Barry Carr. Historiador, autor de El movimiento obrero y la política en México 1910-1929 (sep setentas, 1976, 2 vols). Ha publicado en Nexos “Los orígenes del Partido Comunista Mexicano”, núm. 40, abril de 1981. El texto que publicamos es una versión de la ponencia que el autor presentó en la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadunidenses celebrada en Chicago, Ill., septiembre de 1981. Es un texto escrito antes de la fusión del PCM en el actual PSUM, pero sus proposiciones siguen siendo pertinentes o lo son ahora más que nunca.

El comunismo mexicano está hoy en crisis: no en una crisis: de estancamiento, sino en una crisis de crecimiento. Durante años las prácticas internas antidemocráticas y el estrecho estilo vanguardista (acentuado por la sistemática represión estatal sobre sus miembros y actividades) mantuvieron a la organización central de ese movimiento, el Partido Comunista Mexicano, al margen de la vida política del país. La reforma política y un profundo replanteamiento de la estrategia partidaria transformaron sustancialmente la posición del partido hasta desembocar en la fusión que dio vida al Partido Socialista Unificado de México. Signos importantes de estos cambios fueron el renacimiento de la participación electoral del PCM, que condujo a la obtención de 750 mil votos en 1979 y dieciocho curules en la Cámara de Diputados, una mayor apertura en la cuestión del trabajo conjunto con otros partidos de izquierda, un fuerte incremento de la membrecía (a alrededor de quince mil) y una apertura radical del debate interno que, junto con la explosión del marxismo en México durante la última década, hicieron de este país el centro rector de los estudios de inspiración socialista y del debate marxista en el continente latinoamericano. Y sin embargo, se sostiene ampliamente que antes de la fusión, el PCM se encontraba en un estado de crisis, cuyos constituyentes básicos eran su débil inserción en la clase obrera y las masas rurales, su asunción acrítica del parlamentarismo y su incapacidad para transformar los avances democráticos recién ganados en los documentos estatutarios en una rigurosa práctica democrática en la vida diaria del partido.

Valentí Campa en la crujía en Lecumberri.

Sin duda, cualquier intento de hacer del movimiento comunista un elemento central en la lucha por la transformación radical de la sociedad mexicana tiene que vérselas con la historia del PCM; sin embargo, pese a la renovación actual del partido esta tarea apenas ha sido iniciada. Las advertencias de José Revueltas sobre la falta de “conciencia histórica” del Partido todavía suenan justas. (1) De hecho, la literatura sobre la historia del marxismo y el comunismo en México es a la vez escasa y de calidad tremendamente variable. Dejando por el momento de lado las contribuciones de los escritores y activistas comunistas, uno queda con la impresión de que los análisis académicos están más dominados por los temas de la guerra fría o por polémicas en el interior de la izquierda que por la investigación cuidadosa. El único conjunto consistente de literatura sobre la izquierda mexicana es la que se centra en el sexenio de Cárdenas. El estudioso se ve aún más desprovisto por las muy inadecuadas contribuciones hechas por el propio Partido Comunista Mexicano. A pesar de frecuentes acusaciones de que el ex PCM fue más un partido de la intelectualidad que de las masas trabajadoras, los intelectuales del PCM, con pocas excepciones, ignoraron el desafío que representa la recuperación del pasado del partido. La dirigencia comunista limitó tradicionalmente sus investigaciones históricas a celebrar cada año, ritualmente, la fundación del Partido y a ratificar el significado que tuvo para México la revolución de octubre. La prensa del Partido, con una o dos excepciones, no ha publicado mucho sobre la historia del PCM o sobre la izquierda mexicana en su conjunto. No existe una historia oficial del Partido. (ni siquiera una mala historia oficial) pese a los numerosos llamados a escribirla y el indudable entusiasmo por el trabajo histórico de su hasta hace poco, secretario general, Arnoldo Martínez Verdugo. (2). El cínico podría decir que no es gran problema la ausencia de una historia oficial del partido, y es cierto que las historias de partido “oficiales” en otros lugares son frecuentemente autojustificadoras y de estilo apologético. Pero una historia oficial podría servir al menos para asentar las características fundamentales del desarrollo del Partido, usando datos y fuentes inaccesibles para la mayoría de los investigadores que no pertenecen a él. El cínico podría argumentar también que la pobreza de la literatura refleja sencillamente la contribución marginal del Partido Comunista Mexicano y de la tradición marxista revolucionaria a la historia mexicana de nuestro siglo. Y sin embargo, a pesar de sus debilidades y errores numerosos y sustanciales, ningún estudioso de la historia moderna de México puede ignorar el papel de la organización comunista en los movimientos obrero y campesino y entre importantes sectores de la intelectualidad.

El propósito de este artículo es modesto: aislar algunos de los temas que el autor considera fundamentales que cualquier historia del marxismo y del comunismo mexicanos debe considerar y señalar algunas de sus exigencias analíticas. Esos temas fundamentales son:

1) La relación entre el desarrollo del marxismo y la tradición libertaria/anarco-sindicalista en México, que incluiría también la discusión sobre la relativa debilidad del marxismo en México y del socialismo científico en los treinta primeros años del siglo.

2) La estructura internacional dentro de la que ha evolucionado el comunismo mexicano, lo que supone retomar el sobado pero importante debate sobre el origen del PCM (la cuestión familiar de “crecimiento interno o importación exótica”), la naturaleza de las relaciones del PCM con la Internacional Comunista y con el Partido Comunista estadunidense. Un tema afín es la cuestión, a menudo descuidada del importante papel jugado por el PCM en la organización y el desarrollo de otros partidos comunistas, sobre todo en Centro América y el Caribe.

3) La conceptualización de la revolución mexicana realizada por el Partido Comunista y, más generalmente, su relación (o falta de) con la cultura nacional mexicana. Algunas de las cuestiones clave giran alrededor de la actitud del comunismo mexicano frente a los diferentes gobiernos emanados de la revolución (caudillismo revolucionario de los veintes, el giro nacionalista revolucionario con Cárdenas, el desarrollismo de Alemán a finales de los cuarentas, etc.) y la actitud de la izquierda mexicana en su conjunto ante la cada día más dominante “ideología de la revolución mexicana”. 

4) La sociología del comunismo mexicano: ¿cuál ha sido la base social de la presencia comunista en el México revolucionario, en qué sectores de la clase obrera, del campesinado y de la intelectualidad encontró apoyo el comunismo?

