Para Luis Valdez, icono de la cultura chicana.

En la turbulenta década de los 1960 estalló una contienda social que sería trascendental para la población de origen mexicano en Estados Unidos. Esta lucha se denominó Movimiento Chicano y transformó a fondo la manera en la que los chicanos pensaban y actuaban en muchos terrenos incluyendo la cultura. Esta intensa lucha por los derechos civiles dio como resultado importantes logros y avances en lo relacionado a la política, lo social, lo económico y lo ideológico para esta comunidad. El movimiento fue guiado por un ethos político y militante, el cual involucró la participación de múltiples grupos e individuos. Se trataba ante todo de elevar la condición de la población chicana que se encontraba en una situación de subordinación ante la sociedad dominante. Los lemas de los activistas, tales como “Sí se puede!” y “Viva la raza!”, resumieron el profundo sentido nacionalista y acentuado orgullo étnico que engendró esta contienda.

Desde sus inicios y durante su desarrollo el Movimiento Chicano generó una creciente conciencia de la importancia de la cultura y el deseo de que se exaltara su riqueza a través de la creación de nuevos enfoques artísticos e intelectuales chicanos. Como resultado hubo éxitos muy notables en una amplia gama de representaciones culturales, como por ejemplo, las letras, el teatro, las artes plásticas, la cinematografía, la música, la educación alternativa y la academia; en conjunto se realizó una impresionante e innovadora obra. A diferencia de otras ciertas facetas y expresiones del Movimiento Chicano que tuvieron su apogeo y luego un declive o una profunda evolución, el florecimiento cultural chicano continúa con gran fuerza hasta nuestros días.

Los creadores y estudiosos chicanos se diferencian de intelectuales y artistas tradicionales de Estados Unidos —que exclusivamente se dedican “al arte por el arte,” y que a la vez se jactan de su objetividad en su quehacer académico— en que los primeros asumieron desde sus orígenes un doble objetivo: aportar obras de altísimo valor artístico que demostraran gran creatividad a través de corrientes artísticas innovadoras, y a su vez transmitir un claro mensaje político de dignidad, orgullo étnico, confrontación con las instituciones opresoras y esquemas de liberación. Los artistas y académicos chicanos veían a sus obras culturales como un aspecto esencial de “La Causa”, y se definían a sí mismos como “trabajadores culturales” que abogaban por la justicia, el bienestar y la autodefinición del pueblo mexicano en Estados Unidos.

Es el propósito de este ensayo esbozar algunas manifestaciones y prácticas artísticas de este florecimiento cultural (dado el límite en el número de páginas) subrayando solamente ciertas obras y realizadores ejemplares en las áreas de letras, artes plásticas, teatro, cinematografía y educación alternativa.

Ilustraciones: Patricio Betteo

 

La poesía fue el género literario más representativo en la primera etapa del florecimiento cultural. Los poetas: Alurista, Sergio Elizondo, José Montoya, Ricardo Sánchez, Tino Villanueva y Berenice Zamora introducen una versificación de gran fuerza y creatividad, que denuncia la opresión en contra del chicano y anhela un futuro digno. Inspirada en símbolos del México precolombino y de la historia chicana, esta poesía se caracteriza por su contenido político y la experimentación del lenguaje. Por ejemplo, algunos poetas mezclan el inglés y el español en sus poemas. Por su parte, Corky Gonzales en su poema “Yo soy Joaquín” ofrece, gracias a una muy impactante versificación, una épica que narra la formación del pueblo chicano.

La novela es el género literario que ha alcanzado mayor desarrollo y ha captado gran interés de la crítica. La primera generación de novelistas está integrada por escritores como Rodolfo Anaya (Bless Me Última), Tomas Rivera (Y no se lo tragó la tierra), Rolando Hinojosa (Klay City y sus alrededores), Miguel Mendez (Los peregrinos de Aztlán), Alejandro Morales (Caras viejas y vino nuevo), Ron Arias (The Road to Tam) y Arturo Islas (The Rain God), quienes narraron historias, personajes y experiencias de la población chicana, y en menos de una década consolidaron a la novela chicana. Para los ochenta el panorama novelístico se había hecho mucho más amplio en términos de creatividad, discurso narrativo, técnicas, autores y público. Mientras algunos continuaban incluyendo una temática altamente nacionalista, nuevos escritores y escritoras combinan preocupaciones sobre la historia, la frontera y la problemática de coyuntura con un discurso alternativo y tiene una estética posmoderna, introspectiva y altamente compleja. La tendencia más sobresaliente en los años recientes es el auge de las escritoras que han publicado obras impactantes como Sandra Cisneros (The House on Mango Street), Denise Chavez (The Last of the Menu Girls), Helena Maria Viramontes (The Moths and Other Stories), Cherrie Moraga (Giving Up the Ghost), Pat Mora (Borders), Gloria Anzaldúa (Borderlands/La frontera) y Ana Castillo (The Mixquiahuala Letters), entre otras. En conjunto, su obra está a la vanguardia de la literatura chicana y la estadunidense. Así es que la literatura chicana está en un periodo de auge, su esplendor radica tanto en la riqueza y amplitud de sus géneros como en la creatividad de su discurso narrativo.

