En el camino que va de la entrada 4 a la 3 del Bosque de Chapultepec, se escuchan rumores de voces alegres. Son las 9:30 a.m. del 1 de diciembre. Por primera vez, en 84 años, se abrirán sin restricciones las puertas de la residencia oficial de Los Pinos al público. Casi un centenar de personas están formadas quince minutos antes de las diez de la mañana. Por un altavoz sale el llamado de orden y paciencia. Todos obedecen porque están contentos: “¡Sí se pudo!”; “Es un honor estar con Obrador”. La fila se rompe en el instante en el que uno de los visitantes se coloca una máscara del todavía presidente electo Andrés Manuel López Obrador. Al momento, lo rodean personas con su celular en la mano para tomarle fotos o grabarlo. En la banqueta de enfrente un hombre alto y delgado grita: “Que se larguen y entreguen lo que robaron. Nos faltan millones que han matado”. Resuenan aplausos, mientras el inconforme avanza con pasos largos.

Llegan más visitantes y es necesaria otra instrucción: “Por favor hagan dos filas. A las personas con bultos se les hará una revisión con rayos X”. Una mujer con apariencia de haber vivido cinco décadas comparte: “Traigo una bomba de emociones. Es lo que va a explotar”. Los minutos de espera alcanzan para entonar tres estrofas del Himno Nacional y para intermitentes sesiones de aplausos. Una rechifla estalla en el momento en el que uno de los policías militares, que resguarda la reja verde de la entrada, arrancó dos letreros que dicen: “Prohibido el paso”. Es evidente: “¡Sí se pudo”.

Fotografías: Kathya Millares

Conteo regresivo: 10… 9… 8… 7… 6… 5… 4… 3… 2… Las puertas se abren a las diez de la mañana. El flujo de la fila de personas que deben colocar sus bolsos o mochilas en las máquinas de rayos X se detiene, los aparatos fallan. Para evitar más retrasos, los policías echan un vistazo a los objetos y piden a las personas que pasen por los arcos de seguridad.

Algunos reporteros están ansiosos por recibir los primeros testimonios. La reportera de Radio y Televisión Mexiquense le pregunta a una señora si puede decirle qué siente al visitar Los Pinos. No obtiene la respuesta que pidió; en cambio, un señor le reclama: “Oiga, ¿por qué a mí no me pide mi opinión? Eso es discriminación”. Todo sale bien: lo paran frente a la cámara para grabarlo. Por un instante, algunos observan a un grupo numeroso de adultos que no debe dispersarse. “A ver, los de Acapulco, por acá”.

Al traspasar la puerta principal, los visitantes se apresuran para tomarse una fotografía frente a una reproducción a gran escala del escudo nacional mexicano. La parte inferior la adornaron con un letrero de flores blancas que dice “Bienvenidos” y a los costados hay macetas con Nochebuenas. En ese momento se configura la escena representativa de esta visita: filas serpenteantes para sacar fotografías o ingresar a las casas que habitaron catorce presidentes de México.

Uno de los jóvenes voluntarios anuncia la presentación de la Banda Sinfónica Armonía Tepozteca, en el jardín La Hondonada, y adelanta que a las 11 de la mañana se podrá ver la ceremonia de toma de posesión en la pantalla gigante que ahí está. Hay quienes se sientan bajo los árboles para escuchar a los jóvenes músicos, otros posan al lado de las estatuas de los presidentes —la de Lázaro Cárdenas es la más solicitada—, los demás siguen el recorrido por la Calzada de los Presidentes.

Las figuras de bronce despiertan sentimientos encontrados. Por ejemplo, este diálogo entre un matrimonio. Ella: “Mira, aquí está Zedillo”. Él: “Ni se parece”. Ella: “Estaba joven”. Una declaración de simpatía. “Vamos a ver la de Miguel Alemán. Es un buen tipo. Me cae bien”. O encono: una joven fotografía la estatua de Enrique Peña Nieto y una de las integrantes del grupo que viene de Acapulco susurra para sí misma: “Y todavía le toman fotografías, como si de veras fuera presidente”.