5) Finalmente, está lo que Perry Anderson llamó la correlación nacional de fuerzas, el análisis de la relación del partido con fuerzas nacionales más amplias (clases, partidos, instituciones), tema particularmente importante si el historiador quiere evitar una visión estrecha del PCM en los términos de su lógica institucional, su ideología y su clientela particular. Esto es crucial en México, pues el comunismo nunca pudo ganarse una base de apoyo duradera entre la población. Habría también que estudiar el movimiento comunista junto al crecimiento de la CTM y del partido oficial, así como a la emergencia de corrientes formalmente no comunistas como el “marxismo legal” de Lombardo Toledano, o, en tiempos más recientes, el nacionalismo revolucionario de Rafael Galván y la Tendencia Democrática de los electricistas.

I. MARXISMO Y TRADICION LIBERTARIA

En Europa occidental y central la mayoría de los partidos comunistas fueron fruto de los efectos radicalizadores de la primera guerra mundial y de la traumática división de los poderosos movimientos social demócratas, insertados en una amplia clase obrera industrial con una larga historia de organización política. En México no existía la tradición social demócrata de la Segunda Internacional, aunque sus repercusiones no fueron tan débiles como se piensa. El “socialismo científico”, tal como lo entendía la Segunda Internacional, fue ajeno al movimiento obrero mexicano, pero no faltaron corrientes de pensamiento libertario, mutualismo y una identificación recurrente de los trabajadores con los objetivos liberales de la Reforma. En ese contexto ideológico se movió la mayor parte de los trabajadores hasta bien entrada la Revolución Mexicana. Cuando estalló la primera guerra mundial, México acababa de salir de más de treinta años de dictadura; esos años no extinguieron del todo la actividad política popular y sindical, como sostiene la leyenda negra, pero sí impidieron que la pequeña clase obrera mexicana desarrollara la rica experiencia civil y organizativa que la libertad política y otras conquistas populares (y concesiones de la clase dominante) aseguraron a los trabajadores de muchos países europeos. Carentes incluso de una historia de pequeños logros en el juego político y con la memoria aún fresca de un Estado altamente represivo, se entiende la influencia del pensamiento anarquista y libertario, fácilmente sobrepuesto a la profusa hostilidad hacia el Estado característica de grandes sectores de la clase obrera mexicana.

¿Cómo medir la presencia del “socialismo científico” en México antes de 1919? Los métodos convencionales incluyen el examen de la difusión alcanzada por los escritos de la Segunda Internacional y la evaluación del impacto del socialismo en la práctica política de la clase trabajadora. Sabemos muy poco sobre la difusión de los escritos marxistas y socialistas en México antes de la revolución de 1910, aparte de unos pocos datos sobre la publicación del Manifiesto comunista y la existencia de un conocimiento generalizado, cuando menos hacia mediados de la década de 1880, de las características fundamentales del crecimiento de la socialdemocracia europea. Aunque México no recibió, como Brasil y Argentina, una importante emigración alemana y francesa, Paul Zierold, refugiándose de la legislación antisocialista de Bismarck, no perdió sus vínculos con la socialdemocracia alemana, era el corresponsal de Die neue Zeit y parece haber establecido algún contacto antes de 1912 con pequeños núcleos de sus compatriotas trabajadores cerveceros en Toluca. Ciertamente, hacia 1914, la literatura socialista europea podía ser comprada en México y tal vez circulaba ya entre círculos limitados, a juzgar por la lista de los libros disponibles en las más importantes librerías de la ciudad de México en esa época.

A pesar de lo anterior, la impresión que domina al estudioso de la época es la de una falta de penetración del socialismo científico. El político y economista carrancista Rafael Nieto, que parece haber sido el mejor informado de los personajes no socialistas, explicó en la introducción a su traducción de un conocido debate entre el líder del Partido Socialista Americano, Morris Hillquitt, y un vocero religioso, John Ryan, que “el verdadero movimiento internacional socialista es casi ignorado entre nosotros… aun entre nuestros intelectuales”. En la Universidad Nacional, las clases sobre Marx se basaban en páginas de Anatole France. Entre los que se describieron como socialistas, con pocas excepciones, el socialismo de la Segunda Internacional tomó un segundo lugar frente a las corrientes socialistas utópicas y la sociología francesa radical, como puede advertirse en el recuento de escritores socialistas publicado por Rafael Pérez Taylor en 1912, cuyo El socialismo en México apenas registra comentarios sobre la tendencia marxista del socialismo: menciona dos veces brevemente a Marx en un pasaje que critica la base filosófica del colectivismo, le reprocha su concepción del trabajo como única medida del valor y también su negación de la relevancia de conceptos tales como escasez y utilidad.

Aun así, el “socialismo” gozó sin duda de un prestigio muy grande entre un amplio sector de intelectuales y de personalidades políticas durante la revolución armada. Los términos “socialismo” y “socialista” eran muy utilizados y, si bien resulta tentador burlarse de las a menudo cómicas “lecturas” de la tradición socialista, es importante preguntarse por qué tanta gente se sintió obligada a identificarse con las corrientes socialistas. Parece claro que los planteamientos socialistas encubrían posiciones esencialmente populistas y estatistas. El uso del término reflejaba muchas veces la visión, cada vez más aceptada, de que el objetivo supremo del Estado revolucionario era el establecimiento de la paz social y del bienestar colectivo por medio de un riguroso equilibrio de clases. Pero para otros, “socialismo” era una palabra en clave que distinguía a los sectores que se identificaban con la revolución y los que se ubicaban en el bando reaccionario. Rafael Nieto describió bien la situación en un artículo publicado en 1926.

En Francia los liberales con fuertes adherencias conservadoras se llaman radicales socialistas y republicanos socialistas. No es pues extraño que en México los conservadores se hayan llamado cooperatistas y que se crean socialistas todos los que no se sientan reaccionarios.

Después de 1917, el impacto de la revolución rusa dio por un momento más prestigio a las ideas socialistas y no sólo entre los obreros y los intelectuales progresistas, a juzgar por los comentarios favorables sobre los eventos en Rusia de hombres como Gómez Morín. La discusión académica sobre el impacto de la revolución rusa en la izquierda mexicana es típicamente formalista y nebulosa, limitada a las afirmaciones generales sobre la naturaleza masiva y “trascendental” de los cambios que trajeron los eventos de 1917. Casi nunca se da un esfuerzo para tratar la cuestión de cómo la revolución rusa afectó a qué sectores de la sociedad mexicana, o de qué manera fue interpretado el nacimiento del estado soviético. Dada la orientación libertaria de los sectores más radicales de la clase obrera y de la intelectualidad mexicanas, era inevitable que la revolución bolchevique y sus innovaciones sociales y políticas fueran vistas a través de los lentes libertarios. Los acontecimientos revolucionarios de Rusia, a menudo filtrados en las páginas de la prensa anarquista española, solían interpretarse de acuerdo con las creencias anarquistas y sindicalistas. Así, los círculos radicales mexicanos ponían especial énfasis en los soviets o consejos obreros como la institución decisiva de la revolución rusa, la cual era, para muchos, un magnífico ejemplo del principio de la acción directa y de las familiares consignas libertarias del antimilitarismo, de la libertad individual y del aplastamiento del estado burgués. Las “lecturas” libertarias de la revolución rusa se vieron también facilitadas por el carácter espontaneísta de muchos de los escritos de Lenin entre 1918 y 1919.