En el nuevo milenio continúan floreciendo la novela, el cuento, la poesía, la autobiografía y la crítica literaria. Escritores de finales del siglo XX coexisten con los emergentes. Muchos han publicado (y sus libros llevan varias reediciones) en editoriales de gran prestigio e incluso han sido traducidos a otros idiomas. Asimismo, los escritores y las escritoras se han hecho acreedores a reconocimientos en Estados Unidos e internacionalmente, este es el caso de Gloria Anzaldúa, Nash Candelaria, Norma Cantú, Ana Castillo, Rigoberto Celez, Sandra Cisneros, Alicia Gaspar de Alba, Rolando Hinojosa, Cherrie Moraga, Stella Pope Duarte, Richard Rodriguez, Jimmy Santiago Baca, Luis Alberto Urrea y Helena Maria Viramontes.

La temática de género y sexualidad se ha convertido en un tema muy importante y se ha desarrollado como reacción en contra del orden patriarcal existente y de la homofobia. Es interesante que esta corriente literaria enmarca esta discusión con la de temas históricos y de coyuntura, incluyendo los relacionados con la frontera México-Estados Unidos, lo cual la hace diferente al resto de la literatura lesbian-gay que existe en el mainstream cultural estadunidense. John Rechy publicó en 1963 City on Night, obra pionera de una corriente que escribe abiertamente sobre temas de sexualidad, enmarcada en la discusión acerca de cuestiones sociales y de la frontera. En 1981 Gloria Anzaldúa y Cherrie Moraga escriben The Bridge Called my Back, Writings by Radical Women of Color. Anzaldúa público, en 1987, su libro clásico en estudios de género: Borderlands/La frontera: the New Mestiza que se convirtió en un clásico que combina narrativas personales con la poesía y el ensayo. Abordando también temas de género y sexualidad, Richard Rodriguez —quien escribió Hunger of Memory, un texto causó gran controversia en la academia y la critica— publicó en 1992 Days of Obligation. An Argument with Mexican Father. En la actualidad, en esa tendencia destaca la obra de Alicia Gaspar de Alba, quien ha sido una prolífica novelista, poeta, ensayista y académica que combina los estudios de género con la problemática fronteriza.

Paralelamente a toda esta destacada obra literaria surgió la crítica literaria chicana, realizada por un amplio número de académicos universitarios y estudiosos independientes. Dicha crítica ha sido variada, prolífica y sumamente sofisticada, e incluye el estudio de todos los géneros literarios: novela, poesía, autobiografía, cuento y ensayo.

 

El teatro chicano surge desde el inicio del renacimiento cultural, reivindicando la larga tradición del teatro popular realizado por y para la población mexicana en Estados Unidos, que data desde fines del siglo XIX. Su máximo exponente es Luis Valdez, quien siendo alumno universitario e íntimo colaborador del movimiento laboral de César Chávez funda el Teatro Campesino con el fin de llevar la lucha de los trabajadores agrícolas a públicos amplios. Su consagración fue la obra Zoot Suit, la cual recoge un hecho histórico de discriminación de la década de los cuarenta y fue un gran éxito de público y de la crítica (después se convertiría en película dirigida por el propio Luis Valdez). Dicha obra se ha convertido en un icono de la cultura chicana. Es más, con cierta frecuencia Luis Valdez viene a la Ciudad de México y pone Zoot Suit en la escena teatral siempre con un éxito formidable. Desde entonces Valdez ha promovido múltiples actividades culturales; a la fecha es productor/director teatral y profesor-fundador de la Universidad Estatal de California, Monterey Bay. Inspirados por el Teatro Campesino otros grupos teatrales se fundaron en el suroeste de Estados Unidos, por ejemplo el Teatro de la Esperanza de Jorge Huerta en Santa Bárbara, California, y el Teatro Guadalupe dirigido por Jorge Piña en San Antonio, Texas, entre  otros muchos.

