Lo vi en el centro de una tienda de antigüedades, en los bajos de los edificios Condesa. Ahí, como un soldado viejo, el cilindro de hojalata con hendiduras alrededor y arriba. Sin cerrar los ojos vi a mis hermanos rodeándolo. Yo tenía diez, ellos nueve, ocho, siete, seis años. Estábamos junto a la mamá de los cinco. Con las manos haciendo una estrella para calentarnos. Como pollos bajo un foco, tiemble y tiemble: los dedos llenos de glicerina y limón, para que no se nos estriaran.

Cierro los ojos y pasa junto al enclave nuestro padre, con su pizca de ironía en la mirada. Él sabe lo que es estar helándose en las montañas del Piamonte. Sabe de la nieve que no dejó ni leños en las casas de quienes habitaban un país que perdió la guerra. Sabe del frío que tuvo en un andén esperando el paso del vagón sin ventanas al que subió para llegar a Génova, en pos del barco que lo regresó a México.

No hablaba de eso. Lo divertía su familia acurrucada en torno al cilindro de unos cuarenta centímetros de diámetro, platicando cosas de niños, en cuanto la temperatura bajaba a dieciocho grados. También nuestra madre era niña. Ahora que lo pienso, tenía treinta y seis años. Su marido casi cincuenta y una parte de su vida, en otra parte, de la que sólo contaba lo bueno. El vino, las colinas, la perfección de los barcos y los automóviles, los dibujos de Leonardo, la música de Verdi.

¿A dónde iba yo cuando empecé a escribir este recuerdo? Quizás sólo a recuperar unos segundos que estremecen encimándose a otros.

Ilustración: Gonzalo Tassier

Dicen mis hermanos que jugaban a escupir sobre el fierro del calentador para que la saliva ardiendo hiciera un ruido como el del papel celofán cuando se arruga. Son capaces de todo con tal de inhibir mis evocaciones. Y eso comentaron en el chat que tenemos los cinco y que se ha vuelto un lugar muy parecido al calentador de combustible junto al que nos reuníamos: un rescoldo.

¿Cuántos noviembres se habrá repetido esa escena? El cilindro se abría en la parte de abajo y ahí se encendía una mecha redonda para alimentar un recipiente con petróleo que con el tiempo hacía su escándalo. Alguien daba la voz de alerta: “¡ya está humeando el calentador!”. Una fumarola negra subía hasta el techo del vestíbulo cercado por un barandal. Entonces acudía la mamá y trajinaba un rato apagándolo y reorganizando el pequeño fuego, ayudada por alguno o por la simple contemplación de todos.

Pienso que sucede lo mismo en el chat. Hay veces en que alguien avisa que humea el calentador. Y muchas otras en que la pura anécdota enciende el fuego. O suelta un humo negro que consigue asustarnos.

Pasan por ese sitio trozos del día a día de cada uno. A Verónica se le rompe el ligamento de un hombro y lo aviso yo, porque ella siempre está a cargo de roturas más drásticas y menos personales: la contaminación del río Atoyac y los postes de los anuncios espectaculares cimentados sobre los terrenos públicos. Asuntos cruciales que ella y Sergio dirimen, lamentan y a veces resuelven. Mientras, los demás acercamos elogios como quien acerca las manos a su lumbre. “Gandallas” se ha llamado la serie de comentarios dedicados a este asunto que hace Sergio en el Mundo Nuestro, como se llama su portal en la red.

Cuando Verónica manda la foto de un cerro convertido en mina de piedras, con un boquete que lo está partiendo a la mitad, quitándole un pedazo al paisaje de toda nuestra vida, llena a Daniel de una furia triste porque el monte acompañó todas su expediciones en bicicleta y ahora puede desaparecer. Daniel es diseñador industrial. Ya lo saben los que de eso saben, es el creador del primer auto mexicano. La empresa para construirlo se hizo con la resolución y la perseverancia de Carlos. Y se deshizo empujada por las ambiciones y el encono de otros. De eso en el chat ya no se habla porque este grupo de cinco tiene a cuatro que siempre están viendo el presente con ojos de futuro. Ahora Daniel diseñó una bici. Es un triciclo al revés. Tiene dos ruedas adelante, pero las dos se inclinan y giran como si sólo fueran una. Ésa no sólo pasa por el chat, ya van y vienen en una, porque también es eléctrica. Así que bajan a Reforma con pedales y suben a San Jerónimo con motor. Carlos la prueba, la promueve, consigue cómo hacerla. Cuántas van a estar listas para diciembre, no se sabe ni en el chat. Es casi tan secreto como que a Verónica le sigue doliendo el hombro que le operaron hace dos meses.