LA HUELLA ANARCA

¿Y que de la práctica política socialista? El primer foco real de actividad política socialista fue el Partido Obrero socialista fundado en 1911 por Paul Zierold. No es tarea fácil descifrar la posición teórica y política del POS ya que su membrecía y su prensa incluían todo el abanico del pensamiento radical del México de entonces. No cabe duda, sin embargo de su oposición al magonismo y a las posiciones antiparlamentaristas y antiestatalistas de principio. El Partido Obrero Socialista, por muy débil que haya sido, se consideraba parte del movimiento socialista internacional. En una comunicación congratulatorial enviada al SPD alemán en enero de 1912, el POS proclamó que “nuestros maestros en filosofía fueron alemanes y la filosofía alemana produjo el socialismo científico”.

Durante las luchas faccionales de 1914 a 1916. el POS simpatizó con Zapata, contrastando fuertemente con las posiciones proconstitucionalistas de algunos grupos de la Casa del Obrero Mundial. Después de muchos años de virtual inactividad. el partido resurgió a finales de 1917 bajo el liderazgo de los licenciados Adolfo Santibáñez y Francisco Cervantes López y se alineó claramente junto al Movimiento socialista europeo y con la revolución rusa. El sentido del aislamiento intelectual del POS, sin embargo, puede apreciarse a partir de algunos comentarios de Cervantes López hechos en abril de 1919. En un artículo de El Socialista señaló que la doctrina socialista era prácticamente desconocida en México, en donde el analfabetismo es un fuerte problema y el anarquismo domina a los obreros. El Partido Comunista de México (adoptó el nombre de Partido Comunista Mexicano en 1943) emergió del POS a finales de 1919. No hubo, propiamente hablando, ninguna escisión dentro del pequeño partido a pesar de los intentos posteriores de escritores por identificar tendencias claramente definidas que se manifestaron en el Congreso Nacional Socialista de finales de agosto que prefiguró la decisión de fundar un partido comunista.

Aunque en su primera fase el Partido obrero Socialista había permanecido totalmente al margen del proletariado, el partido revivido atrajo el apoyo de numerosos sectores de la clase obrera de la ciudad de México, mientras que los elementos más radicales o rojos se alejaron del colaboracionismo de clase y de la posición favorable a la AFL de la recién establecida CROM. Como los panaderos, los trabajadores textiles, operadores de teléfono y otros rojos eran de orientación libertaria, su fusión temporal con los socialistas creó un joven partido comunista con una base ideológica extremadamente heterogénea y con una potencialidad para desacuerdos severos acerca de cómo interpretar la estrategia dictada por la Tercera Internacional. Esta confluencia de tendencias anarquistas y marxistas sobre la cual tanto énfasis ha hecho la literatura sobre el comunismo mexicano no era sin embargo un fenómeno exclusivamente mexicano, y ni siquiera latinoamericano. Entre 1918 y 1922, los primeros movimientos comunistas en varios países europeos como Italia Francia, Holanda, Alemania, Hungría, etc. estaban lejos de ser “clásicamente” marxistas y “bolcheviques”. Allí también las corrientes marxista, sindicalista y comunista de izquierda coexistieron durante muchos años.

La coexistencia de elementos marxistas y libertarios en el joven Partido Comunista de México creó una seria tensión que se manifestó de manera más clara en la inicial oposición del partido al parlamentarismo y a la participación en las elecciones (1921-2), y en la resistencia de algunos sectores a adoptar la estrategia de trabajo sindical dentro de y junto a la “reformista” CROM, como parte de la táctica de frente único de mediados de los años veinte. La enredosa cuestión a la que se tiene que enfrentar el historiador del comunismo mexicano es la de la periodización de esta relación simbiótica entre las creencias marxistas y libertarias. ¿En qué punto podemos distinguir claramente ambos fenómenos? ¿Cuántos comunistas de los años veinte son de hecho simpatizantes de las ideas sindicalistas o anarquistas? Parece claro que el rompimiento ente ambas tradiciones no se puede reducir a la ruptura formal entre el Partido Comunista y la CGT en octubre de 1921. Algunas características de la herencia libertaria son visibles en la práctica del partido a lo largo de los años veinte y treinta, se dan ecos de este pasado hasta en los años sesenta y comienzos de los setenta en la estrategia electoral abstencionista del PCM, y más recientemente en la atracción ejercida sobre muchos trabajadores por las posiciones virulentas anti-PCM de la Unidad Obrera Independiente dirigida por un antiguo miembro del partido, Juan Ortega Arenas. Pero acaso la tarea más urgente y dolorosa, al menos para los marxistas más conservadores, es la de una evaluación objetiva de la contribución del anarquismo y del anarcosindicalismo a la izquierda mexicana. Haríamos bien prestando atención a los comentarios de José Revueltas:

el Partido Comunista, ceñido a moldes esquemáticos, condena en el anarco-sindicalismo la teoría abstracta de los ideólogos clásicos de la anarquía a nombre de Marx, pero sin advertir en cambio lo que el gran movimiento sindical de las masas anarco-sindicalistas representaba de positivo por cuanto a la independencia de la clase obrera dentro del proceso democrático burgués de la lucha.