Hoy el teatro chicano ofrece gran variedad de temáticas y discursos narrativos (frecuentemente bilingües) siempre con un trasfondo político y de protesta social, que incluye el tratamiento de cuestiones referentes a raíces históricas y a temas de coyuntura, así como de género y sexualidad. La migración y la frontera han sido cuestiones particularmente destacadas, a través de la obra de varias generaciones de dramaturgos y de productores teatrales siempre en busca de construir nuevas audiencias. En este contexto destaca por su prolífica pluma la dramaturga Cherrie Moraga, autora de obras para teatro como Going up the Ghosts, Circle of Dirt: El Pueblo de East Palo Alto, y Watsonville.

 

Paralelamente a la lucha chicana surgió un movimiento de artistas que desarrolló con belleza y creatividad el arte mural y el cartel. La producción pictórica se manifestó, sobre todo, como actividad de grupo inspirada en los grandes muralistas mexicanos: Orozco, Rivera y Siqueiros. El mural respondió a la necesidad de crear un arte público que fuera visto por la sociedad en general. Los artistas optaron por “tomar los muros” de sus vecindarios y transmitir a través de su arte la lucha chicana. De esta manera transformaron paredes vacías en muros con colores vibrantes, que plasmaban escenas y personajes clave de la historia y la experiencia chicanas. Tres de los muralistas más importantes son Judy Baca, Robert Garcia y Malaquías Montoya (este último con una labor muy destacada en el cartel). California es el estado más representativo en torno a murales aunque en la actualidad se han realizado por todo el país. 

La obra artística chicana ha recibido múltiples reconocimientos. Varios artistas han expuesto sus obras en algunos de los museos y galerías más prestigiosas del país. Entre 1990 y 1993 la exposición itinerante Chicano Art: Resistance and Affirmation 1965-1985 (CARA) recorrió con gran éxito importantes museos de todo Estados Unidos. En 2008 el prestigioso museo LACMA presentó el show Phantom Sightings: Art after the Chicano Movement, en la que participaron más de 30 artistas. Por su parte, en 2013, el Smithsonian patrocinó la conferencia Latino Art Now! Este mismo año Santa Barraza y Carmen Lomas Garza estuvieron incluidas en la exhibición: Women Shaping Texas in the 20th Century en el Bullock State History Museum in Austin, Texas (Texas A&M University), lo cual es importante ya que las artistas chicanas en el pasado han tenido aún más dificultades para exhibir su obra.

En el nuevo milenio la estética del arte chicano ha evolucionado considerablemente. Los artistas chicanos de esta era emplean todo tipo de conceptos, enfoques y técnicas contemporáneas. Algunos artistas expresamente aluden a las raíces indígenas y a cuestiones de migración, cuyos temas son fundamentales en la actualidad. Mientras que otros artistas tienen preocupaciones más universales, como las guerras, el hambre y la justicia social, etcétera.

 

Como consecuencia del movimiento chicano se generó la necesidad de dejar testimonio fílmico de esta intensa lucha social. Para finales de los sesenta surgió una primera generación de cineastas chicanos que salieron a la calle con sus cámaras para convertirse en cronistas del Movimiento Chicano. Desde ese entonces los documentales han sido el género predominante en la cinematografía chicana, por su costo que es más reducido y la posibilidad de retratar cuestiones socioeconómicas y políticas; además, el documental tiene mayores posibilidades de distribución y exhibición que los largometrajes. Es de destacarse que la televisión pública (PBS) ha desarrollado una política ejemplar de promover y exhibir los documentales chicanos

La lista de documentales filmados entre 1965 y 2017 es muy extensa, y abarca, entre otros temas, la lucha política y social (Yo soy Joaquín, 1967; The Lemon Grove Incident, 1980); el resurgimiento cultural chicano (Chicano Park, 1988); la mujer (Agueda Martínez, 1977; Breaking Pan con Sol, 1996; Chicana, 1979), y la migración mexicana a Estados Unidos (Learn and Fear at Hoover Elementary, 1997). En la actualidad el documental chicano está en auge, varias generaciones de realizadores están produciendo constantemente extraordinarios documentales ricos en temáticas, formas y significado. Entre los muchos ejemplos contemporáneos se encuentran: The Storm that Swept Mexico (2011) de Ray Telles, Las Marthas (2014) de Cristina Ibarra y Children of Giant (2015) de Hector Galan.

