Al terminar la segunda guerra mundial, Estados Unidos se dio cuenta que necesitaba a sus aliados en Europa de pie, pues comenzaba la guerra fría y la URSS era una amenaza que podría afectar ideológicamente a dichos aliados, los cuales podrían caer al comunismo. Por ende, nuestro vecino del Norte creó lo que en su momento se le denominó como el Programa de Recuperación Europea (European Recovery Program) para nutrir de recursos a sus aliados en Europa -aunque también se le ofreció a la Unión Soviética y sus satélites. Actualmente, al programa se le conoce coloquialmente como el Plan Marshall (o Marshall Plan) debido al Secretario de Estado de ese momento, George Marshall, ya que la estructura de financiación salió de esa dependencia del gobierno estadounidense.

Por su parte, tras rechazar la ayuda estadounidense, el gobierno de la URSS puso en acción el famoso Plan Molotov, nombrado así por el Ministro de Relaciones Exteriores soviético de ese momento, Vyacheslav Molotov. La respuesta soviética al Plan Marshall se debió a que la URSS pensaba que dicho plan tenía el objeto de disminuir su influencia en los países de Europa del Este. Este programa soviético daría pie a la creación del Consejo de Ayuda Mutua Económica (COMECON), el cual permaneció vigente hasta el 28 de junio de 1991, meses antes de la caída de la URSS.

A simple vista, ambos programas son ejemplos de cómo los países en una región deciden crear o aumentar su influencia en una región; es decir, son un reflejo de una visión estratégica por parte de sus Cancillerías. Sin embargo, de por medio se tiene que reconocer que ambos países estaban conscientes de su posición y objetivos geopolíticos. Entiéndase: se puede utilizar el estudio de la política exterior, las Relaciones Internacionales, para entender el comportamiento político de un Estado en la arena internacional debido a su geografía (interior y exterior) y sus objetivos como Estado; en este caso, el juego de poder que se estaba llevando a cabo durante la Guerra fría.

Ilustración: Adrián Pérez

El 1 de diciembre de 2018, en el marco de la toma de protesta del presidente de los Estados Unidos Mexicanos, el gobierno de México firmó con los gobiernos de Guatemala, Honduras y El Salvador un documento mediante el cual se sentaron “las bases de entendimiento para construir un Plan de Desarrollo Integral (PDI) que impulsará el desarrollo y las oportunidades de la región, contribuyendo a la prevención del fenómeno migratorio y atacando sus causas estructurales simultáneamente”.

Lo anterior trae a cualquier internacionalista recuerdos del Plan Marshall o el Plan Molotov, y por ende algunos analistas lo han llamado el Plan Marshall latinoamericano. Sin embargo, y para quitarle ese tinte de expansión o dominio geopolítico de la guerra fría, ante la situación actual los cuatro gobiernos han decidido contar con el apoyo de la Comisión económica para América latina y el caribe (la CEPAL) y alinear dicho Plan a los Objetivos de desarrollo sostenible y a la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, así como con el Pacto mundial para una migración segura, ordenada y regular. En otras palabras, durante el primer semestre de 2019, las cuatro Cancillerías llegarán a un acuerdo para poder enmarcar el PDI, como bien lo dice su nombre, en una serie de principios para solucionar algunos problemas graves que acogen a la región. ¿Por qué? Por lo siguiente.

Sin lugar a dudas la caravana migrante es un tema que ha estado en los noticieros de los países, no sólo del triángulo del Norte, en nuestro país y en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Como mexicano viviendo en el exterior, la primera pregunta que me hace la gente cuando aprenden que soy de México es sobre la caravana migrante. La segunda, sobre el muro fronterizo.

En ese sentido, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador se dio cuenta de la magnitud de esta situación. Es decir, del problema que resulta el paso de una caravana de tal envergadura ante la escasez de recursos (camas, comida, personal en los albergues) y la inseguridad en el país. Al darse cuenta que el país no puede resolver el problema solo, el gobierno actual tuvo que voltear a ver las causas de raíz y hacerles frente. ¿La solución? Un programa que ayude a los países del triángulo del norte, el PDI, que es no sólo un reflejo de una visión estratégica como país -al igual que los Planes mencionados en la introducción- sino también de que México tiene conciencia de su posición geopolítica. Encontrar una solución fuera de nuestras fronteras a un problema que nos atañe directamente, y que puede ser una bola de nieve creciente, es parte de ser responsable como actor internacional.

Si bien durante el trayecto de la caravana hubo mucha gente en México que les abrió sus puertas a los migrantes y les dio un lugar dónde dormir o qué comer -sin que nadie se los pidiera, y que en algunos casos muchos no tienen lo suficiente para que su familia coma adecuadamente- no fue ajeno encontrar comentarios xenófobos y de corte anti migrante en nuestro país. Los mismos que hemos escuchado -y criticado- al Presidente de Estados Unidos y a sus seguidores (es más, si algo que todos los mexicanos le reconocieron a EPN, y que aumentó su nivel de popularidad, fue cuando comenzó a levantar la voz a los insultos de Donald Trump, ¿por qué hay actitudes de ese tipo?). Ante tal situación, el entrante gobierno de México tenía dos opciones: o hacer muros, aumentar la seguridad anti migratoria indocumentada en la frontera sur y criminalizar a los migrantes, o encontrar una fórmula alternativa a dicha narrativa.

El gobierno actual ha optado por lo segundo. Y ha decidido darle más impulso al PDI al buscar el apoyo del mismo Estados Unidos (según The New York Times, la manera en la que el gobierno mexicano logró obtener este apoyo fue diciéndole a nuestros vecinos que, si ellos no querían ser parte de este Plan, se le preguntaría a China, que felizmente invertiría en la región). El día de ayer, el Canciller mexicano dijo, en la misma Secretaría de Relaciones Exteriores, que Estados Unidos congratulaba los esfuerzos de los cuatro países para realizar el PDI, y que nuestro vecino y nosotros reforzaríamos dicho PDI con el Plan de la Alianza para la Prosperidad de los países del Triángulo del Norte, mediante el cual, entre otras cosas, Estados Unidos se compromete a otorgar un total de USD $ 5.8 mil millones para reformas institucionales y desarrollo económico en el Triángulo del Norte, por medio de fuentes privadas y públicas.

Hay veces que nosotros mismos no tenemos la solución a un problema. Y en ese caso, lo mejor es mirar hacia fuera, y encontrar una fórmula con nuestros amigos y socios. Eso es lo que ha hecho México.

 

Jorge A. Tuddón M.

 

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