II. EL REGAZO INTERNACIONAL

Ningún estudio de partidos comunistas puede ignorar la dimensión internacional de lo que era, ante todo, un movimiento que rebasaba las fronteras nacionales. La Comintern, fundada en 1919 (y disuelta en 1943) aporta los elementos fundamentales de este proyecto. Establecida sobre las ruinas de la Segunda Internacional, la Tercera Internacional, una “Internacional de acción”, era, como lo señalaron Claudín Anderson y otros, “un fenómeno sociológicamente único… una organización que exige una lealtad absoluta, una fidelidad disciplinada de sus secciones”. Esto no debe oscurecer el hecho de que durante los cinco primeros años de existencia de la Comintern, el proceso de creación de la famosa estructura disciplinada y centralizada de los años posteriores fue un proceso lento y a menudo contradictorio. Problemas de comunicación y otros complicaron la comprensión y el dominio de la situación europea, de tal manera que resulta aún más difícil aceptar la seriedad de los recuentos que señalan una correspondencia perfecta desde el comienzo entre las acciones del partido mexicano y el Comité Ejecutivo de la Comintern. (3)

Está aún por determinarse hasta qué punto la Comintern determinó a la dirección y el estilo del Partido comunista de México en los diferentes periodos de su historia, así como la naturaleza de la relación del PCM con el Partido Comunista estadunidense, que desde 1920 recibió de la Comintern obligaciones especiales de “supervisión” de sus partidos hermanos de Latinoamérica. Las relaciones con el CPUSA fueron muy estrechas durante los treinta primeros años de vida del PCM, en los cuales dirigentes del CPUSA figuraron de cuando en cuando como miembros de la dirección del PCM, guiaron el sentido de las decisiones en los plenos claves del comité central o actuaron como árbitros finales en las grandes discusiones de la época. El contenido y los límites de esta relación casi tutelar deben revisarse con cuidado porque iluminan la doble dependencia del PCM en la arena internacional.

Conviene no incurrir en explicaciones simples y reduccionistas que presentan la historia del partido como una serie de incidentes en los cuales la organización local responde pasivamente a los agentes de la Comintern y al oro de Moscú. Es necesario reconocer que la política y las directivas del Comintern eran muchas veces bien recibidas y aceptadas con gran entusiasmo por los dirigentes nacionales de los partidos comunistas y las circunstancias que explican este “paralelismo” de intereses deben ser exploradas en cada contexto nacional. En algunos casos las directrices de la Comintern eran anticipadas o prefiguradas por desarrollos mexicanos que se dieron de manera bastante independiente del contexto internacional. Una última advertencia se refiere al peligro de tomar como un hecho la homogeneidad internacional del movimiento comunista Todos los partidos, por muy obedientes y “estalinizados” que estuvieran, asimilaron inevitablemente muchas de las características peculiares de las culturas y tradiciones de sus países.

La estructura internacional debe ser estudiada desde los primeros días del nuevo Partido Comunista de México. Los antecedentes inmediatos y los primeros años del Partido están ocultos en el misterio y el mito. En su serio recuento, Boris Goldenburg engloba este período bajo el subtítulo: Vodevil, sátira, ironía y significado profundo, que añadió a un capítulo de su libro sobre el comunismo latinoamericano. Por su parte, Jean Meyer caracteriza erróneamente al PCM en sus primeros años como “un partido totalmente artificial, inventado desde arriba y dirigido por extranjeros”. Como lo señaló Hobsbawm en un importante artículo sobre los problemas de la historia comunista, todos los partidos comunistas fueron hijos “de una asociación poco afortunada, una izquierda nacional y la revolución de octubre, un matrimonio basado tanto en el amor como en la conveniencia” (4). No hay duda acerca de la importancia del papel desempeñado por M. N. Roy, Mijail Borodin y varios socialistas y pacifistas estadunidenses en el nacimiento del PCM, pero las intervenciones, años después, de Sen Katayama y de Louis Fraina no fructificaron, y solamente Bertram Wolfe, el socialista suizo Edgar Woog y el exiliado cubano Julio Antonio Mella tuvieron alguna influencia sobre la dirección del partido en los años veinte.

El papel jugado por los extranjeros no debe impedirnos ver el hecho central de que el nacimiento del Partido Comunista de México fue, en lo fundamental, una respuesta de los mexicanos a la situación del movimiento obrero local y de la sociedad y la política mexicanas. La derrota de la huelga general en la ciudad de México en 1916 y la disolución de la Casa del Obrero Mundial estimuló un importante replanteamiento de la estrategia obrera que dio lugar durante los siguientes tres años a la formación de dos corrientes en el seno de la clase obrera: el sindicalismo “reformista” de la CROM, fundada en 1918, y la fusión temporal de corrientes anarcosindicalistas y marxistas en el efímero Gran Cuerpo Central de Trabajadores y en el Partido Comunista de México a finales de 1918 y en 1919.

A pesar de que el PCM era un miembro leal de la Comintern en los años veinte, es importante darse cuenta de que los partidos comunistas latinoamericanos gozaron probablemente de un amplio margen de flexibilidad, si no de autonomía, como resultado del descuido del continente por los cuerpos de dirección de la Comintern. El optimismo revolucionario en Europa durante los años rojos, combinado con una tendencia a ver el conflicto entre los mundos imperialistas y coloniales en términos de un eje oeste-este que incluye a los pueblos de Asia y de Medio Oriente (estos últimos hacían frontera con el joven estado soviético en pie de guerra), explican probablemente este serio caso de miopía histórica. La Tercera Internacional sólo dio plena atención a Latinoamérica hasta finales de los años veinte y es sintomático de esta tardanza el que la primera discusión completa de la estrategia revolucionaria en América Latina (incluyendo a México) se diera hasta el sexto congreso de la Comintern. en 1928.

CUATRO CONSEJOS DE LA COMINTERN

¿Cuáles fueron, entonces, las coyunturas en que la Comintern jugó un papel decisivo? En primer lugar el viraje a la izquierda del así llamado tercer período de la Comintern inaugurado en 1928 y cuyas características claves en México fueron asentadas en el famoso pleno del comité central del PCM de julio de 1929. Se concluyó en esa reunión que los regímenes de Calles y de Potes Gil habían capitulado ante el imperialismo angloamericano y que la lucha de las recién radicalizadas masas debía tomar una forma anticapitalista y antimperialista sin compromisos. El resultado fue una condena indiscriminada del bloque revolucionario caudillista y una posición intransigente frente a los sectores meramente “reformistas” de la sociedad mexicana. No se puede dudar del impacto de la posición de la Comintern en esto, pero debe tomarse en cuenta que el giro del PCM también estuvo determinado por consideraciones locales, como los ataques al Partido y la clausura de El Machete después de la rebelión escobarista. Hacia mediados de 1929 el PCM, a diferencia de la mayoría de los partidos europeos, fue forzado a entrar en la clandestinidad, aunque no en un estado de ilegalidad total, como a veces se cree erróneamente. El hecho es que la represión durante el maximato no fue precisamente una ayuda para el desarrollo de finos análisis sobre las contradicciones en el seno de la burguesía.

