Se conmemoran 15 años de la publicación de Un milagro informal (Alfaguara, 2003) de Fernando Iwasaki (Lima, 1961). Para celebrarlo presentamos un relato perteneciente al libro de una de las más poderosas voces de la narrativa actual en español.


Un novel auténtico, como ese Félix del Valle. El literato joven, anónimo y pobre, para el que un premio así es algo maravilloso, como el regalo de un hada…
—Rafael Cansinos Asséns

 

En una librería de viejo de Montevideo que saldaba los retales de la biblioteca de Xavier Abril de Vivero, adquirí un baúl desportillado donde sesteaban postales antiguas, retratos dedicados, servilletas manuscritas y todos esos cachivaches inverosímiles que atesoran los náufragos y los desterrados. Allí encontré los cuadernos de Froilán Miranda —peruano peregrino, escritor apócrifo y viceversa— quien apuró una vida borrascosa y galante. Las prosas que siguen las he espigado de aquellos diarios, como austero desagravio a su memoria.

 

Lima y Mayo de 1916

 

La pileta de las nazarenas convocaba el prestigio canalla de los bajos fondos y las rancias cremosidades del Club Nacional. Todas las tardes, después de barnizar de melancolía a las muñecas de porcelana que salían de Klein para subirse inalcanzables a los carruajes del Portal de Botoneros, plumillas y bohemios emprendíamos desde Broggi o del Palais Concert el camino a los Barrios Altos en busca del consuelo del yinquén.

Los de Broggi teníamos muy poco en común con los petardos del Palais Concert: ellos veneraban a Verlaine y nosotros a Valle Inclán; París era su tierra prometida y la nuestra más bien Madrid; unos eran discípulos de González Prada y otros lo éramos de don Ricardo Palma. Sólo la mágica resina nos conjuraba en torno a la misma lumbre, aunque los desvaríos del opio volvieran a enemistarnos fraguando enconados sueños. Aquella ténebre noche de otoño, calados por la garúa y sorbiendo entre todos de una mulita de pisco, marchábamos rampantes por Lescano Juan Gallagher, José María de la Jara y Ureta, Carlos Zavala, Luis Astete, Octavio Espinoza, Luis Fernán Cisneros y yo. “No se arrugue, joven —me guapeaba Luis Fernán—. Ya verá cómo a Valdelomar no le queda un hueso sano por meterse con Pepe Gálvez”.

Valdelomar y sus amigos publicaban una revista pretenciosa donde uno de sus colaboradores había vilipendiado al poeta José Gálvez, tan sólo por haber recibido elogios de Ventura García Calderón. A nosotros nos tenía sin cuidado lo que dijeran de los García Calderón, pero no estábamos dispuestos a consentir un ataque así contra uno de los nuestros.

El fumadero quedaba en el principal de una casona sucia y destartalada que según los clientes gozaba de la protección del Señor de los Milagros, santo patrón del vecindario. Subimos la empinada escalera golpeando los peldaños con nuestros bastones, aunque procurando esquivar las vomitonas y salivazos que florecían como repollos negros. Las fragancias del sándalo y la belladona nos exoneraron de la catinga que reblandecía el mercado de la Aurora, endulzando de paso nuestra vehemencia.

El propio chino Kookin se apresuró a recibirnos, y prodigando sonrisas y reverencias nos arrastró hasta la sala del juego, donde dos negros desplumaban sin compasión a Cipriano Laos y Alejandro Ureta. “¡Primo! —exclamó al ver a De la Jara— ¿me prestas una libra?”. Juan Gallagher puso tres soles de plata en la casilla de Suerte y clavando los dados como si fueran dos banderillas sacó quina y sena. Los negros sonrieron, Ureta convidó puros y Carlos Zavala machacó: “Ahora le toca a Valdelomar”.

Sin dejar de martillear nuestros bastones contra el suelo nos dirigimos al salón de la lámpara, y entre la niebla azafranada vimos cómo el de “las poses múltiples” se escondía detrás de Antonio Garland y Alfredo González Prada. De pronto un zambo enorme bloqueó la entrada y con prosodia chúcara nos dijo que los caballeros estaban celebrando el último triunfo de “Febo”, que en el mismísimo hipódromo de Santiago “los había hecho chichirimico a los demás caballos chilenos”. Con grandes aspavientos nos indicó que el joven José Carlos nos invitaba una cachimba, y que si había trompeadera tendría que echarnos a la calle.

