Al clan de los Bada, en Huelva

 

Al Publicity General Manager (PGM), jerarquía que en la Antigüedad clásica se conocía como Presidente de los Estados Unidos de América del Norte ubicados entre Canadá y los Estados Unidos Mexicanos, le sorprendió en su despacho elíptico de La–Máquina–De–Gobernar–Blanca la visita de un excitado general del Decágono. Y nada menos que todo un señor general de cinco galaxias.

“General, ¿qué sucede?”.

“¡Esa maldita Europa, Sir!”.

El PGM se echó a reír de buena gana. ¿Un general de cinco galaxias evidenciando preocupación a causa de la provincia cisatlántica terrestre? ¡De a deveras, qué espectáculo tan divertido!

Sonrió indulgente:

“¡Pero mi general…!”.

“Usted se ríe, Sir, pero no es como para tomárselo a broma. Lo cierto y verdadero es que esos malditos provincianos llevan varios siglos dándonos quebraderos de cabeza”.

“No exagere, general. Al menos desde el 2025, cuando conseguimos terminar de someterlos al Plan de Infantilización Global (PIG)…, al menos desde entonces, que yo sepa, dejaron ya de causarnos problemas importantes”.

El general del Decágono, por toda respuesta, depositó la evidente copia de un Suplicatorio sobre el tablero de la gran mesa del PGM, toda ella de fraymaurinita pura. Una mesa, además, programada cibernéticamente de tal manera que solo podía tolerar el peso de los documentos que un censor invisible consideraba dignos de llegar a ser leídos por el propio PGM en persona. Aquellos otros que el implacable censor cibernético desechaba por inútiles o deleznables, desaparecían ipso facto, víctimas de un proceso de combustión que no dejaba ni cenizas.

Pero el Suplicatorio del general del Decágono resistió aquél que los asesores del PGM conocían irreverentemente como test de la duodécima tribu.

“¡Ahí lo tiene usted bien claro, Sir! Ahora podrá comprobar que los cisatlánticos son una gente que solo nos produce dolores de cabeza, y que su aparente sometimiento al PIG, es una de dos: o una comedia… o bien ha ido demasiado lejos, lo que no sé si no será peor”.

El PGM estudió muy atentamente el Suplicatorio y apareció en su noble y despejada frente un profundísimo pliegue de preocupación, empezaba a entender la del general del Decágono.

“¿Huelva, Palos, Moguer?”.

“¡Huelva, Palos, Moguer!”, repitió furioso el general de cinco galaxias, curtido en la guerra del 2480 contra los terrícolas mutantes sublevados que repoblaron Marte.

“¿Pero dónde queda todo eso?”.

“Al suroeste de la Península Ibérica, Sir. He consultado el memorizador geográfico, se trata de un lugar semisalvaje, bastante aislado, con grandes playas y bosques, cinco puertos naturales… y algo de lo más curioso, Sir: las ruinas de un monumento nuestro”.

“¡¿Nuestro?!”.

“Nuestro, Sir. De la época en que empezábamos a interesarnos por la provincia cisatlántica terrestre, a fines del siglo XIX”.

Monumento a la Fe Descubridora —conocido popularmente como Monumento a Colón— el día de su inauguración

“Waw!”, acertó simplemente a decir el PGM, a pesar de ser un dechado de elocuencia.

“Lo habitan unas hordas registradas oficialmente con el nombre de onubenses”, siguió diciendo el general, “pero que se llaman a sí mismos choqueros, y se alimentan de pequeñas porciones de productos naturales. ¡¡Naturales, Sir!! Uno de esos productos es una especie de octopus, o de la familia de los octopus, al que esas hordas onubenses profesan una afición desmedida y lo denominan choco, de ahí el gentilicio distinto del oficial, que recuerda su pasado fenicio. Nuestro memorizador etnográfico sugiere la posibilidad de que el tal octopus sea el animal totémico de las tales hordas. Como usted recordará, Sir, hubo un tiempo en que la Península Ibérica estuvo dominada por la secta del Octopus Dei”.

“¡¿Pero cómo es posible” se indignó el PGM, “que esas hordas tengan la pretensión inaudita de haber sido nuestros descubridores?!”.

 

El general del Decágono se dejó caer con un suspiro en el descansador vibratorio más a mano: “Es posible, Sir. Han encontrado uno de esos extraños objetos llamados… eeeeh… libros (ya sabe usted cómo eran de brutos los antiguos, Sir, necesitaban objetos para leer), y en ese objeto parece constar de manera fidedigna que nosotros, ¡nosotros!, fuimos descubiertos en 1492 por unos marineros de ese litoral”.

“Y esa es la razón” discurrió el PGM, “de que nos pidan permiso para festejar el milenario de la… ¿cómo es que la llaman ellos?”.

La gesta descubridora. Exacto, Sir, esa es la razón”.

Los prohombres quedaron sumidos en un silencio absoluto. Y el general registró sin comentarlo que el PGM había desactivado el dispositivo DAM, lo que tácitamente significaba que este era un asunto preocupante, sí, pero no hasta el punto de tener que someterse a la 35.ª Enmienda del Masterplan del Estado. Como subproducto de una calamitosa experiencia en la segunda década del siglo XXI, con quien pasó a la Historia como “The Fake President”, los demócratas habían  logrado que la Cámara de Lobbystas y el Gerontonado aprobasen esa Enmienda constitucional según la cual el PGM quedaba obligado a hablar siempre, salvo en casos sin relevancia, estando conectado al Detector Automático de Mentiras (DAM).

