Al inicio del siglo XVI el banquero Agostino Chigi puso en manos de Rafael y sus discípulos la decoración de los muros y techos del “palacio verde” que levantó a orillas del Tíber y afuera de la antigua muralla de la ciudad. Es un espacio único. También lo son la historia de la fortuna de Chigi y el origen de su segunda esposa, Francesca Ordeaschi, por quien decoró la bóveda de su loggia con el mismo relato de Cupido y Psique que fija Apuleyo en El asno de oro. Rafael dibujó las escenas mitológicas en la logia y Giovanni da Udine delimitó cada escena con una serie de guirnaldas, sobre las cuales impuso unos 160 tipos diferentes de flores y frutos de su tiempo, como granadas, membrillos, rosas, claveles, nísperos y jacintos, además de plantas como la del maíz que en realidad tenían poco de haber arribado a Europa. Es probable que el pintor copiara el maíz en el propio viridarium de Chigi, transplantado a Roma al cabo de los primeros viajes a finales del siglo anterior.

Esta de Giovanni da Udine tal vez sea la primera representación del maíz que se realizó en Europa, evidencia de que muy pronto se incorporó tanto a la gastronomía y al paisaje europeos como al sistema mundial. Y tal y como las plantas del Nuevo Mundo transitaron hacia el horizonte cultural del Viejo Mundo, lo propio sucedió con palabras como descubrimiento y conquista.

Ilustración: David e Izak Peón

“Lo que sigue en los descubrimientos es la conquista”, escribió Juan Suárez de Peralta, uno de los hijos del cuñado de Hernán Cortés, nacido entre las ruinas de la isla tomada de Tenochtitlan y en el interior de la traza de la Ciudad de México en 1537. Suárez de Peralta fue parte de la primera generación criolla de la Nueva España, como señala Teresa Silva Tena, y la frase antes citada proviene de su Tratado del descubrimiento de las Indias, enseguida de la cual añadió esto otro:

La guerra que se hizo a los indios fue toda hecha por Dios, y Él la favoreció, por el bien y remedio de aquellas almas, que los cristianos, a lo menos en la Nueva España, no fueran parte, los que fueron, para conquistar y pacificar aquella tierra, si Dios no mostrara su voluntad con milagro, que lo fue grandísimo vencer tan poca gente a tanta multitud de indios como había, y muchos lugares muy fuertes; sino que, como he dicho, fue Dios servido, y así lo entendieron los cristianos, y los indios fueron vencidos de un caballero que andaba en un caballo blanco, que los atropellaba, y este solo era el que más daño les hacía, y una mujer que les andaba echando tierra en los ojos. Cuando Cortés, el marqués, los aseguró, preguntaban los indios que qué se había hecho un hombre que traía un caballo blanco, y daban las señas, el cual no veían entre los otros españoles, y una mujer, del color de ellos, que les echaba tierra en los ojos y no los dejaba pelear; la cual dicen era Nuestra Señora, y el caballero, el bienaventurado señor Santiago, capitán general de la cristiandad. El Cortés les respondía que aquellas personas que decían no eran de la Tierra, sino del Cielo, y que Dios las enviaba contra ellos, y que él y su gente eran criados de aquella señora, la cual era muy poderosa y Madre de Dios; con la cual respuesta los tenían suspensos.

El pasaje es parte de la respuesta que Suárez de Peralta trató de oponer a la defensa de los naturales emprendida en una serie de tratados por un teólogo dominico, Bartolomé de las Casas, así como a sus invectivas contra la colonización española, incluida la Brevíssima relación de la destrucción de las Indias que dedicó al rey Felipe II y que compuso ante la persistencia de los atropellos a las poblaciones de América.

A diferencia del tratado de Suárez de Peralta, cuyo manuscrito permaneció en obra, la Brevíssima de Las Casas quedó concluida en 1542 y salió de la imprenta en 1552. La idea de Las Casas era mostrar con el mayor dramatismo el estado de las Indias y sus naturales para persuadir a quien leyere la necesidad de proscribir tanto las guerras de conquista como los repartimientos y encomiendas, para lo cual se basó en la recopilación que ya había realizado tanto para su Historia de las Indias como para su Apologética.

Varias vidas sucesivas conoció la Brevíssima una vez salida de la imprenta, según Roger Chartier. La primera de ellas fue de la mano de los traductores e impresores de los Países Bajos a finales del siglo XVI, en el tiempo de las rebeliones de estos reinos protestantes contra España. “El libro de Las Casas era traducido como un ‘espejo’ del despotismo católico”, escribe Rafael Rojas. La aparición de las primeras ediciones ilustradas al final del siglo XVI y el principio del XVII dio una tercera vida a la Brevíssima: se trataba de las primeras traducciones al alemán, realizadas en Fráncfort y Amberes, cuyas imágenes mostraron la crueldad y los excesos del imperio español en América. En los años de la Armada Invencible, señala Chartier, los ingleses recurrieron a otras series iconográficas similares en la propaganda antiespañola. Un puñado de editores republicanos y antipapistas, activos en la ciudad de Venecia durante el siglo XVII, fecharon la cuarta vida de la Brevíssima al acusar a Roma de haber actuado en connivencia con la Corona española en la empresa colonial, mientras que la quinta vida del texto de Las Casas cayó en una traducción al catalán que dio pie a la denuncia del “imperialismo castellano” en tiempos de la revuelta contra Felipe IV. Las dos últimas vidas del tratado de Las Casas si bien son familiares no por ello son mejor conocidas. La sexta corresponde a los ilustrados y enciclopedistas franceses del siglo XVIII, críticos del absolutismo y la Inquisición, y la séptima a los independentistas latinoamericanos de la primera mitad del siglo XIX, como Bolívar y Mier, donde Las Casas aparece como “una fuente del anticolonialismo y el abolicionismo, especialmente el británico, a pesar de haber sido partidario de la esclavitud”, como apunta Rojas.