En segundo lugar, los cambios en la actitud del PCM hacia el gobierno de Cárdenas: la sustitución de la consigna Ni con Calles ni con Cárdenas y de la posición según la cual Cárdenas estaba preparando el camino hacia el fascismo, por la consigna de Unidad a toda costa. A resultas del abandono de las posiciones ultraizquierdistas anunciado en el séptimo congreso de la Comintern de agosto de 1935, la dirección del PCM asumió rápidamente la política de crear un “frente popular antimperialista” junto con sectores del PNR y con grupos campesinos y obreros no comunistas. Diez meses antes, sin embargo, en una reunión de partidos comunistas latinoamericanos en Montevideo, el PCM ya había reconocido la posibilidad de establecer un frente único con sectores del partido oficial. La influencia del PCM en el movimiento sindical aumentó drásticamente entre agosto de 1935 y 1937, y la influencia del partido en la nueva federación obrera, la CTM, podía verse por las tres secretarías en manos de militantes del PCM y por la muy fuerte influencia de los sindicatos industriales (ferrocarrileros, petroleros) en los que intervenía decisivamente. La oposición a la política cada vez más antidemocrática y anticomunista de Lombardo Toledano y de Fidel Velásquez condujo al PCM, sin embargo, a retirar su base sindical durante el célebre cuarto consejo de la CTM. La decisión fue revocada pocos meses después, cuando el pleno de junio del comité central llamó a la reunificación con la CTM y al regreso de los sindicatos que se habían retirado de la central sindical. Pero la reunificación se dio en los términos impuestos por el ala derecha de la CTM, y la influencia del PCM en la más poderosa central sindical mexicana disminuyó de manera desastrosa y prácticamente irrevocable.

La causa inmediata del cambio de la posición del PCM fue la intervención del secretario general del CPUSA, Earl Browder, que asistió a las sesiones del pleno de junio e influyó en la formulación de la consigna Unidad a toda costa. Sin embargo, otra vez la intervención de la Comintern sólo puede ser entendida cabalmente en el contexto de las decisiones anteriores del PCM que prepararon el terreno para el cambio de política. La discusión en el sexto congreso del PCM (1939) con sus presunciones simplistas y acríticas sobre la posible transformación del régimen de Cárdenas en un gobierno nacional revolucionario y en el núcleo de un frente popular, demuestran que la política de la Unidad a toda costa tenía que ver con errores anteriormente cometidos por la dirección del partido.

El tercer episodio de influencia de la Comintern se refiere a la crisis de dirección de 1939-1940 que provocó la expulsión de Hernán Laborde y de Valentín Campa del Partido. Aquí también la dimensión externa se hizo muy evidente con la presencia de tres delegados de la Comintern o representantes de partidos hermanos de Latinoamérica en el pleno de diciembre de 1939 que desencadeno la campaña para expulsar al grupo de Laborde y Campa. Las Memorias de Campa arrojan nueva luz sobre este período crucial cuando señala que el primer motivo de su expulsión fue su oposición y la de Laborde a la presión soviética sobre el PCM para facilitar los preparativos del asesinato de Trotski.

La cuarta y última coyuntura se refiere al impacto del browderismo sobre el PCM. La peculiar concepción de Browder del papel del CPUSA en la era posterior a los tratados de Teherán condujo a la liquidación parcial del partido estadunidense y tuvo un impacto profundo, si bien breve, sobre varios partidos latinoamericanos en 1944 y 1945. Aunque el PCM nunca fue tan lejos como sus partidos hermanos (el partido cubano, por ejemplo), sí asimiló de manera acrítica el experimento browderista de marxismo creativo: disolvió sus células de fábricas y fundó la Liga Socialista Mexicana inspirada en la experiencia de la Communist Political Association de los Estados Unidos. La publicación de la famosa carta de Duclos en la revista comunista francesa Cahiers du Communisme en abril de 1945 acabó abruptamente con esta fase del comunismo en América. Otra vez, si bien la carta de Duclos fue la ocasión para replantear y rechazar la estrategia semiliquidacionista llevada a cabo por el PCM en el último período de la segunda guerra mundial, no explica por sí sola el cambio. La línea del PCM aplicada bajo el impacto del browderismo había provocado gran descontento en las filas del Partido, y había habido una resistencia generalizada a la decisión, por ejemplo, de disolver las células de fábrica. El cambio de línea aparece una vez más como un fenómeno complejo que no puede reducirse a la operación de una sola variable.

III. DESCIFRANDO LA REVOLUCION MEXICANA

Uno de los aspectos más intrigantes de la historia del comunismo mexicano es su cambiante respuesta como partido revolucionario frente a una revolución no socialista que monopolizó rápidamente la retórica de la lucha revolucionaria. Puesto que durante mucho tiempo el PCM fue presa voluntaria de lo que llegó a conocerse como “la ideología de la revolución mexicana”, necesitamos referirnos al señalamiento de José Revueltas de que en México la ideología democrático-burguesa

asume para sí misma la conciencia socialista, la hace suya, y reduce a la ideología proletaria a convertirse cuando mucho en su extremo más radical, en su ala izquierda.

Esta subordinación del PCM a la “ideología democrático-burguesa” no empezó con la existencia del Partido. El Partido Comunista de México empezó su vida con un florecimiento de radicalismo, de oposición principista al Estado y a su parafernalia de elecciones y de cámara de diputados. El planteamiento más elocuente de esta posición es la advertencia de José Valadés en el primer congreso del Partido sobre la necesidad de que los obreros no se mezclaran en luchas políticas de caudillos rivales, a las que llamó “motines políticos”. El congreso condenó enfáticamente la participación comunista en las elecciones. Las posiciones intransigentes del período 1920-1923 y las caracterizaciones simples del régimen de Obregón como “burgués” reflejan el peso tremendo de las influencias libertarias y anarquistas en el Partido en esa época.

De 1923 a 1928 el PCM comienza a esbozar una posición más matizada sobre la naturaleza de los regímenes postrevolucionarios. Se conserva la retórica militante, pero los regímenes de Obregón y Calles son definidos como pequeño burgueses, frágiles, atrapados entre el imperialismo anglo-americano y la todavía muy poderosa élite agraria (neofeudal). En respuesta a lo que se vio como un ataque del imperialismo y sus aliados mexicanos (la revuelta de De la Huerta), el Partido organizó milicias campesinas en defensa del régimen de Obregón a finales de 1923 y principios de 1924. En esa época la estrategia de frente unido de la Comintern se instrumentó con escaso éxito a nivel sindical, el Partido trabajo con algunos sectores de la CROM y de la CGT, pese el fuerte anticomunismo de la dirección de la primera.

