cuales se hace el análisis arqueoastronómico figuran el acimut, la altitud y la esfera celestial, como lo señala Aveni. La incorporación de la astronomía permitió además plantear la cuestión de los métodos, técnicas e instrumentos prehispánicos de observación, lo cual ha sido un campo descuidado pero sumamente importante de la investigación, sobre la tecnología prehispánica.

LA ORIENTACIÓN DE SITIOS Y PIRÁMIDES

La importancia de estos fenómenos no aflora a primera vista en la documentación etnohistórica. Los cronistas del siglo XVI escribieron escasamente sobre estos hechos, ya que no entendían el significado de las orientaciones y su relación con la astronomía. La astronomía era un tema que interesaba poco a los frailes y a los conquistadores españoles. En ausencia del testimonio histórico sobre estos hechos, han sido los restos arqueológicos los que han dado la clave para su comprensión.

La coordinación que existía entre el tiempo y el espacio en la cosmovisión mesoamericana se expresó en la arquitectura mediante la orientación de pirámides y sitios arqueológicos. Estas orientaciones pueden ser relacionadas en la mayoría de los casos con las fechas de la salida o puesta del sol en días específicos del ciclo solar, mientras que algunas de ellas se conectan también con fenómenos estelares. De estos hechos habían tomado nota antes algunos investigadores, y hay varias publicaciones aisladas al respecto. Sin embargo, sólo en la última década se ha empezado a hacer sistemáticamente investigaciones de campo, que consisten en mediciones con teodolito. En este sentido destaca la labor del astrónomo Anthony F. Aveni, quien en colaboración con el arquitecto Horst Hartung ha hecho mediciones de la mayor parte de los sitios arqueológicos mesoamericanos, tan completas que ya permiten sacar conclusiones estadísticas. Estos datos de campo constituyen una base firme para cualquier análisis futuro.

Otra contribución valiosa al estudio de las orientaciones proviene del campo de la geografía, y más específicamente del estudio especializado de los paisajes culturales o geografía humana. Franz Tichy ha desarrollado una metodología que combina la medición de pirámides y sitios prehispánicos con el estudio del paisaje cultural tal como puede ser observado el día de hoy en el altiplano central. No es posible explicar aquí con detalle la complicada metodología empleada por Tichy; baste señalar que este enfoque interdisciplinario que mezcla la astronomía con la geografía cultural, la arqueología y la etnohistoria, le ha permitido sacar conclusiones sumamente interesantes sobre la estructura interna del calendario y su relación con la cosmovisión y la sociedad prehispánica en general. Algunas de sus novedosas hipótesis requieren aún de una comprobación más firme. (6)

La aportación específica que puede hacer la geografía consiste en investigar los fenómenos tal como se presentan en el paisaje y el horizonte a la simple vista, sin la intervención de complejos instrumentos técnicos. Este enfoque es propio de la geografía y establece una diferencia con la astronomía moderna. El error que han cometido numerosos investigadores en el pasado reside, precisamente, en haber interpretado los registros prehispánicos de acuerdo a la teoría astronómica moderna, en base a conceptos que los pueblos prehispánicos no podían haber tenido dada la ausencia de ciertas explicaciones teóricas (como la del sistema heliocéntrico), de métodos modernos de observación y de ciertas operaciones matemáticas sofisticadas. Por eso se usa en la arqueoastronomía el término de astronomy with the naked eye que se refiere al hecho de que los antiguos astrónomos basaban sus observaciones únicamente en lo que estaba al alcance de sus ojos; es decir, trabajaban sin la ayuda de instrumentos altamente especializados. Hay que pensar cuántos siglos de observación, continuada pacientemente todos los días y todas las noches, fueron necesarios para lograr la complejidad de los conocimientos que estos pueblos plasmaron en sus inscripciones calendáricas y en sus sitios arqueológicos.