A través de una humareda que podía cortarse en gruesas rodajas reconocí al sobrino del preparador Foción Mariátegui, carcomido por la polio y sonriendo con gesto preocupado. A su izquierda y envuelto en una capa, Federico More intentaba en vano pasar desapercibido. Y a la derecha, sosteniendo la quebradiza humanidad de José Carlos estaba Félix del Valle, con la misma expresión demudada que le conocí en casa de don Nicolás de Piérola.

Yo tendría dieciséis años y todavía recuerdo los cañones incrustados en los adoquines de la calle del Milagro, aquel recibidor de combate con jarrones macizos de perdigones y ese bocio cruel que la coquetería del caudillo cubría con una barba que le nevaba el pecho como una servilleta de encaje. Ahí estuvo Félix del Valle, como un montonero más, jurando que escribiría un libro que preservaría la gloria de don Nicolás. Pero tres años después todavía no había cumplido su palabra, tal vez para no malquistarse con sus nuevos amigos del Palais Concert.

—¡El autor del artículo es More! —trompeteaba la voz aflautada de Valdelomar— ¡Y no acepto pleitos ajenos!

—¡Tú eres el inductor, miserable! —gritaba más fuerte De la Jara, que también había sido insultado en Colónida— ¿Por qué no firmas lo que dictas, cobarde? ¡Reconoce que te revienta el ninguneo de los García Calderón!, ¡reconoce que fuiste un mantenido de Riva Agüero en Roma!, ¡reconoce que a José Gálvez no le llegas ni a los botines!

—¡No reconozco y no reconozco! —gemía Valdelomar— Los García Calderón me importan un pepino, contra Joselito no tengo nada y la poesía de Gálvez es Villaespesa pasado por Amarilis.

A la voz de Luis Fernán erizamos nuestros bastones y se armó una pelotera que no distinguió ni ricos de pobres ni negros de blancos ni modorros de ilustrados, porque en los yinquenes limeños todos alucinábamos que éramos iguales. Cuando los serenos llegaron con la policía, yo ya me había descolgado por una ventana y corría por la calle del Huevo hacia Malambito, barruntando golpes y molido a versos.

Las pupilas de Etelvina “La Camaneja” prometían un cuerpo a cuerpo diferente, adobado con música y banquete criollo. No existía “casa de tolerancia” de mejor categoría en Lima, y en el jardín trasero —bajo las parras y los pacaes— se desperezaban jacarandosas Filiberta, Sara, Rosa y Adriana.

—¿Y Berta? —le pregunté a “La Camaneja”.

—Atendiendo a dos señores —respondió Etelvina—, pero la Sara está limpiecita y también pregunta por usted, joven.

Berta era francesa y sofisticada; mas Sara era rubia y de una belleza turbia como su propia historia. Un chirlo le surcaba el rostro y una araña tatuada anidaba entre sus pechos blanquísimos como dos palomas. Estuvimos juntos hasta que el bordoneo de las guitarras nos indicó que comenzaba la jarana. Una voz mineral desgranaba en el patio la copla de una resbalosa:

       Las negras huelen a ruda
       y las cholas a quesillo,
       las viejas huelen a orines
       y tú hueles a membrillo.
       Zambita sí, zambita no,
       todas las gentes me dicen
       que tu olor es el mejor.

Punteaba las cuerdas un faite lampiño y aniñado que se entendía con una dama de la calle Boza mientras el marido visitaba sus minas en Cerro de Pasco. Las educandas de “La Camaneja” le llamaban “Karamanduca”, en razón de cierta alhaja de su cuerpo que era pequeña pero crujiente. Entre los jaranistas llegué a saludar al mayor Augusto Paz, a Luis Aurelio Loaiza y al salitrero don Casto Bermúdez, quien no se quitaba la levita ni para emborricar. En un rellano y muy entretenidos, Félix del Valle y José Carlos seguían magreando a la francesita.