El tercer período de la Comintern produjo una alteración sustancial en el rumbo del Partido, que dio a conocer una condena en bloque de los regímenes del maximato y de su capitulación frente al imperialismo angloamericano, junto a una típica denuncia de los peligros del socialfascismo. El viraje hacia la izquierda vio la emergencia de la primera central sindical nacional comunista, la CSUM, en 1928. La inauguración del sexenio de Cárdenas y su política nacionalista revolucionaria coincidió con el abandono internacional del Ultraizquierdismo y su reemplazo por la estrategia de frente popular. Exceptuando una “aberración” de pocos meses, el PCM asumió la nueva línea con entusiasmo creciente, y la noción de frente popular comenzó a identificarse con el mismo PNR/PRM. La consigna de Unidad a toda costa inauguró un largo período, de más de veinte años, en el que el PCM siguió la estrategia de “empujar la revolución mexicana hacia la izquierda”. La estrategia incluía muchas técnicas cuestionables, incluida una aceptación acrítica de la necesidad de la “unidad obrera” que significaba, en la práctica, el apoyo a la dirección antidemocrática que la CTM siguió en los años cuarenta; un intento infinito y estéril por ingresar al partido oficial y el ingreso al PCM de varios personajes que querían utilizar al partido como trampolín en su búsqueda de puestos en el gobierno y en la burocracia sindical. 

Pese a la condena formal, en 1940, de la interpretación oportunista dada a esta estrategia por la dirección de Laborde, el Partido no cambió sustancialmente de política durante los años cuarenta. Avaló una línea de “paz de clases” durante la segunda guerra mundial y brindó su apoyo a la administración de Miguel Alemán durante sus primeros dos años, como parte del entusiasmo productivista por la tarea de industrializar a México. (5)

El decimotercer congreso del PCM, en 1960 marcó un cambio masivo de línea, la primera gran renovación del Partido, un proceso lento y contradictorio. Entrañaba un repudio de la adulación a Lombardo Toledano y al lombardismo, y los primeros intentos reales para enfrentar la naturaleza específica del capitalismo mexicano. Esta última tarea obligaba a abandonar la noción (inspirada en la Comintern) de México como una sociedad semicolonial y a reconocer los cambios tremendos en la estructura de clases del país que trajo el rápido crecimiento del capitalismo de la postguerra en las ciudades y en la agricultura mexicana. El cambio más decisivo en el bagaje teórico del PCM fue el rechazo de la “ideología de la revolución mexicana” y la convicción de que el ciclo de las revoluciones burguesas en México se había completado definitivamente. La vía estaba ahora abierta para abandonar las versiones de dos fases de la transición revolucionaria y para anotar claramente en la agenda el establecimiento de un México socialista. (6)

IV. QUE PLANTEAN, CUANTOS SON Y QUIEN LOS PATROCINA

La mayor parte de lo que se ha escrito sobre el PCM se refiere a la estrategia, las luchas interna y la ideología, no a la base social del Partido y las relaciones cambiantes con los movimientos de masas, con la intelectualidad, etc. La investigación, por consiguiente, debiera orientarse hacia dos áreas claves: 1) El repaso de las estadísticas históricas sobre la membrecía del PCM, incluyendo datos sobre el número de militantes a lo largo del tiempo, edad, sexo y distribución geográfica, y una desagregación de los datos por clases y ocupación. 2) El examen del impacto del PCM en los centros de trabajo, particularmente sobre los trabajadores agrícolas, manufactureros, del transporte y de la educación. Las tendencias generales de la membrecía del PCM desde los años veinte son bastante claras. El Partido permaneció minúsculo a lo largo de los años veinte debido a su grave debilidad organizativa, a los cambios abruptos en la dirección y a la resistencia continua de los militantes comunistas a las estrategias de frente unido de trabajo en el interior de la CROM y de los sindicatos independientes. La violencia intercaudillista de esa época también hizo lo suyo. La rebelión de De la Huerta, por ejemplo, destruyó los vínculos entre el cuerpo central del Partido y sus ramas locales, la mayoría de las cuales fueron destruidas por los rebeldes (Veracruz, Yucatán, Michoacán, etc.). Hacia finales de 1928, la organización del Partido se había recuperado hasta tal punto que funcionaban treinta locales a lo largo y ancho del país con 1,500 miembros. (El Machete, 17 de marzo, y 4 de agosto de 1928). La recuperación fue deshecha rápidamente, sin embargo, por la represión desencadenada durante el maximato y por el sectarismo del PCM durante su época ultraizquierdista, de tal manera que hacia los comienzos del sexenio de Cárdenas el partido no tenía más miembros que diez años antes.

La edad de oro del PCM fue sin duda la segunda mitad de los años treinta, cuando su membrecía aumentó a saltos en concordancia con la estrategia económica y política cardenista, con el nacimiento de los grandes sindicatos industriales y la consolidación del poderoso movimiento magisterial. La crisis de dirección de 1940 y un viraje hacia la derecha de la política gubernamental, que hizo de la membrecía del partido un trampolín mucho menos útil para tener influencia en los sindicatos y en la política, afectaron dramáticamente su crecimiento. Las expulsiones masivas de 1943 y de 1947 redujeron aún más el número de miembros del PCM. La formación del Partido Obrero Campesino en 1950 y las deserciones que favorecieron al Partido Popular de Lombardo Toledano (al que, irónicamente, el PCM había prestado algunos de sus cuadros), profundizaron la decadencia del partido. La cifra de 1,900 miembros en 1960 es probablemente una exageración ya que, dejando de lado la significativa base campesina en La Laguna, el PCM parecía a punto de desaparecer en vísperas de su decimotercer congreso. Necesitamos cuidarnos del peligro de sacar conclusiones simplistas sobre la influencia del PCM basadas únicamente en esos datos. El modesto número de miembros del partido en los años veinte, por ejemplo, subestima el impacto de su papel en la organización campesina y en el trabajo antimperialista en esa época.