Al final de la Calzada de los Presidentes, el primer impacto visual que a todos sacude, es la aparición de la Casa Miguel Alemán. De fachada blanco pulcro y tres pisos. Otra fila para ingresar. Los visitantes observan detenidamente a los reporteros. Algunos reconocen a personajes cercanos al gobierno de la Cuarta Transformación que están dando entrevistas sin parar. Otros ponen atención en lo que hacen un hombre con la máscara de Vicente Fox y otro con la máscara de Andrés Manuel López Obrador. Una reportera de un canal de televisión de paga les da instrucciones: “Colóquense aquí los dos. Primero vas a hablar tú Fox y luego tú AMLO. No se muevan. Cuando les dé la señal, me tienen que contar qué sienten al estar aquí”. Los dos obedecen. Al terminar este compromiso, llegan ofertas para su debut en radio y en un podcast. La lentitud en la fila, obliga a los visitantes a pensar que doce escalones bajo un sol desinhibido son un pequeño purgatorio. El candil de la entrada deja boquiabiertos a todos. De sus hilos dorados cuelgan cientos de cristales delgados. Los pisos de mármol con figuras geométricas negras guían los pasos suavemente. Un dueto de piano y flauta acompañan la inspección. Hay una placa en la pared que anuncia la entrada a la Biblioteca José Vasconcelos. Al entrar un señor cambia el asombro por la sorna: “Igualita que la que tengo en casa”. Algunos de los libreros están vacíos. Los otros tienen una numerosa colección de Sepan Cuantos y del Fondo Cultura Económica. En un primer vistazo aparecen El periquillo Sarniento y la Bibliografía Crítica de Octavio Paz y la de Salvador Elizondo. Todavía conservan la caja de madera de las fichas catalográficas. La siguiente puerta corresponde a la oficina presidencial. Sólo se cuentan un escritorio y su silla, un librero semivacío, una bandera y adornos. Un letrero aclara que así es como recibieron el sitio en el que despacharon Vicente Fox, Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto. La habitación de la ayudantía es sencilla y sin adornos. En el pasillo es posible observar por una ventana una pequeña habitación con muebles de oficina y el primer cuadro que aparece colgado en una pared. La escalera para llegar al primer piso tiene otra fila de espera. Falta poco para las once de la mañana y quienes desean ver la toma de protesta, se apuran para conocer las habitaciones en las que vivieron Enrique Peña Nieto y su familia. La decepción es profunda cuando sólo observan paredes blancas, cortinas beige y pisos recién pulidos. “Como que no hay mucho que ver”, dice una joven. Un pequeño detalle revela que alguien estuvo viviendo ahí hasta hace poco, es un aromatizante de ambiente a medio uso, conectado a un enchufe. La recámara presidencial también está vacía. La indignación aflora: “Todo este lujo a costa del sudor del pueblo”. Un adolescente recibe una llamada de atención en lo que hasta hace poco fue el vestidor: “Favor de no tocar los muebles”. Afuera de esta habitación, que es más un entramado de pequeñas habitaciones, se escucha: “¿Cómo ve? ¿Vivía chulo el presidente?”.

A las once de la mañana el jardín La Hondonada está ocupado por espectadores sentados que han despedido a la Banda Sinfónica Armonía Tepozteca con fuertes aplausos y la vista puesta en la pantalla grande. Cinco minutos después suben el volumen para escuchar la transmisión oficial. Aparece Peña Nieto a cuadro y lo abuchean. AMLO desciende de un Jetta blanco y aplauden. En el trayecto que hace López Obrador hasta el estrado de la Cámara de Diputados hay aplausos, una mujer agita una bandera de México y otros a puño alzado gritan “¡Sí se pudo!”. Cuando Porfirio Muñoz Ledo, presidente de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, toma la palabra para iniciar la ceremonia de investidura, se escucha: “¡Bravo, Porfirio! Parece el silencio y los asistentes levantan su celular para poder grabar la ceremonia en la que Andrés Manuel López Obrador se convierte en el nuevo presidente de México. Un anciano sopla un instrumento rústico hecho con el cuerno de un toro. De nuevo EPN en la pantalla: “¡Fuera, corrupto!”. Al terminar el intercambio de la banda presidencial, el grito de alegría: “¡Sí se pudo!”.