Valle parecía poseído por un demonio artístico y sensual que nada tenía que ver con las refinadas quimeras parisinas de sus correligionarios. Su reino estaba junto a esas musas chuscas y sucias; y en medio de aquellas orgías vulgares irradiaba una dignidad que hacía más ridícula la lujuria y la ebriedad de cuantos le rodeaban. Sólo el viejo Escobar, negro antiguo y que había sobrevivido a la metralla de un pelotón de fusilamiento chileno en la Huerta Perdida, competía en majestad con Valle y le ofrecía pisco en su propio vaso. Ni Verlaine ni Baudelaire habrían resistido los insomnios líricos que irisaban su mirada.

Cuando la profana liturgia de la juerga derrotó en la comunión de las sobras, el mayor Augusto Paz enderezó su bamboleante corpulencia hacia aquel descansillo donde José Carlos madrigalizaba a las desmadejadas fulanas. Paz era un veterano de la campaña de la Breña y todavía le perforaban el cuerpo las medallas del plomo enemigo, gangrenándole el alma y las entrañas. Como a tantos que después de ganar una batalla terminaron perdiendo la guerra. Como a tantos a quienes Cáceres colmó de unos honores que fueron arrebatados tras la revolución de Piérola. Cuando llegó al escalón donde Valle se acurrucaba le escupió todo ese rencor supurado: “Pierolista de mierda, ¡levántate si eres hombre!”.

—Usted me confunde, señor… —tartamudeó Valle sobrecogido—. Soy ácrata, librepensador, anarquista… ¡Nunca he sido del partido de la Perinola!

Entonces aquel héroe borracho y deshonrado blasfemó una obscenidad mientras desenvainaba su sable, y Valle habría sido tronchado en dos pedazos de no ser por “Karamanduca”, quien de una trompada derribó al mayor Paz. La pelea entre el faite y el soldado me anegó de una repugnancia triste y dolorosa, pero la cobardía de Valle y su vergonzante fuga me desolaron del todo. La voz nasal y melancólica de José Carlos me llegó afelpada como una confidencia: “Froilán, si Vallecito fuera pierolista yo sería civilista”.

Madrid y Diciembre de 1939

En la estación de atocha los falangistas exigían su documentación a los ateridos transeúntes. El frío, la guerra y el hambre nos habían clavado sus heladas bayonetas y España era una corte de milagros donde a cambio de un mendrugo cualquiera podía ser denunciado y vendido a los arrogantes nacionales. Mi pobre pasaporte diplomático era un viático laico en busca de condenados que quisieran aceptar una mundana salvación en aquellos días sin Dios. En algún lugar de Madrid se ocultaban todavía Félix del Valle y César Falcón, y mi obsesión era encontrarles antes que los soplones y los verdugos.

Desde la sublevación de Marruecos el gobierno peruano tomó partido por el general Franco, y las puertas de nuestro consulado se abrieron para todos los que huían de los milicianos republicanos. Una dama arequipeña cedió a la legación peruana su casa palacio de Fortuny con Marqués de Riscal, y en ella se refugiaron paisanos varios como el dramaturgo Sassone, la pianista Mercedes Pedrosa y el novillero Alejandro Montani. Por entonces yo colaboraba en El Sol con artículos trufados de soflamas de Bakunin y versículos de Nietzsche, hasta que don Jorge Bailey, consejero de nuestra legación, me prohibió que siguiera escribiendo si no quería ser entregado a los sicarios de Falange. Cuando las tropas de Franco tomaron Madrid, las puertas de nuestro consulado permanecieron cerradas para los peruanos que habían militado en el bando perdedor.

Una de mis compañeras de legación —Rosa Arciniega, que había publicado algunas novelas en la editorial republicana Cénit— me ayudó en el discreto cometido de rescatar a nuestros compatriotas amenazados por los juicios sumarios, las ejecuciones y los trabajos forzados. Juntos cumplimos la última voluntad de un poeta y brigadista puneño a quien llevamos a las cumbres del Guadarrama, donde murio devorado por la tuberculosis; y entre los dos embarcamos a Lisboa en un pestilente vagón de mercancías a los hermanos Abril de Vivero. Sin embargo, quienes corrían verdaderos peligros eran Falcón y Félix del Valle.

Falcón estaba en la clandestinidad porque había fundado incontables revistas y editoriales que siempre desaparecían, y que una y otra vez renacían con otros nombres y nuevos catálogos que anunciaban inminentes títulos de los mismos autores rusos e hispanoamericanos. De Valle sabíamos que tenía un tenue prestigio literario y que era uno de los articulistas de La Libertad, pero los falangistas habían saqueado la redacción y encarcelado a cuantos sorprendieron trasladando sus archivos. Los nombres de ambos estaban troquelados en los revólveres de los fachas.