El silencio se interrumpió de golpe al iluminarse el display del teletransmisor de pensamientos, y el PGM y el general del Decágono se miraron algo asustados: era la línea roja, programada al unísono con el Kráneo Cibernétiko Supremo de la Unión Putinética.

El PGM pulsó el botón de audiencia:

“¡Pero qué gran sorpresa, tovarich! ¿Cómo te va, kráneo privilegiado?”, pues el PGM poseía un doctorado suma cum laude en Hispanística.

“¡¿Que cómo me va?!”, bramó la máquina”: ¡Escúchame, condenado publicimperialista! ¿Qué demonios es eso de que a ustedes los descubrieron unos marineros de Huelva, Palos y Moguer? Njet! En nuestro memorizador geográfico queda constancia de que los primeros habitantes de vuestro continente llegaron ahí procedentes de Siberia, a través del archipiélago aleutino, un par de siglos antes que los españoles. Se sobrentiende, pues, que no nos haremos cómplices de ningún show publicimperialista que se les ocurra montar en base a esas hordas onubenses”.

Y el display del teletransmisor de pensamiento se apagó sin emitir el habitual y protocolario Think you later! Pero se prendió casi de inmediato para dar paso en la línea amarilla a la voz gangosa del Gran Hermano Chino, que sonaba como una marimba desafinada:

“Estamos en Pekín completamente de acuerdo con Moscútin, por una vez y sin que sirva para nada de precedente. Aunque por motivos distintos. En nuestro memorizador geográfico consta que los primeros descubridores de vuestro continente fueron corsarios cantoneses que arribaron a las costas de California, México y el Incario, siglos antes que los conquistadores barbudos. Por lo demás, tampoco nos haremos cómplices de nada que lleguen a organizar ustedes para celebrar ese pretendido milenario. Eso sí, impondremos un arancel de castigo, alrededor de un 25%, a todo el merchandising de la eventual celebración… si no es Made in China”.

El display se apagó de nuevo. Y el PGM y el general del Decágono se miraron seducidos por la misma intuición.

“¡Pero naturalmente, eso será lo que haremos! Montaremos un show sensacional. Dígame una cosa, general: usted mencionó antes las ruinas de alguno de nuestros primeros monumentos en la provincia cisatlántica terrestre”.

“En efecto, Sir”.

“Monte, pues, el show en los alrededores de esas ruinas. Pero hagan previamente un chequeo de la infraestructura, no vaya a ser que descubramos allí una bolsa del maldito petróleo”.

“De acuerdo, Sir. ¿Lo incluimos en algún rubro del presupuesto del PIG?”.

“No creo que podamos conseguir la autorización del Gerontonado. Mejor utilicen todos los datos que puedan extraer del memorizador geográfico y elaboren un presupuesto adicional. Esas ruinas, ¿estaban dedicadas a algún antiguo en especial?”

“A decir verdad no, pero las hordas onubenses todavía creen que el monumento estaba dedicado a un tal Chris Columbus”.

“¿Columbus como la capital de Ohio?”

“Yes, Sir”.

“¿Y aún pretenden que fueron ellos quienes nos descubrieron? ¡Qué caradura! Pero lo dicho: elabóreme entonces ese presupuesto adicional y dele al show un nombre clave, Milenario del Descubrimiento, Operación Fiestas Colombinas, Día de la Hispanidad…, lo más impactante y estúpido que se le ocurra. Y no olvide encargar el merchandising a los chinos, tienen larga experiencia en la materia, e indirectamente, si aceptan el encargo, aceptan el motivo del show. Si les proporcionamos a los cisatlánticos terrestres meridionales un buen show, se olvidarán de esas ridículas pretensiones de haber sido ellos nuestros descubridores. Creo que los conozco bien: estarán tan ocupados divirtiéndose que nos dejarán en paz porque no les dará tiempo para nada más. ¿De acuerdo, general?”.

“Completamente de acuerdo, Sir”.

El general de cinco galaxias regresó al Decágono y se iba diciendo por el camino que el actual PGM era tan inteligente que merecería ser blanco.

 

Ricardo Bada
Escritor y periodista, residente en Alemania desde 1963. Editor en ese país de la obra periodística de García Márquez y los libros de viaje de Cela, y autor de Don Enrique, la única antología integral en castellano de la obra de Heinrich Böll.

 

5 comentarios en “Una historia del año 2492

    • Gracias, einbeck, y pienso que debería tomarlo como un elogio, parece evidente que ha sido escrito como tal, pero a decir verdad me reconcome que lo llame “artículo”. ¡¡Es un cuento!!

      • Disculpé mi ignorancia Sr. Bada, en un principio iba a escribir relato, pero como no se la diferencia entre cuento, crónica, relato, o el género que sea, al final; intentando no errar, termine por llamarlo artículo, pero parece que me equivoque de cualquier modo.
        Saludos.

        • Es usted quien debe disculpar mi exabrupto. Pero tiene que ponerse en mi piel. Usted escribe un soneto, lo manda a una revista, se lo aceptan, lo publican, y un lector le comenta que qué lindo su artículo. Usted también saldría en defensa de su hijo. Estoy seguro. Y nuevamente gracias por leerme y por nombrar dos referencias de tan alto pedigrí para hablar de mi cuento.

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