Entre el 24 y el 30 de junio de 1968, el comité revolucionario de Cangwu tuvo una serie de reuniones para infundir entusiasmo a la gente de los pueblos, para que se esforzasen por descubrir a los enemigos de clase que conspiraban contra el régimen. Después de la primera reunión se descubrieron seis grupos de conspiradores: 188 de ellos fueron asesinados, 1,085 fueron enviados para su reeducación. En el condado de Daxin habían empezado antes: se anunció una “campaña de dictadura de las masas” el 28 de febrero, y en quince días fueron asesinadas 239 personas. En Tiandeng se formó el comité revolucionario el 16 de marzo, los líderes convocaron a la población a limpiar la zona de conspiradores; la gente los descubrió inmediatamente, 630 fueron asesinados. En mayo, en el pueblo de Songying la Guardia Roja asesinó a golpes a 40 personas, a todos los varones de trece familias. En el año, en el condado de Lingui fueron 1,991 víctimas. Era la Revolución Cultural.

Ilustración: Kathia Recio

La historia empieza en 1958, con el Gran Salto Adelante, que obedecía a la iluminada idea de Mao de superar el atraso industrial de China mediante un masivo empujón de entusiasmo revolucionario. No había industria pesada, no había siderurgia ni tecnología bastante, de modo que Mao propuso que todo eso se sustituyese por el esfuerzo, la convicción revolucionaria y la imaginación popular, el trabajo en masa, y que para empezar cada casa convirtiera su horno de patio en una fundidora.

En la idea del Gran Salto Adelante había a la vez una admiración ingenua del desarrollo y una profunda desconfianza hacia el mundo exterior. Se inspiraba en una imagen más o menos fantasiosa del viejo mundo de la provincia china, cerrada, autárquica, el mundo que Mao conocía mejor, donde había hecho la guerra. De hecho, en el Gran Salto Adelante están los rasgos más característicos de la personalidad de Mao: la intransigencia, el voluntarismo de visionario, la hostilidad hacia el mundo moderno, la impaciencia, la terquedad, la incapacidad para ver matices. El propósito era hacer regresar a toda China a ese modelo de vida local arcaico, en el que había librado las batallas de su juventud, para ponerla de golpe a la cabeza del mundo desarrollado —por sí sola, sin necesidad de nada ni de nadie. Según su idea, todo consistía en sustituir la tecnología por el entusiasmo, el fervor revolucionario y la inventiva y el ingenio campesino.

El resultado fue una catástrofe de proporciones monstruosas, una hambruna en la que murieron entre treinta y cuarenta millones de chinos. En 1959, los cuadros del partido decidieron que había que rectificar dramáticamente, y hacer a un lado a Mao, aunque sin deshacerse de él, porque en buena medida la legitimidad del régimen dependía de su imagen. Se nombró presidente a Liu Shaoqui, y en los años siguientes la burocracia se encargó de neutralizar, diluir o bloquear las iniciativas de Mao, que vino a quedar casi como figura decorativa.

En 1965, con el apoyo de Lin Biao, en el ejército, Mao inició una ofensiva para recuperar el poder. El pretexto inicial fue una ópera, La destitución de Han Rui, una alegoría histórica bastante transparente. Mao convocó a los jóvenes a una gran revolución cultural proletaria, llamó a intensificar la lucha de clases, ahora contra los funcionarios, contra los maestros, contra los cuadros del partido. Y de manera más o menos espontánea comenzaron a formarse las guardias rojas.

Sus adversarios reaccionaron tarde, muchos incluso participaron en las primeras purgas. Porque era impensable que la persecución llegase hasta la cumbre, porque eso significaría la destrucción del partido. La ventaja de Mao estuvo en que se atrevió efectivamente a hacer lo impensable: destruir al partido, a la burocracia, desfondar al Estado, eliminar todos los aparatos técnicos, acabar con los expertos. La Revolución Cultural fue un gigantesco proceso de desinstitucionalización, la destrucción de todos los mecanismos políticos que pudieran tener alguna autonomía, para dejar en pie sólo el poder personal de Mao.

El genio de Mao consistió en aprovechar el descontento, explotar el resentimiento hacia el régimen, y dirigirlo contra sus rivales. Para un viejo político, con experiencia de más de medio siglo, no era difícil manejar el misticismo ingenuo y primitivo de los jóvenes, educados en el culto a la personalidad. Sobre todo porque no le importaban las consecuencias. En todas partes se formaron guardias rojas que denunciaban a las autoridades, los funcionarios menores crearon sus propias guardias, el resultado fue un inmenso caos en que se produjeron masacres como las de Cangwu, Daxin, Tiandeng.

Acabada la destrucción del aparato, Mao llamó al ejército para poner orden. Y decenas de miles de jóvenes, la milicia de la Revolución Cultural, fueron asesinados.

En Europa, en esos años, la Revolución Cultural inspiró verdadero entusiasmo. En parte por el prestigio exótico de Oriente, en parte por las resonancias del adjetivo. Pero también porque era un movimiento antiburocrático, antiautoritario, antiestatal, que visto de lejos y con ganas de comparar podía parecerse a los movimientos juveniles de otras partes.

 

Fernando Escalante Gonzalbo
Profesor en El Colegio de México. Su más reciente libro es Historia mínima del neoliberalismo.

 

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