Supuse que Valle frecuentaría las tertulias que todavía trashumaban por Madrid, y decidí buscar a Cansinos Asséns para sonsacarle alguna información. De todas las figuras literarias que iluminaron las tertulias madrileñas —Ramón en Pombo, Benavente en El Gato Negro, Jardiel en El Europeo— tan sólo Cansinos seguía titilando como un tenebrario ambulante alrededor del cual mariposeaban las últimas liendres de la bohemia.

Así, tras la cofradía de Cansinos me precipité a las entumecidas madrugadas de Madrid, peregrinando por tascas y garitos esperpénticos y solanescos. A veces me despertaba la fresca en el café de Platerías en la calle Mayor; otras en el de las Salesas en la calle Doña Bárbara de Braganza, y en más de una ocasión en un hórrido antro de Atocha, cerca de la Facultad de Medicina. Al parecer, Cansinos nunca celebraba sus oficios líricos en el mismo sitio y los catecúmenos elegían el siguiente emplazamiento del cenáculo en la reunión anterior. Pero como el dinero en tiempos de posguerra espabila más que nunca, un camarero del Colonial me chivó que Cansinos y su tribu se habían citado en el Varela de Preciados, junto a Santo Domingo.

En la alta noche del Madrid de 1939, sólo la golfemia y la morralla paseaban su andrajosa etiqueta por esas calles cacarañadas de zambombazos. Los acólitos de Cansinos se iban apelotonando en torno a los braseros del café, algunos envueltos en mantas color polvo, otros en pellejos deshilachados y los menos en gabanes irreconocibles después de tantos remiendos y costurones. No recuerdo si eran las tres o las cuatro de la madrugada,  cuando el maestro y su grotesco séquito de perros expósitos irrumpieron en el Varela.

Cansinos era de una altura tan grande como su tristeza, una mezcla de rabino y enterrador. Su expresión de caballo místico se desdibujaba cuando los dientes de piano brotaban enormes bajo el bigote entrecano y desflecado. Era sabido que traducía más de quince idiomas y las malas lenguas decían que vivía amancebado con una hermana a quien dedicaba sonetos incestuosos y desgarrados. Aquellos poetastros mugrientos le alcanzaban al maestro gurruños de papel emborronados de poemas que yo imaginaba perpetrados con la caligrafía sucia de las uñas negras. Pero Cansinos los leía con teológica solemnidad y luego les propinaba algún elogio conmiserativo, encadenando parrafadas largas, melódicas y preñadas de metáforas que los poetas del arroyo agradecían como un sucedáneo alimenticio. Yo recordé nostálgico las olorosas tazas de chocolate en Broggi, los pastelitos de carne del Palais Concert y las crocantes galletas de Klein, y comprendí que aquel aquelarre sí era una auténtica conjuración literaria.

Entonces Cansinos me clavó sus ojos abisales y sonriendo en compota me preguntó si no deseaba leer un poema, si había bebido de los ajenjos líricos y si el veneno de la literatura también me había convertido —como a ellos— en un poeta febril y anochecido. Mis primeros balbuceos delataron mi procedencia americana, y cuando el maestro supo que era peruano prorrumpió en un monólogo amarrido como una letanía.

—Los peruanos que he conocido, como todos los noveles de ultramar, creyeron que en Madrid les sería muy fácil seguir la estela de Darío —sentenció Cansinos. Pero cuando Rubén vino a Madrid ya había arrasado de lágrimas París con su responso pagano a Verlaine. Por eso nadie llegó a ser como él. Ni siquiera Huidobro, con todo el incienso de su vanidad. Pero Huidobro era chileno y ya sé que a vosotros no os gusta que se hable de Chile. Al menos eso aprendí de Chocano, que se marchaba de los cafés en cuanto llegaba Edwards Bello y nos dejaba hasta las narices de pumas, trompetas, lianas, clarines y cataratas. Chocano era fuerte, pero no era tan ágil como sus caballos. Aquí montó un pitote de cuidado y terminó en los tribunales, como aquel otro paisano suyo de apellido Guillén. ¡Una sabandija! Ese sí que merecía la muerte de Chocano…

—¿Y Félix del Valle? —le interrumpí— ¿Conoce a Félix del Valle?