El interés del estudio de las orientaciones de sitios arqueológicos consiste precisamente en el hecho de que constituyen un principio calendárico diferente al representado en las estelas y los códices. Se trata, ciertamente, de un principio ajeno al pensamiento Occidental. La “escritura” con la cual se escribe es, en este caso, la arquitectura y la coordinación de ésta con el paisaje. Un sistema de códigos se plasma en el paisaje cultural. Edificios aislados, conjuntos de edificios y planos de asentamiento de sitios enteros muestran ciertas orientaciones particulares; en muchos casos, estos sitios están coordinados con puntos específicos del paisaje: con cerros y otros elementos naturales, o también con marcadores artificiales en forma de símbolos, o de edificios construidos en estos lugares. A lo largo de los últimos años se han hecho mediciones de muchos de tales sitios, lo cual permite concluir que un gran número de estas orientaciones están diseñadas intencionalmente para marcar la dirección de la salida o la puesta del sol y/o la de estrellas o constelaciones en determinadas fechas. En algunos casos las tablas de fenómenos estelares del pasado nos permiten sugerir la fecha de construcción del edificio en cuestión (7). El testimonio arqueológico, plasmado en las orientaciones, comprueba que se observaban determinados fenómenos astronómicos sobre el horizonte, y que los pueblos prehispánicos tenían la capacidad tecnológica de diseñar y construir edificios en la coordinación exacta con el fenómeno natural que querían hacer resaltar. El estudio de las orientaciones abre pues nuevos campos de investigación donde las inscripciones en estelas, los códices y las fuentes históricas guardan silencio. A través de las mediciones de campo es posible seguir ampliando este nuevo tipo de documentación.

Hasta ahora se han estudiado tales relaciones entre el principio de la orientación y fechas solares y/o estelares en los casos de Teotihuacán, Alta Vista, Xochicalco, Cholula, Milinalco, Tenochtitlán, Monte Albán, Caballito Blanco, Chichén Itzá, Uxmal, Uaxactún, Copán y Palenque. Algunos de estos edificios, como por ejemplo el Caracol de Chichén Itzá o la construcción subterránea de Xochicalco, constituyen verdaderos observatorios astronómicos. Según se observa, estos ejemplos provienen tanto del altiplano central como de Oaxaca y del área maya, y corresponden a sitios fechados desde el Preclásico hasta el Postclásico.

Las fechas más importantes del ciclo solar cuya observación quedó plasmada en la arquitectura, son los días de los solsticios, los equinoccios y los pasos del sol por el cenit. La observación de los dos pasos cenitales se delinea como característica fundamental de este cuerpo de conocimientos, siendo una observación que sólo se puede hacer en las latitudes que caen dentro de los trópicos. Según Tichy, entre las latitudes de 15°N (Copán/Honduras) y 23°27’N (Alta Vista/Zacatecas), el primer paso del sol por el cenit ocurre entre el 1.5 y el 21.6., y el segundo entre el 21.6. y el 12.8. respectivamente. Estas y otras particularidades de la latitud geográfica de Mesoamérica han llevado a Aveni a proponer que se use el término de “Astronomía tropical” para destacar las características específicas que tiene la observación astronómica en las latitudes geográficas entre los trópicos, y que la diferencian marcadamente de la astronomía en las latitudes que caen fuera de esa área. La latitud al norte del trópico de Cáncer es la que más comúnmente se había estudiado (Europa, Cercano Oriente, Norteamérica). En ella el sol nunca pasa el cenit, y el centro del firmamento nocturno es la estrella polar.

Una prueba concreta de la importancia de la observación solar la constituye el sitio de Alta Vista, en el actual estado de Zacatecas, que se encuentra construido casi exactamente sobre el trópico de Cáncer (23°27’N) y se remonta a la época teotihuacana. Las recientes mediciones de Aveni, Hartung y Kelley, demuestran que en Alta Vista se hicieron tanto observaciones del solsticio de verano como de los equinoccios. Sin duda esta localización fue escogida deliberadamente con la finalidad de la observación solar, puesto que allí el sol “da la vuelta” en su curso anual. En este lugar el sol alcanza el cenit sólo una vez al año, fecha que coincide con el día del solsticio.