Cuadro 1

Número de miembros del PCM(7)

Noviembre de 1922

1.500

Enero de 1939

25,000

Abril de 1925

191

Enero de 1939

30,125

1927

600

1944

5,331

Julio de 1929

1,500

Marzo de 1945

10,000

Diciembre de 1934

600

Noviembre de 1947

15,559

Junio de 1936

5.000

1960

1,900

Enero de 1937

10.000

1974

1.500(800)

Junio de 1938

17.756

1981

15,000

Dada la patética insuficiencia de la información disponible para el estudio de la distribución geográfica y la composición de clase de la membrecía del PCM en los años veinte, treinta y cuarenta, cualquier tipo de conclusión derivada de estos cuadros necesita ser considerada como la más tosca de las indicaciones sobre tendencias. La imagen de la composición de clase a finales de los años treinta y de los años cuarenta que da el Cuadro 2 es la de un partido con un carácter cada vez más obrero y campesino que contrasta con el partido cada vez más de clase media de los años setenta y comienzos de los ochenta. Las cifras sugieren también un incremento del peso del campesinado en el período 1938-1947. Esto parecería confirmar otros datos que señalan considerable pérdida del apoyo obrero sufrida por el partido durante la baja de membrecía de los años cuarenta; el apoyo campesino al PCM parece haber sido más estable. Queda por ver hasta qué punto la escisión en el movimiento comunista que resultó de la formación del POC en 1950 afecto la estructura de clase del PCM.

A falta de datos sobre la distribución geográfica de la membrecía del Partido Comunista en los años veinte, se incluyó en el Cuadro 3 un desglose de la distribución de El Machete. Aunque la circulación de los periódicos del PCM fue siempre mucho más alta que el total de sus miembros activos, la obligación de los militantes de vender la prensa del Partido hace de estos datos un indicador aproximado de las zonas de influencia del PCM. (10) Los datos de la circulación de El Machete en 1928 muestran un alto grado de concentración (los cinco estados de mayor circulación se llevan el 60% del total de las ventas), mientras que en 1939 los miembros del Partido están mejor distribuidos en el país (los cinco estados con mayor número de militantes suman el 39% del total). Se da cierta continuidad en la presencia del PCM en Veracruz, Coahuila y el Distrito Federal (tres zonas importantes en ambos períodos), pero llama la atención su declinación en algunas regiones y su progreso en otras. Mientras que en 1928 una gran parte de la influencia del Partido se concentraba en Jalisco (minería), en Tamaulipas (sobre todo alrededor de la región petrolera de Tampico) y en Puebla (ferrocarrileros, trabajadores textiles y campesinos), para 1939 estas zonas habían perdido su importancia relativa y aparecieron nuevas zonas fuertes, sobre todo Sinaloa (ejidatarios azucareros), Chiapas (cafetaleros) y Nuevo León (ferrocarrileros, trabajadores metalúrgicos).

LA BASE AGRARIA DEL PCM

Dada la estructura predominantemente agraria de la economía mexicana durante la mayor parte del siglo, no sorprende que la mayor y más estable fuerza del PCM se ubique en el campo De hecho, el mexicano se cuenta entre los primeros partidos comunistas en el mundo que consiguió establecer y mantener un bloque obrero-campesino. Esto resulta sorprendente dada la desastrosa posición inicial del partido en lo que se refiere a la reforma agraria. En su primer congreso (en diciembre de 1921), el concepto de “parcelización” fue atacado vigorosamente siguiendo a las caracterizaciones soviéticas y de la Comintern del ejido como una variante mexicana del mir ruso. Los comunistas mexicanos, sin embargo, jugaron un papel dirigente en la organización de las ligas de comunidades agrarias en los años veinte en Puebla, Veracruz, Michoacán, Durango y otros estados, y la organización nacional de las ligas, la Liga Nacional Campesina, estaba vinculada orgánicamente al PCM y estaba afiliada a la Krestintern.

La “deserción” de Ursulo Galván en 1929 debilitó gravemente la influencia del PCM en la organización campesina más radical de México, pero el amplio ataque al poder económico y político del latifundio durante el sexenio de Cárdenas permitió al PCM convertirse en una fuerza dirigente en la reorganización económica y política de la producción agrícola en varias zonas claves sobre todo en la región de La Laguna, en el norte de Sinaloa, en Chiapas y en los plantíos de arroz y de lima de Michoacán (Lombardía y Nueva Italia). En muchas de estas zonas (como en Michoacán), los militantes comunistas ayudaron a organizar y a dirigir las huelgas de los trabajadores agrícolas que jugaron un importante papel en la expropiación de las grandes propiedades. Las principales zonas de influencia del PCM fueron también en un comienzo los centros principales de agricultura colectivizada, en contraste con la orientación hacia la parcela familiar de la mayoría de los ejidos creados en los años treinta; por supuesto, el tono colectivista de la agricultura posterior a la expropiación concordaba mejor con la filosofía agraria del partido.

Solamente en la región de La Laguna y Durango, y en menor medida en Sonora y en partes de Guerrero y Puebla, el PCM pudo mantener una base de apoyo sólida en las décadas siguientes, pero aún carecemos de información para saber el por qué esto fue así. Debemos ser precavidos con las generalizaciones relativas a la falta “de una auténtica preocupación por el objetivo de los campesinos de poseer sus tierras”, y debemos tener en mente cómo la fortuna cambiante de las relaciones del partido con los detentadores del poder local (gobernadores, por ejemplo) influyó en las responsabilidades de mantener una presencia comunista importante (el caso de las relaciones del PCM con el tejedismo en Veracruz es un ejemplo obvio). En la región azucarera de Los Mochis, Sinaloa -en donde el brazo local del PCM (cuya membrecía llegó a los 1,200 militantes) consiguió establecer una virtual sociedad paralela, una “pequeña Rusia”, entre 1937 y 1942-, la subordinación del Partido al PRM, que formaba parte de la estrategia de Unidad a toda costa, promovió “la incorporación a la política oficial corrupta de antiguos cuadros progresistas o bien su aislamiento dentro del aparato burocrático charro”.

Las debilidades en la práctica teórica del Partido Comunista Mexicano también contribuyeron a la imposibilidad de consolidar sus éxitos iniciales en el campo. La posición cómodamente atrincherada en el partido de los ejidatarios de La Laguna y los fuertes vínculos históricos que ataban a Dionisio Encina a esta comarca obstruyeron los intentos de analizar el significado de los importantes cambios de la economía mexicana en el período de postguerra. Durante más de veinte años la dirección del partido ignoró el crecimiento tremendo de las relaciones sociales capitalistas en la agricultura y la emergencia consecuente de un proletariado rural cualitativamente nuevo, y frustró abiertamente los intentos por reorientar su estrategia hacia la organización de las nuevas generaciones de campesinos sin tierra. (10)

Extracción social de miembros del PCM8

Junio de 1938

28 de enero de 1939

17,756 miembros

30,125 miembros

5,592 obreros (35%)

33% obreros

3,972 campesinos (11%)

37.4% campesinos

7,792 otros

sectores (54%)

29.6% otros sectores

1947

15 de enero de 1939

15,559 miembros

25,000 miembros

4,749 obreros (30.5%)

34% obreros

7,595 campesinos (48.8%)

24% campesinos

877 maestros (5.6%)

41% otros sectores

2,339 otros sectores (15%)

Cuadro 3

Distribución geográfica de la influencia y de la membrecía(9)

Marzo de 1928

Diciembre de 1939

(circulación de El Machete)

(membrecía)

Nuevo León

13.0%

Chihuahua

7.0%

Veracruz

17.3%

Veracruz (Jalapa

Puebla

11.9%

y Cerro Azul)

6.9%

Tamaulipas

11.8%

Sinaloa

6.1%

D.F.