Cansinos intercambió una muda inquietud con sus discípulos, y frunciendo un ceño alborotado de cejas como crines me contestó que ninguno de ellos era chivato. Apacigüé su desconfianza revelándole mi verdadero propósito de ayudar a Valle a huir de Madrid, y hasta puse en sus manos huesudas mis propios ejemplares de Las voces múltiples, Prosas poemáticas y El camino hacia mí mismo, todos anotados y subrayados con la tinta simpática del respeto y la admiración. Entonces Cansinos leyó en tono salmódico algunos poemas de Las voces múltiples y concluyó que sólo una persona de nobles entrañas podía conservar un libro así durante más de veinte años, sin ganarle unos céntimos en cualquier baratillo.

Según Cansinos, Valle casi había abjurado de la literatura para consagrarse a los cantes y bailes andaluces, sobre los cuales teorizaba y discutía como si hubiera nacido en Triana, Utrera o Jerez. Una noche desertó de la hermandad de bohemios y poetastros para remontar las madrugadas en cafés cantantes, colmados flamencos y corrales gitanos; pero el curso de la guerra civil le persuadió de la necesidad urgente de abandonar España. Valle planeaba embarcarse hacia Buenos Aires y Cansinos ya le había escrito generosas cartas de presentación para sus discípulos argentinos del Ultra.

En el cielo apenas se insinuaban las venas rosadas del alba cuando salí del Varela rumbo a un colmado andaluz del pasadizo de la Visitación. Después de tantos años, otra vez me encontraría con Valle entre guitarras y matachines, en el crepúsculo de una jarana, en otra encrucijada fragante donde se mezclarían los olores artificiales del vino y los perfumes naturales de las mujeres.

Las fiestas criollas de las huertas limeñas tenían un algo en común con los tablados flamencos. A saber, la juerga desmesurada, los dialectos secretos, la sugestión musical y un recogimiento hermético, a caballo entre logia masónica y casa de putas. Afuera la rasca helaba a los indigentes, adentro un calor carnal caldeaba las entrepiernas; afuera la escasez y la penuria devastaban Madrid, adentro el estraperlo y la mangantería surtían la buena mesa; afuera España se despenaba en dos bandos irreconciliables y adentro esas discordias se dirimían a través de la lenta querella de una soleá. Acurrucado junto a una estufa y destilando lagrimones de salmuera por sus ojos de aceituna, descubrí a Félix del Valle renegrido y arrobado como un ángel caído.

En realidad todos lloraban en aquel garito pestilente y trasnochante. Sollozaban los soldados y las busconas, los pedigüeños y los señoritos, los vencedores y los vencidos. España entera se dolía en los quejidos de esa voz rota que arrastraba una pena de siglos, que vomitaba notas de sangre y coplas desconsoladas que maldecían sin saber a quién. Todavía tenía la piel de gallina cuando el respetable estalló en ovaciones, cumplidos y oles. “Prudencio —le abracé, llamándole cariñoso como lo hacían sus amigos del Palais Concert—. Soy Froilán Miranda de la legación peruana. Déjeme ayudarle, por favor”.

—Después de oír a la Niña de los Peines me da igual lo que haga —me respondió traspuesto; y en su sonrisa reverberó el terror glacial de los condenados.

Procuré tranquilizarle ordenándole un plato de cocido que Valle rebañó hasta dejarlo reluciente. Aquel hombre llevaba cerca de un año en la miseria más absoluta, durmiendo con indigentes y pordioseros bajo los soportales de la Plaza Mayor; malcomiendo torrijas recalentadas en figones baratos, sopa bodria en los conventos o las castañas que asaba al relente en compañía de otros mandrias y desharrapados que se arrebujaban junto a la candela. Un tabernero de la calle del Príncipe le cuidaba el cofre andariego de sus menudencias y la única felicidad que se permitía era escuchar a los cantaores, quienes repartían la calderilla entre los que más jaleaban y aplaudían. Así, a punta de hojanas, limosnas y sablazos, Valle pensaba que algún día podría reunir lo suficiente para embarcarse hacia la Argentina.