Hay sorpresas en el chat. Avisan que se muere la gente. Los que no podemos ir, oímos el recuento de quienes sí fueron al velorio. Murió el tío Sergio a los noventa y cinco años. Hubo de todo en esa celebración emocionada que puede ser la despedida de un hombre que al mismo tiempo quiso ser torero, empresario, constructor, memorioso hasta la fantasía y, en principio y hasta casi el final, dentista de media ciudad. Lo despidieron durante tres días. Hubo llanto, café, conversaciones y mucha comida. Hubo su hija tocando la flauta, sus nietos llevándolo en vilo, todo el jardín lleno de fotos. La mejor, dicen, una de él, muy joven, subido en su moto India, frente a un bosque de cactáceas. Algunos creen que en la ceremonia estaba una novia de hace mil años, quieta, con su bolsa de piel marrón, como Penélope. Lo llevaron a arreglar a una funeraria y de ahí volvió con un traje y una corbata amarilla que lo dejaron casi irreconocible. Cuando cerraron la caja en que dormía tan bien vestido, pusieron encima su capote y su montera, para cumplirle el sueño de haber sido torero. Y lo llevaron a enterrar con la misma música con que se abre el desfile en las plazas de toros. Una pieza tras otra, mientras los parientes se consolaban de una pérdida tan esperada como fortuita. Porque la muerte siempre, hasta en la más dura vejez, sorprende como la espada tras el capote. “Yo quiero un entierro así”, dijo el tío más joven. En el chat se cree que eso no será posible porque a su alrededor nadie piensa que puede rodearse de tanto desorden la partida al cielo de un hombre que toca el piano y habla con chispa mientras acompaña la fe en la otra vida con que su familia sostiene su paso por ésta. Además, el tío no está ahora para dirimir su entierro.

Aunque no es deliberado, alrededor de nuestro extraño abrigo se mezclan con exacta medida los asuntos privados con los públicos. Que si ya Trump desafió con una estupidez más. Que nada de lo que dice es trivial porque así de loco se puso el mundo en los años treinta y hay que recordar cómo terminó esa década. Daniel se preocupa por la encuesta en torno al aeropuerto. Sergio avisa que alguien se robó la malla de un terreno que fue de los abuelos, lo que quiere decir que pertenece a veintiséis nietos y que, como ya siendo de tantos no es de nadie, alguien más ha decidido compartirlo y hay vacas pastando muy contentas. El terreno fue declarado parte de una reserva, así que será del aire, porque ni quién lo compre. Verónica sugiere buscar que se haga un parque. Los primos creen que es posible rentarlo a una empresa de energía solar. Una fantasía como las del tío Sergio. Las únicas razonables son las vacas.

Verónica vuelve al Atoyac. Hay en el aeropuerto de San Martín un letrero, puesto por el gobierno, avisándole al público que no toque el agua, que evite el consumo de alimentos que hayan estado en contacto con el río. Y que si algo de esto hizo, acuda cuanto antes al médico. El río leproso. Al menos que no contagie lepra. ¿En dónde se ha visto? La autoridad ha preferido hacer obras vistosas, puentes horrendos, dobles pisos, pero el río que siga pudriéndose. Total, con no tocarlo estamos a salvo.

Sirve para todo, el coloquio. No digo cuál de los cuatro me preguntó como quien reprocha: por fin ¿qué pasó con Hermila Galindo? Prometiste seguir la historia y te olvidaste. Cierto. Yo tiendo a no terminar las frases, pero voy de mal en peor, ahora olvido seguir las historias.

Salgo del círculo en torno al cilindro de fierro y vengo a dar una disculpa. Les digo lo esencial: Hermila Galindo ganó su batalla. Finalmente, en 1952 se convirtió en la primera mujer congresista federal de México. En 1953 se aprobó el derecho a votar de las mujeres. Quince meses después Hermila murió de un ataque al corazón. No le cupo en el pecho.

¿Quién sabe qué será peor? ¿Si no tener derecho al voto o votar y que tu casilla quede anulada porque en ella irrumpieron dos hombres con pistolas?, dice Sergio que le pregunta su hija que votó por primera vez en una casilla que destrozaron dos pistoleros en julio de 2018. Encimándose a la pregunta entra el volcán echando una fumarola. Nos gusta el mundo que a veces tanto nos disgusta. Y para comentarlo, tenemos un rescoldo.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

 

2 comentarios en “Un rescoldo

  1. Gracias. Hoy en el alma sola pensé que el mejor remedio era leerla y acerté. Nunca había pensado que estas herramientas digitales podrían servir como Un Rescoldo.