Existen otros casos en los cuales la combinación de fenómenos solares y estelares influía en la orientación de los edificios. En este sentido saltan a la vista las salidas heliacas de constelaciones o estrellas (8), cuando éstas anuncian el primer paso del sol por el cenit. Estos eventos astronómicos también permiten sugerir la fecha de la construcción del edificio respectivo. De acuerdo con Aveni, esta relación se encuentra con las Pléyades en Teotihuacán (150 d.C.), con Capella en Monte Albán (250 a.C.) y con las Pléyades y Aldebarán en la Ventana I del Caracol de Chichén Itzá (1 000 d.C.). Se trata de fenómenos llenos de implicaciones para interpretar la cosmovisión prehispánica. El primer paso del sol por el cenit se vincula en las latitudes geográficas de Mesoamérica con el comienzo de la estación de lluvias. Este fenómeno climatológico tiene, a su vez, una implicación directa con la agricultura indígena. Desde tiempos inmemoriales, cuando se acerca la fecha del primer paso del sol por el cenit, los campesinos ya deben haber terminado las siembras en el ciclo de temporal. Costumbres prehispánicas se mezclaron en este caso con ritos impuestos por la Iglesia Católica después de la conquista, y sobreviven hasta el día de hoy en la Fiesta de la Santa Cruz (2 y 3 de mayo), en la cual se pide por la fertilidad y la lluvia, y se bendicen las siembras.

CALENDARIO PARA QUÉ

La observación del primer paso del sol por el cenit durante mayo -el mes más seco y caluroso del año-, se vinculaba con la llegada de las lluvias, e indirectamente con las actividades sociales. Los objetivos de este tipo de observaciones, hechas por los sacerdotes en una labor paciente de siglos, estaban a su vez vinculados con la vida económica -el cumplimiento exitoso de los ciclos agrícolas-, de lo cual derivaba también la importancia del calendario; al mismo tiempo el calendario regulaba la vida social y su dominio fue importante en la legitimación del poder de los sacerdotes-gobernantes.

Al preguntarnos sobre la función del calendario y de la astronomía en la sociedad prehispánica, conviene conectar esta cuestión con los demás aspectos socio-culturales. Este tipo de análisis es el que han desarrollado la etnohistoria y la antropología. Una aportación fundamental de estas especialidades al estudio interdisciplinario de la arqueoastronomía consiste en considerar el desarrollo de la astronomía y su estrecha interacción con los ritos, la agricultura y la sociedad.

De la vinculación de la observación astronómica con las actividades económicas se derivaba el importante papel que jugaba el calendario en la vida diaria, mientras que su sacralización era la base de su enorme poder religioso. La interrelación entre economía, religión y observación de la naturaleza hizo posible que los sacerdotes-gobernantes aparentemente actuaran sobre los fenómenos que regulaba el calendario. Así, calendario y astronomía proporcionaban también elementos esenciales de la cosmovisión e ideología de esta sociedad. Ya que se basaban en la observación de ciclos naturales y fenómenos recurrentes, proveían a quien los manejaba la apariencia de controlar estos fenómenos y de poder provocarlos deliberadamente.

En las fechas significativas el calendario imponía la celebración de ciertas ceremonias. Estas sólo podían realizarlas los sacerdotes-gobernantes, ya que ellos tenían el monopolio del culto estatal Aunque íntimamente relacionado con la agricultura, este culto tenía lugar en las grandes pirámides que formaban el centro del asentamiento urbano y eran al mismo tiempo el símbolo territorial del poder político. De esta manera la clase dominante aparecía como indispensable para dirigir el culto, del cual dependía la recurrencia de los fenómenos astronómicos y climatológicos, que a su vez eran una condición necesaria y real para que crecieran las plantas y se cumplieran exitosamente los ciclos agrícolas. El culto como acción social producía una transferencia de asociaciones que invertía las relaciones de causa y efecto haciendo aparecer los fenómenos naturales como consecuencia de la ejecución correcta del ritual. De este nexo derivaba un factor sumamente importante para la legitimación del poder político en el estado prehispánico.

Aunque el conocimiento astronómico daba a los sacerdotes-gobernantes una firme base para predecir los fenómenos naturales, éstos conservaban siempre un aspecto misterioso. La recurrencia de los ciclos de los astros nunca era completamente simétrica: el ciclo más regular era el solar, que variaba solo un día cada 4 años. Los ciclos de la luna y de los planetas eran aún menos regulares y más difíciles de predecir, y de hecho sólo algunos de los planetas fueron conocidos en el mundo prehispánico. Si bien es cierto que la legitimación del poder de los sacerdotes-gobernantes se vinculaba con su dominio del calendario, al mismo tiempo ellos fueron víctimas del sistema cosmológico que habían creado, pues estaban obsesionados por predecir los fenómenos recurrentes, por encajarlos dentro de la armonía perfecta de los ciclos calendáricos y por plasmar estas relaciones en la arquitectura de sus centros sagrados.