Le hablé de mi plan de sacarles de Madrid —a él y a César Falcón— y despacharles para Gibraltar, donde un vapor inglés les aguardaría. Valle me contó entonces que Falcón había huido a Barcelona en compañía de una actriz, abandonando incluso a su familia. Le confesé que nuestra legación no pensaba hacer oficialmente nada por los peruanos de las brigadas internacionales, pero que oficiosamente nuestro cónsul —Alberto Ureta— estaba compinchado conmigo en su asunto. “¿Alberto es hermano de Alejandro?”, me preguntó emocionado. Y lloró como un niño cuando le dije que sí; cuando sintió la caricia remota de esos amigos que creía perdidos.

Los mendigos se buscaban los piojos a la luz de los primeros rayos del sol cuando cruzamos la Plaza Mayor en dirección a la estación de Atocha. Al vernos cargando un baúl de viaje, aquellas escorias nos fueron rodeando: “¿Se lo llevan de palmero, Félix?”, preguntaba uno; “¿Pasará usted por Málaga?”, quería saber otro; “¡Guárdese de los gitanos! —chilló uno de aquellos mamarrachos— No son gente decente como nosotros”. Para mi desesperación Valle se entretuvo demasiado en prodigar adioses y abrazos, y en pregonar la buena vida que le aguardaba en Buenos Aires, una metrópoli resplandeciente como París. En esas chulerías estaba cuando una voz arenosa por el cazalla y la tuberculosis nos clavó una alcayata de hielo en el corazón: “Félix, amigo, ¿y lo calentito que comeríamos aquí en Madrid si le entregásemos a los de Falange?”.

En un santiamén fuimos cercados por una tropa de esos miserables, que al grito de “¡rojos, rojos!” llamó la atención de vecinos y comerciantes. Calculé que los soplones y la guardia civil no tardarían en aparecer, y me arrojé al pescuezo del cabecilla de aquel zafarrancho. Sin embargo, Valle me contuvo y para mi estupor empezó a largar contra la República, los rusos, las chekas y los comunistas que sólo querían pisotear nuestra civilización occidental y cristiana. La chusma hervía vociferante cuando llegaron los carabineros, y Valle les recibió brazo en alto y cantando himnos falangistas. Al disolverse la turba quedamos de nuevo encarados con el truhán que provocó el desbarajuste, quien nos miró desafiante; como sabiendo que nuestra mugre siempre sería peor que la suya. Un salivazo rubricó su desprecio en los adoquines de la Plaza Mayor.

Todo aquel simulacro se me antojó innecesario y vergonzoso; de una sangrante cobardía. Y así se lo reproché más tarde a Félix del Valle en un andén arrasado por los llantos de los tullidos, de las mujeres enlutadas y de los huérfanos que aun no sabían que lo eran:

—Félix, aquéllo era lo último que esperaba de usted.

—Froilán, de mí debe esperar siempre lo último.

 

Buenos Aires y Noviembre de 1944

La garçoniere de raymonde quedaba saliendo de Córdoba hacia Viamonte, delante del moderno edificio de las Aguas Corrientes. En Buenos Aires había estupendas “casas amuebladas”, pero sólo Raymonde tenía chicas italianas, polacas, españolas y criollas que se dejaban hacer un completo por cinco pesos, y por sólo dos pesos un “francés” sin derramar. La hermosa Raymonde, envuelta en un gran robe de soir de terciopelo negro, me despeinó con sus dedos enjoyados y besándome ambas mejillas me ronroneó al oído: “Tu amigo está en el salón amarillo”. Y se alejó ahumando promesas de pasión entre las nubes del Kedhive.

Tendido en un diván, Félix del Valle acariciaba muy quedo la melena roja de una cocotta, mientras fumaba egipcios y contemplaba impasible los vulgares escarceos de la concurrencia. Los años habían desbastado su figura y una noble calvicie le tonsuraba el cráneo, como a los estancieros porteños y los poetas latinos. En medio de aquella sala constelada de espejos y sensualidad, Valle parecía un cardenal renacentista maleado en intrigas y mundanidades.