Francisco Xavier Clavijero, por lo anterior, advirtió en el prólogo a su Historia antigua de México que “al referir los acontecimientos de la conquista que hicieron los españoles” había decidido apartarse lo mismo del “panegírico” de la Historia de la conquista de México de Antonio de Solís, publicada a finales del siglo XVII, que de la “invectiva” de Las Casas, “porque no quiero adular a mis nacionales ni tampoco calumniarlos”. Y añadió en una nota al calce: “No digo que sea un adulador Solís ni un calumniador Las Casas, sino que en mi pluma sería calumnia o adulación lo que aquellos autores escribieron, Solís por engrandecer a su héroe, y Las Casas arrebatado de piadoso celo en favor de los indios”.

La conquista de México, no obstante las prevenciones de Clavijero ante Las Casas y Solís, introdujo variaciones en la Historia antigua de México. En torno a la mera voz conquista se cuentan no pocas adiciones al manuscrito original en español, las cuales tienen su origen en las sesiones de trabajo que invirtió el propio Clavijero en traducir y formar la Storia Antica del Messico, publicada en Cesena a finales del siglo XVIII. Adiciones que sólo cobran visibilidad si se asume como otro manuscrito original la versión en italiano de la obra de Clavijero, y cuando la traducción que realizó José Joaquín de Mora a principios del siglo XIX del italiano al español se pone ante el espejo de la versión en español de Clavijero, la cual se logró recuperar y conocer hasta mediados del siglo XX.

Tanto en español como en italiano Clavijero acusa una enorme conciencia de las palabras. Y conocía tan bien el silencio del lenguaje que no dejó pasar la oportunidad de corregir y aumentar cuanto ya tenía escrito en una lengua al traducirlo a otra. A diferencia de lo que sucede con la primera mención a Malintzin, quien en la Historia Antigua de México aparece como “uno de los principales instrumentos de que se sirvieron los españoles para la conquista de aquel reino”, y en la Storia Antica del Messico queda como alguien que “tan eficazmente contribuyó a la conquista de México”. A diferencia de lo que sucede con esta mención a Malintzin, decía, las adiciones de Clavijero en la Storia Antica tienden a destacar enfáticamente el antes y el después de la conquista. Los casos abundan. Véase, por ejemplo, el siguiente: “el nombre de xonacatl, que daban los mexicanos a la cebolla, es prueba de que la conocían”, escribe Clavijero en español, mientras que al italiano deja esto otro: “el nombre de xonacatl que dan a la cebolla, y el de Xonacatepec que era el de un pueblo que existe en tiempo de los reyes mexicanos, manifiestan que la planta era muy antigua en aquellos países, y no introducida después de la conquista”. De ahí acaso que mayor detenimiento deba dársele a cuanto la misma voz conquista significó en el barroco sistema cultural del patriotismo criollo, esto es, en el amplio conjunto de instrumentos empleados por los hablantes del español en el virreinato para relacionarse con el medio natural y social, para emprender alguna vez la enumeración e identificación de las diversas vidas sucesivas que registra la conquista de México a lo largo del tiempo.

Chigi acertó al incluir al maíz en su “palacio verde”. El maíz, al cabo de cinco siglos, es la planta que proporciona muchos de los nutrientes que consume la humanidad, junto con la papa, el camote y la yuca, otras tres plantas de origen americano. Francesca Ordeaschi, esposa de Chigi e hija de un comerciante de verduras, ¿alguna vez imaginó que estas plantas llegarían a estar entre los siete cultivos más importantes y que habrían de generar una riqueza creciente y sostenida por toda la Tierra? Tal vez no. Clavijero tampoco imaginó que los “verdaderos otomíes”, los cuales “ni bajo la dominación de los mexicanos ni bajo la de los españoles” alteraron su lengua por tantos siglos, un día la pudieran ver silenciada por el empuje sin fin de un proceso de cambio que dio inicio con la conquista.

En una “reunión de sabios historiadores”, como llamó Carlos María de Bustamante a los informantes de Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, cayó originalmente la memoria de la conquista: Lucas Cortés Calanca, Jacobo de Mendoza Tlatlecatzin, Gabriel de Segovia Acapipiotzin, Francisco Ximénez, Alfonso Itzhueztatocatzin y María Bartola. Ellos fijaron las crueldades de los conquistadores y de los naturales que los auxiliaron, así como el deplorable estado de miseria al quedó reducida la población de estas tierras. Sus testimonios alimentaron los escritos tanto de Bernardino de Sahagún como de Las Casas. El sentido de la conquista, en cambio, a sabiendas de que nunca tendría o podría cobrar sentido fuera del amplio paño de un sistema mundial, fue al que Clavijero se asomó mientras construía su Historia antigua de México. Y lo que ahí vio fue la constante e interesada discordancia de los autores.

 

Antonio Saborit
Historiador, ensayista, editor y traductor. Actualmente dirige el Museo Nacional de Antropología.

 

3 comentarios en “El maíz y las palabras

  1. Excelente información, el maíz es grano básico para la alimentación de nosotros los mexicanos

  2. El maíz, es el alma de la alimentación de los pueblos que sostienen al País, por lo que es urgente recuperar el campo, de lo contrario habrá mas pobreza.

  3. El alimento por antonomasia de nuestro pueblo, el cual consumimos en una enorme variedad de platillos, es único, una larga historia los acredita; es necesario evitar el transgénico.