Mucho ha cambiado el ejercicio médico. Y lo hará más. Dos polos. Primero: la tecnología y sus derivados ofrecen nuevos servicios e implementos otrora impensables. Usar esos saberes depende del diálogo entre doctor y enfermo. Segundo: la relación médico paciente, cuando no es paternalista como sucede en consultorios donde el tiempo no permite el diálogo o el médico es obstinado, ha cambiado. El poder autoritario ha perdido peso y algunos enfermos han conseguido empoderarse, es decir, toman sus propias decisiones. Adueñarse del cuerpo y optar por las bonanzas o perjuicios de los tratamientos es signo de nuestros tiempos  (paréntesis obligado: ese diálogo no se lleva a cabo en sociedades donde la pobreza impide manifestarse).

Las discusiones entre tratarse y no hacerlo, no sólo en enfermedades terminales, sino en otros padecimientos, son necesarias y cada vez más frecuentes. Rechazar tratamientos en casos donde la gravedad impide cualquier mejoría, como en enfermedades terminales, aunque la decisión sea ríspida, es, para los librepensadores, comprensible y bienvenida. Las discusiones en situaciones donde el paciente no es terminal pero no acepta tratarse son más complejas. En este apartado la autonomía es valor fundamental. Respetarla, aunque no se esté de acuerdo, es obligación del médico, quien de no comulgar con la idea puede abandonar el caso. Médicos y familiares también tienen derecho de rechazar tratamientos o retirar los ya iniciados. El mosaico es amplio. Tolerancia y entendimiento son cualidades indispensables cuando se lidia con estos avatares.

Ilustración: Kathia Recio

No aceptar tratamientos es un derecho. Algunos ejemplos ilustran. Enfermos, sobre todo ancianos, que no permiten la amputación de una pierna porque así no quieren vivir y menos convertirse en una carga para la familia; personas con demencias seniles, y que en etapas de lucidez no quieren recibir tratamientos para infecciones u otros problemas con tal de no prolongar su existencia; pacientes con malformaciones faciales secundarias a traumatismos o quemaduras cuya autoestima “les impide vivir”; enfermos con dolores crónicos, dependientes de opiáceos, cuyas vidas penden de un hilo y de las consecuencias de la dependencia; pacientes con males pulmonares crónicos que requieren utilizar oxígeno las 24 horas del día, imposibilitados para moverse o llevar a cabo actividades placenteras y que cuando falta el suministro eléctrico sufren lo indecible; enfermos que no toleran los efectos de la quimioterapia y optan por fenecer debido al cáncer, son ejemplos de enfermos cuyo ideario rechaza “vivir sin vivir”.

Son tres las razones fundamentales por las cuales los médicos —aquellos que dialogan y no ejercen su poder autoritario— no deben tratar a los enfermos. Primera: respetar la autonomía y la voluntad del afectado y de sus seres cercanos. Segunda: cuando los efectos colaterales de los fármacos, las estancias hospitalarias o los procedimientos a efectuar  sobrepasan los posibles beneficios del tratamiento. Variables como miedo, sufrimiento, pérdida de la dignidad o dolor, no siempre mensurables y en ocasiones olvidadas, son factores insoslayables. Otros, no menos importantes, son cuestiones económicas y la necesidad del enfermo para finalizar algunos pendientes, i.e., dialogar con seres queridos, finalizar asuntos y no heredar lastres. Siempre es factible acompañar al enfermo y paliar los síntomas sin tratar la enfermedad y sin producir demasiados efectos colaterales. Tercera: no ofrecer tratamientos fútiles, es decir, procedimientos que no produzcan beneficios. Gracias a la tecnología, a la experiencia acumulada y a los informes de la literatura médica, la mayoría de las veces es posible predecir cuándo la terapéutica no será eficaz ni redundará en cambios benéficos ni modificará positivamente el curso de la patología. La futilidad, en épocas de bonanza tecnológica y recursos sinfín es tema fundamental. Los médicos están acostumbrados “a hacer”. Pocos entienden el valor y la sabiduría de “no hacer”. De ahí la necesidad comunitaria y médica de reflexionar al respecto.

Uno de los principios fundamentales de la ética médica es la no maleficencia, i.e., no hacer daño. Salvo en las cárceles, en secuestros donde médicos amputan dedos, o al aplicar la pena de muerte, los galenos nunca quieren dañar. Tratar, cuando no es necesario, puede dañar. En nuestros tiempos, donde las modas y la presión social invitan a hacer y después de hacer seguir haciendo, parar un instante y reflexionar si tiene o no sentido prescribir, es necesario. Acompañar y escuchar puede ser más terapéutico que recetar.

 

Arnoldo Kraus
Médico. Profesor en la Facultad de Medicina, UNAM. Es autor de Dolor de uno, dolor de todos y de Recordar a los difuntos, entre otros libros.

 

2 comentarios en “Medicina: No tratar

  1. El respeto a la autonomía debería ser una de las marcas de la medicina de nuestro tiempo: como médico en formación y como paciente, nunca la he visto aplicada. La ética es indispensable hasta que se interpone con las metas institucionales. ¿Cómo se puede ejercer eticamente nuestra profesión si las prioridades las dictan intereses no humanistas?

    • Daniel:
      La autonomía es un derecho, no una dádiva. Los médicos libres pensadores la permiten, los pacientes deben exigirla. El problema surge cuando los galenos ejercen su oficio basados en principios religiosos, o bien, cuando la ética no forma parte de su ideario, y, asimismo, cuando basan su praxis en su poder autoritario. Los pacientes deben empoderarse y ejercer sus derechos.
      Saludos y gracias,
      Arnoldo