9.4%

Coahuila

6.0%

Jalisco

9 4%

Chiapas

5.9%

Coahuila

5.9%

D.F.

5.7%

Durango

3.6%

Durango

4.7%

Nuevo León

2.9%

Hidalgo

Oaxaca

2.8%

(Pachuca)

3.4%

San Luis Potosí

2.6%

Yucatán

3.1%

Sonora

Guanajuato

Michoacán

Campeche

Hidalgo

México

Chihuahua

Tamaulipas

2.6%

México

Nayarit

Guanajuato

Guerrero

(Traducción de Rodrigo Martínez)

NOTAS

(1) José Revueltas: Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. (México, Era, 1980)

(2) Las excepciones más notables son los ensayos sobre el impacto de la revolución rusa de Mario Gill, una colección de los escritos de Julio Antonio Mella en El Machete durante los años veinte, las memorias de Valentín Campa, un relato de las huelgas ferrocarrileras de 1926-27 del veterano comunista sindicalista Elías Barrios y una reciente cronología de la historia del partido. La única historia sinóptica del partido es un breve pero importante ensayo de Arnoldo Martínez Verdugo: PCM trayectoria y perspectivas. México, 1971. Las otras obras son: Mario Gill: México y la Revolución de Octubre. 1975; Raquel Tibol ed.: Julio Antonio Mella en “El Machete” (México, 68); Valentín Campa: Mi testimonio: Memorias de un comunista mexicano (México, 1978); Elías Barrios: El escuadrón de hierro (México 1980); Marcela de Neymet: Cronología del Partido Comunista Mexicano. Primera Parte, 1919-1939 (México, 1981). El único esfuerzo sustancial para recobrar la historia del PCM fue el informe sobre las luchas internas de los años cuarenta publicado en 1957 como parte de la lucha por la renovación de la moribunda organización del partido y por la reunificación del PCM y el POC: La lucha interna en el partido durante los años de 1939-1948 (México, 1957).

(3) Conviene recordar los problemas de idioma que enfrentaba el PCM en sus primeros años. Era muy dependiente de sus pocos miembros (Manuel Díaz Ramírez, José C. Valadés) que podían leer inglés y francés. Había también problemas para obtener los documentos básicos de la Comintern. Según Rafael Carrillo, entonces dirigente de la juventud comunista, sólo hasta que viajó a Moscú en 1923 pudo tener acceso a las importantes Tesis sobre la cuestión colonial difundidas en el Segundo Congreso de la Tercera Internacional en 1920.

(4) Boris Goldenberg: Kommunismus in Lateinamerika (Berlín, 1971, p. 68); Jean Meyer: Historia de la Revolución Mexicana. Período 1924, vol; Estado y sociedad con Calles (México, 1977, p. 45); E.J. Hobsbawn: Revolutionaries (Londres, 1973. p. 3).

(5) La política del PCM durante la guerra y el éxodo masivo de sus miembros en 1943 y 1948 debilitaron enormente su fuerza. La situación contrasta notablemente con lo sucedido en la mayor parte de los países europeos occidentales donde el movimiento comunista emergió de la guerra con una membrecía incrementada y considerable prestigio.

(6) Gerardo Unzueta: “Requiem para un sarcófago. Notas sobre la ideología burguesa de la Revolución Mexicana”, Nueva época, año VII, no. 2, febrero de 1969. Un decisivo rechazo a la noción de un México semicolonial, puede hallarse en Nuevo programa para la nueva revolución (México, 1973) probablemente el documento más revelador del “giro a la izquierda” del XVI Congreso el PCM.

(7) Las fuentes sobre la membrecía son como sigue: Para 1922: U.S. State Departament. Records on the Internal Affaires of México, 812. 00B/195. Informe sobre credenciales del Cuarto Congreso de la Comintern, abril de 1925. Y M. Terrazas y F. Cortés: A todos los miembros, a todos los comunistas marginados o no y a todos los organismos del PC en el país (México, 1973, p. 17). Para 1927 y julio de 1929; Ibid.; para 1934 y 1936. El Machete, 26 de junio de 1936; para 1937, Marcela de Neymet, Cronología, op. cit., p. 135; para 1838; El Machete, 10 de junio de 1938; para el 15 de enero de 1939, La voz de México de esa fecha; para el 28 de enero de 1939, La voz de México del 6 de marzo de 1939; para 1944, La voz de México del 18 de marzo de 1945, Sección Especial de XXI Aniversario. Discurso de Blas Manrique. Para 1945, Ibid.; para 1947: X Congreso del Partido Comunista. Por un partido de 50,000; para 1960, Schmitt: Communism in México. A Study in Frustration (Austin, 1965), p. 37; para 1974: Arturo Martínez Nateras, Punto y seguido. ¿Crisis en el PCM? (México, 1980); para 1981, Informe de Arnoldo Martínez Verdugo XIX Congreso.

(8) La caída de la membrecía del partido está tomada de las siguientes fuentes. Los datos para las cifras de junio de 1938 y 15 de enero de 1939, de Márquez Fuentes y Rodríguez Araujo: El Partido Comunista Mexicano, (México, 1973), p. 296. Para el 28 de enero de 1939, La voz de México, 6 de marzo de 1939; para 1947, X Congreso, op. cit.

(9) Las cifras de circulación de El Machete fueron publicadas por El Machete el 17 de marzo de 1928. Las cifras de membrecía para diciembre de 1939 aparecieron en La voz de México del 17 de diciembre de ese año.

(10) El Machete imprimía unos doce mil ejemplares por número hacia mediados de 1928, cifra más de diez veces mayor que la membrecía total del partido. La prensa del partido fue con frecuencia el mejor agente reclutador de la organización. Una versión detallada del impacto que hacía la lectura de El Machete y La voz de México entre futuros militantes, en los relatos de Graciano Benítez y Valentín Cuayahuil: Oposición, 20 de septiembre de 1975 y La voz de México, 27 de noviembre de 1966.