Durante el primer discurso de López Obrador como presidente, las manifestaciones en contra de quien termina su sexenio son constantes. Le gritan traidor, corrupto, lo abuchean. López Obrador menciona el daño que ha hecho la corrupción política al país y un señor interviene: ¡Toma, Peña. Tan directa no te la esperabas! Al salir a cuento el lugar que ocupa México en la lista de los países más corruptos: “¡Quiere llorar!”. Con la explicación acerca de la baja producción de petróleo: “Dice Peña Nieto: ‘a poco, eso no lo sabía’”. En el pasaje dedicado a la salud de los mexicanos, alguien diagnóstico: “Ahorita se le va a desarrollar la diabetes [a EPN]”. Sobre el crecimiento de la deuda externa en los últimos seis años: “Siente que le aprieta el traje”. Los momentos de gloria para el orador aparecen al declarar el inicio de la Cuarta Transformación y al señalar que en su mandato no se tolerará la corrupción. Cuando habla de las consultas ciudadanas, del castigo a los fraudes electorales, de la cancelación de la reforma educativa, de la apertura de Los Pinos al público, de lo que hará su gobierno para investigar el caso de los 43 alumnos desaparecidos de la Normal de Ayotzinapa, nadie escatima aplausos. El momento incómodo: cuando dijo que no va a perseguir a los corruptos de gobiernos anteriores, sonó un ¡Ahhh! de decepción generalizado. Y un contrapunto con lo que sucede en la Cámara de Diputados: allá le gritan “dictador” a Maduro y acá aplauden al escuchar su nombre.

Al terminar la ceremonia, se reanudan las andanzas por los rincones de Los Pinos. Dos amigos que caminan por la Calzada de la Revolución, conversan: “¿Quién habrá hecho museo el Palacio de Versalles? —pregunta uno. “Napoléon”, creo —responde el otro. En este tramo, sobresalen las áreas verdes que llaman la atención de los caminantes. La Rotonda de la Reforma, vista a detalle: en el centro está el busto de Benito Juárez, a la derecha el de Lerdo de Tejada y a la izquierda el de Melchor Ocampo. Más adelante hay un estanque con peces color naranja, para evitar cualquier tragedia, colocaron un letrero que prohíbe lanzar alimento o monedas al agua. La Casa de Miguel de la Madrid sobresale por su amplia y extensa sala de reuniones. Las puertas de la Casa Adolfo Ruiz Cortines están cerradas porque fue adaptada para oficinas. Afuera del Salón Venustiano Carranza, dos mujeres sentadas en una jardinera estiran los pies: “Ya nos cansamos, ¿verdad, comadre?”. “Ya, ya nos cansamos”. En la entrada toca una pequeña orquesta de alientos. Hay un cuadro de Venustiano Carranza, pintado por David Alfaro Siqueiros (1948). Del lado derecho está la sala adornada con los retratos de los voceros de la Presidencia. También tiene una sala de reuniones de buen tamaño.

Una fila más. Última parada: Casa Lázaro Cárdenas. Es mucho más sencilla y pequeña que la de Miguel Alemán, pero atrae a los visitantes porque la ficha de información que está a la entrada indica que ahí fue donde redactó los documentos que dieron origen al reparto agrario y la expropiación petrolera que él encabezó. En la última habitación hay un cuadro titulado “Los bandidos de Río Frío”. Y vale preguntarse, ¿acaso en Los Pinos sólo había una veintena de cuadros?

 

Kathya Millares
Editora.

 

2 comentarios en “Un día en Los Pinos

  1. Napoleón Bonaparte acarició durante un tiempo la idea de convertirlo en su palacio imperial, pero Versalles ya no se utilizará hasta el retorno de la monarquía. Luis Felipe encargó a su ministro Camille Bachasson, conde de Montalivet la conversión del palacio en museo: de esa época data la dedicatoria: “A todas las glorias de Francia”.

  2. La apertura de Los Pinos al público es una medida que exhibe los excesos de los gobernantes sobre todo de los últimos 30 años; si se considera que es propiedad pública, a simple vista faltan muchas cosa, pinturas, mobiliario, utensilios de cocina etc., por lo que es de sugerir una auditoria a fondo y recuperar en su caso los bienes sustraídos. Asimismo es una medida política que delimita una nueva forma de asumir el mandato de las urnas en un entorno de austeridad republicana de las instituciones y sobriedad en el ejercicio del servicio público. Saludos.

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