El estudio del culto prehispánico muestra la importancia que tenía el calendario en su aplicación a la vida social. Por estas razones llegó a desempeñar también un papel decisivo en la legitimación del poder. Si bien hemos señalado aquí la vinculación entre calendarios y astronomía, debe decirse que no son idénticos, pues el calendario, como creación humana, constituye tanto un logro científico como un sistema social. El calendario es vida social, y el esfuerzo de su elaboración consiste precisamente en buscar denominadores comunes para ser aplicados tanto a la observación de la naturaleza como a la sociedad.

Las civilizaciones arcaicas se caracterizan, por lo general, por la “polivalencia funcional” de sus instituciones. Es decir, las instituciones económicas no pueden estudiarse desligadas de las instituciones sociales, políticas e ideológicas, pues todas ellas forman un todo inseparable. Sólo en la sociedad capitalista moderna estas instituciones se vuelven entidades claramente delimitadas que desarrollan, cada una, su dinámica propia. Hoy día, las ciencias se han emancipado del contexto religioso y la búsqueda del conocimiento es una tarea profana del científico moderno. No era así en las civilizaciones arcaicas, donde los primeros conocimientos científicos se desarrollaron en íntima vinculación con la vida religiosa y social. La sede de la labor intelectual de los astrónomos-sacerdotes prehispánicos fueron los templos, que simultáneamente eran el símbolo del poder político. El auge que tuvieron las observaciones astronómicas a partir del primer milenio a.C. en Mesoamérica, se conecta con los procesos socio-económicos del surgimiento de la sociedad agrícola altamente productiva, con la diferenciación interna de las clases sociales y con la formación de los primeros estados mesoamericanos. La astronomía, los calendarios, las matemáticas y la escritura expresan el surgimiento del conocimiento exacto en la civilización prehispánica. Es pues una tarea importante integrar los campos especializados de la investigación monográfica dentro de una historia general de las ciencias en Mesoamérica, y reinvindicar estos temas como legítimo campo de estudio, tan legítimo como la investigación del desarrollo de las bases materiales y de la organización social en el mundo prehispánico.

NOTAS:

(1) O. Neugebauer 1962, The Exact Sciences in Antiquity: 1, 2, Harper and Brothers, Nueva York.

(2) A Aveni 1981, “Archaeoastronomy”, en Advances in Archaeological Method and Theory, vol 4: 3-9, Academic Press; G. S. Hawkins 1965, Stonehenge Decoded, Delta-Dell, Nueva York.

(3) J. Marcus 1979, “Los orígenes de la escritura en Mesoamérica”, en Ciencia y Desarrollo, no. 24: 35-52, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México.

(4) Y. Sugiura Yamamoto, “La ciencia y la tecnología en el México antiguo”, en Ciencia y Desarrollo, no. 43: 112-141, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México, 1982

(5) H. R. Harvey y B. J. Williams, “La aritmética azteca: Notación posicional y cálculo de área”, en Ciencia y Desarrollo no 38: 22-31. Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, México.

(6) Una de sus aportaciones significativas es haber encontrado la unidad prehispánica de dividir el círculo en 80 unidades de 4,5° Cfr. F. Tichy 1976, “Ordnung und Zuordnung von Raum und Zeit im Weltbild Altamerikas, Mythos oder Wirklichkeit?”, Iberoamerikanisches Archiv, Año 2, no. 2: 113-154, Berlin; 1978, “El calendario solar como principio de ordenación del espacio para poblaciones y lugares sagrados”, Simposio de la Fundación Alemana para la Investigación Científica, Comunicaciones 15: 153-164, Puebla; 1981, “Order and Relationship of Space and Time in Mesoamerica: Myth or Reality?” en Dumbarton Oaks Conference on Mesoamerican Sites and World-Giews Washington, D. C.; Ms.

(7) Cfr. el Apéndice C del cap. III de Aveni 1980: Tablas 9 y 10 de los acimuts de las salidas y puestas h liacas de estrellas en la latitud de 21°N, entre 1500 a. C. 1500 d. C.

(8) El primer orto anual de una constelación en el cual ésta se ve al amanecer antes de la salida del sol.