Desde fines de los setenta se llevaron a cabo esfuerzos pioneros en la filmación de largometrajes. A la obra pionera del cineasta independiente Efraín Gutiérrez se añadieron realizaciones como Raíces de sangre (1976), de Jesús Salvador Treviño, que retrata la lucha laboral conjunta de mexicanos y chicanos, sujetos de la misma explotación por parte de los propietarios de maquiladoras en la frontera. El norte (1984) de Gregory Nava, ocupa un lugar singular en el desarrollo del cine chicano. Esta cinta retrata el drama de la  inmigración guatemalteca hacia Estados Unidos pasando por México, motivada por la violencia (tema que por cierto sigue vigente). El interés de Nava en filmar este tema deriva de sus inquietudes sobre esta cuestión transfronteriza; su esfuerzo fue sumamente pionero pues en ese entonces no se estaba examinando este ángulo de la migración. El tema de la migración ocupa un lugar importante en otras cintas chicanas como Born in East L. A. (Un pícaro en Los Ángeles, 1987) del talentoso Cheech Marin (quien dirigió, produjo, escribió y actuó en esta cinta); el filme hace una sátira genial de las instituciones norteamericanas encargadas del “control de las fronteras” y de sus actitudes hacia chicanos y latinos. En Break of Dawn (Rompe el alba, 1988), con Óscar Chávez y María Rojo como protagonistas, se narra la historia verdadera de Pedro J. González, primer locutor de habla hispana de la radio comercial estadunidense, quien en la década de la Gran Depresión (1930-1940) fue un importante defensor de los derechos de los mexicanos. Por su activismo fue hostilizado y acusado y condenado sin pruebas por las autoridades.

La segunda etapa de los largometrajes comienza en los noventa. Dos generaciones de cineastas llevan a la pantalla temas novedosos y tradicionales a la vez. Edward James Olmos dirige American Me (1992), que trata las pavorosas condiciones que sufren los chicanos en las cárceles, mientras que Gregory Nava con My Family/Mi familia (1995) retoma el tema de la migración a través de la historia de tres generaciones de chicanos en Los Ángeles; y en la cinta Selena (1997) narra la historia de la famosa cantante que se convierte en un icono de la música y cultura chicanas.

El maestro Luis Valdez aportó dos extraordinarios filmes de ficción Zoot Suit (1981) y La Bamba (1987), el primero se ha vuelto en un “filme de culto”, es una cinta aclamada universalmente; el segundo plasma la vida del cantante Ritchie Valens, quien a una temprana edad se posicionaría como incipiente estrella de rock and roll para públicos chicanos y estadunidenses a fines de los 1950.

 

La educación estadunidense, tradicionalmente, ha sido un vehículo para el logro personal y la movilidad social. Sin embargo, para los chicanos las escuelas estadunidenses rara vez proporcionaron la oportunidad de obtener un ascenso social, más bien perpetuaron el statu quo que mantenía al alumnado chicano en su papel tradicional de clase obrera. Las escuelas, además, rechazaron su idioma natal y valores culturales con el fin de la total “aculturación” de los jovenes chicanos.

En este contexto el Movimiento Chicano buscó instaurar cambios profundos en los sistemas y planes de estudio para los chicanos. Una de estas reformas fue el diseño y la implementación de educación bilingüe en todas las ciudades de población extensa de origen mexicano, otro importante tema fue la inclusión de temática chicana en el currículum escolar. El objetivo de la educación bilingüe era dar la oportunidad a los niños y jóvenes inmigrantes de estudiar en español sus materias, en tanto lograban el nivel de competencia en inglés necesario para completar su currículum escolar en ese idioma.

Un segundo afluente de la lucha en el campo educativo ha sido la fundación e integración de los estudios chicanos en la enseñanza en preparatorias y especialmente a nivel universitario. El Plan de Santa Bárbara —documento conceptual y político que se gestó en la Universidad de California en Santa Bárbara— dio las pautas conceptuales para el diseño de estos estudios. Fue en California, en universidades como California State University, Northridge; California State University, Los Ángeles, y San Diego State University, entre otras, en las que se fundaron las primeras facultades de estudios chicanos. Posteriormente, se establecieron estudios chicanos en otras universidades en los estados de Texas, Arizona y Nuevo México.