Nos abrazamos como viejos camaradas y pronto nos pusimos al día de nuestras circunstancias. Yo había dejado el cuerpo diplomático y recalado en Argentina al igual que muchos fugitivos de España. Con tales antecedentes no era posible tener expectativas halagüeñas en Lima, y como Buenos Aires era la ciudad de las oportunidades, a los pocos meses había conseguido un puesto de corrector en La Nación y las recensiones de cine —¡una especialidad novedosa!— en el semanario Caras y caretas. A Valle tampoco le había ido nada mal: los discípulos de Cansinos le colocaron en Noticias gráficas, donde sus artículos reunidos se habían convertido en tres nuevos libros muy elogiados por la prensa argentina, y hasta tenía tertulia propia en el café Armonía de la avenida de Mayo. Su cabeza chisporroteaba ideas y ya planeaba nuevos títulos sobre la guerra civil española, Sevilla y la impronta de Piérola en la historia peruana. ¡Valle pensaba cumplir su antigua promesa!

Aquella noche cenamos en el Pedemonte y recibimos la madrugada en el Tortoni, como correspondía a dos transterrados sin país y sin familia. Ambos tuvimos una patria y los dos la perdimos. Ambos quisimos un país que dejó de existir. Sólo nos pertenecían la noche y la memoria, hasta que la hora más oscura nos olvidara del todo. Valle decía que nuestras vidas eran como el “derby de los penúltimos”, una carrera de perdedores donde sólo el caballo ganador esquivaba el desolladero.

A mediodía Valle telefoneó para citarme a las diez en un colmado andaluz que animaba la esquina de Mitre y Buen Orden. Quería celebrar nuestro reencuentro presentándome a sus amigos y mentores argentinos, aquellos romeros del Ultra que fueron hasta el viaducto madrileño en busca de la palabra del maestro.

Estos ultraístas argentinos, sin embargo, tenían muy poco en común con los sucios mendrugos del cenáculo trashumante de Cansinos. Me parecieron —más bien— personas exquisitas y refinadas que no terminaban de sentirse a gusto en ese ambiente corralero y ordinario que les infligía un rancho de grasientas pitanzas, y menos todavía con la excesiva familiaridad que les propinaba Valle, quien me los presentó como la Vicky, la Chivi, el Fito y Cocolucho.

La Vicky y la Chivi eran hermanas y entre ellas hablaban en francés. Fito y la Chivi estaban casados, aunque al Fito se le iban los ojos tras las pantorrillas vertiginosas de las bailaoras. Cocolucho era un tipo sonriente y empollón, de una blancura enfermiza como la leche vomitada. Los cuatro presumían de una revista “verdaderamente imponente”, aseguraba la Vicky; “a la altura de las mejores de Europa”, insistía Fito; “nada que ver con lo que se hace por estos países”, remachaba la Chivi. Y yo entonces comprendí porqué no habían compartido esa ambrosía literaria con Valle: porque le habían embriagado con el aguardiente del periodismo.

—¡Un brindis por el maestro Cansinos! —tronaba campechano Valle. Y todos menos Félix, bebíamos mirándonos de reojo.

Cocolucho resultó un conversador de lo más entretenido, aunque caótico en la enumeración de sus preferencias literarias: le gustaban los clásicos ingleses, las novelas policiales, Las mil y una noches y la poesía gauchesca. Mientras me hablaba me cogía del brazo como si no me viera o para verme mejor, y esa ambigüedad me ponía nervioso. De pronto el tocaor desmenuzó una melodía trágica entre sus cuerdas, y en la densidad del silencio restalló el sollozo de la seguiriya. Un gitano antiguo y arrugado como una pasa nos escudriñaba silencioso desde un rincón sin tiempo. Un tiempo que arrastraba esa misma pena de siglos que ya me había conmovido la madrugada que hallé a Félix del Valle en Madrid:

       El carro de los muertos
       pasó por aquí,
       como llevaba la manita fuera
       yo la conocí.

—¿Qué canta ese hombre que no le entiendo? —me preguntó Cocolucho con las carnes temblorosas como flanes.

—Yo tampoco le entiendo muy bien —respondí—. Pero es como la pena negra de Lorca. Son los sonidos negros de Andalucía. La voz doliente del sur, encharcada de sangre…

Mientras el público aplaudía y se enjugaba unas lágrimas, dos individuos agitanados se aproximaron a nuestra mesa para exigir que “o se callaban las gachises o a la puta calle”. Al parecer, la Vicky y la Chivi habían estado hablando durante el cante, y los flamencos más contumaces deseaban vengar semejante sacrilegio. Poco a poco se fue formando un tumulto: la Chivi quería saber qué era una gachí, Fito aseguraba que en su país nunca le echarían unos gallegos y la Vicky insultaba a la flamenquería en una curiosa mezcla de lunfardo y francés. A medida que subía el tono de las invectivas, Cocolucho se aferraba más fuerte a mi brazo y los gitanos parecían más fieros. En eso uno de ellos empujó a Valle y lo retó a pelear a navajazo limpio.