Un resultado esencial de los frutos de los estudios chicanos se relaciona con las novedosas e importantes obras académicas, que incluyen a las humanidades y a las ciencias sociales. Sus modelos conceptuales abarcan desde enfoques de clase y metodología marxista hasta las más recientes corrientes de posmodernismo y de estudios culturales. A la vez, la producción académica no se ha limitado a libros monográficos sino también incluye una cantidad notable de artículos, ensayos, antologías, reseñas y notas bibliográficas.

Ante la indiferencia y hasta hostilidad por parte de editoriales estadunidenses hacia la publicación de estas obras, académicos y creadores chicanos decidieron tomar una posición activa y fundaron sus propias editoriales y revistas tanto académicas como de difusión general. Entre las editoriales chicanas de mayor importancia están: Arte Público Press, Bilingual Press, Aztlán Publicaciones, y Flor y Canto Publications. Mas paulatinamente las casas editoriales ya establecidas empezaron a publicar obras con temática chicana. Hoy día no existe una editorial académica importante en Estados Unidos que no haya publicado por lo menos un libro acerca de la experiencia chicana —desde Harvard hasta Stanford.

 

Uno de los aspectos más sobresalientes de la población de ascendencia mexicana en la Unión Americana es el renacimiento cultural en los ámbitos artístico e intelectual, inicialmente inspirado por el Movimiento Chicano. Parte integral de la contienda chicana era recuperar su legado y la expresión que refleja su problemática. Hasta entonces, la cultura dominante despreciaba las expresiones étnicas; a pesar de concebirse como un país de emigrantes, Estados Unidos había fijado patrones culturales y educativos con el fin de imponer un proceso de angloamericanización.

Este florecimiento cultural, parte íntegra de la lucha chicana, ha sido el aspecto del Movimiento Chicano que ha continuado exitosamente hasta la fecha, y nunca ha perdido su mensaje y compromiso político. Este renacimiento ha elevado la cultura chicana a un lugar e importancia primordial dentro de la comunidad, dentro del mainstream norteamericano y fuera de las fronteras de Estados Unidos. Muchos han sido los obstáculos enfrentados; sin embargo, el balance de su lucha por una expresión escrita y visual de la problemática de la comunidad es sumamente positivo. Es evidente que el florecimiento cultural del pueblo chicano es uno de los acontecimientos artísticos sobresalientes de la era contemporánea en Estados Unidos. Sus extraordinarios logros abarcaron todas las gamas artísticas e intelectuales. En toda la obra se revela un carácter contestatario y un anhelo por el cambio para un mayor bienestar del pueblo chicano. Desde el advenimiento y desarrollo del Movimiento Chicano han surgido varias generaciones de creadores y estudiosos chicanos que en menos de medio siglo han aportado obras y prácticas artísticas que han merecido gran reconocimiento y elogios nacionales e internacionales. Incluso algunas de sus obras, como Zoot Suit, se han convertido en arte culto y lo mejor del todo es que dicho florecimiento continúa con chicanos y chicanas que son creadores emergentes.

Este florecimiento en sí ha contribuido y contribuirá a transformar de forma definitiva el perfil de Estado Unidos hacia un país multiétnico y multicultural, y se encuentran en una lucha feroz que dictamina el alma, la identidad y el ser de Estados Unidos en el futuro inmediato. Aunque, por otro lado, este proceso está plagado de dificultades y ha generado una reacción de parte de los sectores sociales norteamericanos a quienes les gustaría la continuación del predominio de una sociedad blanca, monolingüe y protestante. Sin embargo, existen muchos factores y razones por los que la victoria y los avances de la población chicana y su cultura continúen. En palabras de César Chávez: “Sí se puede y Viva la Raza!”.

 

David R. Maciel
Profesor emérito del Departamento de Historia de la Universidad de Nuevo Mexico.

Este texto se basa en gran medida en cuatro obras panorámicas de la cultura chicana: David R. Maciel, Isidro D. Ortiz María Herrera-Sobek (comps.), Chicano Renaissance. Contemporary Cultural Trends; Francisco Lomelí (ed.), Handbook of Hispanic Cultures in the United States: Literature and Art; Charles Tatum, Chicano Popular Culture; e  Ida Rodríguez Prampolini (comp.), A través de la frontera

 

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