—Déjelo, Félix —intercedí, tal vez porque sabía que me haría caso.

—¿Usté no es Félix del Valle, el payo que va de entendío? —gritó el gitano con recochineo— ¡Y una mierda!

Interrogué a Valle con la mirada. Recordé los bochornosos episodios de la calle Malambito y de la Plaza Mayor, y nunca como entonces le demandé otra huida, otro gesto de vileza. ¿Qué piensa un hombre que entrevé su muerte, que de golpe descubre cómo puede morir? El pánico anegaba los ojos de Valle, pero aún así alcanzó a rasgar la atmósfera silente con una hebra de voz: “Ha dicho mi nombre, Froilán. La cosa es conmigo, y si no acepto mañana lo sabrá todo el mundo. Tantas veces he salido corriendo que ya no tengo adónde ir. Esta es una carrera de dos y sólo tengo que llegar penúltimo”. En ese momento los acontecimientos se precipitaron.

Aquel gitano antiguo y arrugado se incorporó muy despacio, y arrojó a los pies de Valle un puñal que brilló como un pitón de plata o como un relámpago negro. Valle cogió el arma y al acariciarla dejó de temblar, porque un hombre acosado por sus cobardías ha soñado mil veces cómo empuñar un cuchillo; porque un hombre deshonrado ha previsto minuciosamente cómo recuperar la honra perdida; porque un hombre indefenso es impredecible cuando acomete mortal. Valle trazó un escorzo afilado y fulminante que dejó en el vientre de su enemigo un recado tajante y visceral.

Fito quiso llamar a la policía o al equipo quirúrgico, y los flamencos se lo impidieron argumentando que así no se hacían las cosas en los caseríos andaluces del sur. Ya ellos se encargarían del herido y de limpiar los rastros de la pelea, pero entretanto deseaban homenajear por bulerías a ese hombre que tenía “lo que hay que tener”. Cuando las palmas marcaron los doce tiempos del palo, la Vicky y la Chivi sintieron fatigas y Fito salió aprisa en busca de un taxi. Cocolucho estaba vidrioso de la impresión y todavía se llevaba las manos a la barriga, como queriendo evitar que los intestinos se le desparramaran también sobre la solería. Y ya que la noche comenzaba propicia para un radiante Félix del Valle que había vuelto a nacer, decidí despedirme y acompañar a Cocolucho hasta su casa.

Caminamos en silencio bajo los neones desmayados de Mitre, y ya cerca de la plaza de San Martín Cocolucho empezó a deplorar su cobardía, sus quimeras heroicas, su aprensión al peligro. Apretándome el brazo me confesó que lo habría dado todo por haberse batido esa noche en el tablado. Y ni siquiera para vencer como Félix del Valle, sino para perder como aquel gitano abierto en canal, que seguro en ese instante agonizaba consumido por fiebres y hemorragias. Hubiera querido consolarle revelándole que Valle en realidad no era un valiente, pero en sus delirios Cocolucho había convertido esa chusca trifulca en un desafío épico junto a los muros de Troya, en una batalla vikinga en las costas de Irlanda y en el duelo infinito de dos navajas embrujadas. ¿Quién era yo para abolir sus ensoñaciones?

Ante un relamido edificio de la calle Maipú, Cocolucho me aseguró que “la gesta de Valle nunca consentirá el olvido”. Y mientras me aturdía entreverando gitanos y compadritos, pensé melancólico que si Valle no había cumplido con Piérola, aquel bibliotecario parlanchín tampoco cumpliría con Valle. Una anciana nos dio la voz desde un balcón y le urgí a despedirnos:

—Buenas noches, Cocolucho.

—Si no le importa, Jorge Luis —y se fue visteando al aire, como si tuviera un cuchillo.

 

Fernando Iwasaki
Escritor. Ha publicado Neguijón, Libro de mal amor, España, aparta de mí estos premios, Helarte de amar y Ajuar funerario, entre otros libros.